Despertando de un sueño

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John Lennon escribió en su canción “Beautiful Boy” la siguiente verdad: “Life is what happens to you while you are busy making other plans” (La vida es lo que te pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes). Cuánta razón tuvo.

Con demasiada frecuencia nos entregamos a nuestra rutina diaria, sea cómoda o no, con el propósito de tener una continuidad en nuestros planes y proyectos personales. Lo que yo he notado en mi es que cuando el trabajo de oficina es intenso, muchas de las fuentes de inspiración que  normalmente me inyectan pasión por el simple hecho de vivir, se ven disminuidos y afectados. Esto tal vez. Se deba al hecho de que a veces es necesario empujarnos un poco para cumplir con las metas laborales diarias, y al hacerlo, nuestros sueños sufren pues se ven relegados.

Cuando me observo a mi mismo en este juego del trabajo intenso, me llama la atención como una inmensa mayoría de nosotros tiene la capacidad de hacer a un lado lo valioso para poder cumplir con lo requerido. Si sufriera un accidente o si mi cuerpo llagara a su fecha de caducidad inesperadamente y sufriera un infarto o embolia intensos, y la muerte física fuera un hecho inevitable, se que durante esa transición breve de tiempo, esa gota de amargura por no haberme lanzado en busca de mis sueños se manifestaría como un foco que se apagaba con mi vida.

Todos los seres humanos, animales y plantas que hoy existimos como tales, vamos a experimentar la muerte en un minuto o muchas décadas. Todos vamos a morir. Antes o después, sin duda alguna llegaremos a esta transición con una maleta llena de recuerdos, experiencias, emociones y pensamientos. Cuando nos decidiremos a trazar esa línea entre el ayer y el mañana, cuando decidamos darle prioridad a seguir con entrega  la búsqueda de nuestra pasión, de nuestros sueños y planes?

Todos tenemos una capacidad enorme para escoger las experiencias más diversas que escojamos, y al pensar en cubrir nuestras necesidades materiales básicas antes de arrojarnos en búsqueda de nuestros sueños, caemos en una trampa difícil de superar, pues será imposible obtener todo aquello que queramos del menú siempre disponible de triques materiales. Nos da miedo vivir confiando en Dios, sabiendo que nada realmente importante nos puede llegar a faltar.

Como en todo en esta vida, necesitamos tener un equilibrio. Según sea nuestro nivel de consciencia será también nuestra entrega a esa decisión de abrazar conscientemente aquello que realmente vale, los tesoros que si nos podremos llevar con nosotros cuando nuestros cuerpos finalmente se queden atrás y regresen a la tierra de la que se originaron. Esta decisión no requiere de un esfuerzo extraordinario ni de grandes sacrifico, porque una transformación gradual nos mostrara día tras día los ajustes que sean convenientes que escojamos. Tal vez ni siquiera se requieran cambios drásticos, sino más bien, un cambio de actitud.

A mis sesenta y tres años contemplo esta posibilidad real de transformarme como una melodía muy sutil que cada día canta más dulce e intensamente desde mi interior, de adentro hacia afuera. Algo similar al efecto del perfume de esos árboles y arbustos que emana su perfume de noche y que a cada paso nuestro al acercarnos, nos anuncian su presencia intensa y humilde, silenciando nuestra mente y encendiendo nuestro corazón.

El perfume más intenso y exquisito es el que emana del amor de Dios. No existe otro sentimiento ni sueño más impactantes que aquel momento en que la presencia de Dios, inesperada y ciertamente  inmerecida, nos sorprende como si fuera un sol que de repente brilla en nuestra noche más oscura, a ves sin buscarlo. Aun así se hace presente mientras arrasa con su caricia de amor vivo todo vestigio de individualidad humana y mezquina que camina pegada a mí como una sombra con la que a veces deambulo por la vida.

Cuando Dios nos sorprende de esa manera, nuestra consciencia queda aniquilada y desvanecida. Una vez que su resplandor se retira, permanecemos en silencio y en paz, algo así como una catedral sin gente al mediodía, llenos de emoción e inundados de pasión, mientras los destellos de colores pintados por el sol al atravesar los Rosetones y ventanales de colores acarician nuestro altar, piso y muros, mostrando la intensidad de la vida que yacía escondida en la que era nuestra naturaleza pétrea.

Nuestra vida es un obsequio temporal que proviene del amor infinito de Dios. Dios no requiere que hagamos nada en especial, salvo experimentar su amor sin límites a través de todo aquello que suceda en nuestras vidas. En muy buena parte, estas experiencias las escogemos o evadimos nosotros mismos. Todos somos arquitectos de nuestra propia vida y de nuestro entorno inmediato. No somos víctimas sino triunfadores, seres vivos que compartimos con el Cosmos la esencia misma de Dios, y con el potencial de transformar todo aquello que nos opaca o nos estorba en una realidad mejor.

Formamos parte del cuerpo mismo de Cristo, y tenemos un potencial capaz de alcanzar todas nuestras metas estando conscientes de su presencia en nosotros. Es precisamente la consciencia d la  esencia de Dios en nuestro interior que nos permite transformarnos, pues no hay sombra que sobreviva al resplandor de Su luz, ni sueño que sea inalcanzable.

No solo podemos cambiar nuestras vidas, sino que tenemos el derecho y la fuerza misma de Dios para lograrlo. Es curioso concluir que para ser capaces de alcanzar nuestro sueño, es necesario antes despertar.

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