Lectio Divina

I- INTRODUCCIÓN GENERAL AL TIEMPO DE ADVIENTO

En su origen el término “adviento” (del latín adventus) significaba la primera visitaoficial de un personaje importante con motivo de su llegada al poder o de la toma de posesión del cargo. En el ámbito del culto hacía referencia a la venidaanual de la divinidad a su templo para visitar a sus fieles. Notemos entonces que en su significado original la palabra adviento se refiere a una llegada, una venida, una presencia.

Llevado esto al ámbito cristiano podemos decir que el eje organizador de todo este tiempo litúrgico del adviento es la venida del Señor, su llegada, su Presencia. Así: “con la palabra adventusse pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras. El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí”[1].

Aceptar esto implica, a su vez, considerar las acciones de los protagonistas. En primer lugar, Dios, que viene a nuestro mundo, a nosotros, que se hace hombre en Jesucristo. Luego los hombres, invitados a prepararse para recibir esta visita de Jesús que viene a nuestro encuentro y que nos moviliza concretamente para celebrar la Navidad saliendo a su encuentro.

Ahora bien, El que vienees, en realidad, el mismo que ya vino. Es la doble venida del Señor que reflejan los prefacios del Adviento. La primera en la humildad de la carne; la segunda y definitiva en la gloria. No se trata de un juego de palabras sino de la misma esencia de la liturgia y del misterio cristiano. Al respecto dice un especialista en liturgia: “Toda celebración litúrgica lleva consigo tres dimensiones: el pasado, en un presente, para un futuro. El adviento nos da ocasión casi material de percibir la superposición, una en otra, de estas tres dimensiones. Es el tiempo ideal para entrar plenamente en la teología viva de la liturgia”[2]. Más concretamente, con Matías Augé[3], podemos decir: “Adviento es el tiempo que, partiendo del hecho ya ocurrido de la 1ª venida, orienta no solo a la venida última y definitiva sino también a la venida sacramental en la liturgia, donde se actualiza la primera y se anticipa la segunda”.

A esta doble venida corresponden dos dimensiones de la espera: de la Navidad y de la Parusía, que la liturgia del Adviento tiene que proponerlas juntas pues es imposible presentar una sin la otra. Pero en la sucesión de los cuatro domingos se va dando un progresivo paso de la acentuación puesta en la Segunda y definitiva venida al fin de los tiempos (más clara en 1er. Domingo y menos en el 2do.) a la Primera venida en la Encarnación (3er. y 4to. Domingos).

Importa no olvidar estas acentuaciones para respetar el ritmo propio de este tiempo litúrgico y su intención pedagógica o, mejor dicho, mistagógica. Nos hace comenzar con la espera de lo eterno y definitivo, con el fin, que es lo último en la ejecución y lo primero en la intención. Desde aquí se nos invita a reorientar nuestra vida en función de nuestra situación de tiempo intermedio, del “ya pero todavía no” que supone una comprensión del carácter provisional de nuestro mundo y de nuestra condición de peregrinos(este sería el ‘matiz’ propio de la conversión en Adviento). Luego nos va llevando hacia el fundamento de nuestra esperanza, la venida de Jesús en la plenitud de los tiempos, la Encarnación, cuya manifestación o Natividad vamos a celebrar.

La liturgia de la Palabra de los domingos de adviento acompaña este proceso por cuanto “el evangelio del primer domingo es escatológico. En el segundo y el tercero hacen referencia al Precursor. En el cuarto se proclaman los acontecimientos que han preparado al venida del Señor”[4].

Por tanto, el ADVIENTO nos invita a esperarsu venida definitiva al fin de los tiempos y a prepararnos paracelebrarsu primera venida al nacer en Belén con el gozo de saber que Él viene permanente a nuestros corazones.

En síntesis, nos dice el calendario litúrgico de la CEA: “La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en cada Navidad. El primer aspecto señalado, con su carácter de fuerte llamada a vivir vigilantes y a prepararse siempre, se destaca más claramente en los primeros días del tiempo de Adviento, mientras que la consideración de los acontecimientos históricos que rodearon el nacimiento de Jesús quedan reservados para los últimos días, las llamadas “ferias fuertes” de Adviento. El trasfondo de este tiempo es el de la esperanza y la alegría cristianas”.

II – UNA IDEA CENTRAL PARA ESTE ADVIENTO CICLO C

Una primera idea global que surge es la invitación a la alegría, ya que “viene” el Señor Jesús, que es el Mesías y el Salvador de los hombres. Es el tiempo de una espera alegre porque el Señor viene a salvarnos y a colmarnos con su presencia.

Como enseña el Papa Francisco “los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos… El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el saludo del ángel a María (Lc1,28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc1,41). En su canto María proclama: «Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador» (Lc1,47)” (EG 4 y 5).

Para llegar a experimentar este gozo interior es necesario obrar una conversión muy profunda y necesaria: salir de la tristeza y del aislamiento para dejar lugar a la alegría que viene de Dios. En efecto, “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente” (EG 2). Ante este riesgo real las lecturas de adviento nos presentan la Alegre Noticia del Evangelio pues “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

Podemos considerar como propuesta para este adviento al ritmo de la Palabra de Dios:

DOMINGO Esperar a Idea Clave Evangelio
Primero Aquel que nos liberará y que nos puede dar la felicidad plena Despertar el deseo de la alegría que viene de Dios “Tengan ánimo y levanten lacabeza, porque está por llegarles la liberación”.
Segundo Aquel que vendrá a salvarnos Abrir el corazón para recibir el don de la alegría por la salvación que llega “Todos los hombres verán la salvación de Dios”.
Tercero Aquel que ya está obrando en nosotros Convertirse de la tristeza a la alegría “él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”.
Cuarto Aquel que ya ha Venidoy viene por María María modelo de misionera alegre “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.

Primer domingo: DESPERTAR EL DESEO DE DIOS

Primera Lectura (Jer 33,14-16):

De esta lectura habría que rescatar, ante todo, el compromiso de Dios por cumplir lo prometido, su responsabilidad y fidelidad para con nosotros. El oráculo es fuerte y claro: “Llegarán los días en que Yo cumpliré la promesa”. No olvidemos que estas palabras son dichas por el profeta muy probablemente poco antes de la caída y destrucción de Jerusalén. Es decir, en medio de una situación de crisis y de descomposición social donde parece que todo se pierde, incluso la relación con Dios. Pues bien, en este contexto resuena la palabra de Dios por medio de Jeremías para anunciar la futura reconstrucción, el cumplimiento de la promesa. Por tanto, se trata de una esperanza que se asienta fundamentalmente en la Palabra de Dios, no en la fragilidad de los hombres. Ahora bien, el cumplimiento de esta esperanza supone la colaboración de los hombres, en concreto se espera la venida de un descendiente de David – un germen justo – quien practicando la justicia y el derecho hará de Jerusalén un lugar seguro para habitar.

Segunda Lectura (1Tes 3,13-4,2):

San Pablo invita a los tesalonicenses a crecer en el amor mutuo y a progresar en el camino de la santidad, buscando siempre agradar a Dios. Lo interesante es que la motivación para este esfuerzo está en la Venida del Señor, que debe encontrarlos de este modo irreprochables delante de Dios.

Evangelio (Lc 21,25-28.34-36):

El evangelio de este domingo nos pone de modo inmediato frente a la consideración del fin del mundo. En este fragmento del discurso escatológico de Lucas, utilizando la simbología propia del género apocalíptico, se nos dice que aquellos astros (sol, luna y estrellas) que Dios colocó para regir el tiempo (cf. Gn 1) nos darán las señales de la llegada del fin.

Estos signos apocalípticos, en cuanto reveladores, generan división entre los hombres. Así tenemos, por un lado, la reacción primera y primaria ante esta realidad del fin por parte de los pueblosque será la angustia; y por parte de los hombresque será el pánico (“los pueblos serán presa de la angustia…los hombres desfallecerán de miedo”).

Por otra parte, todo este cuadro de conmoción cósmica no es más que el marco del anuncio de la llegada del Hijo del hombre “lleno de poder y de gloria”. El título de “Hijo de Hombre” que Jesús se aplica aquí está inspirado en Dn 7,13-14 y representa al Mesías como juez escatológico. Se trata, por tanto, de su venida al fin de los tiempos para juzgar al mundo.

Ante esta manifestación, los discípulosdeberán “tener ánimo y levantar la cabeza”. El contraste con la reacción de “los pueblos y los hombres” es claro; y es la esperanza la que hace la diferencia. Mientras los hombres en general serán presa del pánico, los cristianos son invitados a la confianza, a tener ánimo porque la venida del Señor les trae la liberación.

En el marco de nuestro adviento, el gesto de levantar la cabeza es muy rico de significado. Se trata de mirar más allá de lo cotidiano, de lo inmediato que muchas veces nos aprisiona quitándonos perspectiva, sentido de la vida. Levantar la cabeza, erguirse, es sinónimo de recuperar la dignidad gracias al sentido trascendente de la vida. En fin, ver más allá para tener una valoración correcta de nuestra realidad.

Para lograr esto se requiere una actitud vigilante, de allí la advertencia del evangelio de hoy a “no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida”. Literalmente el texto dice: “no se vuelva pesado o cargado el corazón por…”. El término griego para expresar el primer vicio – exceso, libertinaje o disipación– se encuentra sólo aquí en todo el NT. En la literatura griega su sentido está vinculado al exceso de alcohol con todas sus consecuencias. Puede que esté formando una unidad de sentido con el término siguiente, la embriaguez, que aparece en la lista de vicios de San Pablo en Rom 13,13 y Gal 5,21. En cuanto a las “preocupaciones de la vida” recordemos que ya apareció esta expresión en la parábola del sembrador, simbolizada por las espinas que ahogan la semilla de la Palabra (cf. Lc 8,14). Justamente el mayor daño que esto causa es la pérdida de la atención y su consecuencia será que el día de la venida del Señor nos tome por sorpresa, sin estar esperándolo debidamente.

La actitud requerida es entonces una conciencia atenta y vigilante, la cual es fruto de la oración, de la súplica o ruego incesante, que pide aquí el Señor a sus discípulos. Recordemos que la necesidad de una oración vigilante es un tema recurrente en Lucas (cf. 6,12; 18,1; 22,40.46). Quien alimenta la espera atenta con la oración incesante podrá escapar de todas las convulsiones cósmicas que sobrevendrán y podrá “permanecer en pie delante del Hijo del hombre”.

Es importante resaltar la actitud “corporal” de los discípulos ante el día final, pues expresa su estado “espiritual” o “interior”: levantar la cabeza, estar en pie ante el Señor. Para los judíos el estar en pie y con la cabeza alta era la actitud del orante, del que se presenta con confianza ante Dios pues tiene su conciencia tranquila y en paz.

Orientaciones para la homilía:

Como bien dice A. Nocent: “La orientación de este primer domingo de Adviento es netamente escatológica. Es una ocasión para que nosotros revisemos qué lugar ocupa en nuestra vida concreta el “último día” y el encuentro de todo el Pueblo de Dios con su Señor”[5].

Cada adviento la Iglesia pone al cristiano en situación vital de esperanza: debe esperar, vinculado a todo el Antiguo Testamento, la llegada de la liberación de parte de Dios. La espera del creyente es en el fondo la esperanza en un encuentro definitivo con Dios. Aquí la fe, en cuanto encuentro con Dios, es la sustancia de lo que esperamos.

Despertar esta esperanza trascendente, teologal, es la gran dificultad y, por ello, el gran desafío al comenzar el ADVIENTO. La principal dificultad está en que el hombre posmoderno vive en lo inmediato y se conforma con ello. Su horizonte muchas veces no va más allá del consumo, y esto se nota cada vez más en la forma de vivir y celebrar la Navidad sin distinción de clases sociales. En algunos es un consumismo de hecho; y en otros es sólo un consumismo de deseo. De una manera u otra, sólo el bienestar individual aparece como objeto de espera y de conquista. Como bien nota R. Cantalemessa, se ha perdido el sentido de lo eterno y la consecuencia es que”el deseo natural de vivir siempre, deformado, se convierte en el deseo o frenesí de vivir bien, es decir placenteramente. La calidad se resuelve en cantidad. Viene a faltar una de las motivaciones más eficaces de la vida moral”[6].

La segunda lectura de hoy es un ejemplo de la fuerza motivadora que tenía para la vida de los primeros cristianos la dimensión escatológica de la fe. En efecto, para San Pablo la escatología no se limita al tema de los acontecimientos finales, sino que indica más bien una orientación de toda la vida cristiana signada por la espera del Señor resucitado con quien viviremos unidos por siempre. Por la esperanza la vida actual del cristiano es escatológica y es una motivación fundamental para llevar una vida distinta de los hijos de este mundo (cf. 1Tes 5,4-10; 1Cor 7,17-24). Es decir, la escatología no sólo forma parte del horizonte futuro del creyente, sino que estructura su misma vida en el presente.

Pero más allá de condenar el consumismo como actitud de vida hay que entender que, en el fondo, responde al deseo de felicidad que todos tenemos. Sí, en la vida todos los hombres buscamos la felicidad, ser felices. La gran cuestión es ¿dónde se encuentra esa felicidad que buscamos? ¿Está sólo en el bienestar económico, en la posibilidad de consumo?

Es justamente aquí donde tenemos que presentar la verdad integral del Evangelio como buena noticia que responde a este deseo de felicidad, legítimo sin lugar a duda, pero cuyo objeto no se agota en las cosas de este mundo, en los bienes de consumo terrenal. Tenemos que presentar la Buena Noticia de la alegría de la Salvación que Dios obra en nuestro corazón si lo abrimos a Cristo.

¿Cómo responder a este desafío? Hay que despertar la nostalgia de lo trascendente, del deseo de Dios que anida en el corazón de hombre. Al respecto el Papa Benedicto XVI nos ofrecía en una de sus catequesis sobre el Credo (7 de noviembre de 2012) unas propuestas concretas para realizar en nuestra vida que bien valen como propósitos para este nuevo ADVIENTO que comenzamos:

“Sería muy útil para este fin, promover una especie de pedagogía del deseo, tanto para el camino de aquellos que aún no creen, como para aquellos que ya han recibido el don de la fe. Una pedagogía que incluye al menos dos aspectos:

ÞEn primer lugar, aprender o volver a aprender el sabor de la alegría auténtica de la vida. No todas las satisfacciones producen en nosotros el mismo efecto: algunas dejan una huella positiva, son capaces de pacificar el ánimo, nos hacen más activos y generosos. Otras en cambio, después de la luz inicial, parecen decepcionar las expectativas que había despertado y dejan detrás de sí amargura, insatisfacción o una sensación de vacío. Educar desde una edad temprana para saborear las alegrías verdaderas, en todos los ámbitos de la vida, esto es, la familia, la amistad, la solidaridad con los que sufren, la renuncia del propio yo para servir al otro, el amor por el que carece de conocimientos, por el arte, por la belleza de la naturaleza, todo lo que signifique ejercer el sabor interior y producir anticuerpos efectivos contra la banalización y el abatimiento predominante hoy. Incluso los adultos necesitan descubrir estas alegrías, desear las realidades auténticas, purificándose de la mediocridad en la que se hallan envueltos. Entonces será más fácil evitar o rechazar todo aquello que, aunque en principio parezca atractivo, resulta ser bastante soso, fuente de adicción y no de libertad. Y por tanto hará emerger ese deseo de Dios del que estamos hablando.

ÞUn segundo aspecto, que va de la mano con el anterior, es nunca estar satisfecho con lo que se ha logrado. Solo las alegrías verdaderas son capaces de liberar en nosotros esa ansiedad que lleva a ser más exigentes –querer un bien superior, más profundo–, para percibir más claramente que nada finito puede llenar nuestro corazón. Por lo tanto, vamos a aprender a someternos, sin armas, hacia el bien que no podemos construir o adquirir por nuestros propios esfuerzos; a no dejarnos desalentar de la fatiga y de los obstáculos que provienen de nuestro pecado. En este sentido, no debemos olvidar que el dinamismo del deseo está siempre abierto a la redención. Incluso cuando nos envía por caminos desviados, cuando sigue paraísos artificiales y parece perder la capacidad de anhelar el verdadero bien. Incluso en el abismo del pecado no se apaga en el hombre aquella chispa que le permite reconocer el verdadero bien, para saborearlo, iniciando así un camino de salida, al cual Dios, con el don de su gracia, no deja de dar su ayuda. Todos, por otra parte, tenemos necesidad de seguir un camino de purificación y de curación del deseo. Somos peregrinos hacia la patria celestial, hacia aquel pleno bien, eterno, que nada nos podrá arrebatar jamás. No se trata, por lo tanto, de sofocar el deseo que está en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura. Cuando en el deseo se abre la ventana hacia la voluntad de Dios, esto ya es un signo de la presencia de la fe en el alma, fe que es una gracia de Dios. Decía siempre san Agustín: “Con la expectativa, Dios amplía nuestro deseo, con el deseo, ensancha el alma y dilatándola la vuelve más capaz” (Comentario a la Primera Epístola de Juan, 4,6: PL 35, 2009).

En fin, aún en medio de grandes dificultades, se nos invita a esperar con alegría la salvación que viene sólo de Dios. Al respecto decía el Papa Francisco: “la salvación de Dios proclamada tiene el carácter de un poder invencible que vencerá, sobre todo. De hecho, después de haber anunciado a sus discípulos las terribles señales que precederán su venida, Jesús concluye: «Cuando empiece a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza; se acerca su liberación» (Lc 21,28). Jesús, también en medio de una agitación sin precedentes, quiere mostrar su gran poder, su gloria incomparable (cf. Lc 21,27), y el poder del amor que no retrocede ante nada, ni frente al cielo en convulsión, ni frente a la tierra en llamas, ni frente al mar embravecido. Dios es más fuerte que cualquier otra cosa. Esta convicción da al creyente serenidad, valor y fuerza para perseverar en el bien frente a las peores adversidades. Incluso cuando se desatan las fuerzas del mal, los cristianos han de responder al llamado de frente, listos para aguantar en esta batalla en la que Dios tendrá la última palabra. Y será una palabra de amor” (Homilía del 29 de noviembre de 2015).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Comparezco seguro

Ante ti Señor, pongo mi vida, mi historia pasada

Presente y futuro, se disuelven en la nada

Todo lo conoces y me animas a esperarte

En medio de inequívocas señales, en el sol, en la luna

Y en las estrellas, en el rugido del mar y en sus olas violentas.

Me repite el corazón con sus agitados latidos:

¡Ánimo! ¡La cabeza en alto! La liberación está cerca.

La oración, adoración, es la compañía más estrecha

Nos previene y nos mantiene a salvo

Y llama la atención a tus pasos, sobre las nubes…

Desfallecer en el furor de este mundo,

Temor: vendrás lleno de poder y de gloria

Nos quieres atentos, enfocados, rechazados los excesos

Las ilusiones del placer y su inexorable destino

Para celebrar tu segura victoria.

Ven como Rey de cetro y corona, te rogamos

Y te pedimos la gracia de rechazar los obstáculos

¡Tan seductores! Y a cambio hazte siempre presente

Transparente a nuestros ojos, velado

En las formas del pan y el vino, alimento deseado. Amén.

[1]Benedicto XVI, Homilía del 30 de noviembre de 2009.

[2]A. Nocent, El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. I. Introducción y Adviento, Santander 1987, 63.

[3]Citado por Pbro. Lic. Alejandro Bóttoli, Charla sobre el ciclo de Navidad(versión digital).

[4]J. Castellano, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia(CPL; Barcelona 1996) 71

[5]A. Nocent, El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. I. Introducción y Adviento, Santander 1987, 104.

[6]R. Cantalamessa, Jesucristo el Santo de Dios, Madrid 1991, 94-95.

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