Espacios de Proximidad

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En ocasiones y sin esperarlo, nos encontramos con hechos que cambian nuestras expectativas, nuestras rutinas, nuestras formas de hacer y de pensar el mundo. Ciertamente, los seres humanos necesitamos movernos en un marco que nos dé estructura, que nos ayude a saber quiénes somos, qué hacemos, cómo hacer las cosas. A esto lo llamamos “cultura”. Hacemos lo que hacemos porque “siempre se ha hecho así”. Nuestro grupo ha traducido el mundo de una manera y no de otra. Y esta creatividad infinita de la que el ser humano se sirve, declina la manera de interpretar y de habitar el mundo. A veces, sin embargo, esta seguridad en la que nos sentimos tan a gusto, se tambalea. Un ejemplo bien prosaico pero comprensible: ocurre cuando alguien nos cuenta que en los libros de cocina catalana medieval no aparece por ninguna parte el tomate. ¡Ah, claro!, el tomate es una importación americana y, por tanto, su introducción en la cocina catalana es ciertamente posterior. Vaya, así que el pan con tomate y el sofrito son invenciones no lejanas en el tiempo. Como resultado, descubrimos que no siempre se había hecho así…

Así pues, nuestra identidad se va construyendo a lo largo del tiempo, de nuestra historia de vida que, por otra parte, está llena de accidentes fortuitos que van modelando, matizando, nuestro ciclo vital inserto en una historia, en un contexto social, en un periodo de tiempo al que, azarosamente, hemos ido a parar. Constatamos pues, que somos proceso. Y pensamos que estamos hechos para movernos, para abrirnos a recibir lo nuevo que llega en cualquier momento, a dar algo que alguien, permeable, esté dispuesto a acoger.

Un paso más: como decía al inicio de mi reflexión, a veces nos encontramos con hechos que cambian nuestras expectativas. En ocasiones, y con respecto al encuentro entre identidades, los acontecimientos nos permiten acercarnos y acortar la distancia entre y yo. Acercarnos a los límites entre el muro que habíamos construido a lo largo de los años y que tan firmemente nos protegía del otro, y ese otro, que suponíamos muy diferente de nosotros. Diferente, extraño, exótico (en el mejor de los casos), pero siempre alejado. No sea que… No sea que algo se tambalee.

Hay veces que la vida tiene cosas. Tiene cosas que hacen sentir que entre el otro y yo mismo no hay fronteras, sino posibilidad de intercambio. Espacios de proximidad.

Nuestro imaginario recoge un sinfín de posibilidades. Elabora espacios de apertura al otro que sustituyen a los muros. Crea pequeños boicots en las fronteras. Boicots construidos, por otra parte, con mucha ternura. Son construcciones hechas con encajes de bolillos y ramilletes de rosas. Nada más que eso.

Eric-Emmanuel Schmitt es uno de esos narradores que nos pueden hacer vivir los procesos de destrucción de verjas, así como de su sustitución por espacios en los que la esperanza de una humanidad compartida se hace patente. El autor, en sus escritos, construye casas. Es interesante ver como este filósofo, que ha devenido escritor y dramaturgo, crea con mucha delicadeza estos espacios. En su libro de cuentos sobre la espiritualidad de los niños aborda mundos interiores compartidos entre un yo y un que, en apariencia, provienen de culturas muy diferentes. En El Señor Ibrahim y las flores del Corán, un hombre sufí establece una relación intensa con un niño judío. Los lazos que los irán vinculando construirán una relación familiar sin que los una ningún vínculo de consanguinidad. Algo parecido ocurre con otro de sus cuentos, El hijo de Noé. En este caso, un cura, maestro de escuela en territorio ocupado por los nazis, se dedica, en el sótano de la institución escolar, a crear un pequeño espacio en el que preserva piezas vinculadas a la religión judía. Este espacio se irá ampliando a su espacio interior cuando acogerá a un niño judío, quien, tiempo después, lo sentirá como padre. Una vez más, una propuesta de intercambio fraterna.

El imaginario crea espacios como estos. Moviliza nuestros deseos, nos propone una búsqueda de sentido. Y la narrativa nos ayuda a vislumbrar los caminos de la vida, compartiendo imágenes con frecuencia no alejadas de la vida cotidiana.

Hace poco tuve la oportunidad de ver un documental, “Diálogos sin fronteras”, de Alberto Bougleux, en el que se narraban las historias de diferentes personas que habían iniciado una relación de amistad o de amor con alguien diferente y a partir de un hecho cotidiano, como coincidir en un gimnasio, compartir espacios parroquiales o asistir a un taller de arte. Estos lugares ofrecían posibilidades de encuentro interior. Uno de los protagonistas afirmaba que “uno es de donde está su mirada”. Partiendo de una diversidad notoria, el acercamiento se había ido produciendo poco a poco. A veces con obstáculos, que no habían sido tan insuperables como nos podría parecer a primera vista. Quizá por eso uno de los personajes decía que “la cuestión es no desengancharse de esta locura”. Se trataba de historias curiosas, narradas en primera persona y acompañadas de una melodía con un estribillo pegadizo. La letra era sugerente: “¡mira, mira, mira, mira… qué cosas que tiene la vida!”

Se trataba pues, de resaltar que la vida tiene esas cosas. Es decir, que en ocasiones, y sin esperarlo, nos encontramos con hechos que cambian nuestras expectativas. Si pensábamos que de lo que se trataba era de vivir sin que absolutamente nada hiciera tambalear nuestros esquemas, pues mira, a veces la vida tiene cosas como esas. Algunos ya lo han probado. Es un poco lo que nos cuenta el documental y lo que imaginan los cuentos de Schmitt. Ficción o realidad, no importa cuando de lo que se trata es de hacer experiencia a partir de narrativas que nos ayudan a captar el sentido de la vida. Y es que estas historias nos ofrecen elementos para desear hacer algo parecido.

Porque de lo que se trata es de hacerlo. De atreverse. Dejarse abrir. Hacerse permeables. Buscar una pértiga bien alta, de las que usan los atletas olímpicos. O un trampolín. O un árbol, como hizo el pequeño Zaqueo. Cualquier apoyo, real o imaginario, que nos ayude a acercarnos a la realidad. Esta realidad que, sin embargo, no es la que esperábamos. Se trata de aquella realidad experimentada desde una nueva perspectiva. Aquella que nos hace darnos cuenta de que existe la posibilidad de construir nuevos espacios. Casas. Espacios de proximidad. Espacios que pueden tomar impulso a partir de nuestra creatividad, compartida, eso sí, con alguien diferente. Probémoslo.

Pértiga, trampolín, sicomoro…. Probemos a tomar impulso. Es una manera de abrir una puerta a la vida.


Autor: Alicia Guidonet

* Artículo reproducido con el debido permiso de Cristianisme i Justicia.

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