El árbol. Testigo de la Pasión

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Me he preguntado…

¿Cómo se habrá sentido el árbol donde fue clavado Jesús?

Hijo de la naturaleza y alimentado por ella,
creció escuchando el trinar
de los pájaros en la mañana
y cobijándolos de las sombras de la noche.
Sintió en sus hojas la tibieza del sol
y el frio de la helada..
Bajo su sombra protegió a peregrinos
y animales que en los días de verano
buscaban refrescarse debajo de su follaje
para sentir la brisa que se colaba por las hojas.

En la primavera alegró el lugar
con sus tornasoladas flores
donde los colibrís y las mariposas
se deleitaron con ellas.

Cuando llegó a la madurez de su vida,
comenzó a sentirse cansado…
y su savia fue circulando con menos energía.

Un día sintió un profundo dolor en sus raíces…
Un grupo de hombres con hachas en sus manos
con brutal esfuerzo picaron su tronco
y cortaron sus raíces y ramas.

Poco a poco la savia dejó de circular
y sin vida se desplomó
en el suelo que le dio vida y le vio nacer…

Arrancado de la tierra
fue llevado a un aserradero
donde cortaron su tronco en dos
y lo midieron para que formara una cruz.
Permaneció un tiempo en un rincón
hasta que un día dos soldados
lo tomaron y se lo llevaron…

Lo arrastraron por los adoquines de la ciudad
y en cada paso el madero sentía que iba dejando
parte de su corteza en aquel áspero suelo…

Cuando llegaron a un lugar
que parecía una cárcel
sin piedad lo tiraron contra el suelo…
El golpe seco que retumbó en la habitación
hizo que se conmoviera
aquel hombre desfigurado…
lleno de heridas y coronado de espinas
que estaba orando en un rincón:

Los soldados dando un grito
le obligaron a cargar los maderos.
El hombre sin emitir sonidos,
con suavidad se abrazó a ellos…
Parecía que quería encontrar allí fuerza
pues estaba sin aliento…

Mirando con amor aquel trozo de vida desgarrado,
que fue árbol en un tiempo,
vio reflejada su vida en él…
pues estaba siendo arrancado de la tierra
como habían hecho con ese madero,
y aceptó no solo su compañía
sino que fuera su lecho de muerte.

Su sangre se mezcló con la savia del madero
y ambos se apoyaron en el camino,
hombre y madero de cruz, caminaron juntos…
Uno cargando, sintiendo el peso inerte de los maderos,
y dejando huellas de sangre…
y otro siendo cargado, dejando parte de su corteza
en el camino hacia el Gólgota…

El cansancio, el dolor, las heridas
dejaron sin aliento al hombre Jesús,
que no pudo cargar solo los maderos
y entonces Simón de Cirene le ayudó
hasta llegar al lugar de la Calavera.

En el momento de la crucifixión
los maderos sintieron ahora
el peso del cuerpo vivo de Jesús.
Unos clavos hicieron inseparables
el cuerpo de Jesús y la cruz
donde se unió la sangre, la savia y los maderos…

En cada golpe donde se iba incrustando
el metal en la carne y la madera,
se abría una herida por donde se iba la vida
que entraba en los maderos que la sostenía…

Cuando terminaron de crucificar a Jesús,
lentamente los soldados elevaron los maderos
donde permanecían unidos el hombre y la cruz.
El árbol que sirvió para dar vida
ahora contiene al que es la Vida…
que la está entregando minuto a minuto
ahora ya sin aliento, pues se va…

Los brazos del madero
sostienen su cuerpo sin vida
Y los brazos del Padre reciben su vida…
Entre maderos de un establo nació
Y entre maderos de cruz murió…

Y aquel árbol nunca imaginó
ser cargado y cargar al que es la Vida…
Le marcó tanto su existencia
que quiere permanecer con él eternamente.

Sus maderos son testigos de la agonía y del dolor
pues sintió hasta los últimos latidos de su corazón…

Desgarrado por su dolor, no quiere separarse de él…

El amor de María, le hace cambiar de opinión,
ella, su madre, contempla y besa
los maderos que ahora son su lecho de dolor…

Y sin oponer resistencia,
conmovido por el maternal amor,
el árbol entrega no sin dolor,
el cuerpo muerto del Señor.
Quedan gravadas en él,
las cicatrices de la pasión
hecho que quedará para siempre
en la corteza de su corazón.

Lentamente en silencio y sin prisa
el cuerpo sin vida de Jesús
es colocado en el regazo materno
escena que no tiene descripción
pues madre e Hijo se unen
en abrazo eterno de amor…

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María del Pilar Silveira
Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestría en Ciencias Religiosas por la Pontificia Universidad Gregoriana y Licenciatura en Teología por la Pontificia Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. Es profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello e integra el equipo de la Cátedra Libre “Mons. Romero” en la Universidad Central de Venezuela.