¿Es posible transformar la ira en comprensión?

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La quincuagésima (o era la centésima?) vez que lo vi, yo sabía lo que tenía que hacer. Este año, resolví el otro día, yo renunciaría a la ira por la Cuaresma.

“Fue una fotografía en una página web de noticias del Presidente de los Estados Unidos hablando en público, sus rasgos retorcidos con ira: la boca torcida con desdén, los ojos cerrados vengativamente, el dedo índice derecho de superioridad moral en alto. Ver esa imagen es ver la ira en su forma menos atractiva.

Naturalmente, yo tengo otras razones para renunciar a la ira: la familia, es estrés físico, una sensación general bíblica que es algo que nosotros podríamos usar un poco menos. Pero la vista de esa permeable ira presidencial lo selló. Renunciar a la ira – al convertirnos en menos enojados – podría ser menos como él.

Por lo tanto voy a tratar de renunciar a la ira por la Cuaresma, Está bien, ¿pero qué quiere decir el renunciar a la ira? La ira personal, ventilada en nuestra propia vida, es una cosa. Pero, ¿que hay de la ira social – la ira que sentimos en nuestras comunidades sobre la amañada economía, el país dividido, el mundo roto, la injusticia de la existencia?

¿Nuestra ira nos hace oponentes leales, con principios y comprometidos a una larga lucha por lo que es correcto? ¿O nos hace menos prisioneros de la ira, co-dependientes de las personas enojadas que nos ponemos en contra?

¿Es prudente renunciar a tal ira?, y si es así, ¿Qué tenemos para reemplazarla?

En un nuevo libro Pankaj Mishra sugiere que la nuestra es una ¨era de ira¨: las personas alrededor del mundo que son educadas, ambiciosas, mundanas, que anhelan reclamar la libertad y la oportunidad prometida por una sociedad comercial mundial, pero que carece de la libertad y oportunidad real en sus propios países. En Gran Bretaña, Francia, India y Turquía, los políticos enojados han canalizado esa ira y cabalgado hacia la victoria electoral. Ahora es el resto de nosotros – la élite próspera, privilegiada- la que está enojada.

Mishra, nacido en el noroeste de India en 1969, vive en Londres y reporta para The New Yorker y The New York Review of Books desde puntos en todo el mundo. En varios libros, culminando en Desde las Ruinas del Imperio — un recuento de las raíces intelectuales de Asia moderna — él ha explorado las “tentaciones de Occidente,” los límites de la globalización, y las esperanzas y temores de las personas cuya conciencia de la posibilidad humana choca con los límites de sus sociedades pobres, rotas corruptas.

Cada población enojada está enojada a su manera, pero Mishra argumenta convincentemente que mucha de esta ira tiene una fuente común: el resentimiento identificado por Rousseau y nombrado por Nietzsche. Esta ira está enraizada en el resentimiento de los “jóvenes provincianos . . . que hervían con resentimiento contra una civilización en gran medida metropolitana de personas impresionantes y agitadores que parecían negarles una existencia auténtica y arraigada”.

Una y otra vez en la Europa moderna, ésta ira resentida formó la columna vertebral de “contragolpes neo-tradicionalistas a la burguesía presumida.” Es la envidia libre que Kierkegaard observó. Es el ¨deseo mimético¨ (en términos de Rene Girard) que el Pueblo V.S. Naipaul llamó ¨los hombres mímicos¨: personas que quieren lo que otras personas tienen porque esto les promete darles a ellos el ¨ser¨ que ellos sienten que esas personas tienen y ellos mismos carecen.

La Edad de la Ira — subtitulada Una Historia del Presente — es un amplio, brillante, penetrante análisis del largo período previo a la era en que estamos ahora. Es la historia intelectual a la tercera potencia. Mishra muestra la globalización y su contra reacción como un eco amplificado de la industrialización y su contra reacción. Él trae enormes extensiones de filosofía Occidental e historia social para influir en el resto del mundo (como en Desde las Ruinas del Imperio él trajo la historia intelectual del ¨Este¨ para influir en el Oeste). Haciendo esto, el hizo a la globalización frescamente inteligible y así explota la idea que es algo nuevo en el mundo, un fenómeno sin precedentes.

Al principio del libro, Mishra cita Los Orígenes del Totalitarismo de Hannah Arendt:

“Las personas de hoy están directamente expuestos a [los choques de la globalización] en una época de aceleración de la competencia en campos de juego desiguales, donde es fácil sentir que no hay tal cosa como la sociedad o el Estado, sólo hay la guerra de todos contra todos, … El resultado es, como Arendt temía, ‘un tremendo incremento en el odio mutuo y algo de irritabilidad universal de todos contra todos’…”

El pasaje es sugerente en diversos niveles. En un nivel sugiere, ominosamente, que nosotros podríamos estar en el umbral de una nueva era de totalitarismo similar a la que se dirigió Arendt a mitad del siglo pasado, pero esta vez a escala global. En otro nivel, sugiere que cualquier narrativa de calamidad social creciente no se aplica fácilmente, porque dicha ira es suficientemente común a través del tiempo y espacio como para ser universal — y siempre estará con nosotros como un sub producto de la sociedad desarrollada moderna.

¿Qué, entonces, hacer con nuestra ira? En una “época de ira,” es realmente prudente tratar de guardar nuestra propia ira, dejando la ira a los demagogos y a las personas desposeídas que forman su base política?

¿Debería su ira encontrarse con una mejilla volteada, con paciencia, o con una acción templada, como el Nuevo Testamento, en diferentes momentos, sugeriría?. O ¿debería la ira ser confrontada con ira – la ira justificada que construye movimientos y alimenta oposición?

Se puede argumentar, a partir de historia reciente, que la ira progresiva dejada sin transformar en estructuras es fisiológica e ineficaz. El movimiento Ocupa de Wall Street de otoño del 2011 se disipó después de su expulsión del Parque Zuccotti, y para el siguiente día de Mayo se parecía a la izquierdista post-nueva Izquierda, una carpa demasiado grande de causas e intereses. El movimiento que se unió alrededor de Bernie Sanders durante la campaña presidencial fue incapaz de presionar ni siquiera una sola palanca de poder y convencer a Hillary Clinton de nombrar al Senador Sanders — o a Elizabeth Warren, otra voz de ira progresiva — como su compañero de fórmula.

Se puede argumentar que la ira fue útil en sí misma y que el cese de la rabia fue el problema – que la izquierda bajó su guardia. Sanders fue un candidato de la cólera, y algunas personas han observado que sólo por esta razón, él hubiera sido un mejor candidato presidencial que Hillary Clinton — porque él expresó la ira del electorado. Andrew Sullivan era un blogger de la ira — aunque la ira que Sullivan a menudo se lamentó más tarde, deseando que él pudiera ser más como no-drama Obama. Jon Stewart era un artista de la ira — de la ira leudada y especiada de una vez por la comedia. De una forma u otra, sus iras mantuvieron la ira injusta de la extrema derecha en jaque. Y cuando sus iras fueron retiradas — Stewart salió del aire, Sullivan salió de la red, Sanders se hizo a un lado — la ira injusta prevaleció.

Ahora a veces parece que la ira es todo lo que la izquierda dejó. Esta ira tiene una cierta cualidad purificadora. Seguro, el programa de la CBS The Late Show con Stephen Colbert, recientemente en contra de la “veracidad,” es mejor de lo que era como programa de entrevistas del siglo 21. Seguro, es satisfactorio voltearse a un artículo en el periódico The New York Times y saber que el Presidente está tan evidentemente equivocado (su afirmación de que la historia sobre Rusia es “noticas falsas,” por ejemplo) que el artículo es un trago de Listerine de hechos duros. Seguro, hay una cierta claridad en saber que estos son tiempos peligrosos y que el país está en juego. Pero tal ira es prácticamente insostenible, a menos que usted sea Michael Moore o Bill Maher; e incluso si así fuera, tal ira, me parece a mí, es moralmente insostenible. La persona enojada fijada en la paja en el ojo del enemigo, por así decirlo, perdería la viga en el suyo propio.

Mishra, al concluir su largo libro, no ofrece ninguna receta sencilla de lo que se debe hacer. Ni tampoco aviva las llamas del apocalipsis, alegando que la ira masificada de jóvenes frustrados de todo el mundo dará lugar a una revolución violenta. En su lugar, él sugiere que la situación es peligrosa, no calamitosa. Y él sugiere que nosotros debemos comenzar a bajar la temperatura, por así decirlo, mediante el reconocimiento de la situación en que estamos y entendiéndola.

Aquí es donde la Cuaresma entra — y donde el argumento de Mishra viene a parecerse a aquel del Papa Francisco, a quien él llama ¨el más convincente e influyente intelectual público de hoy en día¨.

Tradicionalmente, los creyentes Cristianos ¨sacrifican¨ algo en Cuaresma con el fin de separarnos de esto — y, a un nivel más profundo, obtener una mejor comprensión de las estructuras de necesidad y deseo, sustento y placer, ganancia y privación y explotación, que dan forma a nuestros deseos.

Para aquellos de nosotros en los bolsillos de prosperidad de nuestras sociedades, Mishra propone que reconocer la situación en que nos encontramos significa reconocer que la mayoría de la población del mundo consideran a la actual sociedad mundial como fundada sobre premisas ilegítimas: la búsqueda sin cuidado de la ganancia, la concentración de poder, el enriquecimiento de las élites, y el agotamiento de los recursos de la tierra.

Es estado de las cosas debería enfadarnos, si; pero al mismo tiempo, debería hacernos penitentes. Mishra explica:

“…ya no es suficiente el preguntar ‘¿Por qué nos odian?’ o culpar la depravación política, la malversación financiera, y a los medios de comunicación. La Guerra Civil global es también un acontecimiento profundamente íntimo; si líneas Maginot corren a través de los corazones y almas individuales. Necesitamos examinar nuestro propio papel en la cultura que alimenta la vanidad que no se apacigua y el narcisismo superficial. No sólo necesitamos interpretar, de manera de hacer el futuro menos sombrío, un mundo carente de certezas morales y garantías metafísicas. Por encima de todo, necesitamos reflexionar más penetrantemente sobre nuestra complicidad en las crecientes formas cotidianas de violencia y despojo, y nuestra insensibilidad ante el espectáculo del sufrimiento”.

En este fuerte, lleno de matices, inteligente libro, Pankaj Mishra ha transmutado la ira en comprensión. Yo todavía estoy enojado, pero yo espero, que muy pronto, pueda poner de lado la ira durante varias semanas, por difícil que pueda ser, e ir y hacer lo mismo.

Autor: Paul Elie

* Artículo reproducido con el debido permiso de O Being with Krista Tippett. O Being with Krista Tippett no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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