Lectio Divina

DOMINGO XXX DURANTE EL AÑO – CICLO “B”

Primera lectura (Jer 31,7-9):

            En este capítulo 31 de Jeremías el Señor se dirige a los supervivientes de Israel con un mensaje de esperanza: habrá un nuevo éxodo y una peregrinación a Sión, inaugurando una era de alegría y bienestar. En efecto, se piensa en la marcha por el desierto como en una peregrinación al santuario y se invita a aclamar y exultar por el resto de Israel que regresa a su patria del destierro. Se descubre el esquema del éxodo: en el exilio son reunidos, por el desierto conducidos y llevados a la patria. Será el tiempo de la consolación para Israel pues, a pesar del pecado, ruptura de la alianza, la paternidad de Dios es la que garantiza la esperanza de su perdón que rescatará y restaurará al pueblo arrepentido, a Efraín su primogénito.

Evangelio (Mc 10,46-52):

Importa considerar primero el contexto de este evangelio por cuanto con él concluye la sección del camino hacia Jerusalén (8,27-10,52) y hace inclusión con la curación del ciego de Betsaida (8,22-26) que está al comienzo de la misma. Al mismo tiempo sirve de transición con el episodio que sigue, el ingreso a Jerusalén (11,1-11), con quien tiene en común la expresión ‘hijo de David‘ para referirse a Jesús (10,47.48 // 11,10).

En esta sección del evangelio el tema dominante es el camino (o`do,j aparece en 8,27; 9,33.34; 10,17.32.46.52). Directamente vinculado con el tema del camino está el del ‘seguir a Jesús‘, (el verbo akolouzein referido a Jesús está presente en 8,34; 9,38; 10,21.28.32.52). Este seguimiento de Jesús estaba obstaculizado por la ceguera humana, por la falta de una visión de fe ante el misterio de la cruz. Esto lo vemos en la falta de comprensión de los discípulos manifestada en sus reacciones “desubicadas” ante el triple anuncio de la pasión por parte de Jesús (cf. 8,32ss; 9,32ss; 10,35-41).

             Ahora prosigamos con el análisis del texto:

v. 46: Jericó está situada a 28 Km. al noreste de Jerusalén y es la última etapa obligada en el camino hacia la ciudad santa. Según el evangelio Jesús estaba saliendo de Jericó cuando se encuentra con el ciego. La multitud lo sigue y tiene un rol activo en el relato (48-49). Es el mismo grupo que recibió las instrucciones sobre el seguimiento en 8,34. Todos caminan mientras el ciego está al borde del camino(cf. la semilla que cae allí en Mc 4,4.15). La ceguera lo margina tanto a nivel social – tiene que mendigar – como a nivel religioso por cuanto no puede entrar al templo al ser considerado un hombre impuro. Sabemos que detrás de esta valoración está la concepción común en el AT de que toda enfermedad tenía como raíz un pecado (Cf. Jn 9,2-3).

v. 47:Escuchó que era Jesús‘. Siempre el escuchar es el primer paso en la conversión a la fe (cf. 5,27). En este caso, dada la condición de ciego de Bartimeo, se pone más de relieve la preeminencia del escuchar sobre el ver para llegar a conocer a Jesús.

A la escucha sigue la palabra del ciego; y más que palabra es un grito de súplica. La expresión ‘Hijo de David, ten piedad de mí’, es al mismo tiempo un grito de angustiosa súplica como una confesión de fe. En efecto, el contexto del evangelio de Marcos nos prueba que el título “hijo de David” tiene una connotación mesiánica (cf. 11,10; 12,35) por lo cual podemos acercar esta expresión a la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo: “Tu eres el Mesías” (8,29). En cuanto al contenido de la súplica, podemos decir que encierra los matices de pedido de compasión, piedad o misericordia propios del verbo griego evlee,w. Pero este término hay que entenderlo en su trasfondo del AT donde suele traducir el término hebreo hésed que expresa la bondad y el amor fiel de Yavé por el pueblo de la Alianza. Según esto, “el grito de socorro «Señor ten compasión de mí» se convierte en una profesión de fe en el poder divino de Jesús”[1].

v. 48: La multitud quiere hacerlo callar y obstaculizan así su conversión. Pero el ciego grita más, indicando la firmeza de su decisión.

v. 49: Jesús lo manda llamar. Este llamado es algo común pues se utiliza el verbo fwne,w mientras que la llamada de los discípulos que se expresa con el verbo kale,w. Ahora la multitud colabora, hace de intermediaria. 

v. 50: Arroja su manto. Podría ser un signo de desprendimiento.

v. 51:¿Qué quieres que haga por ti?‘ (Igual que en 10,36). La fe debe expresarse. No hay curaciones sin diálogo, lo que nos revela quepara Jesús lo fundamental es el encuentro personal con él. 

v. 52:Tú fe te ha salvado‘: esta expresión ya apareció en 5,34 (curación de la hemorroisa). ¿Cuál fue el acto de fe del ciego? La confesión mesiánica Hijo de David (8,29; 12,35) y el esfuerzo por superar los obstáculos que le impedían acercarse a Jesús.

            En nuestro texto no hay ningún gesto de curación (cf. 8,23.25; Mt 20,33-34) sino sólo la referencia a la fe que salva. Esto indica que se trata de algo más que recobrar la vista física, se trata del acceso a Jesús y de una unión personal a Él por la fe. El final del relato confirma este sentido profundo: “Enseguida comenzó a ver y lo siguió por el camino“. El ciego se convirtió en seguidor de Jesús, es decir en discípulo (hay elementos comunes con 1,16-20); y el camino que inicia acompañando a Jesús es el de la pasión[2]. Esta es la preocupación de Marcos, y en esto se cristaliza la fe. Según esto podemos decir que el simbolismo espiritual, eclesial y sacramental está ya presente en el texto mismo.

ALGUNAS REFLEXIONES:

             Para meditar esta Palabra de Dios podemos partir de una certeza: todos amamos la luz y tememos la oscuridad. Y esto porque todos tenemos necesidad de la luz para poder andar en la vida. Todos queremos “ver”; pero este “ver” abarca no sólo la visión física; sino el saber para dónde ir, saber qué decisiones tomar para seguir el camino correcto en nuestra vida; y para poder encontrarle sentido a lo que hacemos cada día.

Andar en la oscuridad, en la ceguera espiritual, es andar en la tristeza, en la confusión, en la soledad. En cambio caminar en la luz es haber encontrado la salvación, el sentido y la alegría de vivir, la comunión con los demás, la amistad con Dios. Por eso Jesús responde al ciego Bartimeo diciéndole: «Vete, tu fe te ha salvado». Y de inmediato comenzó a ver y a seguirlo por el camino.

Percibimos entonces la importancia del evangelio de hoy por cuanto la curación del ciego tiene un valor simbólico y muestra la auténtica necesidad de que Jesús cure nuestra ceguera, abra nuestros ojos y nos permita comprender la identidad de Jesús y aceptar seguirlo por el camino de la cruz. Esta es la preocupación de Marcos: presentarnos una salida al obstáculo que el camino de la cruz representa para todo discípulo de Jesús. Es necesario pedirle a Jesús con fe: “Maestro, que yo pueda ver” (10,51). En esta línea han interpretado el texto algunos padres de la Iglesia, por ejemplo San Jerónimo: “Ciego es el que no conoce a Cristo y la curación es el don de la fe”.

En esta línea compartimos lo que dice el Card. Martini[3]: “San Marcos supone que el punto de partida de la vida catecumenal, y de la intimidad de los mismos Doce con Jesús, es reconocer una situación de ignorancia: de un no saber y no entender, de un no ver claramente […] Es una actitud que debemos suscitar en nosotros cada vez que nos colocamos ante el misterio de Dios. Porque solamente con esta actitud es con la que podemos ponernos en atentísima y humilde escucha, listos para percibir lo que Dios quiere comunicarnos”.

Según M. Navarro[4] la curación del ciego Bartimeo, junto a la curación de la hemorroisa y de la mujer sirofenicia, nos brindan un modelo de fe capaz de entrar en la etapa final de la vida de Jesús, en la Pasión y en la Pascua. Y todos ellos han vivido ya algo del misterio pascual por cuanto su vida ha estado signada por el sufrimiento y la marginación; y por esto mismo se encuentran más preparados para seguir a Jesús hasta el final.

            De esto podemos deducir también que lo más preocupante o grave no es la ceguera, en cierto modo inherente a nuestra condición humana, sino el orgullo que nos impide asumir esta condición y pedirle a Jesús que nos cure para que podamos comprender y seguirlo. Como bien dice G. Thibon[5]: “No es la luz la que falta a nuestra mirada, sino nuestra mirada la que falta a la luz“.

Jesús nos ofrece la luz de la fe, que nos ayuda a mirar la realidad sin negarla ni mutilarla; y que tiene la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre (Francisco, LF n° 4). Y esta luz la recibimos de Jesús cuando Él nos descubre el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad (LF n° 26).

Es muy interesante lo que señala H. U. von Balthasar[6]: “Su deseo de luz es la causa de que se le conceda la vista y que después pueda seguir a Jesús por el camino”. Por tanto, que nuestro deseo de luz, de poder ver se haga oración, súplica al Señor misericordioso quien nos concederá el don de la fe. Hoy se nos invita a desear esta luz que viene de Dios y a pedirla humildemente en la oración, como hacía el Cardenal Newman: “Guíame luz bondadosa, las tinieblas me rodean, guíame hacia adelante. La noche es densa y me encuentro lejos del hogar, guíame hacia adelante. Protégeme al caminar. No te pido ver claro el futuro, solo un paso aquí y ahora: Solo un paso, solo el pan para hoy”. Y lo pedimos con confianza, sabiendo que “la luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz” (LF 57).

Y por último, los que ya hemos gozado de esta luz cálida de la fe, tenemos ahora la misión de llevar a otros hacia Jesús como fuente de la luz y de la visión. Como nos dice el Papa Francisco: “Hay un detalle interesante. Jesús pide a sus discípulos que vayan y llamen a Bartimeo. Ellos se dirigen al ciego con dos expresiones, que sólo Jesús utiliza en el resto del Evangelio. Primero le dicen: «¡Ánimo!», una palabra que literalmente significa «ten confianza, anímate». En efecto, sólo el encuentro con Jesús da al hombre la fuerza para afrontar las situaciones más graves. La segunda expresión es «¡levántate!», como Jesús había dicho a tantos enfermos, llevándolos de la mano y curándolos. Los suyos no hacen más que repetir las palabras alentadoras y liberadoras de Jesús, guiando hacia él directamente, sin sermones. Los discípulos de Jesús están llamados a esto, también hoy, especialmente hoy: a poner al hombre en contacto con la misericordia compasiva que salva. Cuando el grito de la humanidad, como el de Bartimeo, se repite aún más fuerte, no hay otra respuesta que hacer nuestras las palabras de Jesús y sobre todo imitar su corazón. Las situaciones de miseria y de conflicto son para Dios ocasiones de misericordia. Hoy es tiempo de misericordia” (Homilía del 25 de octubre de 2015).

            PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Para recibir tu Amor

Maestro, tus palabras son música a mis oídos

A nadie oí hablar así antes

Apenas levanto mi frente, tanto peso de estos años

Tanto cargué con esta muerte…

Y me viste, como nadie nunca me vio

Tus ojos brillantes clavados en mí

¡Sanada! ¡Eres mi salvación!

¡Solo a Dios le doy Gloria, mi Señor!

De día y de noche trabajas conmigo

A toda hora cargas con el yugo

El mío y el de todos

Los que confiamos en vos.

Ten compasión Padre de Cristo y mío

Envía tu Espíritu Sanador

Este mundo muere de frío, paralizado y vacío

Enfermo tiene su corazón.

Desata ligaduras, rompe cadenas

Libera a tu Pueblo de esa prisión

No haya tiempo, ni límites, ni fronteras

Para recibir tu Amor. Amén

[1] H. H. Esser, voz: Misericordia, en L. Coenen – E. Beyreuther – H. Bietenhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento vol. III (Sígueme; Salamanca 1993) 100.
[2] Cf. J. Gnilka, El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 129.
[3] Evangelio y Comunidad Cristiana, Bogotá 1985, 28.30.-
[4] Marcos, Verbo Divino, Estella 2006, 389-390.
[5] Nuestra mirada ciega ante la luz (Patmos; Madrid 1973) 21.
[6] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 201.
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