Jesús y la función social de las familias

La familia fue para Jesús el espacio inicial en el que creció y donde aprendió las tradiciones judías. Él siguió la espiritualidad de los pobres de Yahveh (Lc 1,46-55) y rompió con tres criterios que definían a una familia del siglo I: el honor y el status ―sociorreligioso y cultural―, y la noción de paterfamilias en torno a la cual se definía toda la identidad familiar. En ese contexto, ¿era viable un modelo de familia que no se sostuviera sobre estos principios y no se definiera por los vínculos biológicos? ¿Podía pasar a ser la familia un modelo de inclusión social?

En Nazaret encontramos un vuelco radical en la visión de familia que tenía Jesús. Ahí dice que «a un profeta lo desprecian en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa» (Mc 6,4). De hecho, su familia biológica lo llama «loco» (Mc 3,21). Un día, cuando su madre y sus hermanos lo van a buscar, los deja desconcertados al mandarles a decir: «mi madre y mis hermanos no son ustedes, sino los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,19-21).

¿Rechazó Jesús el sentido de la familia o la desvalorizó como núcleo fundamental de la sociedad? No, pero sí la centró. Recordaba, ante todo, que su identidad no provenía del dinero o el poder, y que su misión era cumplir una función social, la de incluir a otros más allá del parentesco biológico. Lo esencial no era el status, el honor o la posición económica, como tampoco la figura del padre o la madre, sino la relación que sus miembros tenían que construir entre sí, y con otras personas, para conformar una familia mayor que la biológica, una que viviese de la solidaridad fraterna.

¿Cómo logró Jesús incluir a otros si nunca reivindicó su honor al ser despreciado y no quiso formar una familia biológica? Asumió la vocación de un profeta itinerante entregado incondicionalmente al servicio de los pobres, las víctimas y los enfermos, y los trató como hermanos. No tuvo casa fija y anduvo en continuo desplazamiento (Lc 8,1ss). Hacía recorridos cortos alojándose en casas donde lo recibían y, a veces, con el tiempo, se hacían amigos, como ocurrió con Marta y María (Lc 10,38ss), aunque otras veces, como pasó con un fariseo (Lc 7,36ss), nunca llegó a ser su amigo.

Jesús dormía donde le agarraba la noche, en una barca agotado por la jornada (Mt 8,25ss), o en el campo, sin techo y a la intemperie (Mt 8,20), corriendo el peligro de encontrar bandoleros y saqueadores. Su estilo de vida itinerante reflejaba su servicio incondicional al Reino y su deseo de crear una gran familia «para todos». De ahí su resistencia a los poderosos y el desarraigo ante los códigos de honor y status sociales y religiosos que impedían esto. Viviendo así, con plena libertad y en solidaridad con los que más sufrían, Jesús pudo superar la indolencia que suele nacer en familias biológicas cerradas, cuando sólo viven para sí y sus propios intereses.

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)