El Jesús del Triduum

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Viviendo la experiencia del Triduum en la Semana Santa según el catolicismo popular hispano-norteamericano

Es posible hablar del Jesús plural del catolicismo popular hispano-norteamericano, ya que, de hecho, los hispano-norteamericanos relacionan a Jesús no con un espíritu abstracto, o del otro mundo sino con «el niño Jesús», o «Jesús, hijo de María» o «Jesús, mi hermano», o «Cristo, nuestro Rey», o «el Sagrado Corazón», o «Jesús, el peregrino». Aun así, de entre todos estos Jesús, uno sobresale en virtud de su penetración a todo lo largo de las comunidades latinas y la posición central de su rol en esas comunidades. Esa posición central es más visible precisamente durante la culminación del año litúrgico en Semana Santa. Durante la Semana Mayor, el Jesús del catolicismo popular hispano-norteamericano se revela, sobre todo, como el Jesús crucificado. Este hecho es evidente aún para el observador más casual. El punto culminante de la celebración del triduum es el Viernes Santo, comenzando con la vigilia en la noche del Jueves Santo: el día completo —literalmente— transcurre en celebraciones religiosas comunales. Por cada celebración principal del día, la Iglesia se llena hasta abarrotarse. (Para subrayar el significado del Viernes Santo, uno puede observar que el único día que rivaliza con el Viernes Santo en relación con el número de personas atraídas a la catedral de San Fernando está vinculado con la celebración del miércoles de ceniza). La vigilia pascual no se puede comparar en el tiempo dedicado a la celebración, el número total de participantes, y menos aún con la extensión e intensidad de su participación.

Dado que en ningún otro momento la figura de Jesús es el punto focal más importante para la comunidad latina que durante la celebración de la Semana Santa, especialmente en el Viernes Santo, sería muy provechoso describir aquí, con gran detalle la celebración hispana «típica» del triduum de Semana Santa, desde el Jueves Santo hasta la vigilia pascual. Al examinar, en este caso, la celebración del triduum en la catedral de San Fernando podremos ganar una mayor perspectiva del lugar particular desde donde la reflexión teológica hispano-norteamericana pudiera emerger. Esta hermosa catedral de doscientos sesenta años está ubicada en el centro de San Antonio, en la plaza principal de la ciudad. Su feligresía es predominantemente pobre y de ascendencia mexicana, aunque incluye personas de todas las clases, razas y tipos de vida.

El triduum comienza en San Fernando con la celebración del Jueves Santo: la conmemoración de la última cena del Señor y la agonía en el huerto. Es importante observar que esto representa, por sí mismo, una celebración en dos partes, cada cual con igual significado: no justamente la última cena, o precisamente la agonía en el huerto, sino ambas cosas a la vez. La celebración comienza con la procesión de la congregación al cenáculo, seguida por la liturgia eucarística. No obstante esta descripción general no puede ciertamente transmitir el carácter sentimental de la experiencia. Todos nuestros sentidos son arrastrados hasta allí: el santuario ha sido arreglado y decorado en la forma de una sala de comedor real, las personas acomodadas alrededor de la mesa visten la indumentaria que ellos imaginan podía haber utilizado la gente en los tiempos de Jesús, el arzobispo —rodeado por muchos niños que han corrido hacia el santuario para presenciar la escena— lava los pies de los «apóstoles», el sermón ordena a la congregación dirigirse hacia sus casas y lugares de trabajo para representar allí este ejemplo de servicio. El fin de la misa no es el término de la celebración del Jueves Santo. Más bien, cuando la liturgia eucarística se termina, la congregación se levanta y camina hacia afuera de la Iglesia en una procesión eucarística nocturna a la luz de las velas. Durante la procesión, que rodea la plaza principal, se entona una letanía a la que la gente responde: «Caminemos con Jesús» («Let us walk with Jesus»). La gente está caminando con Jesús a Getsemaní. Esto es otra vez una experiencia que agita los sentidos: los cientos de llamas vacilantes debajo del cielo obscurecido, las estridentes cornetas de los conductores impacientes, las miradas de asombro de observadores curiosos, los insultos coléricos de los fundamentalistas, y la fragancia de incienso del humo que flota de la multitud de velas… y siempre: «Caminemos con Jesús».

A medida que la procesión se dirige de nuevo a la Iglesia, la gente descubre que el santuario ha sido transformado de salón de comedor en el huerto de Getsemaní. Una gran pintura de Jesús en oración cuelga del muro posterior del santuario y, en frente de él, están numerosos devotos rodeados por cientos, quizá miles de velas que estallan en una cacofonía de luz. La eucaristía se repone sobre el sonido punzante de himnos mexicanos tradicionales. Después de unos breves momentos de oración silenciosa, las personas son invitadas a permanecer allí en Getsemaní con Jesús durante la noche, acompañándolo en su agonía. Hasta la medianoche, la hora tradicional del arresto de Jesús, la escena en el santuario de la catedral será la de un silencio solemne, a pesar de la paradójica actividad a medida que la gente se acerca a acompañar y rezar con Jesús. Antes de dejar la celebración litúrgica de la noche, se le entrega a cada persona un pedazo de pan que puede llevar a casa para compartir con la familia y los amigos.

A medianoche, el santuario es nuevamente transformado, en esta ocasión de huerto de Getsemaní a la colina del Calvario. Ésta es responsabilidad de los hombres de la parroquia, que sienten especial orgullo por este trabajo. En cuanto colocan la cruz de tamaño natural sobre su pedestal en la entrada del santuario y cuidadosamente ubican las estatuas de María y María Magdalena a los pies del crucifijo, es claro que, para estos hombres, este proceso representa mucho más que una mera labor física. El amor y reverencia tan evidentes en sus rostros hace parecer que este momento «entre» las celebraciones del Jueves Santo y el Viernes Santo sea realmente, por sí mismo, una parte de la celebración litúrgica del triduum. Estos hombres no están simplemente «arreglando» la iglesia para la siguiente celebración litúrgica; esta faena madrugadora en las primeras horas de la mañana del Viernes Santo es, por sí misma, una celebración litúrgica.

Solamente algunas horas después, a las ocho de la mañana, aquellos miembros de la parroquia que estarán participando en la procesión de la mañana y recreando la pasión y muerte de Jesús, se reúnen para ponerse su colorida vestimenta. De nuevo, la reverencia en los rostros de la gente indica que esto es algo más que un «atuendo» o «preparación» para algún evento importante; la preparación es, ella misma, una parte de la celebración religiosa. Después de que todos están listos, el grupo sale del viejo mercado de San Antonio, donde comenzarán los servicios del Viernes Santo.

Se ha erigido un escenario en la entrada del mercado: allí Jesús será confrontado por Herodes y Pilato. A todo lo largo y alrededor del escenario, miles de personas se entremezclan, paradas en silencio, orando y, por momentos, cantando alguna canción —gente de todas las edades, raza, clase y nacionalidad se han unido a los feligreses para tomar parte en las festividades de la mañana. Los líderes religiosos y civiles del área de San Antonio eventualmente toman su lugar en el podium para dirigir las oraciones y hacer los discursos introductorios a la multitud allí reunida.

A las diez de la mañana, una sonora trompeta señala la entrada de Pilato en el escenario para confrontar a Jesús de Nazaret. De aquí en adelante, las palabras y acciones siguen las narraciones de la pasión del evangelio, con los feligreses de San Fernando protagonizando las partes de los diferentes personajes en la historia de la pasión. Pilato envía a Jesús a Herodes, quien a su vez lo devuelve a Pilato para el juicio. Después de que la multitud clama por la liberación de Barrabás, Jesús es azotado y ceñido con la corona de espinas. Pilato presenta al Nazareno golpeado y azotado a la gente —esto es, a la multitud reunida en San Antonio-Jerusalén— que exige su crucifixión. La escena solamente puede ser descrita como atemorizante: este no es un evento que sucedió dos mil años atrás, sino algo que está ocurriendo hoy y en el cual participamos activamente. Con el golpe del látigo del soldado romano sonando a través del gentío, uno puede oír a una joven mujer en el fondo ocultando instintivamente un chillido, o ver a un hombre viejo no lejos de ella retroceder de dolor, como si él mismo estuviera sintiendo las punzadas del látigo.

Con la cara y el cuerpo cubiertos de sangre a causa de este abuso tortuoso, se le entrega la cruz a Jesús que se dirige a la calle llevando la cruz a través de la Vía Dolorosa hasta el Calvario (irónicamente, la calle de San Antonio por donde caminará Jesús se llama Calle Dolorosa, bautizada así después de tantas procesiones que se han llevado a cabo allí muchos años atrás). Acompañando a Jesús en camino de su crucifixión, la multitud entona la canción tradicional «Perdona a tu pueblo, Señor». Durante esta procesión, se ve más claro que nunca que ésta no es tanto una celebración de San Fernando como de toda la comunidad. Abogados en camino a la corte de San Antonio solamente unas cuadras más adelante, se detienen a observar y volverse parte de la procesión. Encargados de negocios a lo largo de la ruta salen de sus establecimientos y se toman su tiempo para observar y unirse a los cantos. Reporteros de prensa y televisión, incapaces de permanecer como meros espectadores, se vuelven parte de la procesión. Uno de los momentos más conmovedores de la procesión ocurre cuando Jesús cae por primera vez, en frente de uno de los restaurantes mexicanos más famosos de San Antonio. Una mujer ataviada con una vestimenta colorida sale fuera del balcón de un segundo piso para cantar a Jesús la canción I don’t know how to love him. El profundo sentimiento de angustia y amor reflejado en su hermosa voz es percibido por toda la multitud que permanece inmóvil ante los ojos afligidos de esta mujer, que miran a Jesús caído, y encuentran sus ojos cristalinos, inyectados de sangre, observándola a ella.

Cuando la procesión continúa, los soldados romanos incrementan con vehemencia sus burlas a Jesús: vociferan maldiciones, mofándose de él con sarcasmo, azotándolo mientras lucha por mantenerse en pie bajo la pesada cruz. Incapaz de ello, Jesús cae por segunda vez. En este momento, algo no planeado e inesperado sucede, otra indicación de que esto no es una mera representación teatral. Un niño de apenas ocho años se separa de su madre y del gentío y corre hacia el Jesús caído. El muchacho limpia la cara de Jesús con un pañuelo y empieza a besar espontáneamente las heridas de las manos y los pies de Jesús. A medida que la procesión continúa, Simón de Cirene entra en escena en la persona del arzobispo de San Antonio, quien ha estado siguiéndolo de cerca. Simón entonces toma la cruz de Jesús sobre sus hombros.

Finalmente la procesión llega a la plaza principal donde se llevará a cabo la crucifixión. El gentío que ha estado acompañando a Jesús en el recorrido encuentra una cantidad igual de personas que esperan en la plaza y en la catedral por la llegada de Jesús. Aun cuando la policía ha bloqueado las calles alrededor de la plaza, parece difícilmente posible que estas miles de personas puedan encontrar lugar en esta área de dos cuadras… pero así sucede… atestados hombro a hombro dentro de la plaza, la entrada de la catedral y las calles circundantes. La cruz es colocada sobre la acera enfrente de la catedral, Jesús es desvestido y acostado sobre la cruz. Ocurre ahora lo que muchos participantes describen como el momento más fuerte de la pasión. Jesús es clavado sobre la cruz. Empero, esta simple descripción de hecho no puede posiblemente expresar lo que se transpira en esos pocos segundos. Los soldados romanos comienzan a martillar grandes clavos en las manos y los pies de Jesús. La escena causa estupor y escalofríos al mismo tiempo. Por encima de las cabezas de la multitud, los martillos de los soldados se levantan amenazadoramente en el aire para venir a caer con terrible fuerza. El sonido agudo de los martillos golpeando los clavos reverbera a través de la multitud una y otra vez. Cada sonido cortante del acero contra el acero es acompañado por los gritos agonizantes del condenado. A pesar de que este proceso dura pocos minutos, estos sonidos aterradores parecen durar una eternidad, como si quedaran suspendidos en el tiempo. Uno puede escuchar los jadeos provenientes de la multitud y ver las cientos de caras marcadas por las lágrimas.

Bien entrado el mediodía, la cruz es levantada con Jesús colgando de su viga. María y las demás mujeres se aproximan a la cruz. Juntas con el resto de la gente, sollozan lágrimas de angustia ante la vista de Jesús en la cruz. Al mismo tiempo, los soldados continúan vociferando insultos a Jesús. Eventualmente los soldados callan y se escucha la voz de Jesús: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Y finalmente: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu». El único sonido que se escucha es el repicar de una campana. Entonces, de repente, uno de los soldados que antes insultaba, proclama: «Verdaderamente, este era el Hijo de Dios» y la multitud comienza a dispersarse en silencio, con las cabezas bajas en señal de pesar y reverencia.

El santuario de la iglesia, transformado en calvario la noche anterior, se convierte ahora en el centro de atención de la gente. Temprano en la tarde, entonando una canción, el clero se alinea en el pasillo de la catedral hasta el pie de la cruz en el santuario. Allí caen postrados en el piso por unos minutos de oración. Con esto comienza el servicio de Las siete palabras (las siete últimas palabras de Jesús en la cruz). El clero entonces se levanta y camina hacia los muros laterales del santuario, donde se sientan en un simple banco de madera. Cada una de las siete lecturas de la Escritura es seguida de un breve sermón, una oración colectiva, y una canción. Diferentes miembros de la comunidad toman turnos leyendo los textos litúrgicos. La iglesia está absolutamente abarrotada; la gente se acomoda en cada asiento, apretujándose en los pasillos, aglomerada en cada entrada. El servicio termina con la comunión y la veneración de la cruz al ritmo de la canción: «Venid, oh cristianos, la cruz adoremos». «Come, oh Christians, let us adore the cross». Se arrodillan delante de Él, tocan y besan sus pies, acarician sus heridas. Varias personas, llevando pequeños crucifijos, se colocan en varias áreas de la iglesia, donde la gente también van a tocar y besar al Crucificado. Se pueden observar a los padres llevar a sus pequeños a Jesús y colocar los labios del bebé en sus pies —para que los niños puedan también estar con él. La procesión de gente a la cruz continúa durante toda la tarde.

Al anochecer, la comunidad participa en el santo entierro, o santo sepulcro de Jesús. El servicio comienza con un grupo de gitanos, vestidos de negro, mantillas y caperuzas, que recorre el santuario para bajar a Jesús de la cruz. Esta procesión es acompañada por los agudos lamentos de canciones gitanas: «¿Por qué, oh, por qué atravesé tus manos con los clavos?». La congregación entera se une a los cantantes en sus lamentaciones. Llevando el cuerpo de Jesús en una litera, los gitanos lideran la congregación en una procesión fuera de las puertas de la iglesia y alrededor de la plaza. Con velas y antorchas, todos acompañan a Jesús y a María (la estatua de La Soledad) en camino al cementerio. Una vez más, los curiosos miran con asombro y la ciudad entera es arrastrada en la solemne celebración a medida que el negro cielo de la noche se llena de miles de pequeñas velas encendidas.

Gradualmente, la procesión avanza alrededor de la plaza y da vuelta de regreso a la iglesia, que ahora se ha convertido en el santo sepulcro. El cuerpo de Jesús es depositado en un ataúd en el santuario y la gente empieza a rendir tributo al cuerpo presentando sus últimos respetos, cada persona deposita una flor sobre el cuerpo en señal de afecto. De nuevo, la gente se arrodilla delante de Jesús, agarra sus manos, toca su cara, besa sus pies. Para cuando finaliza la procesión, el cuerpo de Jesús está completamente cubierto por una montaña de flores.

Empero, este no es el final de la celebración del Viernes Santo de la comunidad. Habiendo acompañado a Jesús, ahora es momento de acompañar a María en su sufrimiento, en su soledad. María es la Soledad; ella es la Dolorosa. Durante el servicio nocturno de los pésames a la Virgen, la congregación le asegura a María que ella no está sola; ellos están con ella en su dolor. Uno por uno, los miembros de la congregación que han tenido alguna experiencia dolorosa o difícil en particular durante el año precedente caminan con la Soledad, y, en presencia de toda la congregación, comparten su dolor con ella: el padre cuyo hijo se suicidó, la joven mujer a la que acaban de diagnosticarle cáncer, la madre cuyo hijo fue asesinado en un fuego cruzado entre bandas. Esta aflicción colectiva, compartida por Jesús, María y la comunidad entera finaliza la celebración del Viernes Santo. A pesar de ser ciertamente un final doloroso para el día, está también, extrañamente, lleno de poder y esperanza. Persiste la sensación de haber sido fortalecidos, de que se nos ha dado nueva vida en medio de este sufrimiento compartido, tal vez precisamente porque ha sido sobrellevado colectivamente. Cuando nos juntamos con María en su dolor, ella no es ya más la Soledad —como tampoco ninguno de nosotros.

El sábado es un día de descanso, reflejo de la quietud y silencio del sepulcro de Jesús, después de que ha sido acostado para descansar. Más aún, la gente está simplemente cansada —física y emocionalmente— de los eventos de los días previos. El sábado en la noche, sin embargo, la iglesia vuelve de nuevo a la vida. La gente comienza a acomodarse en la catedral, mucha vestida con atuendos de domingo. La vigilia pascual empieza cuando es encendido y bendecido el cirio pascual y cada persona en la congregación enciende su propia vela de esta llama. A medida que la luz se expande de una vela a otra, llenando gradualmente toda la iglesia, la congregación entona «La luz de Jesús ha venido al mundo». Los grandes eventos de la historia de la salvación son leídos de los textos litúrgicos. Cuando se proclama la resurrección, la iglesia explota de gozo: una cortina que había cubierto el santuario es removida, se encienden las luces de toda la iglesia, resuena la música del órgano, y docenas de niños entran corriendo por los laterales del pasillo principal del santuario, cantando «Ha resucitado», lanzando las flores que anteriormente cubrían el cuerpo de Jesús. La misa de la vigilia pascual da comienzo a la culminación gloriosa de las celebraciones de la semana.

* Texto tomado del libro Caminemos con Jesús |  @ Convivium Press 2009

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Roberto Goizueta
Bachelor en Yale University. Master y Ph.D. en Marquette University. Ha sido Presidente de la Sociedad de Teología Católica de EE.UU. y de la Sociedad de Teológos Hispanos del mismo país. Actualmente es Profesor Titular de Teología en el Boston College.