Criterios para vivir la misericordia: mirar con ojos sinceros

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En la Bula Misericordiae Vultus
para la convocatoria del Jubileo de la Misericordia, el Papa Francisco define a la misericordia como “la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida”. ¿Qué significa esta invitación a “mirarnos —los unos a los otros— con ojos sinceros”?

“Mirar” implica mucho más que “ver”. Mirar es ver intencionalmente algo o alguien. Se pueden ver muchas cosas, como normalmente hacemos, pero cuando miramos algo o alguien es porque queremos fijar nuestra atención o captar mejor los detalles. Cuando miramos la realidad, ella adquiere nuevos colores, significados e importancia. En medio de la agitación cotidiana, se hace siempre necesario detener nuestra mirada porque, de lo contrario, veremos mucho pero no seremos capaces de captar lo que realmente sucede en nosotros y en nuestro entorno.

Hemos de admitir que muchas veces nuestras miradas no son sinceras. En ocasiones no vemos lo que no queremos. Como dice el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. De ahí la necesidad de mirar sinceramente, de mirar a la realidad tal y como ella es, y dejarnos cuestionar o interpelar por ella. Esa realidad que, muchas veces, aparece como incómoda y nos desconcierta o provoca. Pero para lograr esto, es necesario desarrollar la capacidad de mirarnos sinceramente los unos a los otros, discernir los modos como nos relacionamos y superar los prejuicios que nos separan. Como recuerda Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium:

“El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo” (EG 88).

Se trata, pues, de ir desarrollando en cada uno de nosotros “una mirada sincera que brote del encuentro con el otro”, del compartir sus dolencias e historias de vida. Esta invitación se nos hace en este tiempo llamado “Jubileo extraordinario de la Misericordia”. En esta frase aparecen dos palabras que pueden ser extrañas para nosotros y nuestro tiempo. Primero, se trata de un tiempo de “jubileo”. Segundo, en este tiempo celebraremos la “misericordia”. Reflexionemos brevemente sobre estas dos palabras.

La primera palabra, “jubileo”, nos es extraña porque hemos perdido su significado. Lo hemos espiritualizado tanto que parece una práctica arcaica, esotérica o simplemente piadosa. A Israel también le pareció una práctica difícil. La celebración del jubileo obligada al pueblo de Israel a dejar descansar la tierra y liberar a los esclavos cada 7 años. Esto se llamó el año sabático. Pero con el paso del tiempo, la ley sacerdotal expandió esta práctica a cada 50 años. A este tiempo se le llamó el año jubilar. La Iglesia católica lo ha fijado en cada 25 años, a excepción de los jubileos extraordinarios, como este. La finalidad del actual Jubileo es expuesta por Francisco con gran hermosura en la propia Bula:

“En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio” (Bula Misericordiae Vultus, n.15).

La segunda palabra que queremos mencionar es “misericordia”. Al referirnos a la misericordia son mucho más complejos los equívocos. La misericordia suele confundirse con la lástima al necesitado o a quien se encuentra en situación de pena. También suele entenderse como aquel quien, desde una situación de supremacía moral o de poder, condona o se solidariza con alguien a quien considera en una situación inferior o de minusvalía moral. Para nosotros, pensar la misericordia es fundamental porque si tenemos que ser sinceros, la misericordia es lo central de la fe cristiana, ya que:

“la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Dios revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón” (Bula Misericordiae Vultus, n.6).

La misericordia es, pues, mucho más que una lista de acciones que hay que cumplir para ser realmente misericordiosos (obras corporales y espirituales de misericordia). Se hace urgente, tal vez hoy más que nunca, meditar desde una mirada sincera algunos criterios que nos ayuden a entender la relación existencial de la misericordia en nuestras vidas. En especial en un año jubilar.

Si el jubileo nos recuerda a la justicia, como reza la oración que hacen los Papas al abrir las puertas santas: “Ábranse las puertas de la justicia, entrando por ellas encontraré al Señor”; este jubileo extraordinario nos convoca en torno a la misericordia. Y es que la misericordia y la justicia son hoy, sin lugar a dudas, signos de los tiempos en una realidad cada vez más injusta y desigual, cada vez más fragmentada y excluyente. Donde la respuesta de muchos ante la realidad pareciera ser la indolencia y la indiferencia al otro, antes que la compasión.

¿Cómo, entonces, vivir, como cristianos comunes, esta compleja relación entre la justicia y la misericordia en medio de nuestra sociedad tan fragmentada? ¿cómo “mirar sinceramente” nuestras vidas e historias personales desde la misericordia y la justicia? Quisiéramos ofrecer algunos criterios de discernimiento.

El primer criterio es descubrir que “quien realmente ha sido tocado por la misericordia se hace misericordioso”. La misericordia no se trata de un voluntarismo o una lista de acciones que han de cumplirse cabalmente para poder ser misericordioso. Se es misericordioso cuando se experimenta en la propia existencia la misericordia. Vivir misericordiosamente tiene sentido y profundidad cuando se descubre a un Dios misericordioso. No somos misericordiosos con los demás para que Dios sea un día misericordioso conmigo. Valoramos la misericordia porque Dios es misericordioso con nosotros. Quien ha sido tocado por la entrañable misericordia de Dios se hace misericordioso en su existencia.

Un día san Anselmo trataba de explicar a sus fieles por qué Dios había descansado al séptimo día. San Anselmo recordaba que Dios había creado el sol y las estrellas y no descansó, que había creado el cielo y los mares y no descansó. Sin embargo, cuando creó al hombre y a la mujer sí descansó, porque encontró a alguien a quien amar y perdonar. Esto expresa la íntima relación de Dios con el hombre y la mujer. Esto nos revela como la misericordia en Dios es un vínculo tan fuerte como el de una madre como el de un hijo. No hay ninguna ofensa que pueda romper este vínculo de Dios con todos los seres humanos. Mirar este vínculo y abrirse a él, es lo que permite vivir misericordiosamente y proclamar el anuncio alegre del perdón. No somos misericordiosos porque somos más poderosos, más perfectos o santos. Somos misericordiosos cuando hemos experimentado primero esta misericordia. Esto nos lleva a nuestro segundo criterio de discernimiento.

En la Carta Encíclica Laudato Si, el Papa Francisco insiste, en repetidas veces y usando diversas expresiones, que “estamos todos unidos”. Esta insistencia es necesaria si entendemos que hoy más que nunca se nos impone pensar en un presente común y compartido. Que en todos los ámbitos “todos estamos relacionados de alguna u otra forma”. Para exponerlo en alguna forma más clara conviene recordar aquella anécdota judía del rabí que preguntaba a sus discípulos:

“¿cuándo llegaremos distinguir la luz de la oscuridad?” Y uno de sus discípulos le respondió: “cuando podamos distinguir entre una cabra y un asno”. “No”, contestó el rabí. A lo que otro discípulo respondió: “cuando podamos distinguir entre una planta de higos y otra de palma”. “No”, contestó de nuevo el rabí. Esto causó la incomodidad de sus alumnos, quienes dijeron: “dinos entonces la respuesta”. Y el rabí respondió: “No, hasta tanto podamos distinguir en el rostro de cada hombre y de cada mujer a mi hermano y mi hermana. Sólo así puedo ver la luz, mientras tanto todo es oscuridad”.

Lograr mirar en la claridad es lograr mirar en el otro a alguien que está profundamente vinculado a mi, porque, como recuerda Francisco: “Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres” (Evangelii Gaudium 178).

Si vivo, pues, mi realidad personal desde la misericordia, entonces entiendo que no puedo excluir a nadie y que la única forma de ser fiel a mi verdadera existencia es colocarme al servicio de los demás. Un servicio que no es una buena acción que debo realizar para ganarme un premio o sentirme mejor con el mundo y los demás. Es un servicio que ha de brotar de nuestra propia manera de vivir porque no tenemos otra forma de vivir sino sirviendo al otro como a nuestro hermano.

Vivir una existencia en y desde el servicio implica reconocer esta comunión fraterna entre todos y con todo. Un vínculo que se extiende incluso a todo lo creado. El servicio desde la misericordia borra la barrera entre el que sirve y quien recibe nuestro servicio. Desde la misericordia el servicio se convierte en un gusto común, lo cual se traduce en disfrutar del estar juntos y compartir el tiempo, y reconocernos necesitados los unos de los otros.

Pero también, hoy más que nunca y en diferentes formas, se expresa esta necesidad de cuidado y servicio a lo creado, porque lo palpable de la unidad que nos vincula humanamente también compromete el futuro de las generaciones humanas. [Podríamos preguntarnos qué hacer. Nuestra avanzada edad, mi poca participación social, la incapacidad de organizarnos etc Un inicio es mirar este vínculo con lo creado y hacer un uso razonable y un consumo adecuado de los recursos que nos han sido asignados].

Un tercer y último criterio, para concluir, es que la misericordia tiene que ver la con justicia. Ser misericordiosos implica ser justos. Y ser justos significa restablecer los vínculos de unidad fraterna perdidos en los espacios fundamentales de nuestra existencia, como la familia y el trabajo. Si miramos sinceramente a nuestro entorno, reconoceremos que todos estamos unidos, que no podemos ser indiferentes ante la vida de los otros, ni ante nuestro propio futuro. Todos estamos vinculados: pertenecemos a una familia, a un vecindario, a una comunidad, a una universidad, a una cultura, etc. Ello nos llama a tratarnos justamente —y con justicia al otro y a todo lo creado—, porque mirar con sinceridad desde la misericordia es dejarnos interpelar por la realidad y por el rostro del otro. En especial, por aquel a quien nosotros pensamos o valoramos como menos importante, indeseado o lejano para empezar a relacionarnos y vivir humanamente. La misericordia, vivida desde la práctica de la justicia, es capaz de sanar nuestras dolencias, y

“allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno” (Evangelii Gaudium 92).

Estos criterios no son un buen deseo o meras aspiraciones sin asidero en nuestras realidades personales. Al contrario, reconocernos unidos, vinculados los unos a los otros, es la única forma de salir de nuestras oscuridades y empezar a vivir en la claridad que nos permita forjar un futuro común.

“¡No nos dejemos robar la comunidad!” (Evangelii Gaudium 92).

 

 

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Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)