La alegría de la resurrección en Cristo: El paso de la angustia a la esperanza del hombre

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El acontecimiento de la resurrección de Cristo, narrado en los cuatro evangelios y en otros textos del Nuevo Testamento, ha sido un cambio paradójico para el ser humano en su totalidad, sobre todo para el creyente, puesto que ha marcado inevitablemente la lógica de la historia y la existencia en sí misma. El ser humano, con la resurrección, ya no ve un destino oscuro y absurdo, donde la existencia del propio ser queda anulada con el paso de la muerte, sino que el acontecimiento paradojal ha producido una nueva posibilidad histórico-existencial: una nueva vida en la eternidad. ¿Por qué es paradojal? Tomás manifiesta esa problemática primaria de la resurrección, que le fue anunciada por otros discípulos testigos del Viviente: «Si no lo veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20, 25). La consciencia no solo de los discípulos, sino también de todos los personajes testigos de la muerte de Cristo tienen como cuestión evidente –y con lógica– que Él ha muerto como todo hombre, en una situación cruenta, la cruz. Nadie, según los relatos, piensa ni imagina que va a resucitar (cf. Lc 24,16-24; Lc 24,36-37; Jn 20,13-15), puesto que es una realidad –hasta entonces– no conocida históricamente, no apalabrada, no existente. Sin embargo, el que padeció, murió y fue sepultado, vive, camina, habla y come con los demás.

Dicho esto, podemos afirmar que es un acontecimiento paradojal «de buenas a primeras», pero la consecuencia de este hecho no queda en un conflicto de posibilidades y contradicciones aparentes, sino que afecta rotundamente la existencia y destino final del ser humano: si Él (Cristo), verdadero Dios y verdadero hombre, ha resucitado, entonces si creemos en Él también resucitaremos en Él (cf. 1Co 15, 21-22), porque en Él se ha manifestado la gracia de Dios (cf. Jn 1,14). Por ende, el ser humano ve una luz de esperanza frente a su propia muerte que ha de mirarla con angustia y temor; esta muerte ya no es una muerte aniquiladora, sino que es una muerte como lugar del verdadero nacimiento a lo eterno[1], como aperturidad a una nueva existencia eterna, donde mi ser-finito no queda desvanecido por la nada, sino que continúa ahora en la presencia del Dios de Jesucristo. El hombre angustiado, por su muerte próxima, se ve reflejado en Jesucristo quien padeció, según los relatos de los evangelios, la angustia existencial de su muerte que ya estaba acercándose: «Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Les dijo entonces: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad”» (Mc 14, 33-34). Pero no solo se ve reflejado, sino que el hombre angustiado, en especial el creyente, hace suya la experiencia mortífera de la angustia de Jesús, adoptando tales palabras: «Aparta de mí esta copa» (Mc 14, 36), expresión de turbación completamente humana frente a un futuro cruento, como también en momentos de mayor tensión entre la vida y la muerte, son reconocidas estas palabras chocantes del salmista, apropiadas por Jesús en la cruz: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34). Más de alguna persona ha sentido que, al enfrentarse con el destino último, se ha cuestionado incansablemente sobre el por qué y para qué vivir para morir y, en consecuencia, referirse a alguna entidad superior sobre este cuestionamiento: ¿Por qué tenemos que morir? ¿Acaso es un juego caprichoso el vivir una vida de «altas y bajas», de éxitos y fracasos, de alegrías y sufrimientos, con el fin de terminar sepultados en un cajón o en otras condiciones menos favorables?

Estas preguntas ciertamente son válidas para el existir humano y, sobre todo, cristiano. Es más, en cierto sentido, es sano preguntárselas de vez en cuando, puesto que esta angustia, junto con la fe, «es la posibilidad de la libertad [puesto que] resulta absolutamente educadora»[2]. Aunque no solamente uno debe quedarse con la angustia frente a la muerte, sino que esta angustia va tomada de la mano con la esperanza que nos suscita Jesucristo. Es una esperanza que aparece, en primer lugar, como una opción creyente, donde ponemos nuestro ser-finito en las manos de un Otro que nos infunden confianza absoluta en sus palabras y obras, Jesucristo; así también, en segundo lugar, se manifiesta como un modo de vivir. ¿Qué relación tiene la esperanza con el modo de vivir? En que, desde esta esperanza que desborda gracia amorosa y donación gratuita, también señala una ética del vivir acorde a esa gracia amorosa y donación gratuita, dada por Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, no precisamente –o en primer entendimiento– en el sentido de un conjunto de normas y leyes que se deben cumplir para un buen vivir acorde a una sociedad determinada, sino que en el sentido de una existencia alegre, que observa la vida con «ojos de vida», que vive no despreocupado por el destino último –la muerte– sino que, por el contrario, vive en total atención y enfrentamiento a la muerte como una amiga que puede aceptar tranquila y decididamente porque, desde esa esperanza que se concretiza en una existencia alegre, desde ahora en adelante hay una confianza plena en que la muerte es este verdadero nacimiento a lo eterno o apertura a la nueva existencia eterna en presencia de aquel que nos dio la posibilidad de vivir en plenitud.

De aquí que el acontecimiento de la resurrección sea un acontecimiento de alegría y gozo, que el canto triunfal del Éxodo (Ex 15), expresión de gratitud y alabanza del pueblo para con su Dios, y del salmista lo expresa notablemente en la celebración litúrgica de la Vigilia Pascual: «¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno, porque es eterno su amor! […] En mi angustia grité a Yahvé, me respondió y me dio respiro. Yahvé está por mí, no temo, ¿qué puede hacerme el hombre? […] No he de morir, viviré y contaré las obras de Yahvé. Me castigó, me castigó Yahvé, mas a la muerte no me entregó» (Sal 117, 1.5-6.17-18). El hombre ya creyente existe alegremente al momento de su elección libre sobre creer en Jesucristo desde la totalidad de su persona e historia, que afecta a las demás personas y la historia misma y, según la temática abordada, la posibilidad de una vida eterna después de la muerte: «Creer en la eternidad [… es] una aventura, un riesgo. ¡Quien arriesga, gana! […] Es una votación de confianza respecto a la vida eterna, abstenerse de votar significa denegar la confianza, lo que en la práctica –aunque tal vez no intencionadamente– es un voto de censura»[3].

Por lo tanto, podemos sacar dos conclusiones relevantes: en primer lugar, el hombre, en especial el cristiano, se encuentra con la posibilidad de una elección libre frente a la esperanza de la resurrección en Cristo, en vez de quedarse en una constante angustia que puede llevar al sinsentido de la existencia. Y, en segundo lugar, esta elección de esperanza conlleva al creyente a vivir una existencia alegre por la resurrección, la cual no significa que el hombre se alegre por resucitar en primera instancia, sino que su alegría se basa en la no-aniquilación de su ser-finito y si-plenificación de su existir pleno en lo eterno.

[1] Leonardo Boff, «La muerte, lugar del verdadero nacimiento», en La vida más allá de la muerte. El presente: su futuro, su fiesta, su contestación, traducido por Fr. José Guillermo Ramírez (Bogotá: CLAR, 1977).
[2] Sören Kierkegaard, «La angustia junto con la fe como medio de salvación», en El concepto de angustia, traducido por Demetrio Rivero (Madrid: Alianza, 2013), 300.
[3] Hans Küng, «¿Resurrección de los muertos», en ¿Vida eterna?, traducido por José María Bravo Navalpotro, 4.ª ed. (Madrid: Trotta, 2007), 136-137.
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Franco Nicolas Rojas Contreras
Nacido en Chile en 1994. Estudiante de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Presidente del Centro de Estudiantes de Teología (CET) de la Facultad de Teología PUC (2016). Ayudante de la cátedra investigaciones FONDECYT en curso de «Aporte de los obispos chilenos al Concilio Vaticano II» y «El Concilio de Nicea y su recepción de acuerdo a los documentos originales», encargada por el investigador Dr. Samuel Fernández Eyzaguirre (2016 en adelante).