La Encarnación: encuentro con el Dios amigo y compañero

El nacimiento del niño de Belén, el que Dios se haya hecho ser humano, es una invitación a que nos coloquemos ante el mar profundo en el cual sentimos que no hay nada que nos sostiene, pero que, paradójicamente, nos invita a descorrer el velo y darnos cuenta de que esa carne vulnerable del hijo de María es el lugar del encuentro con el Dios amigo y compañero de caminos. En la Encarnación, Dios nos invita a vivir “la partida”, el desarraigo, lo que la teología más poética llamó “el desgarro del cielo”. Dios bajó humanado buscando al ser humano para hablarle como amigo (Cf. Ex 33,11) y para vivir con él/ella/nosotros una intimidad especial. Vivir este tiempo de Adviento y Navidad desde esta lógica de la amistad del Dios oculto y manifiesto en la carne humana, nos permitirá finalmente practicar la humanidad que transforma y que inaugura un tiempo de felicidad y fraternidad entre nosotros.

Dios amigo y compañero: centro de la fe cristiana

Una primera mirada hacia lo teológico. Una de las imágenes que quizás hemos olvidado en nuestras maneras de comprender a Dios es llamarlo como amigo y compañero. Quizás nos resulta más “digerible” un Dios más lejano, trascendente, poderoso. Pero, si la Encarnación nos invita a desarraigarnos, a desestabilizar nuestro piso de seguridades y certezas, podríamos pensar a Dios como amigo, con toda la carga humana y antropológica y teológica que involucra este concepto. Edward Schillebeeckx, teólogo de la segunda mitad del siglo XX, en un libro llamado “Revelación y teología” (1969) dice: “la revelación se realiza en una historia de la salvación, esto es, en la historia misma de la humanidad frente a la cual Dios no interviene solamente como el creador que trasciende todas las cosas por su interioridad, sino también como un compañero que viene al encuentro del hombre y penetra en la historia humana, cuya historicidad respeta hasta el punto de hacer de ella un verdadera historia de la salvación”. Con la cita de Schillebeeckx, nos posicionamos, lector, en la doble realidad de Dios. Por un lado el Dios “trascendente”, que está más allá de todas las cosas, que no es un objeto junto a otros objetos, que escapa en el silencio, que no se deja capturar por conceptos o imágenes, como puede ser la de amigo o compañero. Pero, y ahí está el punto de quiebre del cristianismo, Dios atravesó el silencio y entró a las coordenadas del tiempo y del espacio, que abrazó y asumió radicalmente la historicidad, nuestra historicidad, hasta el punto de ser el compañero que viene a nuestro encuentro.

Como dijo otro teólogo, Hans Urs Von Balthasar, el cristianismo no es la religión del “o”: no es cuerpo “o” espíritu, Absoluto “o” finito, hombre “o” Dios. Por el contrario, el mismo Balthasar sostiene que nuestra experiencia espiritual y creyente tiene que ver más con el “y”, con la síntesis, con la unión: cuerpo “y” espíritu, Absoluto “y” finito, Dios “y” hombre. Por ello la Encarnación es la gran síntesis de lo humano y lo divino, el punto de encuentro del cielo y de la tierra, el gran “desgarro” de lo Trascendente que quiere hacer su morada, su humilde morada en un pesebre en medio de nuestra creaturalidad, de nuestro barro, de nuestras historias cotidianas, de nuestras estaciones de trenes. Si quitamos la amistad que Dios quiere establecer con nosotros, y que sucede en la historia, estamos despojando al cristianismo de su centro articulador. Pienso en las palabras de Benedicto XVI en su encíclica “Dios es amor” cuando dice que comenzamos a ser cristianos por el encuentro con la persona de Jesucristo, el gran amigo del Padre, que nos transforma y nos invita a ser sus amigos y en Él ser amigos del Padre por el Espíritu, vínculo de la amistad.

El Dios amigo que nos invita a vivir amistades humanamente sanas

Si hemos insinuado que la amistad puede ser otro nombre de Dios, una característica esencial de su Persona, hemos de sostener también de que Él nos ha creado como “sujetos capaces de amistad”. Pero entablar relaciones amistosas no aparece como una cuestión obvia, sobre todo en este tiempo en el cual las relaciones humanas en general se han vuelto inseguras. Autores como el psicólogo argentino Sergio Sinay hablan del “otro descafeinado” y el sociólogo polaco Zygmunt Bauman sostiene que las relaciones humanas actuales son “de bolsillo”, en cuanto las sacamos cuando las necesitamos, y que cuando no son útiles vuelven al cajón de lo desechable. ¿De qué manera recuperar lo gratificante de la experiencia humana de la amistad, de la verdadera amistad? ¿qué significa pensar al Dios amigo que nos mueve a establecer relaciones humanamente sanas con los demás? ¿Dónde queda el pesebre de Belén y el cuidado de José y María con ese niño de Dios, indefenso y salvador?

Estas temporadas de Adviento y Navidad son, a mi entender, un tiempo privilegiado de recuperar aquello gratuito y sabroso de una amistad bien vivida. Si creemos que la historia del ser humano, la mía, la tuya, la nuestra, ha sido bendecida por la presencia del Dios que, siendo Absoluto se hizo amigo nuestro, en virtud de dicha convicción tenemos la responsabilidad compartida de vivir en reciprocidad, donación y construcción de un espacio más amigable. Asumir que Dios nos habla como amigo, nos debe impulsar a vivir la amistad con los demás no sólo como un “moralismo vacío”, como una acción políticamente correcta, sino que involucra el reconocimiento de nuestras propias potencialidades y limitaciones y cómo ellas son puestas al servicio de una vida más humana. Vivir la amistad significa, finalmente, reconocernos como seres interdependientes, necesitados del otro (humano) y del Otro (Dios) a los cuales podemos comprenderlos como compañeros de camino. La gran revolución que significa la Encarnación, nos invita a vivir el proyecto de una humanidad renovada. Dios haciéndose ser humano quiebra todas nuestras seguridades y nos provoca a establecer vínculos constantes de amistad. Que estas Fiestas de Navidad y Año Nuevo sean un tiempo especial para reencontrarnos con los nuestros y con aquella persona con la cual sentimos tenemos un brindis pendiente.

 

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Juan Pablo Espinosa Arce
Juan Pablo Espinosa Arce. Chileno. Licenciado en Educación y Profesor de Religión y Filosofía por la Universidad Católica del Maule. Licenciado (Magíster) en Teología Fundamental por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ayudante de Cátedra «Teología Latinoamericana» de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tutor Académico en Teología de la Congregación de la Santa Cruz en Santiago de Chile. Docente de Ética y Filosofía en el Instituto Profesional Santo Tomás de Rancagua, Chile. Ha desarrollado trabajos investigativos en el área de la Teología Fundamental, de la Teología Política y Latinoamericana y de Educación Religiosa. jpespinosa@uc.cl