Lectio Divina

DOMINGO XXVIII DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Sab 7,7-11):

Este texto es una alabanza de la Sabiduría, la cual es presentada como el valor supremo, muy por encima de todo aquello a lo que suelen aspirar los hombres: poder, riqueza, salud, belleza. Esta Sabiduría no es algo que se consigue sólo con esfuerzos humanos, sino que es un don exclusivo de Dios y por eso hay que pedirlo en la oración (oré…supliqué). Pero al mismo tiempo se requiere una opción del hombre por ella, hay que preferirla a todo: al poder (cetros y tronos); a la riqueza (piedras y metales preciosos), a la salud y a la belleza, a la luz del día. Y esta preferencia está fundada en que la Sabiduría supera a todos estos bienes, vale mucho más que ellos. Ahora bien, esta preferencia o predilección no es desprecio de las realidades o bienes temporales con los que se compara a la Sabiduría. Más aún, el texto afirma que “junto con ella (la sabiduría) me vinieron todos los bienes”. Pero hay que notar que estos bienes no se reducen a los temporales o humanos, sino que se refiere especialmente a los dones divinos, en particular a la inmortalidad y a la amistad con Dios (cf. Sap 7,14)[1].
Lamentablemente se omite el versículo 7,12 donde dice que quien tiene la Sabiduría puede gozarse en todos los bienes que ella le brinda. Es decir, la Sabiduría le permite valorar y gozar de todos los bienes de modo justo, sano y equilibrado.

Evangelio (Mc 10,17-30):

El evangelio de hoy contiene dos partes o subsecciones: 10,17-22 donde se narra el encuentro de Jesús con el hombre rico; y 10,23-30 que contiene la enseñanza particular de Jesús a sus discípulos.
La primera escena se desarrolla de camino hacia Jerusalén, cuando imprevistamente se acerca a Jesús “alguien” (“uno”, dice el texto, resaltando su anonimato) que viene corriendo y con una pregunta a flor de labios. Se arrodilla y trata a Jesús de “maestro bueno”, por lo que suponemos que tenía un gran respeto por él y valoraba su enseñanza. La pregunta es clara: “¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”.
No es fácil precisar qué entiende Marcos por “vida eterna” (ζωὴν αἰώνιον), ya que la expresión aparece sólo aquí y en 10,30 en su evangelio. Por la expresión de Mc 10,23 (“¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!”) podemos equiparar la “vida eterna” con el “Reino de Dios”. Y sabemos que a partir del exilio la idea del Reino de Dios fue adquiriendo, en algunas corrientes del judaísmo, la representación de un reino trascendente, escatológico, celestial y eterno (cf. Dn 7, 13-14; Sal 96 y 98). Y también importa tener en cuenta que para la Biblia la vida está íntimamente vinculada a Dios al punto que estar en comunión con Dios es estar vivo; y romper la comunión con Dios es, en cierto modo, morir (Cf. Gn 3). Por tanto, podemos suponer que este hombre que interroga a Jesús por el camino para llegar a la “vida eterna” quiere saber cómo vivir en plena comunión con Dios en esta vida y en la venidera.
Además de esto notemos algo que es muy importante teniendo en cuenta el trasfondo propiamente judío: la preocupación de este hombre sobre “lo que tiene que hacer” para “heredar” la vida eterna. Por tanto, la pregunta apunta a saber el camino (conducta) que debe seguir el hombre para llegar hasta la vida eterna, para hacerse merecedor de la misma.
Jesús le contesta en dos momentos. Primero a la apelación de “maestro bueno” responde diciendo que sólo Dios es bueno. Esta respuesta nos desconcierta un poco todavía hoy. Al decir de J. Gnilka[2] la intención de Jesús con esta frase es remitir directamente a Dios y a su voluntad, a quien compete con exclusividad determinar lo que es bueno y, por ello, permite heredar la vida eterna. Esta interpretación es coherente con lo que sigue, pues en el segundo momento de su respuesta Jesús remite a los mandamientos de Dios. En concreto Jesús cita 6 mandamientos, de los cuales 5 pertenecen al decálogo (del 5to al 8vo. más el 4to.); y el restante podría ser una referencia a Eclo 4,1 y Dt 24,14. El elemento común a todos ellos está en el carácter social de estos mandamientos que suelen considerarse como la segunda tabla del decálogo pues se refieren a la relación con los demás.
La respuesta del hombre, que presupone que conoce bien estos mandamientos, es que los cumple desde su juventud. Se trata por tanto de un judío observante y piadoso.
A continuación Marcos nota un gesto de Jesús con una gran carga afectiva: “fijando en él su mirada, le amó”. Esta mirada amorosa de Jesús implica una valoración de este hombre cumplidor de la voluntad de Dios y da razón también de la llamada a dejarlo todo y seguirlo: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. La invitación a la renuncia a todos sus bienes hay que entenderla aquí como un requisito o condición para el seguimiento de Jesús y como respuesta de amor a Él. La renuncia es el signo claro de su decisión de amar a Jesús por encima de todas las cosas. En cierto modo le exige el cumplimiento del primer mandamiento que pide tener a Dios como único Señor y no tener ídolos, que aquí serían las riquezas. Como bien nota J. Gnilka[3]: “con la invitación al seguimiento se responde a la pregunta del hombre acerca de qué tiene que hacer […] Seguimiento de Jesús significa unión a aquel que fue pobre personalmente, que no espera consuelos de este mundo y que, por consiguiente, va a la cruz decididamente”.
Esta exigencia radical de Jesús provocó tristeza en el hombre quien se retira apenado porque tenía muchos bienes. No hay palabras suyas, sino que se narra su gesto y sus sentimientos. Su amor por Jesús no era lo suficientemente fuerte para afrontar esta renuncia, y termina por no seguirlo. Importa tener en cuenta aquí que para el Antiguo Testamento la riqueza es considera un signo de la bendición de Dios. Como ejemplo, entre muchos, tenemos la vida de los patriarcas Abraham y Jacob. Pero notemos también que, sobre todo a partir del exilio, la posesividad o apego a las riquezas se consideraba un peligro o tentación que puede conducir al olvido de Dios (cf. Dt 8,11-16). Ahora bien, volviendo al evangelio de hoy, vemos que esta escena será la ocasión para una enseñanza de Jesús a sus discípulos en particular.
Ante esta invitación frustrada al seguimiento Jesús saca como primera conclusión la dificultad, para los ricos, de entrar en el Reino. Ante el asombro de los discípulos, extiende esta dificultad a todos los hombres: “¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios!”. Pero luego pone una comparación donde vuelve a referirse a los ricos: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”. Se trata de una hipérbole o exageración por cuanto “el camello es el animal más voluminoso del Próximo Oriente, y el ojo de la aguja la abertura más diminuta”[4]. Cierta vez un exegeta, ante los intentos de otros colegas suyos por hacer menos escandaloso este proverbio mediante diversas interpretaciones con dudoso apoyo textual (como que en el griego hay que leer en vez de kámēlon – camello – kámilon que significa hilo grueso o soga; o que la aguja se refiere a una de las puertas de Jerusalén), dijo: no se puede ni achicar el camello ni agrandar la aguja.
A favor del carácter escandaloso del proverbio está la reacción de los discípulos, quienes se asombran todavía más y dicen: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”. Notemos que existe un paralelismo entre las afirmaciones: heredar la vida eterna, entrar en el Reino y salvarse. En el fondo, se trata de la misma cuestión y que tiene una misma respuesta: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”.
Jesús está diciendo que la salvación del hombre, su ingreso en la vida eterna o en el Reino, es en definitiva una Gracia, un Don de Dios. Y es principalmente por esto por lo que le resultará difícil, sino imposible, a un rico salvarse: porque no cree necesitar esta Gracia, porque piensa que puede conquistarlo por sí mismo. Por tanto aquí el rico lo es ante todo en su corazón; mientras que el pobre, el niño, es el que reconoce la necesidad de la Gracia para salvarse. El rico tiene el corazón lleno de sí mismo; el pobre y el niño saben que tiene que recibir todo de Dios, especialmente la salvación, el Reino, la vida eterna.
Pedro, siempre Pedro, es quien habla en nombre del grupo con su gran espontaneidad. Y pregunta a Jesús qué pasará con los que ya han renunciado a sus bienes en esta vida para seguirlo. A ellos Jesús les promete un ciento por uno, con persecuciones, en esta vida; y en la venidera, la vida eterna. Este último diálogo prueba que Jesús no es maniqueo, no considera malos los bienes terrenales; pero sí muy peligroso el apego a los mismos, el poner la seguridad en ellos y volverse rico en el corazón. Por eso les promete que tendrán más bienes y afectos, pero recibidos como don, luego de haber renunciado a la posesión sobre los mismos. Quien tiene esta pobreza de corazón recibirá también la vida eterna. Por tanto, después de un largo recorrido hemos encontrado la respuesta de Jesús a la pregunta primera: “¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”. Debo hacerme niño, pobre de espíritu, para seguir a Jesús dándole exclusivamente el primer lugar en mi vida. Debo renunciar afectivamente a todo, incluso a la pretensión de poder salvarme por mí mismo, para recibir todo como Gracia de Dios.

ALGUNAS REFLEXIONES:

Sabemos que este camino que recorre Jesús con discípulos hacia Jerusalén deviene una auténtica escuela de vida cristiana. Se trata de un camino o proceso discipular pues a lo largo del mismo se aprende, intelectual y existencialmente, a ser cristianos, seguidores de Cristo.
El evangelio nos invita a meditar sobre las exigencias que supone seguir a Jesús. Y la primera de las mismas que se nos presenta es el cumplimiento de los mandamientos.
Hoy hablar de mandamientos no cae del todo bien; suena a algo que nos quita libertad. Sin embargo los mandamientos de Dios son el cauce y el custodio de la libertad de los hijos de Dios. En efecto, detrás de cada NO, no matar, no robar… hay un SÍ a la vida plena, un SÍ a los valores del evangelio: amor, verdad, justicia, misericordia, fidelidad y libertad. Dios nos ha dado los mandamientos para que “encaucemos” nuestra vida y concentremos nuestras energías en lo que es bueno, verdadero y bello, o sea, en el Reino de Dios y la Vida eterna. Y cumpliendo la voluntad de Dios expresada en los mandamientos experimentaremos una gran libertad interior porque los vicios y pecados no nos dominarán.
Seguir a Jesús supone caminar detrás de Él, supone etapas, ir progresando o creciendo paso a paso, porque “esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos” (GE 16). Y después del cumplimiento de los mandamientos hay “algo más”.
Pero este “algo más” presupone haber sentido la mirada de amor de Jesús, que va seguida de una invitación a compartir más su estilo de vida con un seguimiento más pleno. Al respecto dice el Papa Francisco: “Así dice el Evangelio: «Jesús se lo quedó mirando, lo amó» (v. 21). Se dio cuenta de que era un buen joven. Pero Jesús comprende también cuál es el punto débil de su interlocutor y le hace una propuesta concreta: dar todos sus bienes a los pobres y seguirlo. Pero ese joven tiene el corazón dividido entre dos dueños: Dios y el dinero, y se va triste. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el empuje inicial del joven se desvanece en la infelicidad de un seguimiento naufragado” (Francisco, Ángelus 11 de octubre de 2015).
Por tanto, en este camino del seguimiento de Jesús hay apegos que nos impiden seguirlo y que hay que estar dispuestos a dejarlos para no quedarnos a mitad del camino. El evangelio de hoy nos señala de modo particular a las riquezas o posesiones que nos brindan seguridad en la vida pero que nos terminan quitando la libertad para amar a Dios y al prójimo como Jesús nos pide. Se trata de renunciar a la posesión egoísta de los bienes, de dejarlos para luego recibirlos con libertad, como dones de Dios que tenemos que administrar teniendo en cuenta el bien común de los hombres.
Vemos cómo la exigencia ascética está precedida y motivada por el amor a Dios. Se trata de un salir, de un éxodo, que supone dejar las cosas y olvidarse de sí mismo. Y digamos también que la negación se concentra en el espíritu del que posee más que en las cosas mismas: “Si referimos la nada a la historia, las personas, los objetos, todo ello será condenado a la destrucción. Por el contrario, si la nada se refiere a la posesividad independiente con que los quiere utilizar el hombre, entonces será el egoísmo el que tenga que ir a la hoguera, dejando personas y cosas en su plenitud de vida, belleza y valor”[5].
Cómo lo prueba la respuesta de Jesús al reclamo de Pedro, no se niega ni el valor ni la necesidad de los afectos y los bienes para vivir. La recompensa a la renuncia es de la misma especie que esta, con excepción del “padre” que aparece en la lista de las renuncias y no de las recompensas. Se conjetura que para Jesús el único verdadero y definitivo Padre es Dios. Lo que cambió, por tanto, es la posesividad sobre los bienes y afectos; se renuncia a los que se poseen como propios y se recibe más, pero como don. Así es como pierden su peligro y deberían ser entonces fuente de gratitud a Dios que nos colma de ellos. Y sin olvidar, por supuesto, la vida eterna, la salvación, que si bien aparece en último lugar en la lista es el Don definitivo, la comunión plena con Dios, el fruto y fin de las renuncias.
En fin, meditemos sobre nuestro seguimiento del Señor, sobre su mirada de amor que nos transforma y sobre nuestra respuesta generosa dispuesta a dejar todo lo que nos ata y nos impide cumplir con alegría la voluntad de Dios. Y meditemos en el hecho de que “el joven no se dejó conquistar por la mirada de amor de Jesús, y así no pudo cambiar. Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa” (Francisco, Ángelus 11 de octubre de 2015).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Detrás de esa Puerta…

Señor Jesús, Dios nuestro
Ven a ensenarnos la pobreza, el desprendimiento
Verdadero anhelo de un escondido Misterio
Tenerlo todo y no tener nada
Perseguidos por tu causa
En este destierro,
Elevamos los ojos al cielo.

¡Quién pudiera aceptar el desafío
Resolver el temor a la indigencia,
Al vértigo interior, al abandono en el Espíritu!
Solo tu auxilio colma el vacío,
Arropa nuestra desnudez,
Nos mueve a agradecer
Y aceptar ser tus mendigos.

De rodillas te rogamos
Aferrados a todo lo finito.
¡Ay de esta juventud, inmaduros,
En este tránsito de cruz hacia lo eterno!
Danos tú lo necesario: Padre, Hijo Y Espíritu Santo.
Detrás de esa Puerta
Está la Promesa del REINO. Amén.

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