Descubriendo mi sacerdocio como mujer Católica en un seminario Protestante

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“¿Qué es usted, un Diácono?” pregunta el hombre desde su cama. Estamos a unos 20 minutos de una visita pastoral. Su Diácono parroquial lo ha estado visitando regularmente desde que se enfermó. Ahora he entrado en la vida de este hombre como el Capellán del hospicio y él no sabe muy bien que pensar de mí.

No es la primera vez que me han hecho la pregunta. A veces ellos me preguntan si yo soy un sacerdote o una hermana o si ellos deberían llamarme “Reverendo.” Sus preguntas traen una sonrisa a mi cara, pero ellas también me llevan a un momento donde yo no sabía que quería que fuera la respuesta.

En aquellos días, yo era una Católica de toda la vida estudiando en un Seminario Protestante. Mi elección para asistir al Union Theological Seminary en Nueva York fue deliberada. Yo quería que los dólares de mi matrícula apoyaran a una escuela que preparara mujeres para la ordenación. Además, yo soy hija de una madre Luterana y un padre Católico que prometió criar sus hijos como Católicos. Estudiar en el Seminario Protestante me daría la oportunidad para salir de mi zona de confort Católica para aprender acerca de la otra mitad de mi herencia espiritual.

Uno tras otro comenzó a preguntarme:

“¿Cómo puede quedarse usted en una Iglesia que se niega a ordenar mujeres?”

Mis compañeros estudiantes incluyeron a un número de mujeres anteriormente Católicas que buscaban la ordenación en otras tradiciones de fe. Cuando se dieron cuenta de que yo era Católica, uno tras otro comenzaron a hacerme una pregunta bastante directa: “¿Cómo puede quedarse usted en una Iglesia que se niega a ordenar mujeres?”

Su pregunta me dejó sin palabras. Como ellos, entré en el Seminario porque sentí el llamado al Ministerio. Pero planeé vivir mi llamado como ministro laico Católico. ¿No fue esto suficiente para elegir un seminario donde otras mujeres se estaban preparando para la ordenación? ¿Por qué me estaban desafiando para ir más allá?

Me sumergí en la vida del Seminario, esperando que estas preguntas se resolvieran por sí mismas.

Rápidamente llegué a amar los servicios de adoración entre semana en la Capilla del Seminario. Sentí una emoción especial cada vez que las mujeres asumían roles en los que nunca antes las había visto. Un día dos mujeres, asumieron los papeles de Marta y María en una homilía conjunta, ofreciendo una interpretación feminista de la postura de cada mujer ante Cristo. Otro día, unas mujeres Africanas blandían banderas coloridas, tocaban tambores, cantaban en su lengua nativa y bailaban al deleite de Dios en los corazones de todos los que estaban reunidos.

Hubo momentos que me dejaron sin aliento, como la primera vez que presencié a una ministra ordenada consagrar el pan y el vino y resultó estar visiblemente embarazada. Las mujeres predicaron, presidieron y oraron en un lugar que acogió la plenitud de sus dones espirituales y en formas que hicieron que mi espíritu se elevara.

Los Domingos dejé de lado toda esa novedad y volví a mi mundo Católico en la parroquia Jesuita donde estaba activa. Ahí el liderazgo laico era vibrante, el espíritu de la comunidad era contagioso y los dones de las mujeres eran honrados. Las oraciones y los rituales de esta comunidad, que durante mucho tiempo había sido mi sustento espiritual, se estaba volviendo más importantes para mi.

Al mismo tiempo, sin embargo, me estaba volviendo más consciente de los limitados roles que las mujeres podían llenar en la Iglesia Católica. Descubrí que ya no podía posponer la cuestión de la ordenación.

¿Estaba yo realmente llamada a una vida de ministerio laico como una Católica? O ¿era la verdadera naturaleza de mi llamado a la ordenación? La puerta a la ordenación en una Iglesia Protestante estaba abierta y un número de personas me estaban animando a caminar a través de ella. Ellos notaron dones espirituales en mí que eran muy adecuados para el ministerio ordenado. ¨Qué lástima sería dejar que estos dones se desperdicien,¨ dijeron ellos.

Sus voces eran fuertes y convincentes. Yo sabía que el proceso de ordenación para mujeres Protestantes no era fácil. Pero no podía negar que Dios estaba moldeando la arcilla de mi ser en una forma que no estaba segura podía encajar dentro de las fronteras de la tradición Católica.

La puerta de la ordenación en una Iglesia Protestante estaba abierta, y un número de personas me estaban animando a caminar a través de ella. Dejé de huir de la cuestión de la ordenación y comencé a luchar con ella.

Poco después de que lo hice, una nueva pregunta surgió dentro de mi. Algunas de las mujeres anteriormente Católicas llamadas a la ordenación no sabían cual denominación Protestante seguir. Algunas estaban pensando en convertirse en Congregacionales, otras Episcopales o Luteranas. Esto me pareció extraño. ¿No crecería el llamado a la ordenación desde la fe que usted conocía y amaba en una Iglesia donde se sentía como en casa? ¿No sería el primer paso encontrar su hogar espiritual y solamente después buscar la ordenación dentro de esa tradición?

Al momento , yo estaba investigando los documentos del Concilio Vaticano Segundo. Un día leí algo que me tomó por sorpresa: “Los bautizados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, están consagrados en una casa espiritual y un santo sacerdocio” (“Constitución Dogmática sobre la Iglesia,” No. 10).

Esas palabras tocaron una fibra en mí, Continuaron lavando mi corazón, como un mantra. Quizás Dios estaba tratando de llamar mi atención.

Dejé de huir de la ordenación y comencé a luchar con ella.

Comencé contemplando la casa espiritual en la cual había sido bautizada y me di cuenta cuanto había para amar en ella. Hubo comunidades religiosas cuyos carismas y testigos fueron faros iluminando mi camino de lo santo en mi vida. Había místicos y monásticos, buscadores y santos, pacificadores y profetas cuyas palabras de sabiduría hablaban a las profundidades de mi alma. Hubo prácticas espirituales que me conectaron con Dios y con las comunidades de oración. Y estaba el tesoro de la enseñanza social católica, un repositorio tan rico que mis profesores Protestantes recurrieron a él una y otra vez en clase. Cada vez que ellos lo hicieron, notaron (a menudo con disculpas) que los Católicos tenía los pozos más profundos de donde extraer cuando se trataba de las enseñanzas de justicia social para transformar el mundo en el que vivimos.

Me di cuenta de que la casa espiritual en la que había vivido desde mi infancia había moldeado mi fe y convertido en mi fortaleza. Mi fe Católica albergó una espiritualidad que me animó y me llevó profundamente al corazón de Cristo.

Lo que no había sabido hasta ese momento es que ya pertenecía a un sacerdocio santo, oculto por naturaleza de mi bautismo. Si ellos nos enseñaron eso en mis clases de catecismo, yo me lo perdí.

Ahora que sabía acerca de este santo sacerdocio, comencé a ver las cosas bajo una nueva luz. Compartí este sacerdocio con todas las mujeres y hombres bautizados en la comunidad Católica y había poder en ese vínculo que nosotros compartíamos. Pertenecía a una parroquia de personas que reclamaban su sacerdocio y lo vivían de maneras que extendían la comprensión de las personas sobre el ministerio laico. Yo fui una de un número creciente de mujeres Católicas tejiendo los dones de nuestro sacerdocio en la tela de la fe Católica.

Descubrir que era sacerdote en virtud de mi bautismo no me quitó el desafío de vivir mi vocación en una Iglesia que no ordena mujeres. Pero validó en mí un llamado ya consagrado y un sacerdocio ya bendecido que nadie podría negar ¿Sería eso suficiente para apoyar mi vida de ministerio laico? ¿Seria suficiente para poner la cuestión de la ordenación a descansar?

Después de graduarme del Seminario, realicé un retiro directo. Una noche, muy tarde, fui sola a la Capilla, me arrodillé y ofrecí una oración prometiéndome a Jesús en ministerio. Mientras lo hacía, las lágrimas comenzaron a fluir. No sentí la imposición de manos que ocurre en las ordenaciones. Pero sentí la calidez del Espíritu lavar mi corazón. Mientras me arrodillé allí, tuve la fuerte sensación de que la decisión que había tomado era la correcta para mí.

Muchos años más tarde, yo estoy todavía creciendo en mi vida de ministerio. A veces las personas no saben que hacer conmigo; no siempre encajo en el molde del ministerio al que están acostumbrados.

Cuando eso sucede, recuerdo el pacto que hice con Jesús, que vivió su sacerdocio en maneras poco convencionales. Él no encajó en el molde del Mesías que ellos estaban esperando. Él estiró la comprensión de las personas sobre como era el ministerio. Como discípulo, yo trato de seguir sus pasos y aprender de otros que están haciendo lo mismo. Soy una de una multitud de mujeres Católicas que extienden los modelos convencionales del ministerio con los dones espirituales que tenemos.

Nosotros estamos todos invitados a ser parte de esta extensión ya que cada uno de nosotros vive nuestro sacerdocio bautismal de maneras dinámicas y diferentes. La extensión puede sentirse incómoda a veces. Pero en la extensión nosotros crecemos. Y hacemos lugar para el florecimientos de los dones recíprocos en la casa espiritual que llamo hogar.

Autora: Nancy Small es Capellana de un hospicio, Director Espiritual y Autora de Seizing the Nonviolent Moments: Reflections on the Spirituality of Nonviolence Through the Lens of Scripture (Aprovechando los momentos no violentos: Reflexiones sobre la Espiritualidad de la No Violencia a través de la lente de las Escrituras). Ella y su esposo, Carl, Oblatos de las Hermanas Benedictinas de Erie, vive en Worcester, Massachusetts.

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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