Lectio Divina

DOMINGO XXI DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Jos 24,1-2.15-17.18)

El texto de Jos 24, de claro tinte deuteronomista, nos presenta la fe como respuesta al don de Dios y como una elección de vida. En efecto, la tierra es presentada al mismo tiempo como un don de Dios y una conquista de Israel. Dios le ha dado la tierra prometida a los israelitas, los cuales, sostenidos por la fuerza del Señor, han tomado posesión de la misma. Dios les ha concedido el don y también la posibilidad real de poseerlo. Tocó a los israelitas acompañar, con su fiel obediencia, la acción del Señor. Llegamos así al final de esta epopeya, cuando Josué, su líder, sucesor de Moisés e instrumento de Dios, convoca a todas las tribus de Israel a una asamblea en Siquém. Aquí los invita a tomar una importante decisión: ¿a quien van a servir/seguir, a los dioses de sus antepasados o al Señor? Además de presentarles claramente la opción que deben realizar, les brinda su testimonio personal: él y su familia servirán al Señor. Entonces los israelitas hacen memoria de todas las acciones del Señor en favor de ellos, comenzando por la liberación de Egipto, y se deciden a servir/seguir al Señor.

Evangelio (Jn 6,60-69):

            La primera novedad del evangelio de hoy es el cambio de “auditorio”: Jesús dialoga ahora con sus discípulos. Son los mismos que estuvieron presentes y activos en la narración de la multiplicación de los panes; luego se hizo referencia a su traslado a la otra orilla donde tendrá lugar el discurso de Jesús sobre el pan de vida (6,22.24). Por tanto, han estado presentes durante todo el discurso de Jesús, pero permaneciendo en un segundo plano. Ahora el evangelio nos trae su reacción ante las palabras de Jesús: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. “Duro” (sklērós σκληρός) tiene aquí el sentido de pesado, difícil de sobrellevar o aceptar. Es decir, las palabras de Jesús les resultan inaceptables; en concreto las rechazan, no adhieren a las mismas.

Jesús, por su parte, interpreta esta queja como una murmuración. Se trata de la misma actitud que condenaba en los judíos en este mismo capítulo (6,41.43). Recordemos que la murmuración tiene como raíz el no entender el obrar de Dios. Es, en cierto sentido, lo opuesto a la fe como aceptación del misterio de Dios.

Jesús, además, se asombra de que se escandalicen de sus palabras. En el NT lo que escandaliza es algo contra lo que se choca y que provoca indignación o protesta, murmuración. En el contexto de estos versículos significa que las palabras de Jesús sobre comer su carne y beber su sangre son un obstáculo para su fe. No las pueden aceptar, se frenan, se bloquean. Por tanto escandalizarse es la actitud contraria de creer-confiar-aceptar.

En 6,62 Jesús redobla la apuesta por cuanto afirma que todavía no han visto u oído todo, pues debe subir a dónde estaba antes, esto es, junto a Dios. Tal vez se clarifique el sentido de esta expresión si recordamos lo que Jesús decía a Nicodemo: “Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna” (Jn 3,12-15). Aquí hace alusión también a la dificultad de creer cuando Jesús habla de las cosas de Dios, del cielo; y a la subida al cielo del hijo del hombre, que viene luego identificada con su ser levantado en alto, o sea con su crucifixión.

Por tanto, Jesús les dice a sus discípulos que su pasión será un mayor motivo de escándalo que su discurso del pan de vida; que la realidad de su muerte en cruz por la salvación de los hombres será más difícil de aceptar que su actualización sacramental en la Eucaristía.

Siguiendo con el tema de la dificultad de creer que afecta a los discípulos, Jesús los invita a cambiar de perspectiva, de mirada, pues aquí está la raíz de la dificultad. En este contexto la expresión: “El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida” (6,63) significa que las palabras de Jesús no se pueden entender con la sola capacidad humana (la carne) sino sólo con el Espíritu. La revelación que trae Jesús es una vida que sólo se comprende desde el Espíritu, y sólo el Espíritu comunica esa vida. Algo semejante le decía ya Jesús a Nicodemo cuando no entendía el sentido de “nacer de nuevo”: “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace de Espíritu es espíritu” (Jn 3,6).

Los versículos siguientes (6,64-65) nos confirman esta interpretación pues Jesús, después de hacer referencia a la incredulidad de algunos de sus discípulos y a la traición de Judas, vuelve a insistir en que la fe es un don del Padre. Ya en 6,44 Jesús les había dicho a los judíos que “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”; por tanto también en esto la actitud de los discípulos es equiparable a la de los judíos: se resisten a la atracción de Dios.

El desenlace de este diálogo es que muchos de sus discípulos dejaron de seguirlo. Literalmente dice que se volvieron atrás y ya no caminaban con él (v. 66).

En síntesis: muchos de los discípulos de Jesús han tenido al final la misma actitud que los judíos, sus anteriores interlocutores. En particular comparten con estos la murmuración y la falta de fe, la cual no han sabido recibir como don del Padre.

En 6,67 aparece identificado un nuevo grupo y auditorio: el de los doce. En el evangelio de Juan, fuera del capítulo 6, sólo en Jn 20,24 se utiliza este término para referirse a los seguidores más cercanos de Jesús; mientras que su uso es mucho más abundante y preciso en los sinópticos, por donde sabemos sus nombres y su condición de apóstoles. Lo cierto es que los “doce” son presentados como un grupo aparte de los discípulos; y a ellos en particular les dirige Jesús ahora su atención. Y lo hace de modo algo chocante, como si les leyera la expresión de sus rostros: “¿también ustedes quieren irse?”.

            Pedro asume el liderazgo del grupo y toma la palabra: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (6,68-69)

            En primer lugar Pedro demuestra que ha entendido el mensaje de Jesús pues reconoce que sus palabras son de vida eterna (ζωῆς αἰωνίου). Varias veces a lo largo del discurso Jesús ha hablado de la vida eterna y Pedro confiesa que sólo Jesús tiene palabras de vida eterna; por ello no hay otro a quien ir. Notemos que aquí la cuestión es ante todo seguir a alguien más que a unas ideas. Así, de modo indirecto, Pedro manifiesta la intención de los doce de seguir con Jesús. Más aún, según la siguiente expresión de Pedro, los doce han creído en Jesús y lo reconocen como el Santo de Dios. Estos verbos están en tiempo “perfecto” que en griego se utiliza para una acción del pasado que se continúa en el presente. Su traducción literal sería: “hemos creído y seguimos creyendo; hemos conocido y seguimos conociendo”. Recordemos, además, que el verbo conocer en Juan no se refiere tanto a una acto intelectual sino a una comunión de vida. Es decir, por la fe “han ido a Jesús” y por el conocimiento “han entrado en comunión con su divinidad”. En efecto, la expresión “santo de Dios”, única vez que aparece en Juan, significa que Jesús pertenece a la esfera o dimensión de lo divino pues santo es todo aquello que está consagrado a Dios.

Sobre la necesidad de creer para conocer puede iluminarnos el texto de Jn 10,37-38:

“Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así conocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre”.

Y sobre la relación entre vida eterna y conocimiento-comunión con Dios Jn 17,3:

“Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo”.

En síntesis: sólo este tercer grupo, el de los doce, ha respondido bien al signo y a la enseñanza posterior de Jesús. Han reconocido en las palabras de Jesús la revelación de la vida eterna que el Padre ofrece a todos los hombres; y la han aceptado, han creído que Jesús es el enviado del Padre para comunicar esta vida, que es el Santo de Dios.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Podemos dirigir una primera mirada al evangelio desde la perspectiva de los discípulos y teniendo en cuenta la orientación que nos brinda la primera lectura. Nos aparece entonces, como mensaje central, el tema de la fe y de la libre opción del creyente.

Los judíos siguieron el discurso del Pan de Vida de Jesús presentando varios cuestionamientos y terminaron por rechazar a Jesús y a su Palabra. Pero lo que nos sorprende es que “muchos de sus discípulos” también se volvieron atrás al considerar demasiado “duro” el contenido del mensaje de Jesús. Se escandalizaron, es decir, tropezaron al escuchar cosas que no pudieron comprender, murmuraron y terminaron por marcharse y abandonar a Jesús. Ante esta “apostasía” Jesús volvió a manifestar la necesidad de recibir el don de la fe, de ser atraídos por el Padre.

También nosotros debemos volver a recordar aquí que en el evangelio de Juan la Fe es presentada como “obra de Dios” y como “obra del hombre” que quiere sintonizar con el “obrar de Dios”. No hay dudas de que en San Juan se acentúa especialmente la acción de Dios en el proceso de la fe. Pero esta acentuación no niega la responsabilidad del hombre, que no puede excusarse de su incredulidad diciendo que no ha recibido el don de la Fe. De hecho, el rechazar la luz de Dios, la incredulidad es considerada por Juan como “el pecado” que pondrá de manifiesto el Espíritu Santo: “Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio. El pecado está en no haber creído en mí” (Jn 16,8-9).

Agreguemos a esto que en el evangelio de San Juan la libertad del hombre se manifiesta justamente en la capacidad de rechazar a Dios, de resistir a su atracción. Por ello la incredulidad o falta de fe es culpable (cf. Jn 3,18-21; 5,40; 8,44; 12,43). El mismo Jesús revela que en la raíz de esta incredulidad está la búsqueda de la propia gloria como dice Jn 5,44: “¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?”.

Sobre esto vale el comentario de R. Cantalamessa[1]: “¿quién es entonces el enemigo de la fe en la divinidad de Cristo? ¿La razón? No, es el pecado; y precisamente el pecado de orgullo, la búsqueda de la propia gloria. Quien está dominado por la búsqueda de su propia gloria no puede creer, porque en la fe no hay gloria humana y no hay originalidad. Al contrario, para creer es necesario someterse a Dios […] Creer es estar constantemente bajo la medida de lo absoluto, en constante memoria de la propia nada. En consecuencia, la gran aliada de la fe es la humildad”.

            Consideremos ahora la actitud de los “doce” y la confesión de fe de Pedro. Ellos llegaron a descubrir que sólo Jesús tiene palabras de vida eterna. Vale decir que encontraron en las palabras de Jesús la respuesta al hambre y a la sed de vida eterna que tenían en su corazón. Posiblemente también para ellos el mensaje de Jesús les resultó “duro”, en cierto modo incomprensible; pero se dejaron atraer por el Padre. Fueron más allá de la comprensión, al punto que la fe desembocó en el amor, en el abandono confiando en Dios. Es decir, la fe es un “ir hacia Jesús” atraídos por el Padre; y en este camino la inteligencia debe rendirse ante el misterio. Entonces al creyente sólo le queda la fe/confianza y continúa el camino no por lo que entiende, sino porque se siente amado y confía en que ese amor le dará lo que promete.

Siendo entonces el objeto último de la fe el amor de Dios, este exige necesariamente la libertad del hombre para responder también a él amando. Al respecto dice U. Hans von Baltasar[2]: “Creer es sólo amar, y nada puede y debe ser creído si no es el amor. Este es el peso, la «obra» de la fe: reconocer ese prius absoluto e insuperable. Creer es amar, amar absolutamente. Y esto como fin y sin que exista nada detrás”.

Lo explica también muy bien B. Forte[3]: “Creer no es ante todo asentir a una demostración clara y evidente o a un proyecto falto de incógnitas y conflictos: no se cree en algo que se pueda poseer y usar para la propia seguridad o placer. Creer es fiarse de Alguien, asentir a la llamada del Extraño que invita, poner la propia vida en manos de Otro, para que él sea el único y verdadero Señor. Según una sugestiva etimología medieval «creer» significaría «cor dare», entregar el corazón, ponerlo incondicionalmente en las manos de Otro: cree el que se deja aprisionar por el Dios invisible, el que acepta ser poseído por él en la escucha obediente y en la docilidad de lo más profundo del corazón. Fe es rendimiento, entrega, abandono, no posesión, garantía o seguridad. Creer, pues, no es evitar el escándalo, huir del riesgo, avanzar en la serena luminosidad del día: se cree no a pesar del escándalo y el riesgo, sino precisamente desafiados por ellos y en ellos; el que cree camina en la noche, peregrino hacia la luz”.

Comentando la pregunta de Pedro dice el Papa Francisco: “nosotros comprendemos que la fidelidad a Dios es una cuestión de fidelidad a una persona, a la cual nos adherimos para recorrer juntos un mismo camino. Y esta persona es Jesús. Todo lo que tenemos en el mundo no sacia nuestra hambre de infinito. ¡Tenemos necesidad de Jesús, de estar con Él, de alimentarnos en su mesa, con sus palabras de vida eterna! Creer en Jesús significa hacer de Él el centro, el sentido de nuestra vida. Cristo no es un elemento accesorio: es el «pan vivo», el alimento indispensable. Adherirse a Él, en una verdadera relación de fe y de amor, no significa estar encadenados, sino ser profundamente libres, siempre en camino” (Ángelus domingo 23-8-2015).

Podemos concluir esta primera reflexión con una hermosa frase de San Agustín[4]: “¿No te sientes aún atraído? Reza para ser atraído”.

            Nos queda todavía mirar el texto desde la perspectiva de Jesús, vale decir en clave pastoral. No puede dejar de sorprendernos que Jesús no “afloje” ni “diluya” su mensaje ante la real posibilidad de ser abandonado por sus discípulos. Muestra una fidelidad a la Verdad insobornable, no negociable. Lo nota muy bien H. U. von Balthasar[5] al comentar este texto: “Jesús no solamente no retira nada de lo dicho, por lo que a los oyentes les parece «inaceptable» que se les someta a tan dura prueba, sino que confiere aún más peso específico a su declaración cuando se dirige a sus discípulos mediante la predicción de su ascensión al Padre y reivindica para todas sus palabras la cualidad de ser «espíritu y vida» […] Para Jesús no tiene importancia el número, y por eso sitúa especialmente a los doce ante la elección: ¿También vosotros queréis marcharos?”

            Es patente en este texto que a Jesús parece no importarle el número, la cantidad, ya que el resultado de su predicación no es muy alentador: comenzó hablando a cinco mil hombres y se quedaron con él sólo doce. El tema es de gran actualidad y lo ilustra muy bien el P. Molinié[6]: “Es penoso para un apóstol no atraer a los hombres, si el Padre mismo no los atrae. Es tentador atraerlos por toda clase de medios, recurrir a algo distinto de la vida trinitaria. Dios no nos impide emplear tales medios, puesto que el mismo Jesús lo ha hecho; pero, incluso para él, era peligroso, queriendo los hombres quedarse siempre ahí. Un apóstol no tiene derecho a quedarse ahí. Es difícil, es difícil aceptar el no poder atraer a nadie de manera durable por otro incentivo distinto al de la vida divina. Para ser fiel a esta exigencia, nuestro primer deber es el de comprenderla bien, el no confundir lo natural y lo sobrenatural. En la carrera hacia el que seducirá mejor el corazón humano, lo sobrenatural parte con un hándicap terrible: no se ve, mientras que los valores naturales se ven, ellos se imponen a los sentidos y a la inteligencia”.

En conclusión, después de recorrer por 5 domingos el capítulo 6 de san Juan hemos visto:

  Que la fe es un camino arduo, que implica lucidez para interpretar los signos e ir más allá de los signos, no quedarse en ellos.

  Que la fe implica sentir primero el hambre y la sed profunda de Verdad y de Amor que hay en nuestro corazón y, luego, aceptar que sólo Jesucristo, Palabra Personal del Padre, pan de vida eterna, puede llenar.

  Que creer es sentir la atracción del Padre y dejarse llevar por ella, abandonarse a su acción pues la meta está mucho más allá de nuestras posibilidades de comprensión y de acción.

  Que la fe es la obra de Dios en nosotros que nos abre el corazón para aceptar la donación amorosa de la Persona del Hijo hecho carne y sangre, Eucaristía, verdadera comida y verdadera bebida espiritual.

  Que la fe supone pasar por momentos de oscuridad, de no entender lo que el Señor nos dice o nos pide; supone aceptar que tendremos momentos de crisis donde se nos invita a jugarnos enteros por Jesús, confiando y creyendo en Él. En efecto, “creer, pues, no es evitar el escándalo, huir del riesgo, avanzar en la serena luminosidad del día: se cree no a pesar del escándalo y el riesgo, sino precisamente desafiados por ellos y en ellos; el que cree camina en la noche, peregrino hacia la luz” (B. Forte).

  Que creer es aceptar que sólo Jesús es el Santo de Dios que tiene palabras de vida eterna y que es perder tiempo buscar a otro fuera de Él. Porque Él lo es todo, realmente todo en nuestra vida. En efecto, “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG nº 1).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Señor a quién iremos?

El Padre nos ha concedido un lugar junto a ti,

Hemos decidido seguirte

Buscamos tu calor, tu amparo,

Refugio en tu costado.

En este destierro andamos perdidos

Y si erramos el camino…

Hambrientos volvemos a tu Pan y a tu Vino.

El Padre tuyo nos ha concedido

El lugar de delicias, el paraíso perdido

Porque tuvo Misericordia

Y su Amor, es Amor de puro Espíritu

En comunión Trinitaria

Celebramos nuevos vínculos

Nos acercamos al Hijo.

Sea duro tu lenguaje

Confuso a nuestra mente:

Colmada de prejuicios…

Pero así limitados, y aún temerosos

Arde dentro de nosotros algo distinto

Tiene tu nombre Señor,

Es el aliento de tu Amor, el Santo Espíritu.

No podemos mirar atrás

A quién iremos Señor

Si estuvimos esperando desde siempre

El sonido de tu Voz

Vivir para siempre en tu Amor

Y pedirte con fervor

Que nos hagas tus discípulos. Amén.

[1] Jesucristo, el santo de Dios (Paulinas; Madrid 1991) 61-62.
[2] Cf. Solo el amor es digno de fe (Sígueme; Salamanca 1990) 93-94.
[3]  Breve introducción a la Fe (San Pablo; Madrid 1994) 16
[4] In Ioh. 26,2
[5]  Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 188
[6] El coraje de tener miedo. Variaciones sobre espiritualidad (San Pablo; Madrid 1979) 26.
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