Lectio Divina

DOMINGO XXXI DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Dt 6,2-6):

El capítulo sexto del Deuteronomio comenta en primer mandamiento del decálogo; pero con la novedad de que, para describir el deber esencial de Israel hacia su Dios, utiliza el vocabulario del amor (6,4-9).

El imperativo “Escucha Israel” aparece al inicio de varias unidades literarias dentro de la sección Dt 5-11 (5,1; 6,4; 9,1; 10,12). Así, toda exhortación comienza con esta invitación a escuchar la palabra de Dios. Este pedir que se escuche implica imponer el silencio a los oyentes; porque el silencio es la condición necesaria para que la palabra dicha se deposite y germine en el corazón del que escucha. Esta invitación a la escucha es como una síntesis de todo el contenido del Dt o, al menos, es uno de los principios básicos de toda su teología.

El texto incluye una formulación deuteronómica del credo de Israel que se orienta a afirmar la unicidad de Dios, esto es, que no está dividido, que es Uno sólo. Como trasfondo se encuentra el peligro real para el pueblo en aquel tiempo de equiparar a Dios con los Baales de los cananeos, dioses locales, con sus múltiples títulos de acuerdo con los santuarios donde se le rendía culto: Baal Peor, Baal del Hermón, Baal Berit de Siquém, Baal de Samaría, Baal del Carmelo, etc. Este principio es el que fundamenta una de las innovaciones más llamativas de la corriente deuteronomista como es la supresión de todas las prácticas cultuales realizadas en los diversos santuarios para centralizar el culto en el templo de Jerusalén (Dt 12,4-12). Un único templo es signo del único Dios, del único pueblo y de la única alianza.

Del hecho de que el Señor es único se deriva el imperativo de amarlo con la totalidad de la persona, con todas las fibras interiores, sin residuo y sin reserva. Este compromiso totalizante viene significado con la terminología propia del Dt: corazón, alma y fuerzas. En cuanto al alcance del término “amar” podemos señalar que para el Dt amor, temor, reverencia y obediencia se colocan en una misma línea como actitudes básicas del israelita respecto de su Dios y que está aquí la esencia de la ley.

Del amor de Dios se pasa a la observancia de los preceptos, pero sin abandonar la esfera de la interioridad, como lo demuestra el uso del término corazón. Amar al Señor con todo el corazón se explicita en el guardar sus palabras en el propio corazón.

 Evangelio (Mc 12,28b-34):

            Recordemos que este texto forma parte de una subsección del evangelio de Marcos (Mc 11-12) caracterizada por la oposición creciente de los fariseos hacia Jesús, quienes buscan sorprenderlo en alguna afirmación comprometedora para acusarlo. Pero en este caso parece que el escriba se acerca a Jesús y pregunta con buenas intenciones. La pregunta es: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”.

            Para entender el motivo de esta pregunta debemos recordar que los rabinos contabilizaban un total de 613 mandamientos, cifra que resultaba de la suma de los 248 preceptos y 365 prohibiciones presentes en la Torá o Pentateuco. El debate se centraba entonces en la posibilidad de distinguir entre preceptos “grandes” y “pequeños”; y en la gravedad de la falta que derivaba de su incumplimiento. En general el grupo de los fariseos pensaba que todos los mandamientos eran importantes y debían ser cumplidos con extrema fidelidad. Otros, en cambio, reconocían cierta jerarquía en los mandamientos y en las exigencias de su cumplimiento. Además, debatían sobre la existencia de un mandamiento que fuera el principio fundamental o regla de oro del comportamiento del judío fiel. La pregunta que el fariseo dirige a Jesús va sobre todo en esta última línea.

Jesús responde en primer lugar citando Dt 6,4s. Este texto forma parte del pasaje de Dt 6,4-9, que juntamente con Dt 11,13-21 y Nm 15,38-41, integran el famoso Shemá Israel (Escucha Israel), oración que desde finales del s. I no han dejado de rezar mañana y tarde los judíos observantes. Este texto expresa el imperativo de amar a Dios con la totalidad de la persona, con todas las fibras interiores, sin residuo y sin reserva. La interpretación rabínica contenida en la Mishna especifica que con toda el alma significa hasta el martirio y con todas las fuerzas implica con todos los bienes. El mensaje es que se debe amar a Dios no sólo con todo el ser (corazón), sino también con los propios bienes materiales (fuerzas) y hasta el don total de la vida (alma). La cita de Jesús en Marcos le agrega una cuarta capacidad para amar: “con toda la mente (dianoi,a)”.

En síntesis,”el resumen supremo de la voluntad de Dios consiste en amar al único Dios con todas las fuerzas y capacidades que han sido dadas al hombre”[1].

Luego enuncia un segundo (deute,ra) mandamiento y cita Lev 19,18. Este versículo pertenece al Código de Santidad (Lv 17-24), llamado así por cuanto el fundamento teológico que da a todas sus prescripciones es “Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lv 19,2). Justamente el capítulo 19 del Levítico contiene varias normas de índole más bien social, donde resaltan la del amor al prójimo y la del rechazo de la venganza. Ahora bien, la insistencia en la primacía de la santidad de Dios indica que para el Levítico el verdadero fundamento del amor al prójimo es el amor de Dios. No lo dice tan explícitamente como Jesús en el NT, pero es claro que la presencia del Dios Santo en medio del pueblo es la que motiva el trato fraterno entre sus miembros. Pero notemos también que este mandamiento del amor al prójimo se extiende y entiende exclusivamente en relación a los miembros del pueblo, a los compatriotas, pues prójimo es aquí fundamentalmente el israelita, aunque se extienda a modo de excepción, a los extranjeros residentes en Israel (cf. Lv 19,34)[2].

            En fin, “el amor a Dios y del prójimo aparecen como un comentario resumido de ambas tablas del decálogo”[3].

            A continuación viene la “devolución” del escriba quien repite la respuesta de Jesús con algunas modificaciones: acentúa la unicidad de Dios, une el amor a Dios con el amor al prójimo y los presenta como superiores a los holocaustos y sacrificios. Esto último implica una relativización del culto; o por lo menos, en la línea de los profetas, una subordinación del mismo al amor y a la respuesta de vida.

            Jesús aprueba esta “devolución” del escriba diciéndole: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. Es decir, está bien encaminado para llegar al Reino que hará presente Jesús.

Algunas reflexiones:

             Pienso que, salvadas las distancias, la cuestión que generaba debate entre los rabinos del siglo I es también un problema nuestro. En efecto, la búsqueda de la unidad y la simplicidad es una tendencia en todos los órdenes de la vida, incluido el de la vida espiritual. Más aun, podemos decir que todo proceso de maduración en la vida conduce a una mayor simplificación o concentración en lo esencial y fundamental. Por ello no está de más recibir también nosotros con un corazón abierto la enseñanza de Jesús sobre el “primer mandamiento”, con todo lo que ello supone. Como bien leemos en las cartas paulinas:

Col 3,14: Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.

Rom 13,10: El amor no hace mal al prójimo. El amor es, por tanto, la plenitud de la Ley.

Más aún, como también dice San Pablo, si no hay amor, caridad, mis obras, aún las extraordinarias, no valen nada (cf. 1Cor 13,1-3). Por tanto, es justo y necesario un permanente examen de amor y sobre el amor en nuestras vidas.

      Es verdad que nos encontramos con que el amor, como todas las cosas sublimes y profundas de la vida, no es nada fácil de definir; y más aún si se trata del amor a Dios. Ante este mandamiento mayor y primero de amar a Dios con la totalidad de nuestro ser surgen varias cuestiones, las cuales fueron expresadas con gran honestidad por el Papa Benedicto XVI al presentar su encíclica “Dios es amor” (DEA) para la revista Famiglia cristiana: “La primera cuestión es si se puede amar a Dios de verdad, dado que no lo vemos: “¿Es realmente posible amar a Dios aunque no lo vea?” (DEA nº 16). La segunda cuestión es: “¿Se puede mandar el amor?” (DEA nº 16). La tercera es si el amor se reduce o no a un sentimiento”.

            A estas cuestiones responde magistralmente el Papa en el nº 17 de Dios es Amor:

“Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este « antes » de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta. En el desarrollo de este encuentro se muestra también claramente que el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor… Es propio de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya, por así decir, al hombre en su integridad. El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por « concluido » y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común”.

En cuanto al segundo mandamiento, el del “amor al prójimo como a uno mismo”, notemos que para la interpretación cristiana del mismo es mucho más amplia que la judía. Esto también lo desarrollo muy bien Benedicto XVI en DEA nº 15: “Mientras el concepto de «prójimo» hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora.”

En cuanto a la relación entre el amor y los sacrificios cultuales, es cierto que para Dios el amor vale mucho más que los sacrificios de animales, que los sacrificios del culto antiguo. Pero en la Nueva Alianza el amor es la fuente y cumbre del sacrificio cultual, del amor extremo de Cristo que entrega su vida por la salvación de todos y que celebramos en cada Eucaristía. Como bien nota H. U. von Balthasar[4] “si los sacrificios de la Antigua Alianza se tornan caducos con Cristo, es porque su cumplimiento del amor a Dios y al prójimo en su muerte en la cruz y en la Eucaristía hace coincidir, pura y simplemente amor vivido y sacrificio cultual”.

También en la Nueva Alianza se profundiza la vinculación entre el primero y el segundo de los mandamientos, al punto que una verdadera circulación e interacción entre estos dos amores de modo que se alimentan mutuamente.

Por último es importante no perder de vista que en este segundo mandamiento hay dos amores: el amor al prójimo y el amor a uno mismo. En concreto, se nos manda amar al prójimo de la misma manera en que nos amamos a nosotros mismos. El entonces Card. J. Ratzinger decía al respecto que “esto significa lo siguiente: el amor de sí mismo, la afirmación del propio ser, ofrece la forma y la medida para el amor al prójimo. El amor de sí mismo es una cosa natural y necesaria, sin la que el amor al prójimo perdería su propio fundamento […] Todos los hombres han sido llamados a la salvación. El hombre es querido y amado por Dios y su tarea máxima consiste en corresponder a este amor. No puede odiar lo que Dios ama. No puede destruir lo que está destinado a la eternidad. Ser llamados al amor de Dios es ser llamados a la felicidad. Ser felices es un deber humano-natural y sobrenatural Cuando Jesús habla de negarse a sí mismo, de perder la propia vida, etc., está indicando el camino de la justa afirmación de sí (amor de sí mismo) que reclama siempre un abrirse, un trascender. Pero la necesidad de salir de sí, no excluye la autoafirmación, sino todo lo contrario: es el modo de encontrarse a sí mismo y de “amarse”. Cuando hace cuarenta años leí por primera vez el Diario de un cura rural de Bernanos, me impresionó muchísimo la última frase de aquella alma sufriente: “No es difícil odiarse a sí mismo, pero la gracia de las gracias sería amarse a sí mismo como un miembro del cuerpo de Cristo”. El realismo de esta afirmación es evidente. Hay muchas personas que viven en contradicción consigo mismas. Su aversión a sus propias personas, su incapacidad de aceptarse y de reconciliarse consigo mismas, queda muy lejos de la “auto – negación” pretendida por el Señor. Quien no se ama a sí mismo no puede amar a su prójimo. No le puede aceptar “como sí mismo”, porque esta contra sí mismo y por tanto es incapaz de amarle partiendo de lo profundo de su ser”[5].

En fin, como dice el Papa Francisco estos dos mandamientos “son los más importantes y los demás dependen de estos dos. Y Jesús vivió precisamente así su vida: predicando y obrando aquello que verdaderamente cuenta y es esencial, es decir, el amor. El amor da impulso y fecundidad a la vida y al camino de fe: sin amor, tanto la vida como la fe permanecen estériles” (Ángelus del 29 de Octubre de 2017). En síntesis, amor a Dios, amor al prójimo, amor a sí mismo. Siempre lo primero es el amor.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Para agradarte

Señor dame ese silencio

Que se anonada ante tu divinidad

Y no se atreve a pronunciar

Palabra alguna

Concédeme saber de Ti

Para calmar la sed del saber

De conocer tu querer

Para hacerlo mío.

Deja que tu voz invada mi ser

Atraviese lo profundo y se haga llaga

Brote mi amor a Ti puro

Salud de mi rostro!

Desbórdese por tu gracia

Y se derrame al prójimo que clama

Sólo para agradarte, mi Dios

Darte gloria y alabanza. Amén.

[1] Cf. J. Gnilka, El evangelio de Marcos. Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 192.

[2] Cf. E. Cortese – P. Kaswalder, Il fascino del sacro. Alla riscoperta del libro del Levitico (San Paolo; Milano 1996) 75-77.

[3] . J. Gnilka, El evangelio de Marcos. Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 194.-

[4] Luz de la Palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 202.

[5] Mirar a Cristo. Ejercicios de Fe, Esperanza y Amor (EDICEP; Valencia 2005) 100-101.

 

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