El legado espiritual de Peter-Hans Kolvenbach SJ

Peter-Hans Kolvenbach, S.J., el 29vo. Superior General de la Compañía de Jesús, quien guió a la orden a través de uno de los períodos más turbulentos de su historia, murió el 26 de Noviembre en Beirut, Líbano. Tenía 87 años. Fue jesuita por 68 años y un sacerdote por 55. Fungió como Superior General de la Compañía de Jesús por cerca de un cuarto de siglo, solamente 4 otros Superiores Generales estuvieron en el cargo por más tiempo.

En sus años como Superior General, y en los años siguientes a su renuncia en el año 2008, el Padre Kolvenbach fue conocido por su sencillez y moderación. Como corresponsal en el Vaticano de America, Gerard O’Connell contó de una reciente visita con el Padre Kolvenbach, “el era un hombre de pocas palabras, pero era siempre atento y amable.” Esta reticencia característica era, quizás, el más grande contraste entre el Padre Kolvenbach y su predecesor, Pedro Arrupe, S.J,. Los dos hombres, sin embargo, compartían un amor por su orden religiosa y la Iglesia universal. Además, ellos tenían un compromiso común con la creencia jesuita en “El Servicio de la Fe y la Promoción de la Justicia.”

Peter-Hans Kolvenbach nació el 30 de Noviembre de 1928 en Druten, Holanda, cerca de Nijmegen. Su padre era Holandés a través de Alemania y su madre era de ascendencia italiana. Como el Padre Kolvenbach contó en una entrevista con Jean Lacouture para su libro, Los Jesuitas: Una Multibiografía, “Yo me siento italiano un día y alemán el otro.” Esta comodidad en diferentes culturas se extendería a la vida eclesial, como el Padre Kolvenbach que fue criado en el rito Armenio y en casa con las liturgias Católicas del este y oeste.

A la edad de 19 años, el Padre Kolvenbach entró en la Compañía de Jesús en Mariëndaal, en los Países Bajos. Como le contó a America en el año 2007, “Yo descubrí un pequeño folleto, que me llamó la atención porque contenía no sólo palabras sino también conjuntos de líneas horizontales. Yo lo abrí y leí los principios fundacionales de Ignacio. En toda la confusión y decepción que la guerra había producido, la visión de Ignacio llegó como una luz.”

El Padre Kolvenbach fue primero comisionado por la Compañía para servir en el Líbano como un escolar de 30 años. Está claro que la experiencia de vivir en un país desgarrado por la guerra, y sin embargo acogedor tuvo su efecto:

Cuando en Octubre de 1958 llegamos en barco al puerto de Beirut, Líbano, la luchaba estaba en su apogeo Los 18 diferentes grupos religiosos estaban tratando de dominarse los unos a los otros, haciendo alianzas políticas y militares con la ayuda de los países vecinos. Aún así, el Líbano quería mantener un mensaje de que las diversas personas pueden vivir, trabajar y practicar sus creencias entre sí. La bienvenida de los libaneses fue inolvidable. A pesar de que la división en el país empeoró, nunca se abandonó la esperanza de que el Líbano podría convertirse en un símbolo de armonía comunitaria para todo el Oriente Próximo.

Fue ordenado sacerdote en Beirut en la Fiesta de San Pedro y San Pablo, el 29 de Junio de 1961. Obtuvo su Doctorado en Teología Sagrada en la Universidad San José dirigida por los jesuitas en Beirut y estudió lingüística en la Sorbona y en la Universidad de la Haya. El Padre Kolvenbach también trabajó como profesor de lingüística en la Universidad de San José y como vice-provincial de los Jesuitas en la Vice-Provincia del Oriente Próximo, que sirvió a la Compañía de Jesús en Egipto, Líbano y Siria.

Después de casi dos años como rector del Instituto Oriental en Roma, el Padre Kolvenbach fue elegido por los delegados de la Congregación General (CG) 33 para suceder al Padre Pedro Arrupe como el líder de la orden y como ¨Papa Negro¨ (llamado así debido al color de la sotana que el Superior General ha usado).

Quizás el legado más duradero del Padre Kolvenbach sería su capacidad para aliviar las tensiones que habían surgido entre el papado y los jesuitas durante el generalato de su predecesor. El Papa Juan Pablo II tenía preocupaciones ampliamente conocidas acerca de la dirección de los Jesuitas bajo el mando del Padre Arrupe. Habían tratado de llegar a acuerdos a principios de 1981, pero dos eventos estancaron esas discusiones. El 13 de Mayo de 1981, Juan Pablo II recibió un disparo en la Plaza de San Pedro. Sólo tres meses después, el 7 de Agosto, el Padre Arrupe sufrió un derrame cerebral debilitante que le impidió continuar como Superior General.

El Papa hizo caso omiso de la solicitud del Padre Arrupe de nombrar a su Vicario General, el Jesuita americano Vincent O’Keefe, como su reemplazo. En su lugar, el Papa nombró a dos Jesuitas para que ocuparan el cargo temporalmente: el Padre (más tarde Cardenal) Paolo Dezza, S.J., y el Padre (más tarde Arzobispo) Giuseppe Pittau, S.J. Solamente después de un período interino de dos años fue aprobada la solicitud de realizar la Congregación General 33 para elegir al tan esperado sucesor del Padre Arrupe.

Como le dijo el Padre jesuita Joseph M. McShane, presidente de la Universidad de Fordham, a America, “la mayoría (si no todos) los Jesuitas le dirían que su humildad, santidad, integridad y diplomacia inteligente fue lo que estabilizó a la Compañía después de uno de los períodos más fuertes de nuestra historia. Sin su serenidad y comprensión, hubiéramos estamos perdidos en el mar. Le debemos más de lo que podríamos pagarle.”

En sus casi 25 años al frente de la Compañía de Jesús, el Padre Kolvenbach fue el pacificador por excelencia entre el Papado y la Compañía de Jesús. Habiendo entrado en el contexto de las sospechas de Juan Pablo II en relación a la orden, el Padre Kolvenbach hizo su lealtad y la de sus hermanos evidente desde el primer momento.

En una carta del Padre Kolvenbach dirigida a toda la Compañía de Jesús el día siguiente en que fue elegido como Superior General, el escribió:

El Señor desea hacer uso de nuestra Compañía para anunciar a los hombres y mujeres del mundo de hoy – con una preferencia pastoral hacia aquellos que sufren injusticias en su mundo – las Buenas Nuevas de su Reino de una forma que le hable a sus culturas y condiciones de vida. El nos quiere de esta manera para servir a Su Iglesia y al Vicario de Cristo, el Papa Juan Pablo II.

Con una trazo de pluma, el Padre Kolvenbach fue capaz de asegurar tanto a los hermanos jesuitas como al Papa su simultánea fraternidad y lealtad. Esto fue fundamental en las buenas relaciones que el Padre Kolvenbach disfrutó con Juan Pablo II y con su sucesor, el Papa Benedicto XVI.

La tenencia del Padre Kolvenbach como Superior General no estuvo exenta de controversias, sin embargo. Un ejemplo notable fue el caso del Jesuita Belga, el Padre Jacques Dupuis, que fue sujeto a una investigación por parte de la Congregación de la Doctrina de la Fe (CDF). El libro del Padre Dupuis de 1997, Hacia una Teología Cristiana de Pluralismo Religioso, estaba siendo examinado por su ortodoxia en el área del diálogo interreligioso. Gerard O’Connell recuerda “la forma valiente” que el Padre Kolvenbach defendió a Dupuis.

El Sr. O’Connell informa, “Kolvenbach desafió a la CDF a demostrar donde en su libro estaban los errores atribuidos a el a ser encontrados.” Después de esa reunión, cuando la CDF publicó la “Notificación” final en el trabajo de Dupuis, el Padre Kolvenbach publicó una declaración de apoyo público al Padre Dupuis para continuar su diálogo interreligioso.

Para los americanos, el caso del Padre jesuita Thomas Reese es digno de mención. Reese fue removido como editor en jefe de America a instancias de la CDF. El Padre Reese relató hoy que el “siempre sintió que Kolvenbach hizo todo lo que el podía hacer para defenderme.”

El Presidente de la Conferencia Jesuita de los Estados Unidos, Timothy P. Kesicki, S.J., reflexiona a America sobre el legado del Padre Kolvenbach:

La primera vez que me encontré con el Padre Kolvenbach fue como un escolar a mediados de la década de los 80. Durante una sesión de preguntas y respuestas un miembro de la provincia fue a un micrófono encendido y dijo, “Padre General le tengo una pregunta difícil para usted.” El Padre Kolvenbach respondió, “¿Difícil para mí o difícil para usted?” El tenía esta extraña habilidad de llegar al corazón del asunto con confianza extraordinaria e ingenio. El gobernó a la Compañía de Jesús por un cuarto de siglo durante un período crítico en nuestra historia. Sus palabras y legado inspirará a las generaciones venideras.

A los estudiantes de las escuelas secundarias y universidades jesuitas, quizás el Padre Kolvenbach es mejor conocido por llevar a delante el modelo del Padre Arrupe de “la fe para hacer justicia.” Para muchos de estos estudiantes, los discursos del Padre Kolvenbach son lecturas requeridas. Sus palabras del año 2001 son frecuentemente invocadas:

Cuando el corazón es tocado por la experiencia directa, la mente puede ser retada a cambiar. La implicación personal con el sufrimiento de los inocentes, con la injusticia que otros sufren, es el catalizador para la solidaridad, que a su vez da lugar a la investigación intelectual y la reflexión moral.…[Los estudiantes] deberían aprender a percibir, pensar, juzgar, escoger, y actuar en nombre de los derechos de los demás, especialmente los desfavorecidos y los oprimidos.

Después de su renuncia como Superior General en Enero del 2008, el Padre Kolvenbach prácticamente desapareció de la vida pública, nunca concediendo entrevistas, y casi nunca haciendo apariciones públicas. Nunca buscó influir la tenencia de su sucesor, el Padre Adolfo Nicolás, o hablar de tal o cual tema. En sus últimos años, el fue asignado de vuelta a la Provincia del Oriente Próximo, donde el sirvió como asistente de la biblioteca en su comunidad jesuita en Beirut.

Mientras que mayores detalle sobre sus arreglos funerarios están pendientes, la Curia de la Compañía de Jesús ha anunciado que una Misa conmemorativa especial será celebrada el viernes 2 de Diciembre, en la Iglesia de Jesús en Roma.

Autor: Daniel Cosacchi es becario postdoctoral Canisius y conferencista de estudios religiosos en la Universidad Fairfield. El es co-editor de Las Cartas Berrigan: Correspondencia Personal de Daniel y Phillip Berrigan, James T. Keane contribuyó con esta historia.

* Artículo reproducido con el debido permiso de America The National Catholic Review. America The National Catholic Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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