La Virgen de Coromoto y Venezuela

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Hace 364 años que María ha tomado la iniciativa de parte de Dios, de visitar a sus hijos e hijas en esta tierra de gracia. Si nos detenemos unos instantes a reflexionar sobre este Hecho, que es una mariofanía, es decir una manifestación de Dios a través de María, nos invade desde lo profundo del corazón una alabanza a Papá Dios que ha puesto su mirada en nuestra pequeñez haciéndose parte de nuestra historia venezolana. Si bien el relato de la aparición puede tener elementos subjetivos de aquellos historiadores como el hermano de la Salle, Nectario María, que relató los hechos, la fe popular ha mantenido vivo el amor a la madre y ese amor hace que hoy nuestro pueblo de raíces católicas tenga esperanza, luche contra las adversidades y busque caminos de reconciliación.

La primera aparición surge en un contexto polarizado entre españoles con ansias de poder y dominio, fieles a la Corona Real e indígenas que luchaban por vivir en libertad en la exuberante madre naturaleza que les daba el vestido y el sustento. Parecía que era imposible que se lograran acuerdos, diálogos entre seres humanos con pensamientos tan diferentes. Y la madre, que se ocupa de las necesidades de sus hijos, se presenta en ese contexto polarizado y dividido por luchas sangrientas de ideales opuestos. Ella ve el corazón de sus hijos que está moldeado por las mismas manos que el suyo y el de su Hijo. Toma la iniciativa visitar a una familia de indios coromotos, sorprendiéndoles por su belleza. Les habla en su mismo idioma con palabras sencillas, con elementos de la naturaleza: “echar agua en la cabeza para ir al cielo,” que significa recibir el bautismo. El agua, elemento tan vital y presente en la vida cotidiana de la tribu, es un símbolo fácil de recordar y familiar para los indígenas. Y “echarla sobre la cabeza,” indica “dejarse mojar, bañar,” y para eso hay que “bajar la cabeza,” ser humilde, dejarse conducir con confianza. Despojarse de la corona de plumas, de adornos para ser “bañados,” “sumergidos” en el agua que les da la vida eterna, porque ser bautizados significa “nacer del agua y del Espíritu” (Jn 3,5). La cabeza erguida puede representar una posición de superioridad, de no aceptar inclinarse para reconocer la autoridad en este caso espiritual del Dios de Jesús. “Ir al cielo”, significa la vida en santidad, pues María vive en comunión profunda con el Dios que la habita. Su vida manifiesta el “cielo” del cual ella habla y a donde invita a ir a los indígenas. Un cielo que se vive en esta tierra y que anuncia proféticamente, porque es posible vivir amando a los demás, en fraternidad.

Ella los invita a un gran reto: “ir donde los blancos.” ¿Será esto posible? Para realizar este gesto es fundamental trabajar la confianza, creer en la bondad que existe en “los blancos.”

El referido encuentro se puede comparar con el relato de la creación en el libro del Génesis (cfr. Gen l, 26-31), cuando Dios crea a su imagen y semejanza y “ve que todo era muy bueno.” En el Hecho Coromotano, por intermedio de María, “nueva Eva,” (Lumen Gentium 56). Dios está realizando una nueva creación en sus hijos e hijas de Venezuela. El Cacique y su mujer experimentan vitalmente el amor de la “encantadora Señora” de tez blanca que les devuelve la confianza en los que se parecen a ella. Su bondad les hace confiar y buscar a “otros blancos,” sin verlos como enemigos que amenazan sus vidas, sino como hermanos, amigos, integrantes de su familia. Al experimentarse amados a través de su mirada tierna, al ser mirados y dejarse mirar por ella, la imagen que reflejan los ojos de la “Señora” les revela a cada uno su verdadera identidad y su auténtica dignidad de hijos de un mismo Padre. Experimentan vitalmente su verdad más honda como personas humanas, creadas a imagen de Cristo, que es la “imagen del Dios invisible” (cfr. Col 1, 15).

Ante su presencia, que es Palabra hecha vida que puede ser aceptada o rechazada, la primera respuesta de ambos es aceptar, y obedecer el mandato de incorporares a la comunidad, a la iglesia peregrina. Y los blancos, representados en los españoles católicos, los acogen, también ellos tienen que hacer un proceso interior para recibir sin prejuicios a sus hermanos indígenas, como miembros de una misma familia.

Este proceso no es fácil, así lo muestra la historia del Cacique que como Abraham obedece por la fe, vive una vida nueva en comunidad junto a los suyos y luego no se siente comprendido. Se rebela y arremete contra la bella Señora por la que había dejado todo. Sus expectativas no fueron cubiertas en el nuevo estilo de vida junto a los blancos. En ese contexto de lucha interior, que polariza y divide el corazón del cacique apartándolo de su familia y de los suyos, sucede la segunda aparición. Ella no lo abandona no lo deja solo en ese momento de oscuridad interior fruto del proceso de inculturación de su fe con aciertos y errores. ¿A quién puede reclamar sus derechos y los de su tribu?, ¿quién le defenderá y escuchará sin juzgar ni desvalorizar aquellas situaciones que no comparte, que pertenecen a otra cultura? María, la abogada se presenta nuevamente con su hijo en brazos y esta vez el que habla es el Cacique. Ella transmite su mensaje a través de sus gestos corporales. Escucha el dolor que contienen las palabras del cacique que es la voz de una comunidad indígena que sufre: “¿Hasta cuándo me quieres perseguir? Bien te puedes volver, que ya no he de hacer lo que me mandas; por ti dejé mis conucos y conveniencias y he venido aquí a pasar trabajos.”

Su respuesta desde el umbral del bohío es: “dirigirle una mirada tan tierna y cariñosa, que era capaz de rendir al corazón más empedernido.” Su “arma,” es el amor misericordioso de madre. El cacique la enfrenta con sus “armas,” que son el arco y la flecha diciéndole: “con matarte me dejarás.” Frente a esta actitud, la respuesta rápida de la Virgen fue entrar “sonriente y serena” y abrazarle, haciendo que el Cacique arrojara en el suelo las armas. En su rostro, manos y piel, reflejaba su amor de Madre que ama a quien se ha vuelto su “enemigo” pues está dispuesto a matarla. El gesto corporal del abrazo, expresa el amor de una Madre que siente ternura por sus hijos y que está dispuesta a dar la vida por ellos.

Siguiendo la lógica del Cacique, la Virgen se deja “atrapar” como era su deseo y cuando abre su mano la luz, signo de la presencia de Dios, vuelve a iluminar la imagen. Es como si le dijera “aquí me tienes, estoy en la palma de tu mano.” Le deja actuar en plena libertad. La decisión de lo que hará, le corresponde a él, está en “su mano.” Ella, fiel discípula de Jesús ama hasta el extremo de quedarse hasta hoy en esa pequeña imagen testigo de su aparición.

¿Qué nos dice hoy el relato de las apariciones en una Venezuela polarizada, dividida, manchada de sangre entre hermanos? ¿Es posible la reconciliación entre posiciones antagónicas?

Nuestros antepasados nos han mostrado que es posible por la fe, el amor y el deseo interior de cambio que impulsa a ir hacia el distinto, hacia el que en un momento de la vida es nuestro enemigo. El amor misericordioso en todas sus expresiones es el arma capaz de convertir el corazón más duro. Para ello es preciso dejarnos reconciliar por el amor de Dios para ser embajadores de esta reconciliación. Reconocer nuestra polarización, aquellos pensamientos y conductas rígidas que nos llevan a tomar posturas radicales que nos enfrentan y separan. Los seguidores de Jesús e hijos de María, no queremos la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. Frente a conductas agresivas, el camino es permanecer amando, como lo muestra María en el gesto del abrazo, no dejando que el rencor anide en su corazón. Y en el “dejarse atrapar,” como en el dejarse “echar agua en la cabeza,” son acciones que muestran confianza, que es la base para establecer relaciones fraternas sanas que reconstruyen el tejido social herido por la polarización.

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María del Pilar Silveira
Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestría en Ciencias Religiosas por la Pontificia Universidad Gregoriana y Licenciatura en Teología por la Pontificia Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. Es profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello e integra el equipo de la Cátedra Libre “Mons. Romero” en la Universidad Central de Venezuela.