Lectio Divina

DOMINGO XXII DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera Lectura (Dt 4,1-2.6-8):

Este texto contiene un vivo llamado a escuchar la enseñanza sobre las leyes de Israel en toda su integridad, dando dos motivaciones fundamentales para ello. La primera es que este escuchar-obedecer la ley es condición necesaria para vivir y tomar posesión de la tierra prometida. La segunda es que estas leyes encierran una sabiduría superior a la de los demás pueblos, por ello al cumplirlas los israelitas se volverán sabios y prudentes.

Evangelio (Mc 7,1-8.14-15.21-23):

            Esta sección de Mc 7,1-23 (y que la liturgia nos la ofrece entrecortada pues no se leen los vv. 9-13 y 16-20) está centrada en el tema de lo “impuro”. En efecto, el tema es introducido por la pregunta de los fariseos y escribas: “¿Por qué tus discípulos…comen con las manos impuras”? Entonces Jesús toma postura ante la cuestión y enseña cuál es la verdadera impureza, lo que constituye el punto central de toda la perícopa. La sección concluye con el v. 23 que señala una vez más el tema de la impureza[1].

            El texto comienza sin darnos una indicación geográfica, por lo cual podemos presuponer que Jesús sigue en Genesaret dónde estaba en la escena anterior (cf. Mc 6,53). Allí se le acercan algunos fariseos y escribas venidos de Jerusalén, quienes notan que los discípulos comían el pan “con las manos impuras”, es decir, sin lavar. A continuación el evangelista, según su oficio de narrador, brinda a sus lectores – no familiarizados con las costumbres judías – una serie de indicaciones y ejemplos para entender la narración.

Por nuestra parte notamos dos cosas necesarias para la comprensión del texto.

En primer lugar que la distinción entre fariseos y escribas que hace Marcos no es del todo exacta pues había escribas dentro del grupo de fariseos, como el mismo evangelista nota en 2,16. El nombre de “fariseo” deriva del hebreo perûsîm y significa “separados”, apodo posiblemente puesto por otros dado su estricta observancia de las reglas de pureza legal que los llevaba a apartarse-separarse de quienes no seguían estrictamente la ley, especialmente de los publicanos, pecadores y extranjeros. Los fariseos eran rígidos observantes de las leyes y de las tradiciones como lavarse antes de las comidas (Mc 7,3), diezmos, ayuno de los lunes y los jueves (Lc 18,12), oraciones y ritos. Más aún, bregaban por imponer estas tradiciones o costumbres a todo el pueblo de Israel. Dentro del grupo de los fariseos eran influyentes los miembros escribas, quienes interpretaban la Escritura a la luz de las tradiciones de los antepasados, adaptando las normas a la vida práctica. Se los llamaba también doctores de la ley, sabios o maestros (rabbí) y solían ser honrados por el pueblo y recibir los puestos de honor en la sinagoga (cf. Mc 12,38-39).

Los fariseos, y en particular los escribas de este grupo, desde el comienzo del ministerio de Jesús tienen una actitud hostil hacia él y sus discípulos. Les cuestionan que coman con pecadores (2,16); que no ayunen (2,18); que arranquen las espigas en sábado (2,24). La oposición llegó a un punto tal que se confabularon con los herodianos para matar a Jesús (3,6).

En segundo lugar notamos que el sentido de estos “usos y costumbres” de los fariseos y judíos en general va más allá de simples normas de higiene, como el lavarse las manos y los cubiertos antes de comer. Se trata de una cuestión religiosa-cultual, por ello se habla de impureza y no de suciedad. En efecto, Israel es un pueblo separado y consagrado a Dios, por ello todos los aspectos de su vida deben reflejar esta santidad o pureza (cf. Lv 19,2; 22,31-33). De aquí la necesidad de la distinción entre lo puro y lo impuro; de lo que puede ofrecerse a Dios (puro) y lo que no se puede ofrecer por estar manchado (impuro), sean personas, animales, comidas u objetos. Y además de los alimentos, también las personas y los utensilios para comer deben estar puros, o purificarse si han estado en contacto con los paganos.

             Después de estas aclaraciones (espero lo hayan sido), podremos entender mejor el cuestionamiento que hacen escribas y fariseos a Jesús por la conducta de sus discípulos: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?” (Mc 7,5).

            La respuesta de Jesús tiene cierta dureza y va a tono con el lenguaje de los profetas. De hecho les aplica a los fariseos una frase de Isaías que condena la dualidad o falta de integridad en la conducta de los israelitas contraponiendo lo exterior (los labios) y lo interior (el corazón); el mandamiento de Dios y las tradiciones humanas.

En el texto litúrgico Jesús se dirige ahora a la gente para enseñarles su doctrina, para sentar su posición sobre esta cuestión. En concreto, Jesús declara que la pureza es ante todo una cuestión moral y, por tanto, depende de lo que el hombre hace, de lo que brota de su corazón entendido como sede de las decisiones. Así, la verdadera impureza es la que brota del corazón y se expresa en acciones pecaminosas, ofreciendo una lista como ejemplo de las mismas. Como bien aclara J. Gnilka: “Es mucho más importante centrar la mirada en el propio corazón, del que sale todo aquello que mancha al hombre. En forma de secuencia de vicios – la única que aparece en los evangelios (y par Mt 15,18) – se describe lo que puede salir del corazón del hombre. La serie se compone de 13 vicios. Los malos pensamientos al comienzo son, al mismo tiempo, un compendio de todo lo que viene a continuación…En cuanto al contenido: robo, asesinato y adulterio se relacionan con el séptimo, quinto y sexto mandamientos del decálogo. Mt 15,18ss ha llevado más a rajatabla la armonización con el decálogo. Si exceptuamos los malos pensamientos y las malas miradas, los restantes vicios aparecen también en los catálogos del corpus paulinum (cf. Gal 5,19-21).”[2]

La posición que deja sentada Jesús en el marco de la controversia con los judíos es que la santidad o pureza moral es absoluta y esencial – y por tanto es la que realmente importa en la relación con Dios – mientras que la santidad o pureza ritual es relativa y no esencial.[3]

            El versículo final es una conclusión, a modo de sentencia, de todo lo dicho hasta entonces: “Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            El evangelio de este domingo nos presenta una disputa entre Jesús y los fariseos acerca de cuestiones propias del judaísmo y de su época. El desafío será entender la discusión en su contexto histórico original, pero no para quedarnos allí sino para descubrir lo permanente; lo que afecta a la actitud religiosa del hombre de todos los tiempos.

A mi entender hay dos cuestiones principales y estrechamente vinculadas entre sí. La primera trata acerca de la relación entre los mandamientos de Dios y las tradiciones o costumbres humanas. Jesús reprocha a los fariseos haber anulado los mandamientos de Dios para seguir las tradiciones de los antepasados. Esto se ve claro en el ejemplo que pone Jesús en Mc 7,9-13 (texto que no hemos leído hoy). Vale decir que Jesús denuncia la actitud de anteponer a la Palabra de Dios otras normas o prácticas de origen humano, no divino.

            Se trata de una actitud engañosa y acomodaticia, no auténtica, pues termina falsificando la Palabra de Dios. Y nadie puede dudar de que esto es una tentación permanente de los creyentes y, por tanto, se trata de algo siempre actual, porque muchas veces nuestra fe se queda en las palabras y no nos entregamos de corazón al Señor; y otras tantas damos prioridad a modas religiosas por sobre las mismas palabras de Jesús en los Evangelios.

            El proceso de inculturación de la fe es inevitable; más aún, es positivo en sí mismo. Pero como todo proceso humano corre el riesgo de desviarse, de no respetar la jerarquía de verdades, de dar prioridad a cosas secundarias o accidentales; o peor aún, de introducir elementos de índole supersticiosa o pagana. De aquí el necesario discernimiento que debe hacerse a la luz de la Palabra de Dios y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. Un buen aporte en esta línea es el Directorio sobre Piedad Popular y Liturgia de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (2002). Allí, en el nº 12 leemos: “Siendo el Evangelio la medida y el criterio para valorar toda forma de expresión – antigua y nueva – de la piedad cristiana, a la valoración de los ejercicios de piedad y de las prácticas de devoción debe unirse una tarea de purificación, algunas veces necesaria, para conservar la justa referencia al misterio cristiano”.

La purificación de nuestras prácticas piadosas debemos hacerla de modo propositivo, es decir, reorientándolas hacia lo esencial de nuestra fe. En este sentido es claro el Magisterio reciente de los Papas y Obispos, en particular con los sínodos sobre la Eucaristía y la Palabra de Dios que nos invitan vivamente a valorar más estos misterios centrales de nuestra fe.

Y esta distinción entre lo esencial y lo secundario es una urgencia en estos tiempos de misión, tal como nos lo recuerda el Papa Francisco en EG 35 y 36:

“Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante”.

“Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que «hay un orden o “jerarquía” en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana». Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral”.

Y también es muy válida esa distinción a nivel pastoral, donde el excesivo apego a “la tradición de los antepasados” puede ser un obstáculo a la acción renovadora del Espíritu Santo. Al respecto dice Francisco en EG 33 y 129:

“La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Una postulación de los fines sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. Exhorto a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de este documento, sin prohibiciones ni miedos. Lo importante es no caminar solos, contar siempre con los hermanos y especialmente con la guía de los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral”.

“Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”.

            En segundo lugar Jesús aborda la gran cuestión sobre lo que nos hace puros o impuros, esto es, sobre lo que nos vuelve agradables o desagradables a Dios; buenos o malos. Aquí Jesús declara la primacía de lo interior, del corazón. En efecto, el corazón es la morada del pecado, de aquí surgen los mismos, no de lo exterior. Pero también es cierto que el corazón es el lugar de la lucha entre la Palabra de Dios y la tentación; por tanto es fundamental nuestra decisión por seguir al Señor evitando el mal y obrando el bien. Se trata de vivir la bienaventuranza de los limpios de corazón, donde Cristo proclama bienaventurados a los que no se contentan con la pureza exterior o ritual, sino que buscan la absoluta rectitud interior que excluye toda mentira y toda falsedad.

Como bien comenta el P. Cantalamessa[4]: “la pureza de corazón no indica, en el pensamiento de Cristo, una virtud particular, sino una cualidad que debe acompañar todas las virtudes, a fin de que ellas sean de verdad virtudes y no en cambio «espléndidos vicios». Su contrario más directo no es la impureza, sino la hipocresía. La hipocresía es el pecado denunciado con más fuerza por Dios a lo largo de toda la Biblia y el motivo es claro. Con ella el hombre rebaja a Dios, le pone en el segundo lugar, situando en el primero a las criaturas, al público. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1 S 16, 7): cultivar la apariencia más que el corazón significa dar más importancia al hombre que a Dios”.

Al respecto decía el Papa Francisco que Jesús “de esta manera subraya el primado de la interioridad, es decir, el primado del «corazón»: no son las cosas exteriores las que nos hacen o no santos, sino que es el corazón el que expresa nuestras intenciones, nuestras elecciones y el deseo de hacerlo todo por amor de Dios. Las actitudes exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón y no al revés: con actitudes exteriores, si el corazón no cambia, no somos verdaderos cristianos”.

Y actualiza el texto con ejemplos muy concretos al decir: “Jesús quiere ponernos en guardia también a nosotros, hoy, del pensar que la observancia exterior de la ley sea suficiente para ser buenos cristianos. Como entonces para los fariseos, existe también para nosotros el peligro de creernos en lo correcto, o peor, mejores que los demás por el sólo hecho de observar las reglas, las costumbres, aunque no amemos al prójimo, seamos duros de corazón, soberbios y orgullosos. La observancia literal de los preceptos es algo estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actitudes concretas: abrirse al encuentro con Dios y a su Palabra, buscar la justicia y la paz, socorrer a los pobres, a los débiles, a los oprimidos. Todos sabemos, en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en nuestros barrios, cuánto daño hacen a la Iglesia y son motivo de escándalo, las personas que se dicen muy católicas y van a menudo a la iglesia, pero después, en su vida cotidiana, descuidan a la familia, hablan mal de los demás, etc. Esto es lo que Jesús condena porque es un antitestimonio cristiano” (Ángelus 30 de agosto de 2015).

En fin, “Jesús denuncia aquí los males típicos de muchos hombres religiosos – los de su tiempo y los de cualquier otra época – para quienes es más importante servir al altar que a Dios, la obediencia legalista más decisiva que actuar según la voluntad divina, y la religión mucho más esencial que amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas y al prójimo como a sí mismo”[5].

Vemos entonces que las dos cuestiones consideradas están íntimamente relacionadas. La actitud farisaica, que Jesús cataloga de hipócrita, se preocupa ante todo de lo exterior, de la apariencia, de las tradiciones de los antepasados, de la mirada y la aprobación de los hombres. Y al hacer esto, descuida lo interior, los mandamientos de Dios, la mirada y la aprobación de Dios, y niega el pecado que anida en su corazón, no lo combate, para terminar llevando una vida cristiana de labios para fuera. No es puro en su corazón, no verá a Dios.

En el documento preparatorio para el sínodo de los jóvenes, ellos mismos han manifestado que “necesitamos encontrar modelos atractivos, coherentes y auténticos”. Y también: “los jóvenes de hoy anhelan una Iglesia que sea auténtica”.

Este anhelo de los jóvenes coincide con el de Jesús, tal como nos muestra el evangelio de hoy. Pidamos al Señor que todos los cristianos seamos coherentes y auténticos con nuestra fe. Que nuestra adhesión al Señor brote de nuestro corazón, llegue a nuestros pensamientos y palabras; y se manifiesta en nuestros gestos y acciones cotidianas.

 PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

A tu Honra

Mis manos impuras traigo, desgastada mi ropa

Enfermo y cansado.

¡Calma Señor esta ansiedad mía!

El hambre no mira la forma, ni pide permiso

Solo atropella y tensa la carne.

No alcanzo a guardar las formas

Ni a mirar ante Quién arrodillarme

Me arrastro para pedir, indigente.

Me miran espantados tantos otros

Espectadores, curiosos de novedades

Ocultos entre la gente.

Y juzgan sin piedad mi trance…

¿Que lo merezco? No cabe duda.

¿Pero quién ante Ti, no se muere de hambre?

¿No suspira por una Verdad,

En medio de su realidad,

Cuando se reconoce miserable?

¡Vano el culto que te rindo

Cuando sé que no estoy limpio,

Si no vengo a ti a purificarme!

Merecida pena sería esa

Si con tu derecho Real me condenas

Pero peor aún si tu ternura

Se abaja hasta mi bajeza

Y me trata con dulzura.

Sin levantar mis ojos te pido

Perdona a este pecador.

Y de mi interior toma posesión,

Dueño y Señor mío.

Tu Amor me enamora hoy

Más que el hambre que me ahoga

Para saciarme vengo a tu altar

Y ofrezco el corazón a tu Honra.

 Amén.

[1] Cf. J. Gnilka, El evangelio según San Marcos I (Sígueme; Salamanca 1992) 325.

[2] El evangelio según San Marcos I, 332.

[3] Cf. J. Neusner – B. Chilton (ed.), In quest of the historical pharisees (Baylor University Press; Texas, 2007) 86.

[4] Primera predicación de cuaresma, 2007.

[5] E. Bianchi, Escuchad al Hijo amado, en él se cumple la Escritura, Sígueme, Salamanca 2011, 154.

 

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