La emperatriz de América

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La festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de México y Emperatriz de América, es motivo de júbilo porque conmemoramos la primera aparición de la Santísima Virgen en el continente americano, que constituyó un fuerte impulso a la evangelización en el Nuevo Mundo.

Las apariciones de la Reina del cielo ocurridas en cuatro ocasiones en diciembre del año 1531 al indio San Juan Diego en el cerro del Tepeyac, cercana a la ciudad de México encomendándole al indígena la misión de manifestar al obispo Juan de Zumárraga, su deseo que erigiese un templo en el lugar de su aparición para:…”mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio, y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me amen, que invoquen y en mí confíen; aquí oiré sus lamentos y remediaré todas sus miserias, penas y dolores”.(palabras de la Santísima Virgen a san Juan Diego en su primera aparición). Con este mensaje nuestra Madre espiritual nos demuestra el amor que nos tiene a cada uno de nosotros que somos sus hijos, que nunca abandona y nos acompaña para guiarnos a la fe en su Hijo Jesucristo nuestro Redentor, y así ganarnos la eterna salvación.

Por tales motivos, el documento de Puebla en el numeral 282 nos dice: “En nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado, presentando a la Virgen María como su realización más alta. Desde los orígenes – en su aparición de Guadalupe – María constituyó el gran signo de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión”; y es que la presencia oportuna de la Madre de Dios en los inicios de la evangelización en América, ha sido como lo refiere el documento citado signo de su amor maternal para abrazar la fe en el Dios uno y trino, de vivir el Evangelio en todo momento y que nuestra existencia tenga el verdadero sentido al tener a Dios como centro de nuestra vida. María es el puente que nos conduce al Señor y nos enseña a vivir con certeza nuestra fe cristiana y cumplir la voluntad de Dios en cada instante de nuestra existencia.

Su sagrada imagen dejada en la manta de san Juan Diego en el instante que él la despliega ante el obispo Zumárraga, como prueba que era realmente Ella, la Madre del Salvador quien se le apareció al santo indígena en el Tepeyac, y que se venera en su Basílica en la ciudad de México, constituye otro signo del amor de la Reina del cielo para poder estar cerca de nosotros y acompañarnos en nuestras alegría, tristezas, triunfos, fracasos y aflicciones, y darnos su cariño, consuelo y protección y así seguir avanzando en el camino de la fe sin desfallecer, porque Ella camina con nosotros y nos enseña el verdadero amor misericordioso de Dios que quiere realmente nuestra salvación.

La aparición también de la Santísima Virgen al tío de San Juan Diego, Juan Bernardino, en su lecho convaleciente mientras el santo indio llevaba la prueba al obispo, y que por la intercesión de la Madre de Dios fue sanado, constituye otra prueba de la cercanía amorosa de María e intercede por sus hijos ante el Señor en todo momento. Por eso, Ella es nuestra abogada y protectora y acude en nuestro auxilio cuando la invoquemos con fervor.

Que la festividad de María de Guadalupe nos anime a vivir nuestra fe en Jesucristo en cada instante de nuestra vida, que Ella nos guíe para ser auténticos cristianos viviendo los valores del Evangelio aún en las contrariedades que se puedan presentar, y poder estar algún día en la gloria de la eternidad feliz. Nuestra Señora de Guadalupe, Emperatriz de América ruega por nosotros.

La festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de México y Emperatriz de América, es motivo de júbilo porque conmemoramos la primera aparición de la Santísima Virgen en el continente americano, que constituyó un fuerte impulso a la evangelización en el Nuevo Mundo.

Las apariciones de la Reina del cielo ocurridas en cuatro ocasiones en diciembre del año 1531 al indio San Juan Diego en el cerro del Tepeyac, cercana a la ciudad de México encomendándole al indígena la misión de manifestar al obispo Juan de Zumárraga, su deseo que erigiese un templo en el lugar de su aparición para:…”mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio, y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me amen, que invoquen y en mí confíen; aquí oiré sus lamentos y remediaré todas sus miserias, penas y dolores”.(palabras de la Santísima Virgen a san Juan Diego en su primera aparición). Con este mensaje nuestra Madre espiritual nos demuestra el amor que nos tiene a cada uno de nosotros que somos sus hijos, que nunca abandona y nos acompaña para guiarnos a la fe en su Hijo Jesucristo nuestro Redentor, y así ganarnos la eterna salvación.

Por tales motivos, el documento de Puebla en el numeral 282 nos dice: “En nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado, presentando a la Virgen María como su realización más alta. Desde los orígenes – en su aparición de Guadalupe – María constituyó el gran signo de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión”; y es que la presencia oportuna de la Madre de Dios en los inicios de la evangelización en América, ha sido como lo refiere el documento citado signo de su amor maternal para abrazar la fe en el Dios uno y trino, de vivir el Evangelio en todo momento y que nuestra existencia tenga el verdadero sentido al tener a Dios como centro de nuestra vida. María es el puente que nos conduce al Señor y nos enseña a vivir con certeza nuestra fe cristiana y cumplir la voluntad de Dios en cada instante de nuestra existencia.

Su sagrada imagen dejada en la manta de san Juan Diego en el instante que él la despliega ante el obispo Zumárraga, como prueba que era realmente Ella, la Madre del Salvador quien se le apareció al santo indígena en el Tepeyac, y que se venera en su Basílica en la ciudad de México, constituye otro signo del amor de la Reina del cielo para poder estar cerca de nosotros y acompañarnos en nuestras alegría, tristezas, triunfos, fracasos y aflicciones, y darnos su cariño, consuelo y protección y así seguir avanzando en el camino de la fe sin desfallecer, porque Ella camina con nosotros y nos enseña el verdadero amor misericordioso de Dios que quiere realmente nuestra salvación.

La aparición también de la Santísima Virgen al tío de San Juan Diego, Juan Bernardino, en su lecho convaleciente mientras el santo indio llevaba la prueba al obispo, y que por la intercesión de la Madre de Dios fue sanado, constituye otra prueba de la cercanía amorosa de María e intercede por sus hijos ante el Señor en todo momento. Por eso, Ella es nuestra abogada y protectora y acude en nuestro auxilio cuando la invoquemos con fervor.

Que la festividad de María de Guadalupe nos anime a vivir nuestra fe en Jesucristo en cada instante de nuestra vida, que Ella nos guíe para ser auténticos cristianos viviendo los valores del Evangelio aún en las contrariedades que se puedan presentar, y poder estar algún día en la gloria de la eternidad feliz. Nuestra Señora de Guadalupe, Emperatriz de América ruega por nosotros.

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