Diez años: renovación, esperanza y deudas

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Algunas reflexiones en torno a eucaristía como lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo en el documento de Aparecida

Éste año 2017, como Iglesia latinoamericana celebramos los diez años de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que en Mayo de 2017 tuvo lugar en el Santuario Nacional de la Virgen Aparecida, Brasil. El acontecimiento de Aparecida, y su documento conclusivo, marcaron pautas importantes en la vida de nuestra Iglesia continental. Una de las mayores formas de puesta en marcha de Aparecida fue la Misión Continental, tiempo propicio de renovación evangelizadora desde la categoría eclesiológica del “discipulado misionero”.

Dentro de las muchas comisiones de Obispos dentro de la V Conferencia, destaca la “Comisión de Redacción”, la cual tuvo como tarea la confección del Documento Conclusivo (DA)- Resulta llamativo, y creo que fue un signo de la presencia del Espíritu de Jesús, que la persona que estuvo encargada de la Comisión de Redacción fuera el entonces Arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, Obispo de Roma. Por ello y si realizamos una lectura comparativa atenta entre Aparecida y los documentos magisteriales de Francisco, sobre todo de Evangelii Gaudium nos percataríamos que éste último lleva la impronta de lo celebrado en Brasil el 2007.

Por ello es que éste décimo aniversario es un momento de acción de gracias. Acción de gracias en primer lugar por la renovación misionera a la que fuimos y somos invitados, a vivir la corresponsabilidad del anuncio alegre del Evangelio y del seguimiento discipular de Jesús. Gracias también por los impulsos proféticos de Francisco y por invitar a toda la Iglesia a vivir en estado de misión permanente, a ser Iglesia en salida, a reconocer al Espíritu en las periferias humanas, sociales, incluso fuera de nuestra propia Iglesia. Pero también es un momento de toma de conciencia de que Aparecida aún no se ha recepcionado totalmente en nuestras comunidades. Estamos, en muchos aspectos, en deuda con Aparecida incluso con el mismo Concilio Vaticano II. A los diez años de la V Conferencia, debemos volver a leer el Documento Conclusivo, a meditarlo y a ponerlo a caminar.

En esta entrega quisiera reflexionar en torno a algunas claves que Aparecida nos brinda en torno a la Eucaristía y cómo ella representa el lugar privilegiado del encuentro del discípulo misionero con Jesucristo; encuentro que no es solo de personal e individual, sino que es el encuentro de toda la Iglesia con el Señor presente en la celebración eucarística.

Centralidad cristológica y eclesiológica del “encuentro”

El acontecimiento de encontrarse con Jesucristo es fundamental para entender al cristianismo. Benedicto XVI así lo afirma cuando dice que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea. Se comienza a vivir la fe gracias a que nos hemos encontrado con Cristo Jesús (Cf. Deus caritas est 1). Benedicto está proponiendo el texto de Jn 1,35-39, la vocación de los dos primeros discípulos. Los discípulos caminan por las orillas del lago de Galilea, ven a Jesús y lo siguen. Jesús se da vuelta y pregunta ¿qué buscan?, a lo que ellos contrapreguntan ¿dónde vives? Y la invitación de Jesús es detonante: vengan y vean. Fueron y se quedaron, no solo aquél día sino toda la vida.

En el encuentro hay una “gramática del movimiento”: caminar, darse vuelta, mirar, preguntar, invitar, quedarse. Por lo tanto, el encuentro se realiza como experiencia, la cual ocurre en una historia, en mi historia, en nuestra historia como Iglesia. La vida humana se mueve gracias a la búsqueda. Se entiende así el carácter inacabado del ser humano: siempre estamos queriendo satisfacer nuestras dudas. Vamos de camino, sobre todo en actitud de seguimiento de Aquél que le dio una nueva orientación a nuestra vida. El Yo de Jesús se ha puesto en comunión de amor con el yo de cada uno de nosotros y del gran “nosotros” de la Iglesia. Así lo hizo notar Aparecida cuando dice que el encuentro de los dos primeros discípulos provoco un saciar “el hambre y sed de vida que había en sus corazones” (DA 244).

Si lo fundamental del cristianismo es el encuentro con Cristo, es porque la Encarnación constituye un punto de inflexión en la historia del mundo. El amor de Dios fue tan grande que envió a su Hijo único para que compartiese todo lo nuestro, para que así nosotros pudiésemos compartir todo lo que era de Él (Cf. Jn 1,14; Jn 3,6). Dios en Jesús ha entrado radicalmente al mundo. Gracias a Jesucristo hemos conocido quién es el Padre Dios, cómo ama, cómo perdona, cómo se encuentra con nosotros. La Encarnación es una experiencia de diálogo: Dios Padre nos ha hablado por medio del Hijo que es movido por el Espíritu. El encuentro, por tanto, es también un acontecimiento Trinitario, comunitario. Y ese encuentro se actualiza en cada Eucaristía.

La Eucaristía: lugar privilegiado del encuentro del Dios Trinidad con el ser humano

La Eucaristía es un sacramento, y sacramento se entiende como un momento especial de encuentro de Dios Trinidad con el ser humano en la historia. Se sostiene que Jesús de Nazaret es el sacramento por excelencia de Dios. Es el Aquél signo, rostro, cuerpo, alma, historia visible que nos ha comunicado la gracia invisible de Dios. Y Jesús Sacramento se ha querido quedar con su Iglesia en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. El amor de Dios se ha dado por completo en el Pan y en el Vino, en la comida que se comparte y se reparte en la comunidad de creyentes. Es un momento que “aglutina” a la Iglesia. Por ello dice Aparecida que “con este Sacramento (la Eucaristía), Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios hacia el prójimo” (DA 251) No puede entenderse la Eucaristía sin la Iglesia y tampoco puede haber Iglesia sin celebración eucarística.

Aparecida sostiene que existen en la vocación cristiana (seguimiento de Jesús) aparecen tres dimensiones claves: “creer, celebrar y vivir el Misterio de Jesucristo” (DA 251). Creo para celebrar y celebro para vivir; vivo como creencia y mi vida es celebración agradecida de la presencia de Dios; celebro la fe y la vida. Son muchas las formas que tenemos de sintetizar y relacionar estos conceptos. Pero lo clave es que con ellos “la existencia cristiana adquiere verdaderamente una forma eucarística” (DA 251). Nuestra vida es eucarísticamente atravesada. La Iglesia está preñada de Eucaristía. El Vaticano II sostuvo que la Eucaristía es la fuente de la cual emana toda la vida de la Iglesia. Cuando nos reunimos a dar gracias a Dios en torno a la Palabra y a la Mesa de la comida, estamos viviendo la gracia de Dios. Eucaristía es eso: acción de gracias.

Pero esta celebración no puede quedar recluida en el templo, no podemos hacer una Iglesia “encerrada en la sacristía” dirá Francisco. Aparecida pone en relación la Eucaristía con la misión: “La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido” (DA 251). La Eucaristía sólo queda completa con la consecuencia de la misión. Uno celebra la Misa para salir a evangelizar. Misa es “missio”, envío. Hay que vivir el domingo toda la semana. Es necesario que la vida de cada uno y de toda la Iglesia sea una “misa prolongada” como decía el Padre Hurtado. Es un llamado a la audacia evangélica, al movimiento de seguimiento, al encuentro con los otros, sobre todo con los que sufren.

La entrega de Jesús celebrada en el Templo quedaría vacía de significado si no reconocemos cómo ese mismo Jesús está en las calles, en nuestras plazas, en nuestros espacios de convivencia cotidiana. Esto exige una maduración espiritual del discípulo misionero que, redescubriendo la centralidad de la Eucaristía en su vida, es capaz de ponerse en marcha tras los pasos de Jesús que se nos adelanta en la historia cotidiana.

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Juan Pablo Espinosa Arce
Juan Pablo Espinosa Arce. Chileno. Licenciado en Educación y Profesor de Religión y Filosofía por la Universidad Católica del Maule. Licenciado (Magíster) en Teología Fundamental por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ayudante de Cátedra «Teología Latinoamericana» de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tutor Académico en Teología de la Congregación de la Santa Cruz en Santiago de Chile. Docente de Ética y Filosofía en el Instituto Profesional Santo Tomás de Rancagua, Chile. Ha desarrollado trabajos investigativos en el área de la Teología Fundamental, de la Teología Política y Latinoamericana y de Educación Religiosa. jpespinosa@uc.cl