Lectio Divina

DOMINGO XXVI DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Nm 11,16.17ª.24-29)

            La lectura litúrgica comienza con las palabras del Señor a Moisés; pero importa aclarar que las mismas son la respuesta a una queja previa de Moisés al Señor quien se ve desbordado en la guía del pueblo por el desierto (“Yo solo no puedo soportar el peso de todo este pueblo: mis fuerzas no dan para tanto. Si me vas a seguir tratando de ese modo, mátame de una vez. Así me veré libre de mis males” (Nm 11,14-15).

            La respuesta del Señor es una propuesta: que comunicará parte del espíritu (ruah) de Moisés a 70 ancianos y entonces estos estarán en condiciones de ayudar a Moisés en su pesada tarea de conducir al pueblo.

            El relato que sigue cuenta dos acontecimientos sorprendentes. En primer lugar cuando los ancianos reciben el espíritu (ruah) se ponen a profetizar (naba’), aunque sólo por esta única vez. Al parecer este relato es una defensa a favor de este profetizar en éxtasis que está bien atestiguado en Israel hasta Eliseo inclusive. Esta valoración positiva del “espíritu de profecía” contrasta con la valoración negativa de este mismo hecho en tiempos de Saúl (cf. 1Sam 10,10-12). Aquí aparece claro “que es el mismo espíritu de Moisés y, por lo tanto, está en perfecto acuerdo con la fe tradicional”[1].

            El segundo hecho sorprendente es que reciben el Espíritu dos hombres que no estaban alrededor de la Carpa como todos los demás; sino que se habían quedado en el campamento. Y también a estos dos el Espíritu (ruah) los hace profetizar (naba’). Ante este hecho hay un diálogo entre Josué – que quiere impedirles que profeticen – , y Moisés quien por el contrario desea que “todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu” (Nm 11,29). El mensaje de este segundo relato es que no se le puede poner límites a la acción del Espíritu que se da con abundancia y más allá de nuestros esquemas o expectativas; sino por el contrario, hay que reconocer, aceptar y acompañar su acción en los hombres.

Evangelio (Mc 9,38-43.45.47-48):

            El evangelio de hoy contiene dos partes o subsecciones: 9,38-41 y 42-48 cuya autonomía literaria es evidente.

El texto de la primera parte comienza algo sorpresivamente con una especie de “interrupción” del apóstol Juan quien habla a Jesús en nombre de los discípulos. No se ve claramente la relación de Mc 9,38-41 con lo anterior ni con lo que sigue, por ello J. Gnilka[2] piensa que se trata de “una unidad independiente que Marcos conservó tal como se encontraba y la incrustó en este lugar”.

Ahora bien, lo que Juan informa a Jesús es que han visto a “uno” – permanece anónimo -, expulsando demonios en su nombre y no es de sus seguidores; y por ello trataron de impedírselo. Se utiliza el verbo akolouzeō (akolouqe,w = seguir) que es propio de los discípulos; por tanto se lo excluye por no ser discípulo-seguidor de Jesús.

Si bien Jesús nunca invocó su nombre al realizar sus exorcismos y curaciones, en el libro de los Hechos encontramos que los apóstoles realizan estos prodigios invocando el nombre de Jesús (cf. He 3,6; 9,34; 16,18). Al parecer era la costumbre invocar un nombre poderoso al realizar estas acciones. Por lo visto Juan piensa que no corresponde que invoque el nombre de Jesús si no pertenece al grupo de sus seguidores.

La respuesta de Jesús es clara: “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9,39-40).

En esta respuesta vemos que Jesús hace una valoración positiva de este personaje anónimo por cuanto lo invoca reconociendo el poder que encierra su nombre y, por ello, es evidente que no irá en contra, que no hablará mal de él.

En la frase siguiente notamos que Jesús tiene un criterio todavía más abierto: el que no está en contra, está a favor. O sea que acepta diversos niveles o grados de adhesión a su persona valorándolos positivamente; mientras que considera como contrarios sólo a los que lo están abierta o explícitamente.

El dicho que sigue avanza en esta postura maximalista por cuanto promete recompensa incluso a quien realice el menor gesto – como dar un vaso de agua – a favor de sus discípulos por el hecho de ser de Cristo.

La opinión de J. Gnilka[3] es que este relato ofrece un nuevo ejemplo de la falta de comprensión de los discípulos, de su falta de sintonía con Jesús, y piensa que por eso Marcos lo insertó en este lugar. Así como después del anuncio de la pasión por parte de Jesús ellos discutían sobre quién era el más grande; ahora aspiran a “tener la exclusiva sobre Jesús”.

La segunda parte agrupa una serie de cuatro dichos vinculados por tema común: el escándalo. De hecho, aunque la traducción no lo refleje del todo, el verbo “escandalizar” (skandalízomai) aparece en 9,42.43.45.47.- (Notamos que los vv. 44 y 46 se pasan por alto por una cuestión de crítica textual por cuanto faltan en los mejores manuscritos y se juzga que algunos testigos tardíos, en particular la Vulgata, los añadieron copiando 9,48).

Recordemos que el sustantivo skándalon designaba originalmente el cierre de una trampa[4]. En la Biblia griega (LXX) adquiere un sentido figurado: ocasión de ruina o de pecado; obstáculo con el que se tropieza. En el NT la idea original de caer en una trampa se mantiene en Rom 11,9, que cita el Sal 69,23. Fuera de este lugar, en general mantiene el sentido figurado de la LXX: ocasión de pecado, incitación a la apostasía o incredulidad. Lo que escandaliza es algo contra lo que se choca y que provoca indignación o protesta. El verbo escandalizar (skandalízomai), en voz activa, significa provocar escándalo en el sentido de ser ocasión de pecado, de caída o tropiezo, como en el caso de nuestro texto.

Los cuatro dichos comienzan con oraciones en condicional (si alguien…si tu mano…) que se refieren a posibles situaciones de escándalo, seguidas de una acción que es preferible que suceda antes que el mismo escándalo o pecado. El primero tiene un contenido más propio mientras que los tres restantes están claramente en paralelo pues su contenido es casi idéntico.

El primer dicho se refiere a no escandalizar a los pequeños que creen. Notamos que aquí se trata de alguien que escandaliza, que provoca escándalo por cuanto pone en ocasión de pecado o de hacer perder la fe a los “pequeños que creen”. No es fácil determinar a quienes se refiere Marcos con esta expresión por cuanto es la única vez que la utiliza. En el texto paralelo de Mateo se habla por tres veces de estos pequeños (18,6.10.14) y da la impresión que se refiere a los recién convertidos, por tanto, pequeños en la fe, neófitos en la comunidad. Probablemente en Marcos se refiera también a los nuevos creyentes que todavía no han consolidado del todo su fe y, por ello, pueden perderla a causa del escándalo. Esta doble composición de la comunidad cristiana la encontramos en Corinto donde Pablo distingue entre los débiles – que son los recién convertidos y poco formados -; y los que tienen conocimiento o formación, los cuales con su libertad pueden escandalizar a los anteriores. (cf. 1Cor 8,7-13). Otros piensan, en cambio, que se refiere explícitamente a los niños, a los pequeños, pero es menos probable.

La segunda parte del dicho señala que es preferible ahogarse en el río antes que escandalizar a los pequeños que creen. La medida nos puede parecer exagerada, al igual que los dichos siguientes cuando dicen que es preferible cortarse los miembros que pueden ser ocasión de pecado. Pero aclaremos de entrada que se trata de un modo de expresión llamado por algunos hiperbólico, el cualmediante la exageración busca llamar la atención del oyente/lector para que tome conciencia de la gravedad del escándalo. Este modo de expresión o lenguaje hiperbólico lo encontramos con frecuencia en los evangelios. J. Dupont[5], teniendo en vista sus consecuencias para la ética, habla de “lenguaje simbólico” y sostiene que el mejor paralelo de este tipo de lenguaje lo encontramos en Jn 13,14 dónde Jesús manda a sus discípulos lavarse los pies unos a otros. El mandamiento es real pero se refiere a una actitud de humilde servicio que trasciende el gesto simbólico de lavar los pies.

En conclusión, justamente por tratarse una hipérbole o exageración, de un lenguaje simbólico, no puede tomarse a la letra.

Los tres dichos siguientes están en claro paralelo, como podemos ver:

Si tu mano es para ti ocasión de pecado córtala porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible
Y si tu pie es para ti ocasión de pecado córtalo porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies a la Gehena.
Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado arráncalo porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena,  donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Aquí el escándalo no viene de afuera, de un tercero, sino de la propia concupiscencia. Tenemos los miembros que pueden ser ocasión de pecado: mano, pie, ojo. Para la Biblia las manos simbolizan la obra del hombre; los pies su caminar, su andar y los ojos su deseo o proyecto. Si invertimos su orden tendríamos todo el proceso del pecado: primero el deseo o proyecto de pecar (ojo); luego la decisión de ir a pecar, de ponerse en camino hacia el pecado (pie); y finalmente el pecado como acción, como obra mala realizada (mano).

Ante la posibilidad real del pecado, Jesús manda una acción rápida y eficaz: cortar o arrancar. Sigue luego la motivación de esta acción drástica: es preferible perder uno de estos miembros que quedar fuera de la Vida o del Reino (son equivalentes) e ir a la condenación de la Gehena por mantenerlos. La Gehenna toma su nombre del valle de Ben Hinnon, al sur de Jerusalén, que con el tiempo se transformó en una especie de basural donde el fuego ardía siempre. De aquí que se haya tomado como imagen del lugar de la condenación eterna.

Por tanto, Jesús exhorta a evitar firmemente toda ocasión de pecado, con la motivación de la condenación escatológica (ser arrojado a la Gehena y quedar fuera del Reino/Vida).

ALGUNAS REFLEXIONES:

  1. U. von Balthasar[6] señala que la primera parte del evangelio habla de lo tolerable: que alguien que no pertenece a la comunidad de Cristo haga algo saludable en su nombre; y la segunda parte de lo intolerable: que alguien, desde dentro o desde fuera de la Iglesia, se convierta en seductor de personas espiritual o moralmente inseguras.

            En efecto, la primera parte del evangelio, y teniendo en cuenta su relación con la primera lectura, es una invitación a una amplitud de mente para no encerrar en nuestros esquemas la acción de Dios, pues “al Espíritu, que «sopla donde quiere», no se le pueden imponer barreras desde fuera. Su orden no siempre coincide con el orden eclesial, aunque sea el mismo Espíritu el que prescribe el orden eclesial y la Iglesia tenga que atenerse a él”[7]. Vale decir que el Espíritu Santo, si bien obra con certeza a través de la Iglesia, también puede ejercer su acción benéfica más allá de la misma, aunque de modo misterioso siempre orientado a ella. Podemos pensar aquí en la distinción agustiniana entre los que pertenecen al cuerpo de la Iglesia, pero no alma; y los que pertenecen al alma sin pertenecer al cuerpo. Vale aquí lo que les dijo Francisco a los consagrados en Cuba el 21/09/2015: “San Ambrosio tiene una frase que a mí me conmueve mucho: “Donde hay misericordia, está el espíritu de Jesús. Donde hay rigidez, están solamente sus ministros”.

            Al respecto dice E. Bianchi que: “quien pretenda monopolizar la presencia del Señor lo reduce a un ídolo y lo convierte en motivo de escándalo, en tropiezo y obstáculo en el camino del hombre hacia Dios. Un escándalo que es tal, ante todo, dentro de la comunidad cristiana”[8].

Es decir, toda obra buena está inspirada por Dios; aunque la realice alguien que no pertenezca a nuestro grupo y no somos quienes para impedírselo.

            En la segunda parte tenemos que distinguir entre el primer dicho y los tres restantes. En efecto, el primer dicho es un llamado de atención sobre el peligro de escandalizar a los pequeños/débiles en la fe con conductas no coherentes. Se trata, en este caso, de un tipo de escándalo de raíz moral, evitable y condenable. En positivo, Francisco nos pide “cuidar la fragilidad”: “Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt 25,40). Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra. Pero en el vigente modelo «exitista» y «privatista» no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida” (EG 209).

En cuanto a los otros tres dichos, los podemos ver en relación con el anuncio de la cruz del domingo pasado, de lo que sería una aplicación concreta a la vida del creyente. En efecto, son ante todo una invitación a la renuncia firme a todo lo que pueda ser ocasión de pecado, de ofensa a Dios. Esto nos da pie para insistir en la necesidad de recuperar la dimensión de lucha propia de la vida cristiana con la consiguiente necesidad de practicar una auténtica ascesis. Nos lo ha recordado el Papa Francisco en GE 158: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio”.

El tema de la ascesis o mortificación ha sufrido un verdadero desgaste en los últimos tiempos y no es fácil encontrar una presentación equilibrada del mismo. Sin embargo existe un excelente librito del P. Amedeo Cencini[9] que trata con su gran competencia este tema y allí dice, entre muchas otras cosas valiosas que “al interior de la espiritualidad cristiana, en primer lugar, la ascesis y la disciplina representan la respuesta de la criatura al don del Creador. Dicho de manera extremadamente sintética y simple, si la mística es la contemplación agradecida de lo que Dios es y hace en nosotros, la ascética es la tentativa, discreta y en cierto modo voluntariosa, de acoger su acción y responder a ella, con una respuesta que es, antes que nada, acción de gracias, adoración, asombro por lo que Dios sigue haciendo, y sólo en un segundo momento es acción y demostración de buena voluntad. Esta conexión es una especie de principio general que establece el sentido de la relación misma con Dios. Más aún, en todo caso, mística y ascética – es importante subrayarlo – son componentes de la relación con Dios, son y significan relación”…”Partimos de un dato que debería ser obvio: la disciplina no tiene valor en sí misma, sino por aquello a lo cual lleva. Es un medio, no un fin; es un valor instrumental, no terminal”.

            Vale decir que la ascesis y disciplina no son una negación de la libertad sino que están en función de la misma. La finalidad es, entonces, “libre, en el corazón, en la mente, en la voluntad, de desear lo que es intrínsecamente verdadero, bello y bueno, y de reconocer en ello lo que da verdad, belleza y bondad a su propia identidad (y vocación) y aumenta aún más la intensidad del propio deseo. ¿A qué sirven la ascesis y la disciplina dentro de semejante lógica? La disciplina sirve exactamente para detener la secuencia repetitiva del viejo y no libre desear que empobrece el corazón, la mente y la voluntad, y para hacer nacer y desarrollar deseos nuevos y una nueva manera de desear, ligada a la propia identidad. Fundamentalmente, entonces, una doble función: una más negativo-represiva; y otra más positiva y “propositiva”. Una, en función de la libertad “respecto de”; y la otra, en función de la libertad “para”. La primera es más bien clásica y tradicional, mientras que la segunda está aún a la espera de ser mejor definida, especialmente en la vertiente metodológica. La primera concierne al yo actual por educar; la segunda, al yo ideal que debe ser formado. De ello resulta una imagen específica y original de la disciplina: ascesis y disciplina como educadoras-formadoras del deseo y constructoras de la libertad”[10].

Por nuestra parte, no olvidemos la motivación que da Jesús para tan drástica renuncia: entrar en la Vida, entrar en el Reino. En función de esto se nos exige la renuncia, la ascesis; el ser intolerantes con todo lo que nos puede apartar del camino del Señor.

En conclusión, Jesús nos invita ser tolerantes, abiertos con relación a los distintos carismas que el Espíritu Santo suscita en la Iglesia. No pretendamos ser los únicos y los exclusivos; ni tampoco los mejores. No hagamos de nuestros grupos cristianos sectas que se cierran en sí mismas y se aíslan del cuerpo de la Iglesia y del pueblo de Dios. Pero también nos invita a no ser tolerantes con la tentación y el pecado pues no se puede jugar con ellos porque, ciertamente, es mucho lo que está en juego.

 

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

No es de los nuestros

Maestro mío, extiendo mi mano

Te necesito. También a mis hermanos

La soledad no es buena para el hombre

Dijiste al principio, y nos ibas creando…

Doloroso es apartarse

Aceptar sin protestar los rechazos

-No es de los nuestros-

Vos también lo escuchaste.

Nos hiciste compañeros de camino

Junto a nosotros resucitado

Sanando todo a tu paso

Vas construyendo, edificando.

Verbo de Dios, que eres Dios

Recrea mis ojos, mis piernas, mis manos

Como en el vientre materno

Alfarero del hombre inacabado.

Hazte en mí, pero pronto

El tiempo se me va pasando

Este instante es solo tuyo

No tengo más, solo el alma.

Pequeño Nino tú fuiste

Y hoy a servirte me llamas

Recíbeme así, como soy

Renuévame en tu corazón.

Siempre allí hay un lugar

Me haces tanta falta.

Hogar sagrado y conocido refugio

Divina familia Trinitaria. Amén.

[1] L. Monloubou, Leer y predicar el evangelio de Marcos (Sal Terrae; Santander 1981) 126.
[2] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 68.
[3] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 71.
[4] Cf. J. Guhrt, “Escándalo” en Coenen-Beyreuther-Bietenhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento vol. II (Sígueme; Salamanca 1990) 97-99.
[5] “Le Langage Symbolique des Directives Ethiques de Jésus” en Etudes sur les Evangiles Synoptiques I (Leuven 1985) 772-773.
[6] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 195.
[7] H. U. von Balthasar, Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 195.
[8] Escuchad al Hijo amado, en él se cumple la Escritura, Sígueme, Salamanca 2011, 165.
[9] Nos referimos a El arte del discípulo. Ascesis y disciplina, itinerario de belleza (Paulinas; Lima 2002).
[10] A. Cencini, El arte del discípulo, 27.
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