El desafío de un nuevo nacimiento

“Navidad no significa festejar el cumpleaños de Jesús,
sino celebrar que Dios se humaniza, toma cuerpo en nosotros,
cada vez que asumimos su Causa, su Sueño de humanización”.
(José María Vigil, CMF).

Los pueblos y sus culturas reaccionan con la noticia de un nuevo nacimiento. El territorio, las comunidades y familias de alguna forma se renuevan. Las madres, padres, hermanos, amigos, vecinos y extraños comparten la alegría o el desafío del nacimiento a través de una fiesta, de un ágape. Cada nacimiento adviene y acontece para acoger la novedad de otra presencia, de otro proyecto, de un porvenir. Acoger la humanidad o la auténtica forma de vida que emerge en cada nacimiento, puebla la tierra y fermenta la esperanza, y a la vez, permite que como seres humanos nos preguntemos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Cada nuevo nacimiento se convierte es una experiencia de donación, porque agradece a la memoria, fuerzas originaras del universo y al querer trascendente de Dios, la conspiración para que habitásemos la Casa Común y nos dejemos habitar por ella.

A la humanidad recién nacida se le va esperando con tiempo. Cada encuentro con la vida que emerge de las entrañas maternas de la cotidianidad y autenticidad invita al diálogo, a la acogida, y a reconocer pedagógica y atentamente, un saber esperar y sentir que viene en camino quien todavía no adviene, pero trae consigo sueños, luchas por labrar y lo más humano que tenemos. Y lo más profundo de nuestro ser, no es lo que ya tenemos o hacemos, sino lo que queremos ser, lo que queremos que acontezca, aquello con lo que soñamos, por lo que vivimos y luchamos. Somos principalmente nuestros proyectos, nuestros sueños, anhelos y Causas que mueven nuestra coexistencia y explican su sentido. Un nuevo nacimiento que no descubra una causa por la que vivir es una iniciativa sin horizonte, sin campos de acción en el que orientarse, sin una meta hacia la que peregrinar, que no se dará la posibilidad de tener posibilidades; se verá sumergido y arrastrado por las directrices de las ideologías, propagandas, los intereses hegemónicos, desde la óptica del comercio y los mecanismos económicos de los centros del poder.

Sin una Causa por la que luchar, por la que vivir e incluso morir, cada nuevo nacimiento es un adviento que no encuentra la densidad para luchar contra los insoportables automatismos de la necesidad y de las idolatrías políticas, culturales y religiosas. El profeta Oseas, poética y desafiadamente, nos lo expresa tomando como ejemplo al pueblo de Dios: “Cuando Israel era niño, lo amé, y desde Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más lo llamaba, más se alejaban de mí: ofrecían sacrificios a Baales y quemaban ofrendas a los ídolos” …Pero prosigue el profeta, dando las claves trascendentes para hacer frente a la inautenticidad de la vida: “Yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en mis brazos, y ellos sin darse cuenta de que yo los cuidaba. Con correas de amor los atraía, con cuerdas de cariño. Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas; me inclinaba y les daba de comer” (Os, 11, 1-4). En una sociedad como la nuestra mediatizada por el populismo, las noticias falsas y el paradigma desolador del consumo y la producción, necesitamos sembrar el paradigma del saber cuidar, como práctica esencial de la vida en sus múltiples formas.

Abrirnos a un nuevo nacimiento es una invitación a cultivar aquella actitud que nos exige educarnos para saber esperar, para estar a tiempo y a des-tiempo, y sentir que viene en camino quien todavía no vemos, pero sentimos. Quien viene en camino siente el ritmo del corazón de los desposeídos y sin tierra de la historia, rito que lo educa en el tiempo, en la expresividad insondable de la Pachamama que lo acoge con todas las posibilidades que trae consigo la encarnación para la vida y comunidad humana de cualquier tiempo y nación. Esta realidad ha sido cantada poéticamente en el Salmo 139 para referirse a que Dios nos va formando en el interior del seno materno como en el mismo vientre de la tierra cuando afirma: Señor, te doy gracias porque eres sublime… cuando en lo oculto me ibas formando y entretejiendo en lo profundo de la tierra” (Sal 139,15). He aquí nuestra condición esencial, donde han de dar a luz las posibilidades mismas de humanización.

Es tan importante la tarea, don y posibilidad de ser condición humana y trascenderla, que Dios mismo asume nuestra humanidad. Así nos lo recuerda el evangelista Lucas: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios. Nos visita el sol que nace de lo alto”. Y por su parte, el evangelio de la comunidad de Juan nos habla que Dios plantó su morada, su casa, entre nosotros, haciéndose huésped y hospitalidad; y quienes recibimos dicha hospitalidad, estamos invitados a donarla. Es decir, se hizo un habitante como todos nosotros, tomó carne y sangre de nuestra condición humana. En el evangelio se nos habla que el nacimiento de este niño contagió a todos de una enorme alegría, y expresaban este entusiasmo como si la noche y la oscuridad del corazón humano fuera expulsada por la luz divina. Ver a los niños dormir plácidamente en el regazo de su madre, nos permite también sentir que los niños nos traen la paz y la noche nos parece más luminosa. Así afirman los presentes ante ese nacimiento especial en donde conversaban los unos con los otros: “Hoy nos ha nacido en la ciudad de Belén, un Salvador, que es el Mesías, el Señor (Lc 2,11). Se afirmaba que Jesús viene de Dios, como vienen todos los niños, y además, su nacimiento nos hace familia, nos hermana. Nos hace sentir hijos de Dios, el Hijo, y en Él, todos somos hermanos y hermanas, expuestos a la fraternidad y sororidad universales.

Hoy más que nunca, en tiempos de migración a gran escala por una vida lejos de los etnocidios, de procesos y redes que se toman en serio la superación de la crisis humanitaria y ecológica, de las voces que denuncian y claman protección de la vida frente al escalamiento de asesinatos a líderes y lideresas sociales, y los movimientos civiles en protesta por los derechos de los pueblos y su dignidad, podemos interpretar estos fenómenos como la reivindicación por un nuevo nacimiento a escala social, política y cultural, donde todos y todas tenemos derecho a encarnarnos evangélicamente en las condiciones sociohistóricas en las que vivimos. Es decir, dinamizando gobernanzas con otros para hacer posible la vida en respeto y reconocimiento; generando escenarios para rehabilitar y restablecer con medidas precisas y reales, condiciones donde sea posible no solo la sostenibilidad de la vida, sino también la lucha por la provisión de garantías y reformas socio-legales para asegurar el buen convivir de los individuos y las comunidades.

Que el aliento materno de Dios (su ruah), hecho humanidad en las entrañas de María de Nazaret y el espíritu de Jesús de Nazaret <Mesías Hijo de lo Humano> en estas navidades, nos capaciten para realizar varias tareas urgentes en nuestra relación con toda la Creación y los que habitamos en ella. La primera: cultivar y proteger la Casa Común. Cultivar y proteger, significan el modo como el ser humano ha de posibilitar vida, socializándola y humanizándola, creando cultura de vida y dignidad. La segunda: recrear la memoria de nuestra vida planetaria, lo que exige fertilizar la tierra llenándola de sentido para nosotros y las generaciones futuras. La tercera: hacer de la creación un vientre compartido, de relación vital, donde se haga la vida posible con otros, en comunidad y relación fructífera de equidad y justicia social.

El nacimiento de Jesús hizo renacer en la tierra el deseo de vivir unidos como hermanos y hermanas, donde todos somos tenidos en cuenta con nuestras diferencias y horizontes compartidos, como comunidad de personas, hijos todos de un mismo Padre y Madre; de un mismo Dios Universal que ha labrados sus muchos caminos en nuestros pueblos y culturas. Dios nos recrea y renueva la tierra, la familia, la amistad, con el nacimiento de su Hijo Jesús de Nazaret <Mesías Hijo de lo Humano>. Esta es la fiesta que nos disponemos a conmemorar. El momento en que Dios nos dio su vida, nos hermanó y nos humanizó hasta el extremo se convierte en la experiencia que nos desafía a un nuevo nacimiento.

Arnovis Jesús Muñoz Soto

Licenciado en Teología / Pontificia Universidad Javeriana

Promotor de Desarrollo de Proclade ColVen ONGD / Cartagena de Indias

Paciente Pastoral de la Parroquia María Auxiliadora de Cartagena

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Licenciado en Teología / Pontificia Universidad Javeriana. Promotor de Desarrollo de Proclade ColVen ONGD / Cartagena de Indias. Paciente Pastoral de la Parroquia María Auxiliadora de Cartagena.