Lectio Divina

DOMINGO XXXIII DURANTE EL AÑO – CICLO “B

Primera Lectura (Dn 12,1-3)

            Este texto forma parte de la última visión del libro de Daniel (terrible o suprema, cc. 10-12), la cual describe las continuas luchas entre Tolomeos y Seleúcidas con la victoria final de ‘los inscritos en el libro’. Así la versión hebrea del libro termina abriendo una puerta a la última esperanza (resurrección y retribución: 12,2-3) de los buenos que perseveren hasta el fin (12,10-13). La función de este “apocalipsis histórico” es hacer comprender el sentido de los acontecimientos y así poder resistir[1]. Es decir, las visiones señalan que ha comenzado la gran tribulación, a la cual seguirá la liberación total, a través del juicio y de la resurrección de los muertos. Esta verdad debe servir de consolación para los perseguidos y animar su resistencia pasiva confiando en Dios.

Evangelio (Mc 13,24-32):

            El texto de hoy forma parte del capítulo 13 de san Marcos que se conoce como “el discurso escatológico de Jesús” porque vincula la destrucción del templo de Jerusalén con el fin de los tiempos y con la venida del hijo del hombre. El mismo se compone de tres partes:

1) vv. 24-27: describe la venida del hijo del hombre.

2) vv. 28-31: la parábola de la higuera.

3) vv. 32-37 (sólo leemos el v. 32): la imposibilidad de saber la fecha del fin de los tiempos.

            La primera parte del texto comienza con una referencia a la gran tribulación que ha sido descrita en los versículos anteriores (cf. Mc 13,14-23). Pues bien, después de la misma seguirán unas perturbaciones cósmicas que afectarán al sol, la luna y las estrellas. Estas imágenes de perturbaciones cósmicas son propias de los textos apocalípticos bíblicos y extrabíblicos. Como fuentes de inspiración bíblicas tenemos:

Is 13,10-11: “Porque los astros del cielo y sus constelaciones no irradiarán más su luz; el sol se oscurecerá al salir y la luna dejará de brillar. Yo castigaré al mundo por su maldad y a los malvados por su iniquidad. Pondré fin al orgullo de los arrogantes y humillaré la soberbia de los violentos”.

Is 34,4: “Se diluye todo el ejército del cielo, los cielos son enrollados como un pliego, y todo su ejército se marchita como se marchita el follaje de la vid, como cae marchita la hoja de la higuera”.

Tal vez convenga aclarar que todas estas imágenes y figuras son propias de un género literario, el apocalíptico, que las utiliza para decir o expresar lo que sucederá al final de los tiempos. Ahora bien, más allá de estas imágenes o figuras literarias, hay un tema de fondo que es la escatología, o sea lo referente al fin, a lo último. Para los estudiosos de la Biblia la escatología se entiende como lo referente a una intervención futura y definitiva de parte de Dios en favor de su pueblo. El mensaje escatológico es dominante en los libros proféticos, por ejemplo a través del anuncio del día de Yavé.

            La preocupación por el fin del mundo, o sea por las cuestiones escatológicas, surgen más vivamente en tiempos de aflicción, marginación o persecución de los creyentes. Esto mismo sucedió en Israel. Al respecto compartimos la opinión de G. Aranda para quien la terrible experiencia de la destrucción de Jerusalén y el consiguiente exilio están en la raíz del pensamiento apocalíptico, el cual se vio potenciado luego por la opresión militar y cultural tanto del helenismo como de la dominación romana[2].

Así, en medio de las tribulaciones, guerras y calamidades surge fuerte en el creyente la pregunta: ¿cuándo obrará Dios sus promesas? Y dado el contraste entre la situación presente y el mensaje de salvación, la esperanza de los piadosos se dirige a una futura transformación universal. La espera de este evento es el objeto de la literatura apocalíptica que florece principalmente entre el s. II a.C. y el s. II d.C. y que prevé que este mundo llegará a su fin en medio de terribles convulsiones. Los apocalípticos están obsesionados por este momento y recurren a todo tipo de cálculos para conocer cuándo será el fin. Así el juicio de Dios, que será el triunfo sobre las potencias del mal y el surgir del mundo nuevo, tiene su fecha fijada; y por esto en la apocalíptica los números tienen un gran papel.

            Por último, notemos que estás manifestaciones cósmicas son el preludio de la llegada del juicio de Dios, quien hará justicia y castigará a los pecadores. Así, en medio de esta convulsión cósmica – que al decir de J. Gnilka[3] “su lenguaje se sitúa a medio camino de lo metafórico y de lo realista” – se verá aparecer al Hijo del hombre con mucho poder y gloria.

En cuanto a la figura del “hijo del hombre”, si nos remitimos al origen arameo de la expresión, su sentido estricto sería “el humano” o “el hombre”. Pero aquí se encuentra una clara referencia a la expresión hijo del hombreen Dn 7,13-14: Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.”

Según los estudiosos en el libro de Daniel el título “hijo del hombre” tendría un sentido individual y colectivo a la vez por cuanto representaría a Israel que fue humillado por los dominadores helénicos pero que será exaltado por Dios y constituido en un reino eterno.

En la literatura intertestamentaria, especialmente en 1Henoc y 4Esdras, se lo interpreta con sentido individual y mesiánico. En esto última se inspiraría su utilización por parte de Jesús, pero dándole un sentido propio y exclusivo. En efecto “Jesús prefiere este título al de Mesías, por ser menos político, por tener un carácter individual-corporativo y por aludir al carácter humano de su obra, por una parte y, por otra, al carácter de enviado escatológico vindicado por Dios”[4].

            Por tanto, aquí en Marcos, con el trasfondo de Dn 713-14, el “hijo del hombre” representa al Mesías como juez escatológico[5]. Lo que se agrega aquí es el carácter universal del juicio por cuanto enviará a los ángeles a los cuatro vientos (los cuatro puntos cardinales) para recoger a los elegidos. De ellos ya se ha hecho referencia en este capítulo de Marcos (cf. 13,20.22) como a aquellos que han sido “escogidos” por Dios y que han permanecido fieles incluso en los grandes momentos de confusión que se darán antes del fin.

            Al discurso de Jesús sigue una breve parábola (segunda parte) y un comentario posterior (tercera parte) que responden de este modo a la pregunta de los discípulos que dio pie para su enseñanza: “Dinos cuándo sucederá esto y cuál será la señal de que ya están por cumplirse todas estas cosas” (Mc 13,4). Vale decir que Jesús está respondiendo al tema del “cuándo” será el fin y “cómo saber” que está cerca. Con la parábola de la higuera Jesús responde a la cuestión de “cómo” saber que el fin está cerca, pues al igual que los brotes nuevos y las hojas anuncian la llegada del verano, así habrá signos que anuncien la llegada del fin, del juicio (“cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a las puertas”, 13,29), y que han sido explicados por Jesús en la primera parte de este discurso.

La expresión “a las puertas” se referiría a las puertas de la ciudad y haría referencia a la visita de un enviado real o un general que viene a visitar la ciudad y que está a punto de entrar[6].

            A la parábola sigue ahora una respuesta abierta sobre el “cuándo” sucederá. Aquí el evangelista trae tres afirmaciones de Jesús sobre el tema donde no resulta fácil ver su concatenación lógica. En primer lugar dice “no pasará esta generación, sin que suceda todo esto”. Luego, utilizando el mismo verbo parérjomai (pasar), dice: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Para terminar afirmando: “En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre”.

            El mensaje de Jesús para su generación es que las cosas que acaba de predecir van a suceder, puntualmente la persecución de los cristianos y la destrucción del templo. Que suceda todo esto indica que ya se ha entrado en el tiempo final, en el esjatón, pero no todavía en el juicio final o parusía[7]. La enseñanza de este anuncio de la cercanía del tiempo final, en común con muchos otros textos del Nuevo Testamento, es revelarnos el carácter transitorio o pasajero de este mundo, que no es el definitivo para los elegidos. Por eso se invita a aferrarse a lo que no pasa ni pasará jamás, las palabras de Jesús, que nos aseguran que habrá un fin y un juicio con promesa de salvación para los cristianos que ahora sufren persecución o rechazo por parte del mundo.

            En cuanto a la fecha precisa del fin, de la parusía, sólo el Padre lo sabe. Por ello no hay que perderse en especulaciones vanas sino perseverar en la fe y estar prevenidos o vigilantes (sobre lo que hablará Jesús a continuación, cf. 13,33-37).

En síntesis: “Marcos refuerza su interpretación de la tardanza del ésjaton afirmando ahora la imposibilidad de determinar exactamente cuándo ocurrirá. En los vv. 28-37 Marcos pone una conclusión parenética al discurso. En su actual posición redaccional en el capítulo la parábola de la higuera y su explicación en el v. 30 se refieren a las señales y al fin. El evangelista le dice a su comunidad que el fin estará precedido por señales (vv. 5-23) y por la venida en gloria del Hijo del hombre (vv. 24-27). Solamente después (cf. kai tóte en v.26) los ángeles serán enviados a recoger a los eklektoí marcando de esta manera el fin de la historia -“el cielo y la tierra pasarán”- y el comienzo del Reino de Dios. Los vv. 32-37, también una parábola y su aclaración, comunican la idea de que aunque es posible anticipar la proximidad del ésjaton por las señales (cf. ginóskete en vv. 28-29) es imposible determinar con total precisión el día y la hora de su realización final”[8].

Como bien dice J. Gnilka[9]: “Para la comunidad de Marcos una cosa es verdaderamente importante: afianzar la confianza en la conciencia creyente de que Dios sigue siendo el Señor de la historia y que ordena las cosas también en su fase final. El rechazo implícito del cálculo de fechas puede calificarse atinadamente como antiapocalíptico”.

ALGUNAS REFLEXIONES:

  1. Nocent[10] comienza su análisis de las lecturas de este domingo con un comentario no muy alentador, pero no por ello menos cierto: “No cabe duda de que un pasaje del evangelio como éste desconcierta a los oyentes de hoy. Se encuentra, en efecto, tan alejado de nuestra manera de escribir y de pensar, y sus imágenes son a la vez tan alucinantes y tan ingenuas, que nos resulta difícil no escuchar esta proclamación como un poema o una visión anticipada de un cataclismo mundial propia de un genio del teatro”.

            Una impresión semejante tiene H. U. von Balthasar[11]: “El evangelio del fin del mundo es extrañamente complejo y heterogéneo. No se trata de un reportaje sobre los acontecimientos venideros, sino de un texto que refiere diversos aspectos que nosotros no acertamos a conciliar”.

Por su parte nos parece muy atinada la recomendación de O. Vena[12]: “Ante los pasajes apocalípticos del Nuevo Testamento deberíamos tener una actitud de respeto, pues se trata de un material producido por gente oprimida, cuya única esperanza era Dios. Aquellos que comparten esta condición, los oprimidos y marginados del mundo, comprenden mejor tales mensajes. Para ellos, el anuncio de la venida del hijo del hombre para cambiar la condición social en que se encuentran atrapados es evangelio, es buenas noticias”.

Ahora bien, la espera escatológica de los primeros cristianos se sirve a menudo de conceptos y términos apocalípticos desarrollados en el judaísmo, pero Jesús en su predicación no dio tiempos ni fechas (cf. Mc 13,32) sino sólo aseguró el advenimiento del Reino definitivo de Dios. Más aún, se afirma que con Cristo ya ha comenzado la nueva creación, pues en Cristo ya se es nueva criatura (2Cor 5,17). Además, la esperanza escatológica cristiana viene mediada por el Mesías, por la fe en Cristo muerto y resucitado. En fin, las concepciones apocalípticas adquirieron un nuevo significado sobre la base de la cristología. Es decir, el momento culminante, la plenitud de los tiempos (Gal 4,6) se realizó en Cristo por lo que el tiempo final ya ha comenzado. Sólo queda la consumación en los miembros del cuerpo de Cristo, pues vivimos en el “ya pero todavía no“.

Al respecto, leemos en el Catecismo nº 670: “Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la “última hora” (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). “El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo”.

La presencia del tema del fin, de las cuestiones escatológicas, en las lecturas de este domingo se debe a que estamos llegando prácticamente al final del año litúrgico. Estas “cuestiones” reaparecerán, en contextos diversos, el próximo domingo (Cristo Rey) y el primer domingo de Adviento.

Ahora bien, más allá del momento litúrgico, se trata de cuestiones que hacen a la esencia de la fe cristiana y, también, de la condición humana[13]. Porque más allá de las imágenes, lo que se describe es la lucha entre el bien y el mal. Y lo que se afirma es que, a pesar de la fuerte presencia del mal que parece dominar toda la tierra, el triunfo es de Dios, del bien, de los justos. Y entonces podremos descubrir la gran actualidad del tema de las lecturas de este domingo. No nos sentimos, acaso, como viviendo las grandes tribulaciones que describe san Marcos en la primera parte del capítulo 13. Por su parte, el mensaje escatológico del evangelio es, ante todo, un mensaje de esperanza. Dios no se desentiende de la historia, de nuestra historia y de nuestra vida, sino que aguarda, permite el mal, hasta el momento de su intervención definitiva. Y por eso la escatología cristiana es ante todo un mensaje de consolación, que invita a los justos a perseverar como tales, a no dejarse engañar ni a defeccionar, sino a permanecer fieles hasta el final para alcanzar la salvación. Porque esperamos con fe la venida de Nuestro Señor. Como dijimos, y aunque parezca algo olvidado, esta esperanza forma parte de la esencia de la fe cristiana. De hecho, nuestra profesión de fe en Cristo termina con esta afirmación: “desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos” (Símbolo de los Apóstoles) y “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin” (Credo de Nicea-Constantinopla).

Es importante terminar resaltando la Esperanza que encierran estas palabras de Jesús, pues “en este discurso, hay una frase que llama la atención por su claridad sintética: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,31). La expresión “el cielo y la tierra” es frecuente en la Biblia para indicar todo el universo, el cosmos entero. Jesús declara que todo eso está destinado a “pasar”. No sólo la tierra, sino también el cielo, que aquí se entiende precisamente en sentido cósmico, no como sinónimo de Dios. La Sagrada Escritura no conoce ambigüedad: todo lo creado está marcado por la finitud, incluso los elementos divinizados de las antiguas mitologías: no hay ninguna confusión entre lo creado y el Creador, sino una diferencia clara. Con esa clara distinción, Jesús afirma que sus palabras “no pasarán”, es decir, están en la parte de Dios y por lo tanto son eternas”[14].

En síntesis: LO QUE PASA, LO QUE NO PASA y LO QUE NOS PASA.

Si miramos con sabiduría la realidad de nuestra vida veremos que todo lo que nos rodea, todo lo creado, tarde o temprano pasa, está destinada a pasar. Nada de lo creado es eterno. Y también nosotros pasaremos. ¿Y existe algo que no pasa, que es eterno? Sí, las palabras de Jesús son palabras de vida eterna, no pasarán nunca. Ellas encierran la promesa de la vida eterna que recibirá el que las crea. Sí “les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna” (Jn 6,47), por cuanto “la fe es un habitus, es decir, una constante disposición del ánimo, gracias a la cual comienza en nosotros la vida eterna” (Spes Salvi nº 7).

Entonces, al hombre se le presentan estas dos dimensiones de la vida: primeramente todo lo visible, lo terreno, lo que pasa. Pero también, a la luz de la fe, lo invisible, lo divino, lo que no pasa. Por tanto “lo que nos pasa” depende de nuestra opción fundamental. Si la misma se aferra absolutamente “a lo que pasa”, pasaremos con este mundo. Si no aferramos por la fe “a lo que no pasa”, a Jesús y su Palabra, nos pasará que no pasaremos pues estamos anclados en lo eterno. Por tanto la fe encierra una opción fundamental ante la realidad y ante lo real.

En efecto, la fe “es una opción por la que lo que no se ve, lo que en modo alguno cae dentro de nuestro campo visual, no se considera como irreal, sino como lo auténticamente real, como lo que sostiene y posibilita toda la realidad restante […] La fe es un sujetarse a Dios, en quien tiene el hombre un firme apoyo para toda su vida. La fe se describe, pues, como un agarrarse firmemente, como un permanecer en pie confiadamente sobre el suelo de la Palabra de Dios”[15].

En fin, mientras pasamos por esta vida, la fe nos invita a esperar en lo que no pasará jamás. Y esto nos ayudará mucho a tener un paso firme, confiado, en este mundo nuestro, importante pero no absoluto. Y también nos ayudará a no dejar pasar ninguna oportunidad para hacer el bien, para sumarle puntos a la vida hasta que llegue el momento de pasar, como y con Jesús, de este mundo al Padre.

Como bien dice el Papa Francisco: “El Señor Jesús no es sólo el punto de llegada de la peregrinación terrena, sino que es una presencia constante en nuestra vida: siempre está a nuestro lado, siempre nos acompaña; por esto cuando habla del futuro y nos impulsa hacia ese, es siempre para reconducirnos en el presente. Estamos llamados a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. También en nuestros días no faltan las calamidades naturales y morales, y tampoco la adversidad y las desgracias de todo tipo. Todo pasa —nos recuerda el Señor—; sólo Él, su Palabra permanece como luz que guía, anima nuestros pasos y nos perdona siempre, porque está al lado nuestro. Sólo es necesario mirarlo y nos cambia el corazón. Que la Virgen María nos ayude a confiar en Jesús, el sólido fundamento de nuestra vida, y a perseverar con alegría en su amor” (Ángelus del 15 de noviembre de 2015).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Los tiempos del Padre

Padre mío que todo los sabes,

Conoces a sus hijos y sus debilidades

Tu Hijo es el Modelo de Amor inefable.

Bendita tribulación

Oscuridad que moldea nuestra imagen

Talla el Rostro del Señor, en nosotros los mortales.

Comprender los signos del tiempo

Al ver a Dios trabajando,

Es llenar de primaveras el camino del cristiano.

Aunque el sol ya no brille

La luna se opaque y se apaguen las estrellas,

Sabremos que el fin está cerca: ¡es Cristo mismo a la puerta! Amén.

[1] “La función de las visiones aparece clara en este contexto: consolar, confortar y alimentar la esperanza de los oprimidos por la persecución. Es una literatura de resistencia pasiva”, J. Asurmendi, “Daniel y la Apocalíptica”, 492.

[2] Cf. G. Aranda, “El destierro de Babilonia y las raíces de la apocalíptica”; Estudios Bíblicos 56 (1998) 335-355.

[3] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 234.

[4] R. Aguirre Monasterio – A. Rodríguez Carmona, Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles (Verbo Divino; Estella 1994) 159.

[5] Cfr. O. Vena, “La expectativa escatológica en el evangelio de Marcos. Análisis literario y estructural de Marcos 13”, Revista Bíblica 54(1994/2) 85-101.

[6]  Cf. O. Vena, Evangelio de Marcos (SBU; Miami, 2008) 299.

[7] “Al decir “no pasará esta generación hasta que todo esto suceda” Marcos no está afirmando necesariamente la inminente llegada del ésjaton. Es lógico pensar que al igual que sus contemporáneos judíos y cristianos él creía estar viviendo en tiempos escatológicos. Pero según él el fin solo sucedería luego de una serie de señales que le precederían”, O. Vena, “La expectativa escatológica en el evangelio de Marcos. Análisis literario y estructural de Marcos 13”, Revista Bíblica 54 (1994/2) 85-101.

[8] O. Vena, “La expectativa escatológica en el evangelio de Marcos. Análisis literario y estructural de Marcos 13”, Revista Bíblica 54 (1994/2) 85-101.

[9] El evangelio según san Marcos Vol. II (Sígueme; Salamanca 1993) 242.

[10] Celebrar a Jesucristo VII (Sal Terrae; Santander 1982) 103.

[11] La luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 205.

[12] Evangelio de Marcos (SBU; Miami, 2008) 301.

[13] No por nada cierta corriente teológica propone que la escatología se considere como el último capítulo de una antropología teológica.

[14] Benedicto XVI, Discurso pronunciado durante el ángelus el 15 de noviembre de 2009.

[15] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Sígueme; Salamanca 1982) 32.48-49.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo