Heredar el Reino

Los símbolos reales a menudo vienen de otras ocupaciones cuyo trabajo explica el papel del soberano. El Monarca Británico, por ejemplo, es un sacerdote guerrero. En su coronación, la Reina Isabel II fue ungida con crisma y revestida con las vestimentas litúrgicas. También recibió una espada, un cetro (una lanza ritual) y el casco de batalla estilizado conocido hoy en día como la Corona de San Eduardo. Estos símbolos fueron recordatorios de su deber de proteger a la nación moral y militarmente.

En el Antiguo Cercano Oriente, los Reyes sacaban sus símbolos del trabajo de los pastores. Los reyes Míticos de la Antigua Mesopotamia incorporaron el título de “pastor” en su nombre (Lugalbanda-el-Pastor, por ejemplo). Los Faraones de Egipto llevaban un cayado de pastor entre sus insignias. En Israel, los fundadores carismáticos como Jacob y Moisés fueron pastores. David estaba afuera atendiendo a las ovejas de Jesé cuando Samuel vino para ungirlo. La imagen de los Reyes responsables de las ovejas que aparece en el pasaje del Evangelio de hoy tienen raíces profundas.

Como pastores de su pueblo, los antiguos Reyes tenían el deber de mantenerlos a salvo. Este simbolismo no es más aparente que en 1 Sm 17:36. David, recién salido del pasto, se jacto de que él había matado un león y un oso, por lo que él no debería tener ningún problema para matar a un Filisteo. La valentía y las habilidades que protegían a sus ovejas ahora protegerían a sus compañeros Israelitas.

Como protectores, los Reyes también buscaron ovejas perdidas. Los enemigos cercanos, intermitentemente, atacaban las fronteras de Israel y se llevaban a Israelitas como esclavos. Cuando las familias no podían recuperar a sus parientes perdidos, se convertía en el deber del Rey de buscar y reunir a aquellos que habían sido dispersados. Los pastores también atendían a las necesidades de ovejas individuales, como leemos en la primera lectura del día de hoy: “Al herido lo vendaré, al enfermo lo sanaré.” La responsabilidad del Rey por la justicia aseguró que todo Israelita pudiera prosperar. El Rey Israelita, por lo tanto, tenía un cuidado especial por y un deber con los que sufrían la desgracia.

A lo largo del Evangelio de Mateo, Jesús juega con estas imágenes. Como lo implica Ezequiel, la línea de David había fallado en su deber, por lo que Dios asumió las responsabilidades de pastoreo personalmente. Ahora Dios envía a Jesús a ser el nuevo pastor Rey, y su reinado no tendrá fin. En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús agrega un giro a esta enseñanza. Llegará un momento cuando Dios actuará como lo predijo Ezequiel, pero hasta entonces el deber del pastoreo recaerá sobre las ovejas mismas.

La distinción de Jesús entre ovejas y cabras es parte de su mensaje. Aunque las cabras se congregan bajo un líder humano, ellas también pueden sobrevivir por su cuenta; de hecho, las cabras salvajes hoy son una especie invasora extendida. Las ovejas domésticas, por el contrario, carecen de los instintos salvajes para sobrevivir. Las ovejas son, por lo tanto, un símbolo apto para la condición espiritual de la humanidad. La autosuficiencia puede ser loable en muchas formas, pero en asuntos del espíritu, ninguna criatura puede volverse salvaje y sobrevivir.

Las ovejas de Dios conocen su dependencia. El conocimiento de sus propias necesidades de gracia abren sus corazones a las necesidades de los demás. Las cualidades que hacen a alguien una buena ¨oveja¨ también lo convierten en un buen pastor.

No hay mejor pasaje que pudiera marcar el final de otro año litúrgico. Mateo ha proporcionado un relato convincente del ejemplo de Jesús, sus Mandamientos y su Espíritu. Nos queda a nosotros, las ovejas, continuar las obras de misericordia que calman los corazones ansiosos con la promesa de Cristo de permanecer entre nosotros incluso hasta el final de los tiempos.

Este artículo también aparece impreso bajo el título “Inherit the Kingdom,” en la edición del 13 de Noviembre, 2017.
Michael R. Simone, SJ, enseña Escritura en la Escuela de Teología y Ministerio del Boston College                                

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy

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