Lectio Divina

DOMINGO XXV DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Sab 2,12.17-20)

Este texto forma parte del célebre canto del justo perseguido (Sab 1,16-2,24) que enfrenta a malvados y justos exponiendo sus contrapuestas visiones de la vida. Puntualmente en 2,1-20 tenemos un largo discurso a cargo de los impíos donde expresan su concepción de la vida y su condena de los justos. El texto litúrgico comienza justamente con las declaraciones de los impíos quienes dan razón de sus asechanzas al inocente y justo: les molesta e incomoda su conducta fiel a Dios pues pone de manifiesto sus transgresiones. Por ello deciden probar al justo inflingiéndole toda clases de males, incluso la misma muerte. Lo grave es que no sólo prueban la virtud del justo sino que “tientan” al mismo Dios provocándolo para ver si interviene salvándolo. El justo es presentado como hijo de Dios por su comportamiento ético, por su fidelidad y su justicia; y si Dios es verdaderamente su padre, tendrá que auxiliarlo. Por eso, en el fondo, los impíos expresan su incredulidad práctica pues niegan que Dios obre a favor de los hombres. Como bien dice D. Barsotti[1], se trata de una página de impresionante actualidad y también es impresionante su presentación de la “lógica del mal”.

Evangelio (Mc 9,30-37):

            El evangelio de hoy contiene dos partes o subsecciones: 9,30-32 y 9,33-37. Si bien tienen cierta autonomía literaria, importa no descuidar la relación entre ambas.

La primera parte nos presenta otra vez a Jesús en camino, recorriendo la Galilea con sus discípulos. Y por el camino les hace el segundo anuncio de la pasión: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará” (9,31). Acto seguido, se describe la reacción de los discípulos: no entienden y tienen miedo de preguntar.

Según J. Gnilka[2] este miedo a hacerle preguntas “pretende caracterizar su temor al sufrimiento. A pesar de que parece moverles un temor sagrado (cf. 4,41), ellos preferirían no haber escuchado la palabra”. De manera semejante opina M. Navarro Puerto[3], biblista y psicóloga: “Si ellos temen preguntar a Jesús es porque posiblemente temen conocer más, quizás angustiarse más, de forma que la inhibición aparece como una defensa ante el dolor o el sufrimiento que conlleva una mayor y más clara información”.

Una nueva indicación geográfica, el arribo a la casa en Cafarnaún, da comienzo a la segunda parte de la narración. Ahora Jesús toma la iniciativa preguntándoles a sus discípulos sobre el tema de su conversación-discusión por el camino. La respuesta de los discípulos es un silencio culpable por cuanto habían estado discutiendo sobre quién era el mayor entre ellos.

Por lo que sigue parece que Jesús ya sabía el tema de discusión, pues aunque aquí no se explicite, el evangelista ya había notado la capacidad de Jesús de leer los pensamientos del corazón de los hombres (cf. Mc 2,8; 8,17). Por eso va derecho a la cuestión, y lo hace tomando la postura propia de un maestro: se sienta y llama a los Doce para que lo escuchen. Su enseñanza es: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”.

No es evidente en el texto si esta primacía que buscan los discípulos es una cuestión de poder o de honor. Posiblemente vayan de la mano. El adjetivo ordinal prōtós tiene el sentido de “primero” en un orden; y referido a personas en Mc 6,21 se aplica a los “principales” de Galilea como a las personas más importantes. Lo opuesto sería ser el último, como aparece en la repetida frase del evangelio: “Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros” (Mc 10,31).

En una escena semejante del mismo evangelio, cuando Santiago y Juan piden a Jesús los puestos de honor (sentarse a la derecha y a la izquierda en su gloria, 10,37), éste responde poniendo en paralelo el deseo de ser grande (mégas) con el deseo de ser el primero (prōtós); y contraponiéndoles las exigencias de hacerse servidor (diákonos) y esclavo (doulos) de todos: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,43-45). En este texto se nos clarifican dos cosas. En primer lugar que Jesús pide a los discípulos lo que el mismo vive: no ser servido sino servir. En segundo lugar entendemos que la pretensión de ser el primero implica el reclamo a ser servido, a recibir honores y atenciones; y que, por el contrario, la invitación a ser servidor que hace Jesús conlleva el dar la vida por los demás.

Al respecto nota M. Navarro Puerto[4]: “Jesús no comienza su lección diciendo demagógicamente que no hay que pretender el primer puesto. Por el contrario, parte de la legitimidad de tal aspiración. Dando esto por supuesto (quien quiera ser el primero…) su lección consiste en una inversión paradójica, desplazando la cuestión hacia el cómo: para ser el primero hay que llegar a ser el último. El último está considerado como una conquista, como efecto del deseo de ser el primero. Y acerca de qué, primero en qué y para qué, la lección de Jesús dice que consiste en ser el servidor de todos”.

En síntesis, podemos suponer que la discusión de los discípulos versaba sobre quién era el más importante entre ellos con el consiguiente privilegio de poder y honor sobre los demás que conlleva el ser atendido o servido. En su enseñanza Jesús asume, en cierto modo, la validez de este deseo tan profundamente humano de ser más (“si uno quiere”); pero lo orienta o canaliza hacia la entrega a los demás. Vale decir que es más importante, grande o primero, no el que recibe los honores o es servido por su condición; sino el que sirve, el que se entrega a los demás.

A continuación Jesús completa esta solemne declaración con un gesto: toma un niño, lo pone en el medio y lo abraza. Este gesto nos impresiona a nosotros hoy por su ternura. Pero importa notar, como nos informa J. Gnilka[5], que la valoración de los niños en aquella época era más bien neutra o negativa, por cuanto se los veía como inacabados, faltos de prudencia,  propensos al mal y necesitados de severa corrección por parte de Dios y de los hombres (cf. Is 3,4; Sap 12,24; 15,14; 2Re 2,23; Eclo 30,1-13). De modo semejante F. Lentzen-deis dice que: “en esa época, los «niños» no eran sujetos de derechos, no podían prescindir de la ayuda, protección y guía de los padres y mayores. Jesús tomó a este niño del margen de la comunidad familiar de la casa, de los «últimos» en rango e importancia según la costumbre de la época”[6]. Entonces, el sentido del gesto de Jesús es que abraza y se identifica con el que no vale ni cuenta ante los ojos de los demás porque no tiene poder.

Las palabras de Jesús que siguen confirman este sentido del signo: Jesús se identifica con los niños y, quien recibe a un niño “en su nombre”, lo recibe a Él mismo y al Padre que lo ha enviado. De este modo les grafica a los Doce que hay que abrazar, identificarse con lo pequeño, con lo que no vale y dedicarse al servicio de los menos considerados de la comunidad. Quien hace esto será el primero y el más grande.

            Es claro que Jesús tiene un concepto de la grandeza y de la primacía muy distinto al que tiene el mundo. Sobre el impacto de estos valores en la realidad del tiempo de Jesús dice B. Malina[7]: “La inversión que hace Jesús del orden de preferencia que se podía esperar socialmente supone un reto radical a las ideas que se cultivaban en su sociedad sobre los valores. Los niños eran los miembros más vulnerables de la sociedad”.

El resumen de J. Gnilka[8] sobre esta perícopa es clarísimo: “Hay que ocuparse de los despreciados. En vez de buscar egoístamente el provecho personal, el discípulo debe olvidarse de sí mismo y ayudar a los que carecen de privilegios, y no desde arriba, sino – como hizo Jesús – estrechando con amor al niño entre sus brazos”.

ALGUNAS REFLEXIONES:

Al igual que el domingo pasado, la actualización de este evangelio tiene dos cauces: uno personal y otro pastoral.

A nivel personal notamos en primer lugar la proclamación, por parte de Jesús, del misterio pascual como centro del evangelio. A lo largo del camino a Jerusalén, camino sin lugar a dudas discipular, Jesús por tres veces anuncia a los suyos con exclusividad el misterio de su muerte y su resurrección. Por tanto se llega a ser discípulo de Jesús en la medida que se escucha, se acepta por la fe y se la pone en práctica en propia vida.

El misterio pascual incluye, sin posibilidad de separación, la muerte y la resurrección. La muerte como camino, la resurrección como meta final del mismo.

Pero un problema recurrente para aceptar y vivir el evangelio está en que Jesús nos habla claro y sin vueltas sobre el camino de la cruz, y nuestra reacción espontánea es el miedo; miedo al sufrimiento y miedo a la muerte. Y esto no es fácil de manejar.

Y otro problema que solemos tener para seguir a Jesús es que su enseñanza se contrapone muchas veces a lo que nos dice el mundo; a los valores de nuestro ambiente. Por ejemplo: ¿quiénes son los más importantes a los ojos del mundo? ¿A quiénes presentan como “ganadores” en los medios de comunicación? La respuesta es evidente: a los ricos, a los poderosos, a los famosos. En cambio, Jesús nos dice que el primero y más importante es el que elige ser el último y el servidor de todos.

La enseñanza de Jesús de que para ser el primero hay que hacerse el último y el servidor de todos conlleva una clara inversión de los valores culturales comúnmente aceptados. Por tanto, es posible que esto haya profundizado la no comprensión de los discípulos. En efecto, en la raíz de esta incomprensión de los discípulos está en el choque entre la novedad del Reino que busca instaurar Jesús y los intereses meramente humanos. Mientras ellos buscan la gloria, Jesús les piden que sean los últimos; mientras ellos entienden el poder en términos de dominio, Jesús lo entiende como servicio; mientras ellos buscan su propia seguridad y bienestar, Jesús les habla de perderse a sí mismos, de renunciar a la búsqueda individualista del propio interés.

Al respecto decía el Papa Francisco comentando este evangelio de hoy: “El verdadero poder es el servicio. La lucha por el poder en la Iglesia no es cuestión de estos días. Comenzó allá, precisamente con Jesús: mientras el Señor hablaba de la Pasión, los discípulos pensaban en discutir sobre quién de ellos era el más importante. Pero en la óptica del Evangelio la lucha por el poder en la Iglesia no debe existir. O, si queremos, que exista la lucha por el verdadero poder, es decir, el que Él, con su ejemplo, nos enseñó: el poder del servicio. Como hizo Él, que vino no para ser servido, sino para servir. Y su servicio fue precisamente un servicio de cruz: Él se abajó, hasta la muerte, con muerte de cruz, por nosotros; para servirnos, para salvarnos” (Homilía del 21 de mayo de 2013).

Al descubrir que este brote maligno apareció en el corazón de sus discípulos, Jesús interviene enseguida porque sabe muy bien que el anhelo de poder sobre los demás engendra divisiones sin fin. Como señala Francisco en EG 98: “Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras! En el barrio, en el puesto de trabajo, ¡cuántas guerras por envidias y celos, también entre cristianos! La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica. Además, algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de «internas». Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversidad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especial”.

Ante esta realidad de la búsqueda del poder y de los puestos de honor, que es nuestra propia realidad, la pedagogía de Jesús es rescatar el deseo natural de ser más, no para consentirlo lisa y llanamente, sino para conducirlo hacia los valores del Reino que Él mismo encarna en su propia vida.

Al respecto señala con sabiduría Mons. Uriarte[9]: “En el corazón humano anida un sano y noble deseo de realizarse personalmente. No debemos escandalizarnos de nuestras aspiraciones, solamente hemos de pasarlas por el tamiz del Evangelio. Este deseo de realizarse personalmente es un noble deseo antropológico. Sólo una mala ascesis que se cimienta en un menosprecio de lo humano y no tiene nada que ver con el Evangelio de Jesús, puede anatematizar este deseo sano del corazón humano de realizarse plenamente. Pero este deseo está, con frecuencia, desorbitado. Bien por el ansia excesiva de brillar, bien por la tentación de competir, bien por la ambición de poder, bien por la pasión de dominar, bien por la furia de gozar. Todas estas pasiones pueden desorbitar el deseo de la propia realización”.

            A nivel pastoral la actualización de este evangelio, en particular de la última parte del mismo, sería una clara reafirmación de la opción preferencial por los pobres, contraria también al “pensamiento según los hombres”, por lo cual implica, por su parte, una conversión pastoral. Jesús abraza y se identifica con un niño, con lo que no cuenta ni vale. Por tanto, hay en los pequeños una particular presencia de Jesús a quien se nos pide servir en ellos, en su nombre. Ya Benedicto XVI, en Dios es Amor nº 15 expresaba: “Jesús se identifica con los pobres… en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios”. En cierto modo, la escena de Jesús abrazando un niño presenta una estrecha semejanza con la del juicio final en la que Jesús se identifica con los que padecen necesidad (cf. Mt 25,31-46).

                En su vuelo hacia el Reino Unido le preguntaron los periodistas a Benedicto XVI: “¿Se puede hacer algo para que la Iglesia, como institución, sea más creíble y atractiva para todos?”. A lo que el Papa respondió: “Diría que una Iglesia que busca sobre todo ser atractiva estaría ya en un camino equivocado, porque la Iglesia no trabaja para sí misma, no trabaja para aumentar sus cifras y así su propio poder. La Iglesia está al servicio de otro: sirve no para ella misma, para ser un cuerpo fuerte, sino que sirve para hacer accesible el anuncio de Jesucristo, las grandes verdades y las grandes fuerzas de amor, amor de reconciliación que se ha presentado en esta figura y que viene siempre de la presencia de Jesucristo. En este sentido la Iglesia no busca su propio atractivo, sino que debe ser transparente para Jesucristo y, en la medida en que no exista para sí misma, como cuerpo fuerte, poderoso en el mundo, que quiere tener poder, sino que sea sencillamente voz de otro, se hace realmente transparente para la gran figura de Cristo y las grandes verdades que ha traído a la humanidad. La fuerza del amor, en ese momento, se escucha, se acepta. La Iglesia no debería considerarse a sí misma, sino ayudar a considerar al otro y ella misma ver y hablar del otro y por el otro”.

            En fin, pidamos al Señor que nos aumente la fe. Porque la fe como confianza total en Jesús es la fuerza que nos permite superar el miedo a la muerte, raíz de todos los miedos. Y la fe es también la que vence a los valores del mundo, como leemos en 1Jn 5,3-4: “El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe”.

            Y pidamos también que el Espíritu Santo conceda a toda su Iglesia una auténtica conversión pastoral.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

El Reino del Padre

Señor Jesús, Dios mío,
¿Podré atravesar esta oscuridad sin ti?
En el horizonte tan cercano, veo la cruz
En medio del camino.
No es posible un atajo, ni buscar otra salida.

Rebelde el orgullo discute naderías:
Quién llegará primero, cuál será el puesto de honor
El centro de atención, la fama, las luces vanas.
Pero si estás a mi lado, aún en tu silencio…

No nos reproches, Señor,
Nuestras pretensiones
Cuando te pedimos un lugar,
O reclamamos más tiempo.
Nuestra gloria es la Gloria tuya

Nuestra oración tu plegaria, nada es nuestro.
No somos más que frustrados intentos
De alcanzar bienestar…
Consuelos pasajeros.

Tú, Rey de reyes
Maestro por derecho y obra, testimonio verdadero.
Misericordia que nos acoge con paciencia.
Enséñanos a callar cuando preguntas,
A observarte abrazar a los pequeños.
Aprender tus lecciones es la urgencia del momento,
Cátedra de la Sabiduría y de la Gracia
Derramada ante nosotros sin medida
Del Padre, que nos da el Reino. Amén.

[1] Meditazione sul libro della sapienza (Queriniana; Brescia 1985) 40.

[2] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 62.

[3] Marcos (Verbo Divino; Estella 2006) 336.

[4] Marcos (Verbo Divino; Estella 2006) 339.

[5] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 65.

[6] Cf. Fritzleo Lentzen-Deis, Comentario al evangelio de Marcos (Verbo Divino; Estella 1998) 292.

[7] Cf. Los evangelios y la cultura mediterránea del siglo I. Comentario desde las Ciencias Sociales (Verbo Divino; Estella 1996) 184.

[8] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 66.

[9] El presbítero, Signo Sacramental de Cristo Buen Pastor (Buenos Aires 2002) 22.

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