Lectio Divina

DOMINGO XXIV DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Is 50,4-7):

Este fragmento corresponde al tercero de los cuatro poemas que son conocidos como los “cánticos del siervo” por su referencia a un personaje llamado por Dios como “su siervo”. Esta figura es relevante por cuanto la profecía de Isaías atribuye la gracia del rescate de la cautividad babilónica no sólo a la misericordia de Dios sino también a la obra de un mediador, el siervo sufriente, que es presentado como una víctima expiatoria por los crímenes del pueblo y que obtiene el perdón para Israel en virtud de su sacrificio.
En el tercer cántico, el siervo se presenta como fiel discípulo del Señor, víctima de la maldad de los hombres. Su lengua pronuncia lo que el Señor le indica, su enseñanza procura consolar al abatido (Is 50,4). Acepta su misión sin resistencia, conoce las dificultades que entraña, sin más apoyo que su confianza en el Señor.
Desde una perspectiva cristiana, es evidente que se trata de una prefiguración profética de Jesús y de su misión redentora. De hecho, en el Nuevo Testamento Jesús es identificado con el siervo sufriente en su bautismo (Mt 3, 17; Mc 1, 11; Jn 1, 34); en sus milagros (Mt 8, 17); en su decisión de ir a Jerusalén a morir (Lc 9,51) y en su humildad (Mt 12, 16-21). Según Jn 12, 37-43, Jesús asume en su ministerio público las palabras del siervo sufriente de Is 53, 1s. El tema del siervo también se atribuye a Jesús en los Hechos de los Apóstoles (He 3,13.26; 4,27.30; 8,32) y en los himnos de la primera Iglesia (Fil 2,7; 1Pe 2,21-25). Si bien no lo citan explícitamente, los relatos de la pasión son una realización del tercer cántico, expresado por los salivazos y golpes (cfr. Mc 14,65 par).

Evangelio (Mc 8,27-35):

Los primeros versículos del evangelio de hoy (8,27-30) son la conclusión de la primera parte del evangelio de Marcos (1,1-8,30) que narra la actividad de Jesús en Galilea y termina justamente con la confesión de Pedro quien, en nombre de los doce, reconoce a Jesús como el Mesías, título que Marcos había colocado al inicio de su evangelio (cf. Mc 1,1). Los restantes versículos (8,31-35) abren la segunda parte del evangelio que narra el viaje de Jesús a Jerusalén.
Al inicio el texto ubica a Jesús y sus discípulos caminando por los pueblos de alrededor de la ciudad de Cesarea de Filipo. La misma está ubicada en el extremo norte del Israel bíblico y será el punto de partida del camino de Jesús hacia Jerusalén acompañado por sus discípulos.
Por el camino Jesús sorprende a sus discípulos con la pregunta: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”. Importa notar que esta pregunta tiene lugar al final de la actuación de Jesús en Galilea (predicación, enseñanza, curaciones, exorcismos) y, en cierto modo, busca expresar la recepción que ha tenido la misma entre la gente.
La respuesta de los discípulos recoge la opinión de la gente expresada ya en Mc 6,14-15: Jesús es Juan Bautista resucitado; Elías o alguno de los profetas. Entre estas opiniones se destaca la de Elías, quien vendría a preparar la llegada del Mesías; pero lo cierto es las mismas, si bien reconocen en Jesús una dimensión profética, no han llegan todavía a descubrir su carácter mesiánico.
Sigue inmediatamente la misma pregunta sobre la identidad de Jesús pero dirigida ahora a todos sus discípulos. Quien contesta es Pedro, poniendo de relieve su lugar preeminente dentro del grupo de los discípulos. La respuesta de Pedro tiene el estilo de una confesión de fe (“tú eres el Cristo”) e implica el reconocimiento de Jesús como el ungido y enviado de Dios para inaugurar el tiempo de salvación.
Sobre esto comenta J. Ratzinger[1]: “esta doble pregunta sobre la opinión de la gente y la convicción de los discípulos presupone que existe, por un lado, un conocimiento exterior de Jesús que no es necesariamente equivocado aunque resulta ciertamente insuficiente, por otro lado, frente a él, un conocimiento más profundo vinculado al apostolado, al acompañar en el camino, y que sólo puede crecer en él”.
En cuanto fin de una sección del evangelio este texto nos muestra que los discípulos, representados por Pedro, dan muestras de haber entendido algo importante y en esto se distinguen del resto de la gente, de los de afuera. Esta confesión tiene el valor de la aprobación de un ciclo lectivo, de haber alcanzado satisfactoriamente una etapa prevista. Pero hay que pasar a la siguiente, la del camino hacia Jerusalén.

Luego de la confesión de Fe de Pedro, Jesús inaugura una etapa nueva de su ministerio realizando el primer anuncio de su pasión. Este anuncio viene introducido en griego por la partícula dei (dei/) que se traduce por “debía”, o mejor, “es necesario” (como en Lc 24,7.44) y que sirve para expresar la ineludibilidad de la pasión y muerte de Jesús decretada por Dios.
Después de este anuncio de la pasión Pedro lleva aparte a Jesús “y lo reprende”.
Por su parte, la reacción de Jesús es inmediata y la frase muy fuerte pues lo llama “Satanás” y le manda volver a ubicarse detrás de Él. En efecto, tal sería el sentido exacto de la expresión: “vete detrás de mí” (u[page ovpi,sw mou), que nos recuerda la invitación al seguimiento que Jesús ya le había hecho a Pedro y Andrés en Mc 1,17: “venid detrás de mí” (deu/te ovpi,sw mou). Las palabras de Jesús “tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres” (fronei/j … avnqrw,pwn), quieren decir que Pedro piensa, siente y habla como hombre, no según Dios.
La novedad cristológica de esta segunda parte del evangelio es que Jesús se presenta como un Mesías sufriente, es decir que llevará a cabo su misión a través de la humillación, del sufrimiento y de la muerte. Esto explica el triple anuncio de su pasión a los discípulos, que ellos no entienden. La pasión indica un fracaso real aunque no definitivo: es el rechazo que sufre Jesús por parte de su propio pueblo Israel.
A esta nueva revelación de la identidad de Cristo le sigue en 8,34-38 una segunda llamada de Jesús al seguimiento que aporta novedades esenciales. En primer lugar incluye a los discípulos y a la multitud, por tanto es abierta a todos los que quieran seguirlo.
En segundo término es una llamada a la renuncia a sí mismos como expresión de la aceptación del camino de la cruz. La expresión “renunciar a sí mismo” (avparnhsa,sqw e`auto,n) tiene en el griego el sentido de «no reconocer», «considerar como extranjero», «no tener nada que ver con alguien», «desaprobar». Así lo utiliza Marcos para referirse a las “negaciones” de Pedro (cf. Mc 14,30.31.72). Por tanto indica un olvidarse de sí mismo, no mirar por sí mismo ni por sus propios intereses a la hora de decidir, sino por los de Jesús como exclusivos.
Notemos también que con respecto a la cruz se utiliza el verbo ai;rw que significa “levantar”. Es decir, no se trata de buscar sino de levantar y llevar la “propia” cruz, la que cada uno ya tiene y está allí presente.

Vale decir que en un primer momento lo propio del discípulo es estar con Jesús y predicar a Jesús. A esto hay que sumarle ahora el dejarse a sí mismo y estar dispuesto a sufrir y morir por Jesús. También queda más en claro en este segundo llamado la opción libre del discípulo pues Jesús no les dirige en primer término el imperativo “sígueme”, sino una oración en condicional: “Si alguno quiere seguir detrás de mí…” (8,34) que termina, ahora sí, con el “sígame”. Este cambio de orden sugiere también que la renuncia está en función del seguimiento, es condición para el mismo. Además, la invitación a la renuncia/seguimiento está motivada por las consecuencias de la opción que se tome: salvación o perdición. Se trata, por tanto, de una decisión vital.

ALGUNAS REFLEXIONES:

La actualización de este evangelio tiene dos cauces: uno personal y otro pastoral.
A nivel personal partimos de que la vida es un camino, y hoy parece que la regla más difundida para recorrerlo es “todo, ya y fácil”. La propuesta no deja de ser atractiva y tentadora; pero no resiste un análisis honesto y basado en la experiencia. ¿Es este el camino verdadero para construir un vínculo afectivo estable y fecundo? ¿Se puede alcanzar algún logro importante a nivel personal, profesional o deportivo, sin dedicación y sacrificio? Y esto mismo vale para la vida cristiana, que es un camino hacia realización personal sobrenatural y tiene como fin o meta la vida eterna.
La meditación de este evangelio nos invita a hacernos dos preguntas muy importantes. La primera: ¿quién es Jesús para mí? A esta pregunta tenemos que responder más con el corazón y la experiencia que con la cabeza y la teología. Y la segunda: ¿Hasta dónde estoy dispuesto a seguirlo? Es decir, ¿estoy dispuesto a renunciar a mí mismo y cargar mi cruz para seguirlo? La respuestas a estas dos preguntas van juntas. Si confieso que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre que me amó y se entregó por mí para salvarme, entonces confiaré en él y lo seguiré por dónde quiera que vaya, aunque sea por el camino de la cruz.
Reconozcamos que es inevitable sentir cierta “incomodidad” ante el anuncio de la pasión por parte de Jesús y de las exigencias para poder seguir siendo su discípulo. Más aún, es necesario no evadirse ante este sentimiento ni cargarse de culpa pues el misterio de la cruz es una realidad difícil de asimilar, de “digerir”.
El camino de Jesús es también el camino de la Iglesia, de los discípulos. Por eso Jesús presenta el camino de la cruz como paso obligado para “el que quiera seguirlo”. Es un momento clave, de seria opción, por cuanto para seguir siendo discípulo hay que dejarse a sí mismo y a los propios proyectos de realización y salvación personal. Negarse a sí mismo y tomar la cruz implican estar dispuesto a perder la vida, pero para salvarla. La cruz aparece como la vida hecha donación, un perderse a sí mismo por amor a Jesús. Hay que estar atentos porque Jesús, como buen maestro, explota la técnica de los opuestos para presentar su pensamiento de una manera plástica. Por eso en primer lugar propone la solución errónea con “salvar la vida”; que significa el repliegue sobre nosotros mismos, la atención continua a nuestro propio mundo olvidando abrirnos a los demás. En contraste propone el “perder la vida” que significa entregársela a Cristo y a los hermanos[2]. De este modo el perder es en último término ganar. Así como el anuncio de la pasión terminaba haciendo referencia a la resurrección al tercer día; así también el camino de la cruz del discípulo termina con la promesa de la salvación.
En cuanto al trasfondo de la reacción de Pedro, el relato nos muestra cómo su seguimiento de Jesús está obstaculizado por la ceguera humana, por la falta de una visión de fe ante el misterio de la cruz. Esta reacción de los discípulos se repetirá de modo semejante ante los otros dos anuncios de la pasión (cf. 9,32ss; 10,35-41).
Nuestra identificación con Pedro es aquí clara y total, pues Pedro reacciona ante la cruz como “hombre”, tiene los sentimientos, los pensamientos y la valoración propia de todo hombre ante la cruz. Y se trata de un hombre de Iglesia, llamado a ser guía de sus hermanos, a quien Jesús le pide un salto cualitativo en su fe, en su adhesión a Él.
También a nosotros, como a Pedro, nos hace reaccionar mal ese “es necesario” (dei) mediante el cual se presenta la cruz como plan de Dios. La aceptación de este hecho supera los intentos de mera comprensión intelectual del mismo. Es un momento de prueba, como bien señala el Card. Martini[3]: “Cada uno de nosotros, tarde o temprano, debe vivir una prueba análoga, será la prueba sobre la Iglesia, sobre la comunidad, sobre el pueblo que se nos ha confiado, será la prueba sobre los acontecimientos tristes y dolorosos que afrontan las personas que amamos. Son situaciones de las que no podemos salir con el único instrumento de la evolución progresiva del conocimiento, hay que aceptar la ruptura, la superación, la revelación del misterio de Dios como totalmente distinto de nuestro modo de pensar: “¡Aléjate de mí, Satanás!, porque tu no piensas según Dios, sino según los hombres”. Hasta ese momento la vida de Pedro procedía bastante tranquila, su estar con Jesús no creaba ningún problema, pero ahora él experimenta la ruptura, comprende que su amor por el Maestro debe ser purificado: es la primera gran prueba de su camino y de su apego a Jesús”.

Y por esto la respuesta del Señor a Pedro es siempre actual para nosotros hoy. Como bien dice J. Ratzinger[4] “los cristianos tienen que ser instruidos a lo largo de los siglos, y también hoy, por el Señor, para que sean conscientes de que su camino a lo largo de todas las generaciones no es el camino de la gloria y el poder terrenales, sino el camino de la cruz. Sabemos y vemos que, también hoy, los cristianos – nosotros mismos – llevan aparte al Señor para decirle: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”» (Mt 16,22). Y como dudamos de que Dios lo quiera impedir, tratamos de evitarlo nosotros mismos con todas nuestras artes. Y así, el Señor tiene que decirnos siempre de nuevo también a nosotros: «¡Quítate de mi vista Satanás!» (Mc 8,33). En este sentido, toda la escena muestra una inquietante actualidad. Ya que en definitiva, seguimos pensando según «la carne y la sangre» y no según la revelación que podemos recibir en la fe”.

Al respecto decía el Papa Francisco: “los discípulos tenían miedo y no podían comprender la idea de ver a Jesús sufriendo en la Cruz. También nosotros tenemos la tentación de huir de las cruces propias y de las cruces de los demás, de alejarnos del que sufre. Por eso le pedimos a la Virgen Madre que nos enseñe a estar junto a la cruz del hermano que sufre. Que aprendamos a ver a Jesús en cada hombre postrado en el camino de la vida; en cada hermano que tiene hambre o sed, que está desnudo o en la cárcel o enfermo. Junto a la Madre, en la Cruz, podemos comprender quién es verdaderamente «el más importante», y qué significa estar junto al Señor y participar de su gloria” (Ángelus del 20 de setiembre de 2015).

El camino de la cruz tiene también una dimensión “pastoral”, muy poco tenida en cuenta, aunque en LG nº 8 leemos: “Como Cristo efectuó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está llamada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres”.

Gerardo Cardaropoli[5] nos señala como algo llamativo que si bien el tema de la cruz ha entrado en la teología cristiana en los últimos años (el autor habla de una “primavera de la cruz”) no ha llegado su influencia al ámbito pastoral. Y es necesario que esto suceda por cuanto tiene que existir un lazo inseparable entre la acción salvífica realizada por Cristo y la acción salvífica realizada por la Iglesia. Y esta vinculación tiene que darse no sólo a nivel de los contenidos sino también en el orden de los medios y del espíritu que anima la acción pastoral. Según esto “la Iglesia ha de adquirir cada más la convicción de no ser causa eficiente y fuente de salvación, sino solamente sacramento, o sea, signo e instrumento. La única cosa que puede hacer es la de conformarse con la causa que es Cristo, para que pueda proceder de una manera más adecuada. Cristo salva al mundo por medio de la Iglesia, con la condición de que esta se adecue a su misterio pascual, en el que la gloria de la resurrección no se alcanza sino a través del paso de la cruz. Aquí está la profunda renovación de la pastoral. La “teología de la cruz” ha de llegar a ser “metodología de la cruz” para toda la obra salvífica”.

Más adelante este mismo autor nos ofrece “pruebas históricas” de esto: “Es sintomático que la Iglesia vence y se dilata cuando es perseguida. Su marcha parece imparable, las estructuras y la cultura del imperio quedan superadas. La Iglesia libera, salva, transforma, se desarrolla únicamente mediante la fuerza de su sangre. La glorificación que se sigue es solamente una etapa provisional que provoca un nuevo anonadamiento. Los tres primeros siglos se configuran precisamente con estas características”[6].

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Hoy escucho tu pregunta…

Hoy escucho tu pregunta, Señor,
Como ayer… Como sé que lo harás mañana,
Una y otra vez.

Quizá mi memoria me traicione
Me cuente de mis dudas,
Reviven los temores…

Un camino trazaste para este servidor
El sendero de espinas,
La cruz, los sudores.

Motivo fui de esa ruta
La elegiste por amor a mí
No te importo cuan injusta.

Tú eres el Mesías,
La felicidad buscada,
La Solución verdadera, prometida…

El creador no supo de fatigas
Ni descanso antes del séptimo día
Puso en nosotros esa chispa que tú encenderías

¿Será posible guardar un secreto…
Que cambia la vida, un antes y un después
De tanta confusión y fatiga?

Nada queda después del encuentro cara a cara
Con la Verdad
Y la Presencia divina.

Explicar es reducir,
Es provocar la sonrisa de Dios,
¡Infinita definición!

¿Hombre alguno definió el Amor?
El dar y darse en la pasión
En el secreto profundo, en el interior.

Donde cara a cara nos encontrarnos tú y yo, Señor
Para glorificar al Padre, por herencia
Y primera vocación, Amén.

[1] Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta; Buenos Aires 2007) 341-342.
[2] Cf. G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio Divina para la vida diaria 7. El evangelio de Marcos (Verbo Divino; Estella 2008) 292.
[3] Las confesiones de Pedro (San Pablo; Bogotá 1995) 47
[4] Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta; Buenos Aires 2007) 349-350.
[5] “Pastoral del misterio de la cruz”, en B. Ahern y otros, Sabiduría de la Cruz (Narcea; Madrid 1981) 96.
[6] Ídem, 99-100.-

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