Aportes de Joseph Ratzinger para pensar la cristología

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Mirada desde la cristología fundamental

  1. Contextualización de una cristología fundamental

El aporte específico que quisiera reseñar será uno pasado por el cedazo de la cristología fundamental en virtud de la especifidad de la teología fundamental entendida como inteligencia de la fe que busca “dar razón de la esperanza” (1 Pe 3,15) del creyente en la persona de Jesús de Nazaret. Distintos autores han considerado el apartado de la cristología fundamental en los manuales clásicos de la Teología Fundamental a partir de la relación cristología – antropología, teología – antropología, mediado por el Misterio de la Encarnación, centro medular de la fe cristiana.

Así, Bentué explica que ella tiene que ver con la búsqueda de cómo la racionalidad de la pretensión cristiana (Jesús es el Mesías y único Mediador entre Dios y los hombres) “va vinculada a la contundencia histórica del hecho Jesús y a la genialidad especial de su mensaje como respuesta al problema radical del hombre”[1] (Relación cristología – antropología). Dicha relación entre Dios y el hombre en Jesucristo es leída por Pie Ninot desde Dei Verbum 2 cuando el Concilio afirma que “la verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite la revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación”. En otras palabras, para conocer a Dios y para entender quién es el hombre hay que mirar a Jesucristo, en quien lo divino se ha unido con lo humano (Cf. Calcedonia 451). Como comenta Pie Ninot “Jesucristo no es una idea o un concepto, sino el Verbo encarnado, es decir, Dios hecho experiencia humana en la historia de Jesús de Nazaret”[2]. Por su parte Ángel Cordovilla, siguiendo la intuición de que una cristología fundamental para ser significativa debe considerar la relación Cristo – hombre comenta que “la experiencia humana de lo divino hay que reinterpretarla desde la historia de Israel y desde la persona de Jesús de Nazaret (…) Mediante su particularísima experiencia de Dios, manifestada a través de sus acciones y palabras, Jesús de Nazaret nos revela al mismo Dios”[3]: “el misterio del hombre se entiende desde el Verbo encarnado”.

Luego de esta introducción, presento lo que a mi entender es una de las claves que Ratzinger nos aporta para comprender la cristología desde la perspectiva de la Iglesia, de la Escritura y de la Tradición. Esta es una de varias ideas que de su obra se pueden extraer, por ello esta reseña no agota lo mucho que se puede reflexionar desde su teología.

  

  1. El ser histórico y social del hombre tiene su arquetipo en Jesucristo

Siguiendo la pista de la cristología fundamental presentada en el primer momento, se indaga en cómo Jesucristo representa y constituye el arquetipo, el modelo de sentido, la medida, el rostro de lo que es el hombre. Así, en la Introducción al cristianismo Ratzinger sostiene que lo realmente inaudito de la confesión cristiana, la paradoja esencial, el escándalo, es que Dios ha entrado en la historia del mundo en un individuo histórico: “la inteligencia que ha hecho a todos los seres se ha hecho carne, ha entrado en la historia y es un individuo, que no solamente abarca y sostiene toda la historia, sino que forma parte de ella”[4]. La persona de Jesús de Nazaret, Dios y hombre, dan sentido al devenir histórico, a la historicidad tanto del mundo pero sobre todo del ser humano. En palabras de Ratzinger, “Jesús, un hombre histórico, es el Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es el hombre Jesús. Dios se hace acontecimiento para los hombres mediante los hombres, más concretamente, mediante el hombre en quien se manifiesta lo definitivo del ser humano y que es a la vez el propio Dios”[5].

Esto es clave, ya que un hombre histórico, social, relacional, con una psicología y una identidad personal manifiesta el Misterio insondable de Dios. A la vez que representa cómo el mismo hombre constituye también un misterio. Dios en Jesucristo propone un modelo de hombre determinado. Es una intuición poderosa y que reclama una determinada actuación para consigo mismo pero sobre todo en la relación personal con otros. La historia del hombre y del hombre en relación con sus semejantes está atravesada por la presencia de Dios y gracias a dicha presencia nuestra vida adquiere un nuevo horizonte en la persona de Jesucristo (Cf. Deus caritas est 1). Es por ello que Jesús de Nazaret es el acontecimiento, y por ello su Encarnación no es sólo una clave simbólica, como afirma Ratzinger en Jesús de Nazaret, sino que “es un fundamento constitutivo: et incarnatus est: con estas palabras profesamos la entrada efectiva de Dios en la historia real”[6].

El hombre, capacitado por la gracia para acoger una posible palabra de Dios, puede reconocer en Jesucristo el centro de su vida. El yo del hombre se orienta al Yo de Jesús, que es “un yo que es plena apertura, plena palabra, pleno hijo. La palabra no es algo encerrado en sí mismo, sino que procede de alguien y se dirige a alguien ha de escucharla”[7]. Los “yo” se unen y el hombre reconoce en Jesucristo a su hermano y Jesucristo reconoce en nosotros a sus propios hermanos. A mi entender este reconocimiento mutuo es central para entender la relación cristología – antropología, pero no se queda reducida al mero yo privado, individual, sino que es prolongado, exteriorizado, vertido y actualizado en la relación con los otros. Jesucristo es así el modelo de la proexistencia, de la vicaría, de vivir por otros, morir por otros y resucitando abrirnos la puerta de una vida nueva para todos.

Jesucristo es pura apertura para con su Padre y para con los hombres. Su misma Encarnación acontece “por nosotros y por nuestra salvación” (Concilio de Nicea y I Constantinopla). Jesús es pura salida amorosa y graciosa para nuestra vida. Y esto reclama que nosotros vivamos concretamente la proexistencia, limitada claramente, para con los demás. Las dinámicas de solidaridad, de compasión, de misericordia tienen en Jesús su paradigma y desde ellas hemos de actuar con quienes nos rodean. En Jesucristo hay una lógica de la gratuidad y de la donación, en Él todo es servicio y es capaz de desprenderse del egoísmo y de enseñar al hombre a desprenderse de sus propios egoísmos. Por ello, la teología y la cristología de Ratzinger, antes de una teoría o una palabra académica, representa un reto para la vida del cristiano. En Ratzinger se puede reconocer una teología que se hace vida, una teología para la vida y cómo la vida es también una teología.  

La verdadera humanidad, la auténtica antropología teológica que está en relación dialéctica con la cristología fundamental, encuentra en Jesucristo al modelo perfecto de lo que es el hombre: el que escucha y acoge libremente la Palabra de Dios y que la pone en práctica con sus hermanos. Ese es el punto de partida de toda cristología: persona y misión, obrar y ser, vida y teología. En palabras de Ratzinger, “sólo así y sólo por eso es el auténtico hombre ejemplar (Jesucristo), ya que el hombre tanto más está en sí cuanto más está en los otros. El hombre solamente llega a sí mismo cuando sale de sí mismo. Sólo accede a sí mismo a través de los demás y estando con los demás”[8]. Sólo en el encuentro con Dios y en el encuentro con los otros la vida humana adquiere consistencia. Sólo en la dinámica de salida, de perderse a sí mismo pero no olvidando la individualidad constitutiva, estamos experimentando a Cristo y permitiendo que otros también lo experimenten.

[1] Antonio Bentué, La opción creyente. Introducción a la teología fundamental (Sígueme, Salamanca 1986) 93.
[2] Salvador Pie Ninot, La teología fundamental (Secretariado Trinitario, Salamanca 2006) 331.
[3] Ángel Cordovilla, El ejercicio de la teología. Introducción al pensar teológico y a sus principales figuras (Sígueme, Salamanca 2007) 69.
[4] Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo (Sígueme, Salamanca 200511) 163.
[5] Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, 164.
[6] Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret Tomo I Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta, Santiago 2007) 11.
[7] Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, 176.
[8] Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, 196.
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Juan Pablo Espinosa Arce
Juan Pablo Espinosa Arce. Chileno. Licenciado en Educación y Profesor de Religión y Filosofía por la Universidad Católica del Maule. Es Candidato a la Licenciatura en Teología Fundamental por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ayudante de Cátedra «Teología Latinoamericana» de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tutor Académico en Teología de la Congregación de la Santa Cruz en Santiago de Chile. Docente de Ética y Filosofía en el Instituto Profesional Santo Tomás de Rancagua, Chile. Ha desarrollado trabajos investigativos en el área de la Teología Fundamental, de la Teología Política y Latinoamericana y de Educación Religiosa. jpespinosa@uc.cl