Anestesia

229

Domingo 10 del Tiempo Ordinario del Ciclo C
Lucas 7, 11-17

A continuación se dirigió a una ciudad llamada Naín, acompañado de los discípulos y de un gran gentío. Justo cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de una viuda; la acompañaba un grupo considerable de vecinos. Al verla, el Señor sintió compasión y le dijo: «No llores». Se acercó, tocó el féretro y los portadores se detuvieron. Entonces dijo: «Muchacho, yo te lo ordeno, levántate». El muerto se incorporó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo». La noticia de lo que había hecho se divulgó por toda la región y por Judea.

MEDITACIÓN:

Es increíble la necesidad que parece tener nuestra sociedad de exhibir trágicamente el sufrimiento humano en las primeras páginas de los periódicos y las pantallas de la televisión. La fotografía de una mujer llorando a su marido enterrado en una mina, la imagen de un niño agonizando de hambre en cualquier país del tercer mundo o la de unos palestinos acribillados a balazos en su propio campo de refugio, se cotizan en muchos miles de dólares.

Todos los días leemos las noticias más crueles y contemplamos imágenes de destrucciones en masa, asesinatos, catástrofes, muertes de víctimas inocentes, mientras seguimos despreocupadamente nuestra vida.

Se diría que hasta nos dan una «cierta seguridad», pues nos parece que esas cosas siempre les pasan a otros, todavía no ha llegado nuestra hora, nosotros podemos seguir disfrutando de nuestro fin de semana y haciendo planes para las vacaciones del verano.

Cuando la tragedia es más cercana y el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, nos inquietamos más, no nos sentimos cómodos, no sabemos cómo eludir la situación para poder encontrar de nuevo la tranquilidad perdida.

Porque, con frecuencia, es eso lo que buscamos, recuperar nuestra pequeña tranquilidad. A ratos deseamos que desaparezcan el hambre y la miseria en el mundo, pero simplemente para que no nos molesten demasiado; deseamos que nadie sufra junto a nosotros, sencillamente porque no queremos ver amenazada nuestra pequeña felicidad diaria.

De mil maneras nos esforzamos por eludir el sufrimiento, anestesiar nuestro corazón ante el dolor ajeno y permanecer distantes de todo lo que puede turbar nuestra paz.

La actitud de Jesús nos desenmascara y descubre que nuestro nivel de humanidad es terriblemente bajo. Jesús es alguien que vive con gozo profundo la vida de cada día, pero su alegría no es fruto de una cuidada evasión del sufrimiento propio o ajeno, tiene su raíz en la experiencia gozosa de Dios como Padre acogedor y salvador de todos los hombres.

Por eso, su alegría no es una anestesia que le impide ser sensible al dolor que le rodea: cuando Jesús ve a una madre llorando la muerte de su hijo único, no se escabulle calladamente sino que reacciona acercándose a su dolor como hermano, amigo, sembrador de paz y de vida.

En Jesús vamos descubriendo los creyentes que sólo quien tiene capacidad de gozar profundamente del amor del Padre a los pequeños, puede sufrir con ellos y aliviar su dolor. La persona que sigue las huellas de Jesús siempre será una persona feliz a quien le falta todavía la felicidad de los demás.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo

Compartir
Artículo anteriorFrancisco y el desafío de una Iglesia policéntrica
Artículo siguiente¿Es hora de reformar la manera que protegemos a los refugiados?
Jose A. Pagola
José Antonio Pagola es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1962), Licenciado en Sagrada Escritura por el Instituto Bíblico de Roma (1965), y tiene un Diplomado en Ciencias Bíblicas por la Escuela Bíblica de Jerusalén (1966). Es autor de más de 30 libros, entre los cuales se encuentra el polémico título «Jesús, aproximación histórica» que se ha convertido en uno de los bestsellers más traducidos actualmente sobre el Jesús Histórico.