Dorothy Day

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El Cardenal John O’Connor anunció en el año 2000 que el Vaticano había aceptado su petición para iniciar la causa para la beatificación de y canonización de Dorothy Day. Con esta aprobación, ella recibió el título de Sierva de Dios. El progreso de su causa continuó bajo el Cardenal Edward Egan, quien estableció la Asociación Dorothy Day, y aún más bajo el Cardenal Timothy Dolan. Junto con la solicitud de apoyo de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América, él ha recientemente adoptado una serie de medidas para avanzar en el proceso, incluyendo la iniciativa de personalmente elogiar su vida y escritos al Papa Francisco.

He apoyado esta causa. Si tomo ahora la oportunidad de explicar mis razones, no es para cambiarle la mente de aquellos que creen que Dorothy Day no es merecedora de ser llamada santa. Hay algunos, por ejemplo, que creen que ella era una hereje, una comunista secreta o, en las palabras del Senador del Estado de Virginia que se sintió obligado de advertirle al Papa, que era una mujer de “carácter repugnante.” Aquellos para los que escribo son en cambio los muchos admiradores profundos e incluso seguidores de Dorothy Day que no tienen dudas sobre su santidad pero que escépticos o sospechan del proceso de canonización. Algunos se preocupan que al hacer a Dorothy Day una santa de la Iglesia la convertirá en una piadosa despojada de sus bordes proféticos y radicales – o la usen para promover alguna agenda que no era la suya. Otros cuestionan la inversión de recursos que pudieran ser mejor utilizados para los pobres. Todavía otros sienten que el proceso total viola sus propios deseos, después de todo, no dijo ella estupendamente, “No me llamen santa…”?

Puedo identificarme con tales preocupaciones, algunas de las cuales he escuchado de amigos y personas que respeto. Antes de dirigirme a ellos, comenzaré con una reflexión sobre lo que santo significó para Dorothy y en lo que, en mi opinión, el proceso de santificación significa para la Iglesia.

Sacando Amor

Sería difícil exagerar el papel que los santos juegan en la vida de Dorothy Day y los orígenes del Trabajador Católico.. Peter Maurin le dijo que la mejor manera de estudiar la historia Católica era a través de los santos – aquellos que más fielmente encarnaban el espíritu de Cristo. Inspirada por Peter Maurin y sus lecturas de las vidas de los santos, Dorothy se envalentonó para poner en marcha el Trabajador Católico con los medios disponibles, sin esperar financiación o cualquier aprobación oficial. Constantemente ella invocaba a los santos como patronos e intercesores, haciendo “piquetes” frente a San José cuando los fondos se agotaban, pidiendo asistencia a la Madre Bendita para ayudarla a afrontar los problemas en su familia de Trabajador Católico. Los santos constantemente aparecían en sus discursos y escritos, casi como si fueran conocidos personales: la “perfecta alegría de San Francisco”; la exuberancia de Santa Teresa, quien dijo, “Estoy tan agradecida a una persona que puedo ser sobornada con una sardina”; el ardor místico de San Juan de la Cruz, quien dijo, “Donde no hay amor, pon amor, y sacaras amor.”

En los primeros años del Trabajador Católico, el periódico fue mayormente ilustrado con imágenes de santos de Ade Bethune. Esto no era sólo por decoración pía. Representados en ropa moderna, dedicados a obras de misericordia, estas figuras literalmente ilustraron lo que los editores estaban tratando de comunicar a través de las palabras y acciones. Los santos, como Dorothy hablaba de ellos, eran nuestros amigos y compañeros, ejemplos del Evangelio en acción. Ella dedicó muchos años a escribir una biografía de su santo favorito, Thérèse of Lisieux, exultando en la increíble velocidad con la que la Pequeña Flor fue canonizada – una señal de que ella era realmente “la santa de la gente.”

En la discusión de los santos, Dorothy siempre reconocía su humanidad, su capacidad para el desánimo y la tristeza, sus errores y fracasos, junto con su valor y fidelidad. No hay dudas de que deseaba bajarlos de su pedestal, mostrarlos como seres humanos quienes sin embargo en su época representaron los ideales y el espíritu del Evangelio.

Ella era muy consciente de los peligros de la hagiografía sentimental – la “papilla piadosa” que hace que los santos parezcan de alguna manera menos que humanos. Ella citó un texto acerca de los hábitos alimenticios de los santos, que decía, “La Beata de Monfort a veces derramaba lágrimas o lloraba amargamente cuando se sentaba a la mesa a comer.” Sobre esto, ella comentó, “No es de extrañar que nadie quiera ser santo.”

Ella sintió que era importante que nosotros contemos las historias de los “santos como ellos realmente eran, como ellos afectaban las vidas de los de su época.” Pero también era importante subrayar sus desafíos radicales: como Santa Catalina de Siena se enfrentó al Papa; como San Benito promovió el espíritu de paz; como San francisco se reunió con el Sultán en una misión de reconciliación.

Cuando Gordon Zahn escribió sobre su desaliento con los Obispos y sus incapacidad de hacer frente a la Guerra de Vietnam, ella escribió: “En toda la historia los Papas y Obispos y Abades parecen estar ciegos y amantes del poder y codiciosos. Nunca esperé liderazgo de ellos. Son los santos los que se mantienen apareciendo a través de toda la historia que mantienen las cosas funcionando [sic].”

Por encima de todo, Dorothy creía que los santos canonizados eran aquellos que nos recordaban de nuestra verdadera vocación. “Todos estamos llamados a ser santos,” escribió, “y nosotros podríamos también superar nuestro miedo burgués del nombre. También debemos acostumbrarnos a reconocer el hecho de que hay algo de santo en todos nosotros. Puesto que estamos creciendo, posponiendo al hombre viejo y revistiéndonos de Cristo, hay algo del santo, lo sagrado, el derecho divino allá.” Ella reconoció, por desgracia, que la mayoría de las personas hoy en día, “Si se les pidiera, dirían tímidamente que ellos no profesan ser santos, en cambio ellos no quieren ser santos. Y sin embargo el santo es el hombre santo, el ‘hombre completo,’ el hombre íntegro. Todos deseamos ser eso.”

Una de las cosas que la atrajo de Santa Teresa fue que en su El Pequeño Camino ella mostró un camino de santidad disponible para todas las personas y todas las circunstancias. Dorothy — que había nacido el mismo año que Teresa murió — quiso dar a conocer las implicaciones sociales de El Pequeño Camino: “El significado de nuestros actos más pequeños! La importancia de las pequeñas cosas que dejamos sin terminar! Las protestas que no hacemos, las posturas que no tomamos, nosotros que estamos viviendo en el mundo.”

Una nueva especie de Santo

Y ¿qué del significado de Santo para la Iglesia? Es importante reconocer que al canonizar un santo, la Iglesia no está otorgando una especie de ¨honor¨ póstumo. La canonización no tiene un impacto o importancia para el santo mismo. La canonización es realmente un regalo que la Iglesia se hace a sí misma. A través el reconocimiento de ciertos individuos – un número minúsculo comparado con todos aquellos hombres y mujeres santos conocidos por Dios – la Iglesia tiene el reto de ampliar su comprensión del Evangelio, para proporcionar nuevos modelos con los que la gente se pueda relacionar, ejemplos que cumplieron el reto del discipulado en su propia época y por lo tanto que nos inspiren a hacer lo mismo.

Pero como dijo Simone Weil, no es suficiente para ser un santo; “Debemos tener la santidad que exige el momento presente.” Temprano en su vida, Dorothy reconoció la necesidad de una nueva especie de santo. Incluso cuando niña ella notaba cuanto la movían las historias de los santos que cuidaban a los pobres, los enfermos, los leprosos. Pero otra pregunta surgió en su mente: “¿Por qué se hacia tanto para remediar el mal en lugar de evitarlo en primer lugar?… ¿Dónde estaban los santos para tratar de cambiar el orden social, no sólo para atender a los esclavos sino para acabar con la esclavitud?” Esta era una pregunta que será contestada con su propia vida.

En 1932, al pronunciar su oración fatídica en la Basílica de la Inmaculada Concepción, Dorothy buscó una respuesta acerca de cómo integrar su fe y su compromiso a la justicia y la causa del oprimido. Rezó para hacer una síntesis de “cuerpo y alma, este mundo y el próximo.” En efecto ella estaba buscando un modelo de cómo ayudar a los esclavos mientras también trabajaba para eliminar la esclavitud. Muchos santos habían realizado las obras de la misericordia y se entregaban a la caridad. Mediante la combinación su trabajo por la justicia con la práctica de la caridad, Dorothy hizo un enorme regalo a la Iglesia. Nadie que venga después tendrá que imaginar a que se debe parecer dicho santo.

Pero hay otros regalos. Con mucho la inmensa mayoría de los santos, tanto en la historia como en los últimos tiempos, han sido sacerdotes o miembros de Ordenes Religiosas. De los 1.00 y tantos santos beatificados o canonizados por Juan Pablo II la mayoría – apartando los mártires – fueron fundadores o miembros de Ordenes Religiosas. Posiblemente esto refuerza la noción estereotipada de que la vida religiosa es un prerrequisito para la santidad.

Dorothy, en su vida de oración profundamente disciplinada y su participación en la vida sacramental de la Iglesia, su abrazo a la pobreza voluntaria, y su espíritu de auto sacrificio y servicio amoroso se asemeja a muchos santos que nos han precedido. Sin embargo como persona laica, como mujer, como madre soltera, como fundadora y líder de un movimiento laico que ha siempre operado sin autorización oficial de la Iglesia, como editora de un periódico que presume tomar una posición social más avanzada del magisterio de su tiempo, Dorothy Day representa un candidato inusual – y significativo – para la canonización.

En su ecumenismo, su compromiso con la renovación litúrgica, su afirmación de libertad religiosa y los derechos de la conciencia, su resistencia al racismo y al antisemitismo, y su implementación profética de la ¨opción preferencial por los pobres¨ de la Iglesia, ella anticipó tantos temas del Concilio Vaticano II y de la Iglesia postconciliar. Y si ahora hay un pensamiento verdadero sobre su canonización, esta es parte de una reflejo de hasta que punto la Iglesia ha viajado para ponerse al día con su testimonio. Esto es algo para celebrar.

Pero hay más. Dorothy fue inspirada por los Evangelios y las vidas de los santos para responder a las necesidades de sus días – tanto las necesidades que cada uno podría reconocer (la Gran Depresión) como también las necesidades que fueron pasadas por alto por casi todos los demás. Dorothy, más que ninguno, ayudó a la Iglesia a recobrar el mensaje de paz olvidado de Jesús. Ella enfrentó la guerra y la violencia en todas sus formas – no sólo en palabras sino en acciones proféticas. En la pureza de su visión y su valiente testimonio ella continúa caminando hacia adelante, haciéndole señas a la Iglesia para que siga.

El Simbolismo de Santidad

Hay consideraciones inevitablemente simbólicas, o si se quiere, políticas asociadas con la fabricación de santos. Siempre está la pregunta, ¿qué lección o mensaje nos desea impartir la Iglesia a través de esta canonización? El reconocimiento tardío de Oscar Romero como un mártir genuino, y no sólo como un hombre de iglesia piadoso, es un ejemplo significativo. Nombrar a Romero como un mártir que murió a causa del ¨odio a la fe¨, la Iglesia reconoce que él no murió por mezclarse en política, como lo declaran sus críticos eclesiales, sino porque él fielmente siguió los Evangelios. Quizás es significativo que este pronunciamiento haya esperado por el Pontificado del Papa Francisco. En este contexto, Romero camina hacia delante, haciéndonos señas para cumplir con la visión del Papa de una Iglesia que es “pobre y para los pobres.”

Por la misma razón, creo que esta temporada eclesial en particular proporciona un contexto muy especial para promover la canonización de Dorothy Day. El Papa Francisco, me parece, es el que cumplirá los sueños de Dorothy. Si ella hubiera dejado su imaginación volar libremente, ella podría haber concebido de un Papa que tomó el nombre de San Francisco, que se dispuso a renovar la Iglesia a imagen de Jesús, promoviendo la centralidad de la misericordia, la reconciliación y la solidaridad con aquellos en los márgenes Muy a menudo ella criticó la parafernalia eclesial del poder y los privilegios. ¿Cuánto se habría deleitado ella con los gestos de humildad de Francisco, su llamado a los pastores “que tienen el olor de las ovejas,” su lavatorio de los pies a los prisioneros (incluyendo a las mujeres y Musulmanes), sus lágrimas en la Isla de Lampedusa mientras contemplaba las muertes de inmigrantes sin nombre y criticaba severamente la “cultura de la indiferencia.” Con su amor por el pueblo cubano, como se hubiera regocijado en su papel en la superación de décadas de hostilidad intransigente entre los gobiernos de los Estados Unidos y Cuba. Como, en la víspera de una guerra inminente con Siria, ella lo habría ansiosamente acompañado en su su vigilia por la paz. Cuan movida ella estaría de aprender de su profunda amistad con un Rabino Judío, su amor por la opera y Dostoievski, y su exhortación para difundir la ¨alegría del Evangelio¨.

Algunos han sugerido que la nueva atmósfera bajo el Papa Francisco ha puesto viento en las velas de la canonización de Dorothy. Pero me gustaría decirlo de otra manera. Yo creo que la causa de canonización de Dorothy ayuda a ponerle viento a las velas de la agenda del Papa. El apoyo a su causa, en este contexto, significa algo más que mantener viva su memoria. Contribuye a un programa permanente de renovación de la Iglesia – no por su propio bien, sino por el bien del mundo herido.

¿Qué sobre las preocupaciones de que la canonización le pueda causar a su testimonio a que se diluya y se homogenice?. Yo creo que su historia completa – tan inseparable de su ¨mensaje¨ – es claro y ampliamente disponible. Para estar seguros, ha habido a veces una tendencia de parte de algunos de poner demasiado énfasis en su aborto, para hacer de esa experiencia la pieza central en la narrativa de su viaje de “pecadora a santa.” De hecho, como sabemos, la fuerza impulsora de la conversión de Dorothy no fue la vergüenza por sus pecados sino la gratitud por la gracia de Dios. El punto de inflexión en su historia no fue su aborto sino la experiencia de quedar embarazada y dar a luz. Al final, yo creo que la canonización es la mejor garantía de que su historia y los rasgos distintivos de su santidad serán recordados- no solamente en nuestros tiempos sino bien lejos en el futuro. Del mismo modo que la beatificación de Franz Jägerstätter levanta la memoria de su “testigo solitario,” también creo que la canonización de Dorothy Day extenderá la historia de su ir a la cárcel por protestar los ejercicios de defensa civil y la blasfemia de todas los preparativos para una guerra nuclear. Moverá su testimonio desde los márgenes al centro de la memoria de la Iglesia.

La Forja de una Leyenda

Por supuesto, nosotros regularmente somos testigos de la domesticación de profetas radicales. Francisco de Asís se convirtió en el Santo Patrón de los baños de las aves. Martin Luther King Jr. es universalmente recordado por su “sueño” de un Estados Unidos post racial – pero no por su crítica del militarismo y capitalismo. Dorothy Day está casi exenta de este peligro. Incluso cuando estaba viva, Dorothy tuvo que enfrentarse a la fabricación de la leyenda piadosa. Ella le reprobó a Catherine de Hueck Doherty por promover el mito de que ella compartía su cama con una mujer sin hogar sifilítica. (Dorothy replicó, “Yo no puedo siquiera dormir con mi hija, ella se mueve demasiado!”) Se exasperaba con las personas que le preguntaban si ella llevaba los estigmas y disfrutaba de visiones. (“Sólo visiones de platos sucios y facturas sin pagar!”) Con o sin la canonización, algunas personas siempre preferirán el mito. La respuesta, yo creo, no es el rechazar su canonización, sino asumir la tarea de proclamar su historia con todos sus bordes radicales, asegurándonos de que nada de su humanidad se descarte.

Pero no dijo Dorothy, “No me llamen santa; no quiero ser despedida tan fácilmente”? Me sorprende que tanta gente – incluso aquellos que se verían en apuro para salir con otra cita – puedan recitar estas palabras (aunque su fuente exacta es incierta). Un santo verdadero no podría haber dicho lo contrario. Pero en el caso de Dorothy, esto era más que humildad. Ella se preocupaba de que las personas la pongan en un pedestal, que la crean sin faltas, imaginando que si ella puede llevar a cabo cosas aparentemente difíciles, era porque realmente no eran difíciles para ella – ella, después de todo, siendo una santa. Ella sentía que ésta era una manera de las personas de rechazar su testimonio y salir del paso. No creía que ella era mejor que otras personas. No creía que las personas debían imitarla. Ellos deberían ver a Cristo como su modelo. Todos los Cristianos están llamados a “despojarse del hombre viejo y revestirse de Cristo,” para conformar sus vidas con el patrón del Evangelio, para responder por su propio llamado a la santidad – de cualquier forma que este tenga.

Una vez la escuché decir, “Cuando ellos te llaman santo, esto significa básicamente que tu no no debes ser tomado seriamente.” Pero cuando Dorothy usó la palabra santo, ella realmente no estaba indicando a alguien para ser descartado fácilmente; por el contrario, un santo era alguien a quien tomar con la mayor seriedad.

Aun así, hay un cinismo natural que surge en relación a este proceso, con toda su elaborada burocracia, protocolo y, si, gastos. Ken Woodward, en Haciendo Santos, reconoció este problema en su capítulo sobre Dorothy Day. Mientras que la cuestión de costumbre con relación a un santo potencial es si el candidato es digno del proceso, en el caso de Dorothy Day hay una sospecha de que el proceso no es digno de ella. Quizás, alguno podrían decir, es mejor que ella permanezca como un “santo de las personas” – no una figura oficialmente canonizada.

Antes de iniciar su causa, el Cardenal O’Connor llevo a cabo una serie de conversaciones con personas que la conocían (lamentablemente, muchos de ellos ya no están más con nosotros). Tuve el privilegio de ser parte de estas discusiones. Estaba profundamente conmovido por la humildad del Cardenal O’Connor al discutir su admiración por una mujer que nunca había conocido. Tomó la discusión muy seriamente, señalando que si Dios quiere que Dorothy sea llamada santa, él no podría vivir consigo mismo si se interpusiera. Pero al mismo tiempo, dejó claro lo que quería decir si procedían: la canonización, señaló, es un “proceso de la Iglesia.” Si no estamos cómodos con esto, dijo, no tiene sentido que se siga adelante. Aquellos presentes, que incluían a muchos de los amigos cercanos y allegados de Dorothy, escucharon lo que dijo él: ninguno de nosotros tuvimos una objeción.

Desde entonces, se ha vuelto más claro que hay, de hecho, gastos significativos involucrados en la búsqueda del largo proceso de canonización – honorarios legales, los costos de transcripciones oficiales y demás. La Arquidiócesis de Nueva York ha realizado una contribución importante; otros fondos serán recaudados por la Asociación Dorothy Day, sin ningún impacto en las contribuciones destinadas para el Trabajador Católico.

Podemos mantenernos alejados de su canonización con el argumento de que ella es “demasiado buena” para este proceso. Pero si lo hacemos, probablemente deberíamos reconocer que esta no es una actitud de la que Dorothy estaría inclinada a compartir. Ella ciertamente desafió y criticó a la Iglesia por sus fallos. Era, como le gustaba citar a Romano Guardini, “la cruz sobre la que Cristo fue crucificado.” Pero para ella la Iglesia era el cuerpo místico de Cristo, del cual ella era solamente un miembro. Ella tuvo suficiente conocimiento de sus propios pecados y faltas para incluirse a sí misma entre todos aquellos llamados a la penitencia y conversión.

La historia de Dorothy se está haciendo conocida alrededor del mundo. En los Estados Unidos ella es, sin duda, más ampliamente conocida y respetada que en cualquier momento desde su muerte, o incluso en su vida. En los últimos años las historias acerca de ella han aparecido en casi todas las revistas Católicas, y muchas conferencias se han centrado en sus pensamientos. Algunos pueden preocuparse de que Dorothy está siendo apropiada por elementos en la Iglesia que no comparten todas sus posiciones radicales. Quedó claro para mí hace mucho tiempo que Dorothy no “pertenece” sólo al movimiento de paz Católico, más de lo que le pertenece únicamente al movimiento Trabajadores Católicos. Francamente, le doy la bienvenida a la ocasión que ella ofrece para unir elementos dispares y a veces polarizados en la Iglesia.

Pero en última instancia, la cuestión de la canonización de Dorothy no se trata de atraer mayor atención hacia ella, pero sí, a través de su testimonio, más atención sería atraída hacia Jesús y más personas serían inspiradas a comprender y alegremente abrazar su mensaje de amor radical. Yo creo que la respuesta es sí. Esta es la razón por la que yo apoyo su canonización.

Este artículo apareció impreso bajo el título “Llamados a ser Santos,” en la edición del 04 de Mayo, 2015.

Autor: Robert Ellsberg
* Artículo reproducido con el debido permiso de América The Jesuit Review. América The Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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