Lectio Divina

DOMINGO XXXII DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera Lectura (1Re 17,10-16):

El ciclo de Elías, que comienza en 1Re 17, no es continuo, pues los capítulos 20 y 22 se refieren a las guerras arameas sin mostrar una especial animosidad contra Ajab; en ellos Elías no aparece. El capítulo 21, dedicado a la historia de Nabot, constituye uno de los elementos esenciales, mostrándonos cómo el profeta defiende con la misma energía los derechos del hombre que los de Dios. La narración del arrebato de Elías al cielo (2Re 2) se asigna al ciclo de Eliseo, pues el centro del relato es la transmisión del espíritu (2Re 2,9), simbolizada en el manto del profeta.

Por tanto, este relato al inicio del ciclo de Elías quiere presentarnos al profeta como hombre de Dios cuya palabra es poderosa y hay que creer en ella porque viene de Dios. Así, esta pobre viuda ofreció al profeta todo lo que tenía para vivir ella y su hijo; y por su generosidad Dios obró el milagro pues “el tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías” (1Re 17,16).

Evangelio (Mc 12,38-44):

En el evangelio de este domingo tenemos que distinguir dos partes: la primera (12,38-40) es una enseñanza de Jesús sobre la mala conducta de los escribas; mientras que la segunda (12,41-44) se refiere al testimonio religioso de una viuda pobre.

El texto comienza anunciando una enseñanza o instrucción de Jesús (didajé). Recordemos que Marcos es el evangelista que más insiste en la enseñanza de Jesús y en la buena recepción que tiene la misma por parte de la gente (cf. Mc 1,22.27; 4,2; 11,18 donde aparece el término didajé; mientras que en Mt lo encontramos dos veces y una sola vez en Lc).

Podemos suponer que la enseñanza va dirigida a la multitud que aparece en la escena inmediatamente anterior escuchando a Jesús con agrado (cf. 12,37).

  1. Gnilka[1] divide esta enseñanza de Jesús en tres partes: advertencia introductoria, descripción de la conducta condenable de los escribas y amenaza de juicio conclusiva.

La advertencia introductoria comienza con un verbo en imperativo, blépete, que mayormente tiene el sentido de guardarse o cuidarse de algo malo. El mismo aparece siempre en boca de Jesús y dirigido principalmente a los discípulos. Ya había aparecido con un sentido idéntico en Mc 8,15: “Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes”. Por tanto, indica que nos encontramos ante un importante llamado de atención que viene siempre de parte del Señor, quien pide a sus discípulos estar alerta, en constante vigilancia para no dejarse confundir o “contagiar” por modos de pensar u obrar contrarios a la enseñanza del evangelio.

Jesús invita aquí a cuidarse o resguardarse de los escribas. Así se llamaba a los que dedicaban al estudio de las Escrituras, a las que interpretaban a la luz de las tradiciones de los antepasados, adaptando las normas a la vida práctica. Se los llamaba también doctores de la ley, sabios o maestros (rabbí) pues enseñaban en escuelas y en el Templo; y solían ser honrados por el pueblo y recibir los puestos de honor en la sinagoga (cf. Mc 12,38-39). La mayoría de los escribas pertenecían al grupo de los fariseos y eran muy influyentes entre ellos.

A continuación Jesús describe la conducta de los escribas, de la cual hay que cuidarse bien de seguir o imitar. En concreto presenta cinco acciones de los escribas que en cierto modo son una caricatura de los mismos: 1) pasearse con largas vestiduras; 2) ser saludados en las plazas; 3) ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; 4) devoran los bienes de las viudas; 5) fingen hacer largas oraciones[2].

Si vamos a la actitud de fondo, en cuatro de las acciones (1; 2; 3 y 5) es clara su opción por la apariencia, por lo meramente exterior con la intención de obtener la aprobación o el reconocimiento de los demás. En la otra (4), “devorar los bienes de las viudas”, parece que se trata más bien de una actitud de aprovechadores o manipuladores movida por la avaricia. Es decir, los escribas valiéndose de su condición y de su fama de hombres religiosos se apropiarían de los bienes de las viudas.

En los escritos rabínicos de aquella época, según nos informa J. Gnilka[3], también se condena severamente la explotación bajo pretexto devoto: “De los pobres los bienes devoran y afirman que lo hacen por justicia. En realidad perecen ellos” (AscMos 7, 3-10).

En síntesis, la religiosidad de los escribas es falsa por cuanto está motivada por la vanagloria y la codicia. De estos dos peligros nos advierte Jesús.

La enseñanza cierra con la amenaza de un juicio más severo para los escribas. Se trata sin duda del juicio escatológico o final de Dios.

La segunda parte narra primero lo que Jesús observa frente al arca del tesoro del templo y luego la enseñanza que Jesús da a los discípulos a partir de lo observado.

En el recinto interior del Templo de Jerusalén estaba la sala del tesoro donde se encontraban unas alcancías en forma de trompeta, una de las cuales estaba destinada para las donaciones voluntarias. Al depositar la gente su ofrenda allí harían un ruido proporcionado a la cantidad de monedas depositadas. Entonces Jesús nota que muchos ricos echaban mucha cantidad. De pronto aparece una viuda “pobre” (se notaría en su vestimenta y en su aspecto exterior) que sólo deposita dos leptas, que son las monedas de cobre más pequeñas. Si se toma en cuenta solamente la cantidad, es claro el contraste entre los ricos que ponen mucho y la viuda que dona muy poco, y la consiguiente valoración positiva de los que ponen más. Pero la valoración que hace Jesús a modo de enseñanza para sus discípulos toma en cuenta otro aspecto y por ello es diversa: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”(Mc 12,43-44).

Por tanto para Jesús la viuda ha puesto más que los ricos que han donado mucho. Y esto porque Jesús no mira la cantidad sino lo que representa lo dado por cada uno. Los demás han dado lo que les sobraba; la viuda ha dado todo lo que tenía, ha dado su vida, se ha dado a sí misma a Dios en su pobre ofrenda.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            ¿Existe alguna relación entre las dos partes del evangelio de hoy? Algunos piensan que a nivel literario el nexo está en la “palabra gancho” viuda que aparece en ambas partes. Me parece que la conexión mayor se da, a nivel teológico y por contraposición, entre el mirar de los hombres y el mirar de Jesús, entre el valorar de los hombres y el valorar de Jesús.

En efecto, mientras los hombres buscan, miran y valoran sólo las apariencias, Jesús, al igual que Dios en el AT, mira el corazón y no la apariencia. Recordemos sino la frase de Dios a Samuel cuando tenía que ungir a uno de los hijos de Jesé: “No es como ve el hombre, pues el hombre ve las apariencias, pero Yahvé ve el corazón” (1Sam 16,7). Y este mirar profundo y verdadero de Dios es el fundamento de su justo juicio. Por su apariencia los escribas eran a los ojos del pueblo hombres muy piadosos; pero Jesús ve que su corazón está lleno de vanagloria y codicia. A los ojos de los hombres, o sea en apariencia, los ricos dan mucho más que la pobre viuda; pero a los ojos de Jesús la viuda dio mucho más porque dio todo lo que tenía para vivir.

            Por tanto, un primer tema que nos sugiere el evangelio de hoy en su conjunto es el de apariencia y realidad. La apariencia es lo que vemos nosotros y en función de lo cual muchas veces hacemos nuestras valoraciones. La realidad es lo que ve Dios, y es lo verdadero y definitivo. Y sabemos que esta verdad saldrá a luz de modo claro en el juicio de Dios. En efecto, tal como leemos en Is 11,3: “El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir”.

Pero la enseñanza de Jesús es para que ya desde ahora vivamos y obremos bajo esta luz. Por eso nos advierte del peligro de lavanagloria o hipocresía que busca sobresalir, ubicarse en los primeros puestos, hacerse fama de “espirituales” con las oraciones a la vista de todos.

            En concreto el evangelio de hoy nos está presentado un anti-modelo para no seguir, la actitud de los escribas; y un modelo a imitar, el de la pobre viuda. Como dijo el Papa Francisco: “Jesús, hoy, nos dice también a nosotros que el metro para juzgar no es la cantidad, sino la plenitud. Hay una diferencia entre cantidad y plenitud. Tú puedes tener tanto dinero, pero ser una persona vacía. No hay plenitud en tu corazón. Pensad esta semana en la diferencia que hay entre cantidad y plenitud. No es cosa de billetera, sino de corazón. Hay diferencia entre billetera y corazón… Hay enfermedades cardíacas que hacen que el corazón se baje hasta la billetera… ¡Y esto no va bien! Amar a Dios «con todo el corazón» significa confiar en Él, en su providencia, y servirlo en los hermanos más pobres, sin esperar nada a cambio”.

            La condena de los escribas nos recuerda aquella de los fariseos en Mt 6, 1-18 donde el comportamiento de estos es presentado en abierto contraste con el que debe tener el discípulo de Jesús, que es obrar en lo secreto o escondido para ser visto sólo por el Padre, quien lo recompensará. El hipócrita, fariseo-escriba- no obra buscando la mirada de Dios sino la de los hombres y por esto busca “mostrarse” en sus actos de piedad.

            Por el contrario, la viuda obra sólo a los ojos de Dios, pues sólo Él (y Jesús nos lo revela) sabe lo que significaba para ella las dos moneditas de cobre. Bien podemos decir que al dar todo lo que tenía para vivir, ha entregado toda su vida a Dios. Es un testimonio elocuente, pues como señala H. U. von Balthasar[4]: “La viuda del evangelio de hoy no abre la boca, ni siquiera intercambia unas palabras con Jesús, pero Jesús la pone como ejemplo al final de toda su enseñanza: ella es, quizá sin saberlo, la que mejor ha comprendido lo que él ha querido decir en todos sus discursos. Y, al contrario que Elías, Jesús no dirá ni una palabra sobre una eventual recompensa: la acción de la mujer es tan brillante que tiene la recompensa en sí misma”.

            El juicio evaluativo que hace Jesús sobre los fariseos y sobre la viuda “nos instruye sobre los criterios que se utilizan en el Reino de Dios. Al Señor no le interesa la cantidad ni la eficacia de nuestros dones, sino la total disponibilidad de nuestro corazón […] La pobre viuda del evangelio nos descubre que el reino está en un corazón que se abre totalmente al otro, dando todo lo que posee, incluso lo que es necesario para vivir, aunque esto sea muy poco a los ojos de los demás”[5].

Otro detalle para notar es que la viuda no se avergonzó de su pobreza, no se juzgó a sí misma por su apariencia o condición. En este sentido nos invita, como también lo hace Sta. Teresita, a amar nuestra pobreza – que es nuestra realidad verdadera – y a entregarla con amor a Dios. Sus palabras son: “Lo que le agrada a Dios es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… Este es mi único tesoro” (carta del 17-9-1896).

            Este texto también nos ilumina sobre el sentido profundo de la pobreza evangélica, pues como dice H. U. von Balthasar: “Dios es absolutamente más rico que nadie, porque es absolutamente el más pobre. No tiene nunca nada para sí, sino siempre para el otro. Toda la riqueza de Dios consiste en este darse y recibir el Tú”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

 Solo Tú puedes ver nuestra ofrenda

Señor Jesús,

Tú te detienes a observar a los pequeños

Tomas de ellos y te rebelas niño, vulnerable,

Semejanza del hombre y rostro del Padre.

Comprendes la pobreza de nuestros actos

Y más aún nuestra ignorancia,

Nuestros inventos e intentos de ofrecer algo

Como si fuera nuestro, aunque no tenemos nada.

Ante Dios mismo y solo de rodillas

Nos atrevemos insolentes, a levantar la mirada

La medida de ese gesto, de la entrega, de la limosna…

Tú y nadie más, puede juzgarla.

Solos, viudos del amor,

Clamamos entre el egoísmo, la indiferencia

Las horas vacías por juntar bagatelas y arrojarlas luego

Por no acumular tesoros en tu cielo.

¡Cómo no admirarnos de tu Palabra!

Espejo plateado de agua dulce y salada

Nos limpia de la vanidad, del orgullo y nos desgarra

Dibuja en alma la Presencia Trinitaria.

Martirio dulce el nuestro, a cambio del tuyo:

Crueldad y cruz, ¡tan alto precio!

Llévanos a ese altar, donde ofrecernos, es estar

A tus pies, dándote un espacio de tiempo.

Y así la ofrenda de cada día

Sea tierra, barro del Alfarero y arcilla luego

Para formar en nosotros al hombre nuevo

Para Gloria del Padre, del Hijo y el Espíritu Eterno. Amén.

[1] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 203.

[2] Algunas traducciones (Biblia de Jerusalén, por ejemplo) vinculan esta última acción con la de devorar los bienes de las viudas, pero la presencia de la conjunción kai (y), más el contexto invitan a traducir el sustantivo griego prófasis como fingir o aparentar más que como “pretexto”. Si bien tiene este último sentido en Jn 15,22; He 27,30 y 1Tes 2,5; nos inclinamos por aparentar o fingir, es decir como actitud no verdadera sino falsa según Flp 1,18: “Pero ¿y qué? Al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente, Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome.”

[3] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 204.

[4] La luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 204.

[5] L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo. Domingos durante el año. Ciclo B (CEA; Buenos Aires 2002) 253.

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