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En fecha: 18/10/2018 9:14:59 2018 / +0000 GMT
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Autor: America the Jesuit Review

Cómo es ir a la Iglesia cuando estás sin hogar




Hace varios años asistía a Misa en una Iglesia del centro de la ciudad. Ese día, si mal no recuerdo, la última Misa de un día de semana no estuvo llena, así que me paré afuera cuando un hombre de mediana edad subió para recibir la Comunión y luego se apresuró a salir por las puertas de enfrente de la Iglesia.

Cuando yo también salí de la Misa lo encontré al pie de los escalones de la Iglesia, pidiéndole a los feligreses que estaban en mejores condiciones por cambio. Todos nosotros habíamos recibido la Comunión juntos, pero él tuvo que irse corriendo de manera de no perder la oportunidad de obtener ayuda de cualquier persona que saliera de la Misa temprano.

El boletín anunciaba el ministerio de la parroquia para personas experimentando la falta de vivienda — y también nos advertía de no darles dinero a personas que pidieran limosna alrededor de la Iglesia ya que algunos de ellos, la nota decía, habían intimidado a las personas. Aunque no todos los que dormían o se refugiaban en la Iglesia durante el día eran comulgantes y no todos eran Católicos, incluso aquellos que eran devotos no eran tratados como otros feligreses.

Algunas Iglesias saben que tienen miembros sin hogar. Muchas no lo saben. Uno de los hechos más sorprendentes acerca de la experiencia de la falta de vivienda es cuán ampliamente puede variar, desde vivir en las calles a “couch-surfing” quedándose con cualquier amigo o familiar que esté dispuesto a llevarlo a su casa por un corto tiempo. Las personas pueden pasar décadas entrando y saliendo de refugios y programas, o ellos pueden pasar varios meses viviendo en sus carros. El Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano recopila estadísticas acerca de cuántos Estadounidenses están sin hogar en un noche determinada (más de 500.000 en el año 2016), pero esto subestima enormemente cuántos Estadounidenses han experimentado algún período de falta de vivienda. Incluso los períodos más cortos y relativamente más seguros de no tener vivienda a menudo dejan marcas serias en el alma de las personas, en su idea de quienes son y cómo los ven los demás.

Al intentar darle a unos pocos sin hogar y antiguos Cristianos sin hogar una oportunidad para compartir sus experiencias de Iglesia, hablé con ocho personas, a quienes encontré a través de las redes sociales, conexiones personales y caminando alrededor de Washington, D.C. donde yo vivo. Este pequeño grupo no incluye a nadie que le faltara vivienda mientras cuidaban sus hijos (en el año 2016 el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano encontró que el 35 por ciento de las personas sin hogar correspondían a familias con hijos) y nadie que le faltara vivienda antes de los 18 años. Traté de entrevistar otras personas que no estuvieron dispuestas a hablar o incapaces de hablar coherentemente en ese momento. Por necesidad este es un artículo sobre las experiencias de la Iglesia de personas relativamente confiadas, relativamente estables. Sin embargo, sus voces hacen eco de la literatura de investigación sorprendentemente esbelta sobre las experiencias de la Iglesia con personas sin hogar. ‘ y ellos expresaron verdades duramente ganadas sobre la vida Cristiana.

Expuestos, pero invisibles

Algunas de las personas con las que hablé no tuvieron vivienda por poco tiempo, algunas por décadas; provienen de orígenes muy diferentes, tienen diferentes intereses, diferentes personalidades, y sin embargo sus experiencias de falta de vivienda fueron lo suficientemente intensas como para marcarlos a la mayoría de ellas en formas crudamente similares. Una sensación de tanto exposición e invisibilidad surgió repetidamente en nuestras conversaciones.

John William Brandkamp, de 52 años, es un entusiasta empleado del seminario que rebotaba alrededor de muchas Iglesias diferentes antes de establecerse con lo que él llama “una Iglesia Afro-Americana moderadamente progresista en el corazón urbano de Boston.” Es sociable y divertido. Durante su experiencia de falta de vivienda, el Sr. Brandkamp se ofreció como voluntario en un ministerio sin hogar. Está lleno de historias de personas que ha amado y perdido. Y resumió uno de los aspectos más duros de su experiencia de falta de vivienda en palabras de las que hicieron eco muchos de mis entrevistados: “Yo desesperadamente quería ser visto, y desesperadamente no quería ser visto.”

Charles Purcell, de 54 años, un hombre franco con una sonrisa dispuesta que habló conmigo mientras estaba pidiendo dinero cerca de una Estación del Metro en Washington, señaló, “Las personas pasan a mi lado diariamente, y me ven y no me ven.” Mientras hablábamos, un hombre paso por el lado y dijo: “Te ves saludable, ¿por qué no puedes trabajar?”

Ser tratado como si no existieras — o cuando su presencia es reconocida, como si fueras un problema — en un lugar que ha prometido ser un refugio, puede sentirse como una traición aplastante. Reggie, de 59 años, (quien no quiso dar su apellido) tiene el cabello muy corto y una barba corta enhebrada con plata. Ha estado sin hogar en Washington, durante aproximadamente siete años. Hablamos cerca de la Iglesia Católica donde él asiste Misa, aunque no es Católico.

Recordó: “Una vez estaba acostado ahí afuera, y estaba vomitando bilis verde. De todas aquellas personas, manadas de personas [saliendo de la Iglesia], solamente una dama se acercó y me preguntó si estaba bien y llamó una ambulancia. Ella dijo, ‘Jesús! Estás en mal estado!'”

En su mayoría, los feligreses son “personas limpias, respetuosas,” él dijo. “Yo no puedo decir nada malo acerca de la Iglesia.”

Pero ese momento se quedó con él.

Puertas Cerradas

Aunque muchas personas con las que hablé encontraron un respiro en la Iglesia, otros describieron cómo incluso encontrar una Iglesia que les permitiera entrar era una lucha mientras no tenían vivienda.

Anna Harrover, de 37 años, no tuvo hogar con su difunto esposo durante unos 15 años, y me dijo que a ella las Iglesias la rechazaron repetidamente durante ese tiempo. “Intenté ir a la Iglesia, llamando a una Iglesia para averiguar sobre los servicios,” dijo ella. “Y sí, yo traté de conseguir una pequeña ayuda porque yo quería volver a comenzar. Y me alejaron. Muchas veces diferentes.” Múltiples Iglesias (tanto Católicas como no Católicas) le dijeron a la Sra. Harrover que ellos no podrían ayudarla a menos que perteneciera a la Iglesia. Pero la Sra. Harrover no se sentía cómoda asistiendo a los servicios debido a la forma en que ella lucía, y porque en su experiencia otros feligreses “miraban hacia abajo a las personas sin hogar.”

Eventualmente, la Sra. Harrover encontró una Iglesia que le dio la bienvenida a ella y a su esposo.

“Tenía dudas,” me dijo ella. “¿Nos verán y llamaran a la policía? [Pero] nos quitaron la duda. Ellos saldrían y sólo hablarían con nosotros. No como, ‘Ustedes no pueden estar aquí; deben salir de la propiedad.' Ellos querían saber porque no teníamos hogar, que sucedió en nuestras vidas, cosas como esas. Nos traían comida, nos invitaban a los servicios de la Iglesia.”

La Iglesia la aceptó tal como era, la Sra. Harrover dijo, incluso cunado su ropa estaba “raída y manchada.” Fue ahí donde ella recibió su Primera Comunión y fue Confirmada en la fe Católica.

Ella dijo que la Iglesia “me hizo sentir como Dios quiere que todos nos sintamos: una parte de un hogar…. Terminamos casándonos en la Iglesia Católica, también. Esa fue la primera vez que tuvimos a una Iglesia que nos diera la bienvenida siendo personas sin hogar.”

Ella ha luchado seriamente con la fe desde la muerte de su esposo. “Cuando perdí a mi esposo, perdí quien era.” Dijo la Sra. Harrover. “Seguí pensando, ‘¿Por qué estar con él tanto tiempo, y luego finalmente casarnos legalmente, por qué me lo quitaste?' Entonces perdí quien era. Me volví loca…. Quiero practicar la religión Católica nuevamente, pero quiero encontrar el lugar correcto.”

Pero incluso una Iglesia que se siente como hogar no es una protección segura contra la vergüenza o la ansiedad. Ser conocida por las personas en la Iglesia puede incluso sentirse como una carga cuando las cosas se ponen realmente difíciles. Cunado hablé con Tony Hansel, un hombre de 35 años que vivía en St. Paul, Minnesota, él estaba atravesando un momento especialmente difícil. El mes anterior, descubrió que a su padrastro, “el que me ha criado toda mi vida,” fue diagnosticado con cáncer; y el Sr. Hansel, quien había perdido una mano dejó de recibir los beneficios por discapacidad. El Sr. Hansel había dejado de ir a la Iglesia a raíz de estas crisis

Cuando hablé con el Sr. Hansel por teléfono, pude escuchar a otras personas llamándolo; dejó de conversar con sus conocidos mientras hablábamos. Él es claramente parte de una comunidad de personas que lo conocen y se preocupan por él. Señaló: “Algunas personas sin hogar en la Iglesia me admiraban. Ellos se preguntaban donde estaba.” Su preocupación lo mantenía conectado, pero, él dijo, “Necesito algo de tiempo a solas.”

A menudo hablamos de la Iglesia como una familia. Pero nuestras familias pueden fallar al aceptarnos, al reconocernos, para dejarnos entrar, como experimentó la Sra. Harrover una y otra vez mientras estuvo sin hogar. Cuando ellos nos dan la bienvenida, las familias pueden poner expectativas en nosotros; incluso su amor y cuidado puede sentirse como un escrutinio de alta presión.

Iglesia como Hogar

Tal vez un consuelo de la Misa es su intimidad directa con Jesús. Su presencia silenciosa ofrece la seguridad de que Él está con nosotros, sin las preguntas incómodas e intrusiones a las que nos podemos enfrentar por parte de otros feligreses.

Para muchas de las personas con las que hablé, la Iglesia era un lugar donde ellos eran vistos como personas reales y no sólo como “personas sin hogar.” Greg C., de 27 años, es esa rara persona que puede hablar tanto rápida como atentamente. Nos conocimos en un festival literario al que ambos asistíamos y nuestra conversación se centró en los tres meses y medio que paso sin vivienda. El período de falta de vivienda de Greg se produjo como resultado de una combinación de depresión y ansiedad no tratadas, conflictos familiares y una ruptura romántica. Recordó: “Durante la confesión, a menudo mencioné el hecho de que no tenía hogar porque quería no sólo ser afirmado…. sino realmente recibir la compasión del sacerdote. Incluso si yo estuviera allí para ser perdonado, tener a alguien que estuviera dispuesto a escuchar era simplemente…. Eso fue increíble — esa mirada misericordiosa.”

La desesperada necesidad de esa mirada parecida a la de Cristo, que nos ve y no nos avergüenza, es un aspecto obvio de la experiencia de muchas personas sin hogar que me gustaría haber escuchado en la Iglesia. Otro aspecto es la manera en que la Iglesia misma puede convertirse en un hogar — lo que lo hace especialmente doloroso cuando las personas sienten que ellos no pueden estar en casa ahí.

B. Toner, de 39 años, estuvo sin hogar durante 15 años mientras viajaba a campo traviesa. Durmió en su carro, se alojó por poco tiempo en casa de amigos y durmió en el bosque, bajo puentes o en casas abandonadas. Tiene una manera pensativa y suave de hablar, frecuentemente interrumpida por la risa. “Pude pasar tiempo con muchas otras personas sin hogar. Fue edificante,” recordó con su rápida risa.

“Por lo general cuando estaba vagando, por lo menos intentaba ir a Misa,” dijo el Sr. Toner. “Una vez estuve en Misa en Seattle y estaba todo desaliñado, y al momento del beso de la paz, la mujer que estaba a mi lado se volteó y tomó mi mano y me dijo, ‘¿Está usted bien? ¿Necesita ayuda o algo?' Obviamente, ella había querido preguntarme eso. Fue agradable!”

Él no necesitaba ayuda ese día, pero la Iglesia seguía siendo un lugar donde él podía ser visto y aún estar a salvo.

“Si llegara a una nueva ciudad, la biblioteca y la Iglesia serían los dos primeros lugares que encontraría,” me dijo. “Siempre puedes pasar el rato en una biblioteca durante el día y siempre puedes encontrar ayuda en una Iglesia si la necesitas. Simplemente me sentí como en casa.”

A pesar de las diferencias entre las Iglesias Católicas, dijo, “era un poco reconfortante saber que era la misma Misa a donde quiera que fuera.” En la Iglesia, dijo el Sr. Toner, el podía ¨dejar todo lo que estuviera cargando¨ — era un lugar de descanso físico, espiritual y psicológico para él.

“Fue un poco reconfortante saber que era la misma Misa a donde quiera que fuera,” dijo el Sr. Toner.

Toner está ahora casado. Él me dijo que hoy, el hogar es donde está la esposa. Pero Toner continúa asistiendo a Misa y encontrando consuelo allí, aunque de diferentes maneras; siendo un miembro de una parroquia y un coro son nuevas experiencias para él..

“Es agradable pertenecer a algo,” me dijo.

Greg tuvo una experiencia más breve de falta de vivienda que el Sr. Toner, pero él también expresó gratitud por la sensación de hogar que la Iglesia le proporcionó mientras estaba sin hogar.

“En la Misa…. estaba mucho más agradecido de tener algún lugar a donde ir y ser capaz de sentarme al lado de personas [de lo que estaba antes de quedar sin hogar].” Él parpadeó, como conteniendo las lagrimas, y continuó: “Antes era como, ‘Tengo que ir a la Misa y estar alrededor de personas, tengo que sostener las manos.' Era como una cosa forzada.... Como una persona sin hogar era como, oh Dios mío, no puedo creer que haya un lugar al que pueda ir y estar rodeado de personas y no ser juzgado. Cuando es la hora de arrodillarse, de bajar a mis rodillas, me siento mucho más dependiente de Dios.... Cuando estaba en la Iglesia, estaba agradecido de estar ahí, sólo por que me dejaran entrar.”

Más allá del alivio, Greg se sintió parte de una comunidad y en la presencia de Dios, cuando estaba viviendo en su carro, las Iglesias también le proporcionaban un lugar para quedarse. “Los lugares donde más me quedaría, donde estacionaría mi carro, serían las Iglesias. Lugares que tenían una adoración las 24 horas, de manera de no levantar sospechas de que mi carro estuviera ahí,” dijo. “Poder ir a adorar cada noche, no que yo fuera todas las noches — pero podía ir — era una gran comodidad …. Ir a adorar se sentía como regresando a casa, a pesar de que no era donde dormía.”

Las circunstancias que llevaron a Greg a vivir en su automóvil lo dejaron con una amargura profunda, que se disolvía en la presencia de Dios, pero el todavía se sentía que tenía que confesar esta amargura casi todo el tiempo que iba a confesarse. “Dios, todo el día sólo estoy rumiando sobre cuán amargado y pobre soy, lo injusto que es todo esto, pero luego llego a la adoración y soy como, ‘Oh Dios, soy tan pecador y tan indigno, no puedo creer que me permitas sentarme aquí frente a ti!'”

Sufrimiento

Mientras tomamos café en un banco de un parque bajo un dosel de hojas en un ventoso día de verano del medio oeste, Greg se recuerda su primera noche durmiendo en su espacio de almacenamiento: “Me siento menos que humilde cuando hablo sobre cuán difícil fue, pero es definitivamente una gran parte de la historia. Era Enero del 2014 en San Antonio. El día que me mudé fue el comienzo del gran vórtice polar, fui a Walmart esa noche y compré un saco para dormir — aún congelado. Compré dos de esas cosas de acampar para calentar, donde las agrietas. Todavía congelado por el frío. Todavía muy expuesto, teniendo sólo una puerta de estacionamiento para mantenerme [caliente].”

En el espacio de almacenamiento, tenía que tocar en el Whataburger de 24 horas al otro lado de la calle si quería usar el baño. Él dijo: “Se supone que no debes quedarte en [espacios de almacenamiento]. Tenía mucho miedo de ser atrapado y que me echaran. Así que muchas veces dormí en mi carro, el cual también era muy frío. Dos sacos para dormir y una cobija, me cubría lo más posible mientras todavía trataba de poder respirar. Todavía tenía mucho miedo, sólo tenía un miedo mortal de las personas que incluso caminaban hacia mi carro a las 7 de la mañana, muy cansado porque nunca fue un gran sueño, en el frío, en mi residencia donde yo podía ver mi propio aliento, y sólo mirando alrededor, esperando que las personas no me notaran. Estacionando bajo árboles de manera que los faroles no brillaran tanto adentro del carro.”

El Sr. Brandkamp describió la vulnerabilidad y el temor similares que él experimentó el día de 1986 cuando, a la edad de 21 años, perdió su primer empleo, desarrolló una bronquitis y fue desalojado junto a su madre: “Pasamos tres días y tres noches en las calles [de Nueva York] vagando de las tiendas de donas a portones a bancos del parque. Nuestras cosas fueron robadas mientras estábamos en un banco del parque tratando de dormir un poco. En el vecindario de mis abuelos, de todos los lugares — un vecindario muy seguro — pero ningún lugar es seguro cuando no tienes un hogar.”

Y sin embargo, dijo, “Lo que pensé fue que el peor día de mi vida terminó siendo la mano de Dios.” La vida había sido brutalmente dura por mucho tiempo: “Sabíamos que éramos crónicamente pobres. Yo comía tres de cuatro semanas al mes, padecí desnutrición crónica durante mi adolescencia. Mi madre lidió con muchos problemas de salud mental a causa de los abusos de mi padre.” El impacto de terminar en las calles les hizo buscar ayuda, y encontraron una Iglesia Holandesa Reformada en Staten Island con un ministerio desbordante de personas. Su refugio estaba tan lleno que el Sr. Brandkamp y su madre durmieron varias noches en sillas. Pero las personas allí los veían a él y a su madre y no los juzgaban. “Ellos salvaron nuestras vidas,” dice el Sr. Brandkamp. Se volvió Cristiano mientras no tenía hogar.

Un amigo necesitado

Muchas Iglesias crean ministerios y servicios específicamente para personas sin hogar. Estos ministerios pueden servir a aquellos que de otra manera no irían a la Iglesia: los servicios que se llevan a cabo en refugios para los que no tienen hogar, por ejemplo, o que recogen fieles y los llevan a la Iglesia, pueden llegar a las personas que no tienen un transporte confiable. Estos servicios también ofrecen líneas de vida para personas como John, quien con su madre necesitaba urgentemente un lugar para quedarse.

No obstante, muchas personas siguen yendo a su Iglesia anterior una vez que se quedan sin hogar. Las personas pueden preferir una Iglesia, comunidad o Misa específica; es posible que no sepan donde encontrar Misas que son especialmente acogedoras para las personas sin hogar.; ellos pueden estar ocultando su dolorosas circunstancias financieras; o pueden terminar en una Iglesia por casualidad.

Debido a que las personas sin vivienda estable son tan variadas como cualquier otro subgrupo de Cristianos, es más probable que aparezcan en el coro o el Rito de Iniciación Cristiana de Adultos, o el ministerio de homosexuales y lesbianas como en el ministerio de personas sin hogar. Si los líderes de la Iglesia tratan de evadir el trabajo de dar la bienvenida a las personas sin hogar delegándolo a servicios específicos y ministerios solamente, no serán capaces de alimentar la fe de estas personas y recibir los regalos que ellos traen.

No he escuchado ninguna homilía en la cual las personas que no tenían hogar aparecieran como algo más que el objeto de la ayuda ajena, o que notaron que el mismo Jesús, quien nos da todo lo bueno, experimentó la falta de vivienda. Recuerden no sólo el improvisado refugio del pesebre, sino la huida de la familia de Jesús a Egipto como refugiados huyendo de Herodes, y su dependencia en la ayuda de otros como un predicador errante. Jesús y sus discípulos buscaron refugio en otros, y tuvieron que esperar que en algún lado en las ciudades donde ellos predicaban, una puerta se les abriría.

Muchos de mis entrevistados describieron los actos de caridad que realizaron para otros. Incluso aquellos que no tenían nada encontraron maneras de ayudar y proteger a sus vecinos, maneras para ofrecer una mirada como Cristo.

Uno de los ejemplos más llamativos fue una historia que escuché de Reggie. Reggie estaba sólo charlando después de nuestra entrevista, contándome historias de su vida. En años anteriores solía pasar las noches de los fines de semana en una esquina de la calle, cerca tanto de su Iglesia como de un club nocturno local. Él vería hombres llevando mujeres al callejón detrás del club, con las mujeres tan borrachas que estaban casi incapacitadas. Temiendo por la seguridad de las mujeres, Reggie se levantaba e iba al callejón él mismo, asegurándose de que lo vieran — y miraba hasta que la pareja se fuera a otra parte o el hombre, bajo un ojo severo de su testigo, colocará a la mujer en un taxi.

El Sr. Purcell se le ocurrió una forma más formal de ayudar. Comenzó HomelessUnited.org, que regala camisetas con financiación colectiva que dicen “La vida de las personas sin hogar importan.” Ha trabajado en el ministerio de personas sin hogar en la Iglesia Metodista Unida de Emory. Incluso cuando está pidiendo dinero en las calles, hace señales alentadoras: “El Espíritu dijo, ‘Comienza a hacer señales de aliento. Devuelve tanto como puedas.'” Ha tenido transeúntes comentando que sus señales fueron el recordatorio que ellos necesitaban para tener esperanza y perseverar.

Otras personas dieron en formas más materiales. El Sr. Hansel solía comprar cigarrillos y agua y regalarlos o venderlos a mitad de precio en los refugios. Compraría comida, cocinaría en el refugio y la regalaría. Como observa el Sr. Toner, “Hace la diferencia el ser dado una cosa pequeña si no tiene nada. Yo siempre me he esforzado cuando tenía dinero para dárselo a cualquiera que me lo pidiera..”

La falta de vivienda puede también hacer que las personas reevalúen su propia comprensión previa de la caridad y la generosidad. Greg dijo:: “Me hizo tomar conciencia de las personas que estaban muchos más sin hogar. Antes, siempre tuve ese extraño debate en mi cabeza, cuando estaba pensando de darle a los pobres, por ejemplo, sólo le daría a personas que parecían que no estar estafando. Y cuando me quedé sin hogar, a pesar de que yo estaba mejor — yo lo llamé ‘sin hogar ligero' — fui lanzado en el mismo lote con personas que nunca había considerado ser realmente de mi comunidad. Me di cuenta que ya no era el caso …. Fue durante ese tiempo que decidí que siempre daría sin importar que. Ese mandamiento en los Evangelios de dar a quien quiera que te pida se me hizo claro.”

Dios en el Caos

Para algunos, quedarse sin hogar fue una experiencia (a veces una de muchas) que los obligó a confrontarse a sí mismos. El Sr. Purcell encuentra consuelo y guía en el Libros de Jonás. Pasó un período de mayor estabilidad, incluyendo trabajar en el ministerio para las personas sin hogar. Pero luego “mi naturaleza carnal se puso en el camino y dejé de ir” a la Iglesia. “No lo estaba poniendo a Él primero, y las cosas empezaban a deshacerse. Terminaba de vuelta en las calles.” El Sr. Purcell también considera a David como “un gran héroe mío. Él amó a Dios, él sabía que tenía defectos. Él nunca culpó a Dios por nada que le haya sucedido; él siempre estaba [arrepentido].”

No todos los que buscan una relación más profunda con Dios serán tan optimistas y de mentalidad comunitaria como el Sr. Purcell. No todos ellos estarán sanos o sobrios. Hansel, en Minnesota, señaló, “Hay algunas personas aquí que van a la Iglesia y creen en Dios, pero ellos quieren la próxima botella y quieren la siguiente inyección de drogas.” Y eso es cierto para muchas personas que tienen viviendas estables, también, lo que le sirve como un recordatorio: Una Iglesia que puede darle la bienvenida a las personas sin hogar solamente a su mejor aspecto, será una Iglesia donde todos le temen a mostrar sus debilidades.

Mi última entrevistad, Eleanor (quien eligió no dar su verdadero nombre), aprendió a ofrecer esa mirada de amor y aceptación como la de Cristo precisamente debido a su propia experiencia de necesitarla. En la amargura y el sufrimiento, en las injusticias cometidas por otros y en nuestra propia autolesión, Dios todavía ofrece la paz. Y las personas que han experimentado esa paz en medio de lo que parece un caos total pueden ofrecérselo a otros con una convicción y valentía que pocos testigos pueden igualar.

Eleanor, que vive en una gran ciudad de la Costa Este, se quedó sin hogar después del divorcio y la posterior agitación financiera y emocional. Ella ahora tiene 38 años.

A raíz del divorcio, ella dijo, “En cierto modo me volví loca. Mis [hermanos] y mi gran, gigantesca Iglesia Evangélica por 10 años — mas la Iglesia Evangélica de mi infancia — todos me rechazaron, citando el hecho que yo estaba mentalmente enferma. Bueno, honestamente, cuando pierdes todo, tu mente también lo hace por un tiempo.”

Hoy en día, ella puede hablar acerca de sus luchas con auto-desprecio y diversión. “Ya no grito como una mujer poseída cada vez que hablo con mi padre (aunque recientemente tuvimos una gran pelea pública en tiempos de Navidad en un IHOP).”

A pesar de su humor, la experiencia de Eleanor de desesperanza y desesperación mientras estuvo sin hogar la afectó profundamente. “Lloré y detestaba a los Cristianos en este momento en mi vida. Sentía un odio desconcertado por mis amigos que estaban teniendo problemas matrimoniales quizás más profundos y más difíciles que los que había llevado a mi esposo a elegir otra vida — pero que seguían unidos, alojados, asegurados, estables, mientras ellos literalmente me miraban boquiabiertos y se apartaban. Yo era un espectáculo secundario. Fue horrible! No hice un buen trabajo manteniendo ninguna dignidad personal.”

Ella dijo, “Mientras esté sin hogar, fui a la Iglesia con cualquiera que me dejaba vivir con ellos. Fue algo de lo que ellos esperaban, y no me desvié..” Terminó siendo Católica: “Después de haber sido total y absolutamente fracasada, incomprendida y calumniada por el 99 por ciento de las personas que amaba — Protestantes, Evangélicos y Católicos por igual — yo realmente sólo quería a Jesús. La Eucaristía fue repentinamente mucho más necesaria y hermosa. Anteriormente me había salido de dos rondas del Rito de Iniciación Cristiana de Adultos. Caminé con los hombros caídos hacia el Rito de Iniciación Cristiana de Adultos No. 3 con tanto entusiasmo como una persona paranoica, desconsolada, media loca, completamente rechazada puede.”

Ahora, ella dijo, “Tengo menos miedo a la desesperación y el caos de otras personas porque yo sé que Dios puede usarlo y que está trabajando dentro de él.”

Eso podría no ser un mal comienzo para una homilía.

Este artículo también apareció impreso, bajo el título "Sin lugar donde descansar tu cabeza," en el número del 27 de Noviembre, 2017.

Eve Tushnet es una escritor colaboradora de America. Ella es la autora de  Homosexuales y Católicos: Aceptando mi sexualidad, encontrando mi comunidad, Viviendo mi fe y mi reparación: una Novela (Gay and Catholic: Accepting My Sexuality, Finding Community, Living My Faith and Amends: A Novel - En inglés)

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

 

 


Post date: 2018-01-10 04:06:10
Post date GMT: 2018-01-10 04:06:10
Post modified date: 2018-01-10 04:09:52
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