Lectio Divina

DOMINGO XXIX DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera Lectura (Is 53,10-11):

En los capítulos 40 a 55 del libro del profeta Isaías (conocido como Deutero Isaías) se han identificado cuatro cánticos que tienen como protagonista a un misterioso personaje al que se lo llama en hebreo ‘ebed, esto es, servidor o siervo. De aquí el nombre de “cánticos del Siervo de Yavé” con el que se los denomina. En los mismos parece que Yavé quita el peso del pecado del pueblo y lo descarga con todas sus consecuencias sobre las espaldas del siervo (Is 53,4-6), el verdadero discípulo (Is 50,4-7), quien lo acepta y se ofrece intercediendo en favor del mismo pueblo (Is 53,10-12). Su declarada inocencia (Is 53,9b) hace trascender los límites de la estricta justicia para entrar en el misterioso campo de la redención como obra de solidaridad o de sustitución vicaria.
El texto que leemos hoy es el epílogo del cuarto cántico del Siervo, el cual es el poema por excelencia del siervo paciente y glorificado pues canta el sentido soteriológico de su martirio y su exaltación. Justamente en estos últimos versículos se proclama la exaltación del siervo. El horizonte se amplía en el tiempo y en el espacio hasta la universalidad de su victoria. El triunfo del siervo es la realización del plan del Señor en la historia.

Evangelio (Mc 10,35-45):

En el evangelio de hoy podemos distinguir dos partes o subsecciones: a) 10,35-40 que contiene el diálogo de Jesús con Santiago y Juan; y b) 10,41-45 que trae la enseñanza de Jesús a sus doce discípulos. Ambas escenas están claramente relacionadas entre sí y con el tercer anuncio de la pasión que las precede (cf. 10,32-34).
Como en las dos ocasiones anteriores, también después del tercer anuncio de la pasión por parte de Jesús, donde les habla muy claramente de las humillaciones y del maltrato que va a padecer, sigue inmediatamente un “desubique” por parte de los discípulos. En este caso se trata de dos de ellos, hermanos entre sí, hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, quienes se acercan a Jesús para hacerle una petición personal. Su aproximación al tema es de lo más diplomática, por eso de entrada no expresan directamente su intención. Jesús, con su respuesta, demuestra que, no obstante el tema, está dispuesto a escuchar y atender la petición de estos hermanos. Por ello estos se animan a peticionar: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”.
Lo que ambicionan Santiago y Juan son los puestos de honor y poder al lado de Jesús. Se ve que imaginan un destino de gloria para Jesús, aunque Él acaba de anunciarles el camino de la humillación y del desprecio. Lo cierto es que estos discípulos comparten la expectativa gloriosa sobre el mesianismo que circulaba en el ambiente. En efecto, se aguardaba una irrupción, una brusca manifestación al mundo de un descendiente de David, que vendría a juzgar al mundo y castigar a quienes pisotearon a Israel; para luego instaurar un reino glorioso.
La respuesta de Jesús a este ambicioso pedido hoy nos sonaría así: “no tienen idea de lo que están pidiendo”. Al parecer, la ambición de tener parte en la gloria de Jesús los ha cegado acerca del camino que lleva hasta allí y que no es otro que la pasión. Esto es lo que Jesús les dice al hablar de beber el cáliz y recibir el bautismo que él beberá y recibirá.
En el Antiguo Testamento la copa que Dios ofrece a alguien para que la beba es una imagen del destino o suerte, bueno o malo, que les tocará. En particular se habla de la copa drogada que se daba al condenado a muerte antes de su ejecución y, por ello, el cáliz o copa pasó a ser figura de la ira divina contra las naciones paganas; contra el mismo pueblo de Israel que fue infiel; o contra los malvados de la tierra (cf. Jer 25,15-16; Is 51,17; Sal 75,9).
El tema de la copa o cáliz reaparece en Marcos en la escena de Getsemaní donde claramente simboliza la próxima pasión y muerte de Jesús presentada como voluntad del Padre para la salvación de los hombres (cf. Mc 14,36). Como sabemos, Jesús acepta padecer la pasión, beber la copa que le ofrece el Padre y, en la última cena, la copa con el vino pasará a ser el signo sacramental de su vida entregada por muchos (cf. Mc 14,23-25).
El verbo baptízomai, bautizarse o sumergirse, significa en la LXX mojarse o bañarse (cf. 2 Re 5,14; Jdt 12,7; Sir 34,25). En Marcos debe entenderse metafóricamente con un sentido semejante al de la copa por cuanto haría referencia al verse sumergido, cubierto o sobrepasado por las desgracias como quien está en medio de las aguas profundas. En efecto, según nos informa J. Gnilka[1]: “la metáfora ha sido construida sobre aquellas expresiones veterotestamentarias que comparaban los padecimientos, la persecución y el infortunio con una corriente de agua en la que el hombre está a punto de caer (cf. 2Sam 22,5; Sal 42,8; 69,2; Is 43,2)”.

Volviendo al evangelio de hoy podemos concluir que, tanto la copa que Jesús y sus discípulos deben beber como el bautismo con el que ellos deben ser bautizados, son una clara referencia a la pasión. Por tanto, la respuesta de Jesús es una invitación a compartir su destino y seguir un camino cuya dirección va en sentido totalmente contrario a las ambiciones o aspiraciones de Santiago y Juan. Ellos pidieron los puestos de honor, Jesús les ofrece el camino de la cruz, de la humillación, que es su propio camino tal como se los anunció.
Y ellos aceptan: “Podemos”. Posiblemente, y tal como lo demuestra su conducta durante la pasión de Jesús, aquí tampoco tienen mucha idea de lo que aceptan.
Jesús cierra el diálogo de modo bastante paradójico, al menos para los dos discípulos. En efecto, Jesús termina asegurándoles que tendrán parte en su pasión, que tendrán que beber el cáliz y ser bautizados como Él, pero les niega el derecho a los puestos de honor por cuanto están reservados para aquellos que Dios disponga.

La segunda parte (10,41-45) comienza con la descripción de la reacción de los otros diez apóstoles ante la “adelantada” de Santiago y Juan: se llenaron de indignación, de bronca. Por lo visto, la ambición de los puestos de privilegio por parte de los dos hermanos generó malestar y división entre los discípulos. Ante este incipiente conflicto dentro del grupo Jesús sale al cruce con una enseñanza sobre el sentido del poder y de la autoridad en la Iglesia.
En primer lugar, la enseñanza de Jesús comienza describiendo cómo se ejerce la autoridad en el mundo, entre los poderosos y los que gobiernan: imponiendo su voluntad, abusando del poder. La primera acción, la de los gobernantes, se describe con el verbo katakurieuô que significa dominar completamente, de aquí la traducción de la Biblia de Jerusalén “dominan como señores absolutos”. Vale decir que gobiernan de modo autónomo como si fueran ellos la última instancia de poder, como si el poder se fundamentara en ellos mismos, y no en Dios. La acción de los “grandes” se describe con el verbo katexousiazô que significa “ejercer poder sobre” y que no se utiliza ni en la LXX ni en la literatura griega secular, por lo que es difícil especificar si tiene un matiz negativo tal como reflejan las traducciones. El mismo se deduciría de la comparación con el verbo anterior.
Lo claro es que el ejercicio del poder y de la autoridad en la comunidad cristiana no puede ni inspirarse ni parecerse al que rige en el “mundo”. Al contrario, en su propuesta Jesús pone en paralelo el deseo de ser grande (mégas) con el deseo de ser el primero (prōtós); a los que contrapone las exigencias de hacerse servidor (diákonos) y esclavo (doulos) de todos: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,43-45).
Esta última afirmación que Jesús hace sobre la orientación fundamental de su vida hay que entenderla a la luz del cuarto cántico del siervo de Is 53 que leemos hoy como primera lectura. Allí vemos que la aceptación de los sufrimientos y la entrega de la vida se realizan como sustitución vicaria por los pecados del pueblo, como rescate del mismo.
La segunda parte del evangelio de hoy nos clarifica dos cosas. En primer lugar, que Jesús pide a los discípulos lo que él mismo vive: no ser servido sino servir. En segundo lugar, entendemos que la pretensión de ser primero implica el reclamo a ser servido, a recibir honores y atenciones; y que, por el contrario, la invitación a ser servidor que hace Jesús conlleva el dar la vida por los demás, el estar más preocupado por el bien de los demás que por el propio.

ALGUNAS REFLEXIONES:

En los últimos domingos hemos visto cómo la novedad del evangelio puede trasformar el sentido del matrimonio y de la posesión de los bienes. En este domingo ocurre lo mismo con el tema del poder y de la autoridad. Son enseñanzas de Jesús que hacen a la vida cotidiana de los discípulos y forman parte de la esencia del ser cristiano y del ser iglesia. El hecho que la enseñanza sobre el poder se repita, con leves variantes, por dos veces (Mc 9,35-37 y Mc 10,35-45), indica que estamos ante una cuestión difícil de asumir, de transformar y de vivir.
Puede sernos de ayuda afrontar el tema del poder desde sus orígenes en el nivel humano para luego iluminarlo con la luz de la revelación cristiana, tal como hace con su acostumbrada claridad R. Guardini en su libro “El Poder”[2].
En primer lugar este autor trata de precisa que “por sí mismo el poder no es ni bueno ni malo; sólo adquiere sentido por la decisión de quien lo usa. Más aun, por si mismo no es ni constructivo ni destructor, sino sólo una posibilidad para cualquier cosa, pues es regido esencialmente por la libertad […] El poder significa, en consecuencia, tanto la posibilidad de realizar cosas buenas y positivas como el peligro de producir efectos malos y destructores. Este peligro crece al aumentar el poder”[3].
La revelación cristiana, por su parte, nos enseña que el origen del poder está en Dios, el único Todopoderoso, quien comunica esta capacidad al hombre ya desde el momento mismo de la creación (cf. Gn 1,26-28). Según este texto, Dios le dio al hombre poder sobre la naturaleza y sobre su propia vida. Incluso más, “la semejanza natural del hombre con Dios consiste en este don del poder, en la capacidad de usarlo y en el dominio que brota de aquí”[4]. Pero al tratarse de un ejercicio del poder que depende de Dios como su origen y fuente permanente, el poder deviene obediencia y servicio.
Ahora bien, el relato de Gn 2-3 nos advierte que no se trata de un poder absoluto, autónomo, pues corresponde a Dios establecer el bien y el mal de modo que el hombre tiene marcado el camino para el buen uso del poder. Según este relato la tentación originaria y el pecado original consistieron en la autoafirmación del hombre en sí mismo, en la absolutización de su propia voluntad contra la voluntad del Creador. En otras palabras, el hombre quiso tener el “poder absoluto”, esto es, sin relación a la verdad y al orden moral objetivo.
Esta es la condición del hombre, herido por el pecado, que ejerce su poder en el mundo del modo en que Jesús mismo describe en el evangelio de hoy: como sometimiento, como opresión, como dominio. Esta es la condición de los apóstoles y nuestra misma condición o situación ante el poder. Lo deseamos porque es esencial a nuestra naturaleza el querer ser más para poder ser más. En este sentido Jesús nos invita, como hizo a sus discípulos en el evangelio de hoy, a aceptar nuestro deseo de querer ser grande, de querer ser los primeros. Pero enseguida nos advierte del inminente peligro de caer, como nuestros primeros padres, en las redes de la soberbia que nos hace desear el poder absoluto, sin ningún límite y desvinculado de Dios, el cual termina, antes o después, en tiranía sobre los demás. Por eso nos enseña que el antídoto contra la soberbia del poder que es la humildad que se expresa en el servicio.
Al respecto decía san Agustín comentando la escena del evangelio de hoy: “Es una gran cosa lo que desean, y no se les reprocha por el deseo, sino que les llama al orden. En ellos ve el Señor el deseo de las cosas grandes y aprovecha la ocasión para enseñar el camino de la humildad. Los hombres no quieren beber el cáliz de la pasión, el cáliz de la humillación. ¿Desean cosas sublimes? Que amen las humildes. Para ascender a lo alto es preciso, en efecto, partir de lo bajo. Nadie puede construir un edificio elevado si antes no ha puesto abajo los cimientos” (Sermón 20A, 5-8).
Por tanto, a la tentación del poder como búsqueda de privilegios y de dominio o posesión sobre los demás; Jesús presenta su opción de vida como una renuncia a este modo de poder, no buscando ser servido sino servir; no buscando dominar o poseer a los demás, sino que entrega su vida por ellos; no buscándose a sí mismos, sino el bien de los demás.
Al respecto, el Papa Francisco en su homilía del 18 de octubre de 2015 dijo: “Frente a los que luchan por alcanzar el poder y el éxito, para hacerse ver, frente a los que quieren ser reconocidos por sus propios méritos y trabajos, los discípulos están llamados a hacer lo contrario. Por eso les advierte: «Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (vv. 42-43). Con estas palabras señala que en la comunidad cristiana el modelo de autoridad es el servicio. El que sirve a los demás y vive sin honores ejerce la verdadera autoridad en la Iglesia. Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán del poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Ni a tu derecha, ni a tu izquierda

Beberemos del Cáliz de tu Pasión, Señor
Y tendrá sabor a triunfo y también a dolor.
Mojaremos los labios con el vino de la Viña,
Los sarmientos se recogen al llegar la vendimia
Y el fruto vuelve a la tierra, al barro de estas vasijas.

Anima las horas de nuestros días
En el corazón de la angustia nace la alegría
Con un gozo sin razón, sin cálculo,
Es solo precio de Amor, donado por ti
En el madero de la muerte y la vida.

Bautismo de Dios, Infinito
Soledades de los hombres, todas tuyas reunidas.
Angustia divina, reclamo del Amigo al compañero:
– Servidores: eso deseo para Ustedes
Al Reino se llega por ese camino…

– ¡Los amo, los quiero a todos conmigo!
Ten compasión, Señor, de la necesidad nuestra
Vacío profundo; en llenarlo te empeñas.
Aumenta esta poca fe, renueva la búsqueda
De la seguridad primera.

Cerca de ti, a tus pies rendidos,
Ni a tu derecha ni a tu izquierda…
Abre nuestros ojos ciegos, como lo hiciste entonces
Haznos conocer el Amor del Padre
Colma con tu Espíritu nuestra pobreza. Amén.

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