Discernir nuestra humanidad

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¿Cómo entender lo que nos sucede a la luz de Dios cuando hay decisiones políticas y económicas que se toman a sabiendas de que producen más pobres, desempleados y enfermos? ¿Será que nos hemos acostumbrado a ver a las personas como meros objetos, sin comprender que detrás de cada rostro existe una historia de vida compleja y llevada adelante con gran dificultad? ¿Acaso no sabemos que las decisiones y acciones que realizamos tienen una dimensión ética y generan consecuencias que afectan el destino de muchos?

Tal vez hemos llegado a deshumanizarnos hasta el punto de no sorprendernos más ante las muchas formas de inhumanidad e impiedad que nos rodean, y terminamos siendo actores silentes, cómplices anónimos. El problema es grave porque si no nos dejamos afectar por los padecimientos de los otros, si rehusamos tomar posición ante ellos de algún modo, ponemos en riesgo nuestro propio desarrollo y crecimiento (Lc 18,18-23). Y sin darnos cuenta, podemos estar asumiendo una falsa ilusión de lo que significa vivir humanamente.

Para discernir lo humano no basta una lectura psicológica o sociológica de la realidad personal o social. Debemos ir más allá y preguntarnos si estamos siendo verdaderamente humanos, si orientamos nuestra vida hacia un proyecto de humanización integral. Hay que discernir las palabras que usamos, las acciones que realizamos y las decisiones que tomamos.

Jesús tuvo que discernir su época y decidió asumir un estilo profético. Dispuso de su humanidad para «servir» y «sanar», antes que para imponer y odiar; pero para ello tuvo que aprender a vivir con un espíritu fraterno y solidario que le costó «sudor y lágrimas» (Heb 5,7-8). Entendía que la reconciliación fraterna pasaba por la justicia y la verdad. Esto supuso ver más allá de las coyunturas y los sectarismos, para luchar por la justicia, por el bien común. Así, dedicó su vida a construir una calidad de vida tan buena como la divina. La llamó el «reinado de Dios».

Quien reconoce el drama de la realidad y lo hace suyo practicando la solidaridad fraterna, a pesar de la incomodidad que le pueda comportar, podrá comprender la fuerza de la compasión y ser impulsado a luchar en favor de una existencia justa, verdadera. Sólo así el «reinado de Dios» será una realidad y podremos gozar de una calidad de vida como la de Dios, para la cual hemos sido creados a imagen y semejanza suya.

¿Sabemos discernir la realidad acogiendo lo que es verdaderamente humano y apartando lo que no lo es? ¿Acaso creemos que las decisiones que tomamos no tienen consecuencia? Que no nos pase como a las vírgenes necias que tras tocar a la puerta insistentemente, el Señor les respondió: «no os conozco» (Mt 25,12-13) porque «tuve hambre.., sed.., era forastero.., estaba desnudo, enfermo y en la cárcel… cuanto dejásteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejásteis de hacerlo» (Mt 25,42).

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)