El silencio de Dios: Reflexiones en Semana Santa

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El presente artículo invita al lector a reflexionar en torno a un tema “problemático”: el silencio de Dios. La fe cristiana dice que Dios se ha comunicado con el mundo por medio de su Palabra hecha carne, Jesucristo, pero muy pocas veces ahondamos en la experiencia del Dios que calla. En la cruz de Jesús acontece algo crítico: Dios no habló y el Hijo murió gritándole y pidiéndole ayuda. ¿Qué repercusiones tiene para nuestra vida, hoy, adentrarnos en el silencio de Dios? ¿Qué nos dice la muerte de Jesús a nuestra experiencia de vulnerabilidad humana?

Jesús llamó a Dios Padre, pero Él no respondió

En Febrero de éste año tuve la oportunidad de peregrinar a Tierra Santa. Tengo una predilección por los libros, y buscando alguno para saciar mi apetito intelectual, encontré una obra de Bargil Pixner, teólogo y monje dominico que residió muchos años en Jerusalén, llamada “Con Jesús en Jerusalén”. En la obra, Pixner mezcla datos históricos, reflexiones teológicas y meditaciones espirituales. En el capítulo de la última semana de Jesús, ésta que llamamos Santa, y que comenzaremos a celebrar dentro de pocos días, el autor dice refiriéndose a la muerte de Jesús: “El aire oprimía. La borrosa mirada de Jesús se fijó en la muralla de la ciudad, buscando el Templo que reposaba tras ella. El Dios de su pueblo, aquel cuyo nombre habitaba allí, a él no le encontró: Dios había callado”. Podemos pensar en la escena. Es dramática. Las esperanzas del carismático profeta parecían desvanecerse. Dios Padre no respondió a la última llamada de Jesús y murió. Esto es problemático, porque como cristianos estamos acostumbrados – y muchas veces exigimos – a que Dios responda “sonoramente” a nuestras peticiones y súplicas, pero olvidamos que el silencio es también parte de Él y, si somos su imagen y semejanza (Cf. Gn 1,26-27), el silencio es también parte de nuestra propia existencia.

Pero el silencio nos molesta, nos abruma, es un momento de crisis dentro de la experiencia humana, y nos desbarata porque estamos saturados de información, de estímulos, de ruido, de colores, formas, e imágenes. La cultura actual nos ha impuesto como única medida de experiencia cotidiana el ruido. No nos hemos acostumbrado al silencio, no hemos aprendido a convivir con él, y es por ello que cuando llega es tan desbaratador. Al silencio le acompaña muchas veces la angustia que es un estado de carencia, de falta de respuestas. Y al estar emparentada con ella, lo está también con la experiencia de la muerte y del vacío, situaciones que Jesús experimentó en la cruz. Son las situaciones límites en las que se más se refleja la alta vulnerabilidad de cada ser humano, momentos de enfermedad, soledad, fracaso. Y son justamente en esos casos, tan naturales y normales, cuando nuestra fe en Dios es más puesta a prueba. Y la fe de Jesús también experimentó esa inquietud de saber si el Padre lo estaba escuchando o no.

Surge entonces la natural pregunta ¿cómo los creyentes hemos de enfrentar las situaciones del silencio de Dios? ¿Qué nos dice la cruz de Jesús al momento de enfrentar las situaciones de vulnerabilidad, sufrimiento, sin sentido, muerte? ¿Qué nos dice el silencio de Dios y qué dice el Dios del silencio en ésta Semana Santa?

Dios Padre estaba con Jesús en la cruz: clave para entender el silencio de Dios

La cruz no significa morir, sino matar. Significa los poderes que destruyen al hombre, los poderes del egoísmo, de la corrupción, de la marginación, de la injusticia personal y social. Es por ello que la cruz no debe espiritualizarse en un primer momento, ya que fue un momento histórico que es la muerte de los esclavos. Jesús en la cruz es asesinado por los poderes religiosos y políticos de su tiempo. Es tanto así que Jesús muere fuera de la ciudad de Jerusalén (Cf. Heb 13,12), es decir, no es digno de morir como miembro del pueblo, sino que es un marginado que muere como un marginado. Entonces, y siguiendo la clave de nuestra reflexión hemos de preguntarnos: ¿dónde está Dios en la cruz de Jesús? A la luz de la vida de Jesús de Nazaret, de su comunión plena con Dios, de su experiencia de encuentro con los hombres y mujeres, de su palabra y obra, podemos afirmar sin temor: Dios muere con Jesús en la cruz. Dios se ha identificado con Jesús muerto, por ello se provoca el silencio. En la cruz de Jesús acontece algo radicalmente nuevo. Dios ya no habita en el Templo de Jerusalén, porque cuando Jesús muere el velo que separa lo santo de lo profano se rompe. Ya las viejas ideologías opresoras no tienen validez y Dios va a habitar con el marginado en la cruz de Jesús.

En la medida en que Dios Padre se identificó con Jesús muerto, en favor de todos los hombres, se revela ahí mismo como un ser infinitamente amante del hombre finito. Nuestra vulnerabilidad tiene, con la cruz de Jesús y con el silencio de Dios, una nueva comprensión. El Dios cristiano es por ello un escándalo (Cf. 1 Cor 1,23), porque no se manifiesta como el poder humillante, sino que se presenta al ser humano como Aquél que es capaz de alzarlo del polvo. En la cruz de Jesús y en el silencio de Dios, está oculto el amor. El amor no es sólo un motivo del actuar de Dios, sino su mismo ser. Es por ello que Juan dirá que “Dios es amor” (1 Jn 4,8).

La lógica del amor de Dios tiene su sentido más profundo en la Encarnación. Desde el momento en que la Palabra de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros (Jn 1,14), estuvo sujeto a la finitud, a la vulnerabilidad, al abandono y a la muerte física. Dios en Jesús se ha vaciado completamente, ha hecho la experiencia histórica del silencio. Pero esa Encarnación supone, a su vez, que Dios invita al hombre a vivir la dinámica de la vida eterna. Es por ello que Ireneo de Lyon, Padre de la Iglesia del siglo II d.C, dirá: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios”. En otras palabras, si decimos que el rostro del Padre es el amor, es porque tenemos la fe en la resurrección que ilumina la muerte de Jesús. Dios Padre reivindica a Jesús muerto en la Resurrección. Por ello la vida que Dios le propone a su creatura humana es la vida en plenitud, la liberada de todo egoísmo, la vida dada hasta el extremo, así como fue la vertiginosa vida de. Y la resurrección de Jesús es la que ilumina ese vaciamiento y ese silencio. Con esto, entendemos cómo el silencio de Dios es también sanador y dador de vida.

Por lo tanto, es bueno que Dios guarde silencio, y esto exige que los creyentes asumamos que el silencio es bueno. Antes de la irrupción de la Palabra definitiva que Dios tenía que decir al mundo, su Hijo, hubo silencio. Al inicio de la creación también hubo silencio. En la cruz de Jesús y en la tumba vacía reinó el silencio. En torno al Dios cristiano acontece el Misterio, aquello que exige de nuestra parte callar frente a lo incomprensible y a lo siempre mayor. Pongo un sencillo ejemplo: una pareja de jóvenes que recién comienza su relación no puede pretender abarcar ni conocer totalmente al otro. Es necesario que la revelación de sus más profundos sentimientos sea siempre progresiva, de menos a más, pero siempre dejando ese espacio sagrado ante el cual lo único que queda es callar. No podemos capturar al otro como quien atrapa a una mariposa. Debemos dejarlo ser, que experimente su libertad, su capacidad de hablar y callar.

La Madre Teresa de Calcuta decía: “Es necesario el silencio del corazón para poder oír a Dios en todas partes, en la puerta que se cierra, en la persona que nos necesita, en los pájaros que cantan, en las flores, en los animales”. Ojalá que ésta Semana Santa aprendamos a convivir con el aturdidor silencio de Dios. Aprendamos a reconocer su presencia misteriosa en los acontecimientos más sencillos de la existencia. La cruz y la resurrección conviven cotidianamente entre nosotros. Sólo nos queda reconocer la voz de Dios y su silencio en las voces y en los silencios de nuestros hermanos, hombres y mujeres. En ellos Jesús está presente, actuando, hablando y callando. Sepamos abrirnos a lo nuevo de Dios, a su desbaratadora presencia, a su silencio envolvente fruto de su vida dada hasta el extremo.

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Juan Pablo Espinosa Arce
Juan Pablo Espinosa Arce. Chileno. Licenciado en Educación y Profesor de Religión y Filosofía por la Universidad Católica del Maule. Licenciado (Magíster) en Teología Fundamental por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ayudante de Cátedra «Teología Latinoamericana» de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tutor Académico en Teología de la Congregación de la Santa Cruz en Santiago de Chile. Docente de Ética y Filosofía en el Instituto Profesional Santo Tomás de Rancagua, Chile. Ha desarrollado trabajos investigativos en el área de la Teología Fundamental, de la Teología Política y Latinoamericana y de Educación Religiosa. jpespinosa@uc.cl