Lectio Divina

DOMINGO XXIII DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

Primera lectura (Sab 9,13-18)

El texto que leemos hoy es la tercera y última estrofa de la oración de Salomón para pedir la Sabiduría que comprende Sab 9,1-18. En esta estrofa Salomón no ocupa el centro sino el hombre común sobre quién se hace una reflexión filosófico-teológica: nadie puede conocer a Dios ni su voluntad ni lo que le agrada sin la Sabiduría. Y una prueba evidente de ello es la dificultad que encuentra el hombre, dada su condición carnal y terrenal, de poder pensar correctamente la misma realidad creada. Por tanto, lejos está de la posibilidad del hombre el conocer y comprender las cosas celestiales, los misterios de Dios. Ahora bien, Dios ha dado su Sabiduría, la cual enseña a los hombres acerca del recto vivir, lo que agrada a Dios, y de este modo los conduce por el camino de la salvación. Es de notar que al mismo atributo divino, la Sabiduría, se atribuye en este libro tanto la creación como la salvación[1].

Evangelio (Lc 14, 25-33):

            El relato comienza haciendo referencia a una multitud que camina junto a Jesús. Podemos decir que se refiere a quienes han escuchado el llamado a entrar por la puerta estrecha, a comprometerse con Jesús, y que empiezan a responder poniéndose en movimiento, en seguimiento. Pero hay que tener cuenta también la parábola inmediatamente anterior (Lc 14,15-24 que no leemos hoy) donde los invitados a la boda despreciaron la invitación pues no supieron valorarla y, por ello, se excusaron por cuestiones económicas o familiares. Mediante esta parábola se enseña que hay apegos humanos que nos retienen e impiden entrar por la puerta estrecha. En este contexto, se comprenden mejor las exigencias que siguen, pues como bien nota J. Fitzmyer[2]: “la instrucción que ahora comienza se dirige precisamente a establecer una serie de condiciones para que todos los invitados sean auténticos discípulos, ciudadanos del Reino”.

Los oyentes, todos, no son todavía discípulos, pero están llamados a serlo. Lo que les falta es aceptar y vivir las condiciones del seguimiento de Jesús que él mismo las expondrá a continuación. En efecto, los versículos 26 y 27 expresan las exigencias o condiciones necesarias para “ser discípulo” de Jesús. Gramaticalmente se trata de una oración condicional, de modo que si no se cumple la condición no se da el efecto, o sea “no puede ser mi discípulo”. ¿Y cuáles son las condiciones necesarias?

Þ La primera es amar a Jesús por encima de cualquier otro vínculo humano, en particular los más cercanos como son los vínculos familiares (padre, madre, hijos, hermanos). La expresión original es muy fuerte porque utiliza el verbo μισέω que significa literalmente odiar o rechazar. Al respecto comenta J. Fitzmyer[3]: “con ese mismo verbo, Jesús expresa figurativamente toda la lealtad que él exige a sus verdaderos discípulos. No es que Jesús imponga a los suyos una actitud de «odio», sino que en esa formulación se implica que hasta las personas más cercanas pueden convertirse en obstáculo para la radicalidad que Jesús exige. El discípulo tendrá entonces que elegir entre los vínculos familiares que reclama la naturaleza y la fidelidad al Maestro. Mateo suaviza la radicalidad de esas exigencias de Jesús con su propia reformulación: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37)”.

Þ Luego, hay que amar a Jesús más que a sí mismo, más que a la propia vida.

Þ En tercer lugar, hay que cargar la propia cruz y seguirlo.

Si no se dan estas tres condiciones, no se puede ser discípulo de Jesús.

Según F. Bovon[4] estos dos versículos “expresan francamente lo que se espera del hombre o de la mujer que quieren seguir a Cristo. «Ser discípulo» es recibir la enseñanza de otro, es aceptar ser formado por el Otro. Para aceptar serlo – tal es la intención de estas dos sentencias – hay que aceptar romper uno con su origen y pensar en un futuro en contra de todo sentido común. Si el pasado no determina ya al ser humano y si el futuro no es lo que, como suele suceder, moviliza sus esperanzas, surge entonces una existencia presente inesperada. ¿No será prudente reflexionar desde ahora antes de decidirse a dar un paso semejante?”.

        La respuesta a esta última pregunta la encontramos en los versículos 28-32 que traen dos breves parábolas con un mismo mensaje fundamental: hay que reflexionar antes de decidirse a seguir al Señor después de haber escuchado de boca del mismo Jesús las renuncias que implica. No es prudente ni sabio comenzar y luego dejar a mitad del camino. Por tanto, no se puede tomar la opción ni a la ligera ni a medias. Es a todo o nada; y para siempre.

La perícopa se cierra en el versículo 33 con la presentación de otra condición para ser discípulo de Jesús: estar dispuesto a renunciar a todos los bienes, que en cierto modo engloba las tres anteriores ya que en este contexto “bienes” se refiere a todo lo que hombre posee o busca poseer: vínculos y afectos; la propia vida, el bienestar, lo material.

En síntesis, las tres exigencias son “renuncia voluntaria a los vínculos afectivos con la familia, aceptación sincera de una renuncia radical al propio interés, renuncia afectiva a las posesiones materiales. Aparte de las condiciones en sí mismas, Jesús —o el propio evangelista— exige un serio discernimiento, sin precipitación de ninguna clase, sino con una previa deliberación sobre los costes y los riesgos de un compromiso de tanta envergadura. No se puede asumir a la ligera una tal responsabilidad, sino que hay que ponderar con calma las previsibles consecuencias”[5].

ALGUNAS REFLEXIONES:

             No caben dudas que el evangelio de este domingo nos presenta muy claramente la estrechez de la puerta por la que estamos llamados a pasar si queremos de verdad seguir a Jesús, ser sus discípulos.

            Y tampoco caben dudas sobre la impresión que suelen provocarnos estas palabras de Jesús: más bien negativa, nos asustan, casi nos espantan. Y la verdad es que Jesús no nos pide mucho, nos pide todo. Más concretamente, nos pide el primer lugar en el orden de los afectos. Jesús nos pide que lo amemos como a Dios, esto es, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. ¿Y la familia? ¿Y la propia vida? ¿Y los bienes? Se los puede amar, pero de modo subordinado al amor preferencial que reclama Jesús. Para lograr esto, primero hay que renunciar afectivamente a todo y después lo recuperamos, pero ya ordenado al amor de Cristo.

En varias ocasiones ya hemos recordado la magistral frase de San Benito que bien resume el evangelio de hoy: “no anteponer nada al amor de Cristo”.

Tal vez nos ayude un poco a entender esta extraña sabiduría de la cruz si la consideramos en su perspectiva dinámica y en su valor pedagógico. Porque se trata ante todo de purificar y ordenar los amores de nuestra vida. Y tenemos que partir aceptando que, después del pecado original, nuestros amores se desordenan fácilmente, nos apegamos más de lo debido a las personas, a las cosas y, sobre todo, a nosotros mismos. Por esto es necesaria la renuncia a todo, como medio para volver a recuperarlo todo de nuevo, pero ordenadamente.

Hay un ejemplo que puede ayudarnos a explicar esto. Es lo que nos pasa cuando cruzamos por el control en un aeropuerto: tenemos que dejar a un lado todo lo que llevamos para pasar por la “estrecha puerta” que detecta metales, mientras nuestras posesiones pasan por un carril donde está el aparato que “escanea” el equipaje. Luego de pasar la puerta, recuperamos nuestro bolso con nuestras cosas, ya controladas.

En otras palabras: “Debemos preguntarnos si estamos dispuestos verdaderamente a abandonar todo y a esperar, con buen ánimo, toda la fuerza únicamente de Dios, dejando que sea él quien disponga de toda nuestra vida. Abandonar no significa huir a un desierto, sino, simplemente, soltar los dedos aferrados a cualquier cosa que considero una «pertenencia», para ofrecerle todo al Señor” (P. G. Cabra).

Sto. Tomás de Aquino afirmaba con claridad que el sentido de la abnegación o renuncia cristiana es subordinar el amor de sí mismo al amor de Dios (cfr. ST II-II, 26,3). Justamente porque busca poner en su verdadero lugar al “amor a sí mismo”, la abnegación es la otra cara de la moneda de la humildad. Y de este modo se conecta el mensaje de este domingo con el del domingo pasado, que nos hablaba de la importancia capital de la humildad; y hoy de la necesidad de vivir la abnegación. Como bien señala B. Olivera[6]: “la humildad es reconocerse en la verdad de Dios. La abnegación es negarse por amor y para amar. La mortificación es hacer morir la afectividad desordenada y los sentidos descarriados, ella nos despoja de esa lacra que llamamos vicio”.

Queda claro que Jesús nos invita a vivir en la humildad y a practicar la abnegación para pasar por puerta estrecha. Pero, también nos motiva con la plenitud de vida que encontraremos del otro lado de la puerta estrecha.

Con esta perspectiva amplia, que no diluye en nada las exigencias para ser discípulo de Jesús pero que al mismo tiempo deja lugar a los “beneficios” de ser discípulos suyos, hay que ponerse honestamente a reflexionar sobre la “calidad” de nuestra vida cristiana. Esto supondrá sentir las resistencias de nuestra naturaleza herida por el pecado sin dejarse bloquear por ellas. También supondrá valorar lo que Jesús nos ofrece y orientar hacia Él nuestros deseos más profundos de plenitud humana. Quedaremos en tensión, por un lado las inclinaciones de nuestra naturaleza y por otro las de la Gracia de Dios. Y esto por mucho tiempo. En algún momento tendremos que tomar la decisión, la opción fundamental de nuestra vida. Ojalá que el amor de Jesús y por Jesús nos incline por entregarnos totalmente a Él. La experiencia que nos transmiten quienes se han jugado del todo por Jesús es un aliciente en este camino pues nos hablan de lo hermoso que es todo después de haber atravesado la puerta estrecha. Sí, porque atravesando la puerta estrecha caemos en brazos del amor de Jesús que nos salva: “Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.” (EG n°1).

Pero atención: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (EG n° 2).

Escuchemos la propuesta tan evangélica de Francisco: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos” (EG n° 3).

 También la renuncia a sí mismo está en función de una entrega a los demás, especialmente a lo que menos tienen ni pueden. Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del 4 de setiembre de 2016: “El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y descartados de la vida y ponerse a su servicio. Por esto, los voluntarios que sirven a los últimos y a los necesitados por amor a Jesús no esperan ningún agradecimiento ni gratificación, sino que renuncian a todo esto porque han descubierto el verdadero amor. Y cada uno de nosotros puede decir: «Igual que el Señor ha venido a mi encuentro y se ha inclinado sobre mí en el momento de necesidad, así también yo salgo al encuentro de él y me inclino sobre quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera, sobre los jóvenes sin valores e ideales, sobre las familias en crisis, sobre los enfermos y los encarcelados, sobre los refugiados e inmigrantes, sobre los débiles e indefensos en el cuerpo y en el espíritu, sobre los menores abandonados a sí mismos, como también sobre los ancianos dejados solos. Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza». Y, esto, hacerlo con la viva memoria de la mano extendida del Señor sobre mí cuando estaba por tierra”.

Una exacta síntesis del mensaje del evangelio de hoy nos la ofrece San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales n° 189: “Piense cada uno, que tanto se aprovechará en todas las cosas espirituales, cuanto saliere de su propio amor, querer e interés”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Junto con Jesús

El gentío que acompaña al Salvador,

Como las ovejas de un rebaño, lo sigue a paso lento

Escucha su Palabra de consuelo,

Reconoce el sonido de su voz,

Y de Él espera su Alimento.

La Cruz de los días grises, de la enfermedad

Del hambre y los lamentos

Viene al hombro de cada uno, y también del Pastor

El canta por aquellos caminos,

Les inunda de alegría el corazón.

¡Cuánto conoce al hombre y su debilidad!

Nadie como Él hizo la experiencia

Por eso sabe de humildad y de paciencia

Mira a cada uno con ternura

Y a cada instante les enseña.

Los cálculos quedan en sus manos

La parte de cada uno es una porción incierta

Construir sobre sus cimientos

Asegura el edificio y a su lado,

Se triunfa en todas las guerras.

Enséñanos a negociar tu Paz

La única y verdadera, la del fondo de uno mismo

Oculta al mundo y a cualquiera.

Dejo mis renuncias cada día en tu altar

Para alcanzar tus promesas. Amén.

[1] Cf. J. Vilchez, Sabiduría (Verbo Divino; Estella 1990) 288-293.

[2] El Evangelio según Lucas, T. III (Cristiandad; Madrid 1987) 626

[3] El Evangelio según Lucas, T. III (Cristiandad; Madrid 1987) 632-633.

[4] El evangelio según san Lucas II (Lc 9,51-14,35) (Sígueme; Salamanca 2002) 649.

[5] El Evangelio según Lucas, T. III (Cristiandad; Madrid 1987) 629.

[6] Como María. Catecismo contemplativo mariano 2 (Soledad Mariana; Buenos Aires 1986) 101.

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