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Fecha impresión: 22/10/2019 21:36:01 2019 / +0000 GMT

Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina




Tercer domingo (gaudete): Su Misericordia es nuestra alegría 


Primera Lectura (Sof 3,14-18):


El contexto del pequeño salmo de Sofonías nos presenta la restauración que Dios obrará en beneficio de Judá y de todos los pueblos (3,9-10). Con su intervención Dios eliminará todo pecado y toda infidelidad en un grupo denominado “resto de Israel”, un pueblo humilde y pobre (3,11-13). Le sigue entonces una invitación al gozo y a la alegría dirigida a la "hija de Sión", "Israel" e "hija de Jerusalén" (3,14-17). El motivo de tanta alegría y regocijo es porque el Señor le ha perdonado sus pecados y la ha liberado de sus enemigos. Ya no es promesa futura, como el domingo pasado, es realidad presente. La alegría no es fruto del Dios que vendrá, sino "del Señor, tu Dios, que está en medio de ti". Dos veces se repite esta afirmación de la presencia de Dios en la ciudad de Jerusalén. Y esta presencia de Dios debe alejar todo temor, es el Sumo Bien que aparta todo mal.


El último versículo es muy interesante, porque expresa que Dios mismo "exulta y lanza gritos de alegría" por Jerusalén. Dios se alegra de su obra, que es renovar con su amor a Jerusalén (la traducción del leccionario sigue aquí la versión griega).


En síntesis: Dios te perdona, Dios te libra de los enemigos, Dios está en medio de ti, Dios te renueva con su amor. Esta es la causa del gozo y la alegría que comparten Jerusalén y Yavé. Hay comunión de alegría.


Siguiendo la regla hermenéutica de los Padres de la Iglesia según la cual lo que se dice de Jerusalén se puede aplicar a la Iglesia, a María y al alma, esta primera lectura expresa ya el mensaje y el talante de este tercer domingo de adviento.


 Salmo responsorial (Is 12,2-6):


Se ha elegido como salmo el cántico de Is 12,2-6 que contiene semejantes motivos de alegría que el texto de Sofonías: el Señor salva, protege y habita en medio de su pueblo. Además de la alegría, estas obras de Dios invitan a confiar y no temer.


Segunda Lectura (Flp 4,4-7):


Así como Jerusalén es invitada por el profeta Sofonías a exultar de alegría porque el Señor está en medio de ella; de modo análogo San Pablo invita a los Filipenses a alegrarse porque el Señor (Jesús) está cerca. Aquí la alegría brota no tanto de la presencia actual del Señor, sino de la certeza de su Venida. Es la alegría de la esperanza.


            Al igual que en los textos paulinos de los anteriores domingos, la oración es la que alimenta y mantiene viva la esperanza. Vivimos en la esperanza, en el "ya pero todavía no", en la cercanía del Señor que no es aún la presencia definitiva; pero igualmente podemos pregustar los frutos de su salvación. Recordemos la cita de R. Cantalamessa[1]: "No es verdad en absoluto que la eternidad aquí abajo sea sólo una promesa y una esperanza. ¡Es también una presencia y una experiencia!".


Por eso San Pablo dice que "la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús". Es la paz de Dios, que no viene del mundo y que está más allá de toda imaginación. La paz de Dios que protege, cuida el corazón y la mente en Cristo Jesús.


            La paz es el signo de la presencia de Dios en el alma. La paz es fruto y condición de la Venida del Señor al corazón de los hombres.


Evangelio (Lc 3,2-3.10-18):


El domingo pasado leímos la primera parte de la predicación de Juan Bautista invitando a la conversión, a preparar el camino para la venida del Señor. Hoy, salteando una parte del discurso (Lc 3,4-9), se nos presenta al mismo Juan Bautista que responde por tres veces a la misma pregunta: "¿qué debemos hacer?" De este modo especifica cuáles son los gestos concretos, en la vida, que expresan la conversión interior. Como dice J. M. Lagrange[2]: "A menudo se la ha calificado (a esta sección) como una predicación para los diversos estados (de vida). Pero sería más justo considerarla como una monición sobre la manera de hacer penitencia… No se pretende regular todas las situaciones, sino mostrar que la penitencia es compatible con todas, con la condición de vivir sin cometer injusticias". Faltaría aclarar que penitencia y conversión se utilizan aquí como sinónimos por cuanto traducen la misma palabra griega metanoia.


            La primera pregunta proviene de la multitud, de la gente en general, y la respuesta del Bautista es una invitación a compartir lo que se tiene, haciendo referencia en primer lugar a dos necesidades básicas como son el vestido y el alimento. Hoy diríamos que es un llamado a ser solidarios, a no dejarse dominar por el egoísmo. Según J. M. Lagrange[3]: "La mejor penitencia es la práctica de la caridad".


            Sigue la pregunta de los publicanos o recaudadores de impuestos a quienes el Bautista responde exhortando a la honradez y a la justicia; a no dejarse dominar por la avaricia o el afán de dinero.


            Por último, preguntan los soldados y el Bautista les responde que no deben abusar de la propia fuerza ni recurrir al engaño, o sea no abusar de su autoridad. Según F. Bovon[4] la finalidad del abuso de poder es la adquisición ilegítima de dinero, por ello "tanto para los soldados como para los publicanos, Lucas se interesa por una ética de la justa adquisición de bienes y del buen uso del dinero". Esto refleja que para el evangelista la codicia es un pecado dominante.


Importa señalar la dimensión comunitaria ya que las tres respuestas del Bautista tienen en común la relación con los demás. También es de notar que la mención de los publicanos o cobradores de impuestos (y tal vez también de los soldados tanto si se trata de mercenarios de Herodes Agripa como de la guardia romana) indica que no se excluye a nadie del arrepentimiento; todos están llamados a la conversión pues "todos verán la salvación de Dios" (Lc 3,6).


            Con respecto a los últimos versículos podemos decir que buscan diferenciar y subordinar el bautismo y la figura de Juan al bautismo cristiano y a la figura de Cristo (Mesías). Su finalidad es corregir las expectativas erróneas de la gente acerca del Mesías, por cuanto Juan declara abiertamente que no es el Mesías y que esté vendrá después de él. Al respecto comenta L. H. Rivas[5]: "Al terminar su misión, Juan Bautista se reconoció inferior a Jesús diciendo que ni siquiera era digno de desatarle la correa de sus sandalias. En la antigüedad, esta tarea se consideraba tan humillante que sólo la realizaban los esclavos. Recurriendo a esta figura, el Bautista dice que, frente a Jesús, él es tan inferior que se siente menos que un esclavo ante su dueño. Esta diferencia responde a la función que cada uno cumple: Juan Bautista bautiza, es decir sumerge sólo en agua. Pero Jesús es el que tiene la potestad de bautizar (sumergir) en el Espíritu Santo, dando vida divina a todos los que crean en él".


La acción de Jesús que Juan promete, la realizará Jesús resucitado cuando envíe el Espíritu en Pentecostés (He 2,33). Sucesivamente este Espíritu será dado en el bautismo realizado por los apóstoles, bautismo que, como el de Juan, es también para la conversión de los pecados pero que, a diferencia de aquél, concede lo que Juan sólo podía anunciar para un futuro (He 2,38).


Algunas reflexiones:


Sería positivo recordar los pasos a los que fuimos invitados hasta ahora por la liturgia del Adviento. Así, el primer domingo hemos recibido la invitación a despertar el deseo de felicidad plena, el deseo de Dios que habita en lo profundo de nuestro corazón. Luego el segundo domingo nos invitaba a aceptar-recibir por la fe la acción de Dios en nosotros que nos quiere preparar para recibirlo; invitación dirigida a todos para que todos lleguemos a ver la Salvación de Dios. O sea que esperamos a aquel que nos SALVA.


Ahora, la propuesta de este tercer domingo es, en primer lugar, tomar conciencia de que el Señor está cerca y ya está obrando en nosotros. Y esta es la fuente de la alegría cristiana. En efecto, la fe viva nos permite esperar con certeza la venida salvadora del Señor, y este es el motivo del gozo, de la alegría que tiñe todo este tercer domingo, en particular la 1a. y 2a. lecturas. Se nos invita al gozo, al regocijo, a la alegría por el Señor que está cerca y ya podemos presentir su presencia y su obra en nosotros.


            Es la alegría del que espera con certeza recibir porque cree en la Misericordia de Dios que nos prometió su salvación, su Presencia. La alegría cristiana es fruto de la Presencia del Señor en medio de su pueblo. La mirada creyente percibe, descubre esta cercanía del Señor y el corazón se llena de alegría y de gozo.


            No es sólo la esperanza de la alegría, sino la alegría de la esperanza. Ya cercanos a la Navidad nuestra espera del Señor debe ser gozosa, alegre. En este sentido podemos considerar a la alegría como un elemento esencial de la vida cristiana pues como dice A. Cencini[6] "la alegría es una cosa seria; mucho más de lo que pensamos […] Alegría que nace de la certeza de que lo esencial ha sido dado, ya lo poseemos y de forma definitiva, aunque debemos aceptar ahora vivir en la espera, en el esfuerzo, en la contradicción con cuanto parece oponerse a dicho cumplimiento, en la desilusión de ver la obra del espíritu del mal y de la oscura tristeza, aparentemente vencedora, continuando siempre con la siembra "entre lágrimas" de la buena semilla. Eso que florecerá más adelante. La alegría – a veces – es solo esta certeza escondida, esta espera ardiente y activa, esta conciencia grata y apaciguadora de estar en la verdad, nostalgia del Esposo, esperanza que no desiste, con el rostro sereno apenas inclinado a la sonrisa". Además, la alegría es un signo claro de la acción de Dios en nuestra vida, según enseña San Ignacio en sus reglas de discernimiento espiritual: "Es propio de Dios y de sus ángeles, en sus mociones, dar verdadera alegría y gozo espiritual quitando toda tristeza y turbación a la que induce el enemigo, del cual es propio combatir contra tal alegría y consolación espiritual proponiendo razones aparentes, sutilezas y continuas falacias" (EE. 329).


            El evangelio, por su parte, nos señala el modo concreto de prepararnos para recibir al Señor que viene a nosotros. En cierta manera precisa más el proceso de conversión al que se nos invitaba ya el domingo pasado.


            Tomando el lugar de los oyentes del Bautista podemos decir que se nos exhorta a vivir la justicia y la solidaridad en las relaciones humanas. Por tanto, hay que evitar la tentación de la ilusión que nos aleja de una santidad real, que compromete toda la vida e incluye la relación con el prójimo. En efecto, hoy más que nunca se nos pide llevar una vida honesta y responsable en nuestras actividades cotidianas.


Sobre el mensaje de este domingo decía el Papa Francisco: “Esta pregunta —¿qué tenemos que hacer?— la sentimos también nuestra. La liturgia de hoy nos repite, con las palabras de Juan, que es preciso convertirse, es necesario cambiar dirección de marcha y tomar el camino de la justicia, la solidaridad, la sobriedad: son los valores imprescindibles de una existencia plenamente humana y auténticamente cristiana. ¡Convertíos! Es la síntesis del mensaje del Bautista. Y la liturgia de este tercer domingo de Adviento nos ayuda a descubrir nuevamente una dimensión particular de la conversión: la alegría. Quien se convierte y se acerca al Señor experimenta la alegría.” (Ángelus del 13 de diciembre de 2015).


            A esta altura del adviento es bueno notar que la liturgia nos ha ido llevando a un proceso de salida de nosotros mismos, de apertura a Dios y a los demás que es patente en este tercer domingo. Levantamos la cabeza para ver al que Viene; nos abrimos a la acción de Dios que prepara el camino para Venir a nosotros y ahora nos alegramos y regocijamos de Su Venida, que está cerca. Sabemos que, en buena teología, nuestra preparación es ante todo una disposición para que Él obre. Pero todo esto no alcanza para "merecer" al Señor. Lo nuestro es el bautismo con agua que nos dispone a recibir el Bautismo en Espíritu Santo y fuego que nos da el Señor y que realmente puede transformar nuestra vida.


La alegría, el gozo y la paz nos vienen de Dios, no de nosotros mismos. Son dones, regalos navideños, no conquistas humanas. Y esta apertura a Dios incluye la misericordia y la justicia en nuestras relaciones sociales. Esto es lo que nosotros debemos hacer, lo que nos corresponde obrar.


            Podemos terminar señalando la vinculación entre los dos temas mayores de este domingo: alegría y conversión. El primer fruto y signo de una auténtica conversión es la alegría, mejor aún, el gozo que inunda el corazón del creyente. Lo expresaba muy bien la Madre Teresa de Calculta[7]: "La alegría es oración. La alegría es fuerza. Es como una red de amor que toma a las almas. Dios ama al que da con alegría. El que da con alegría, da más. No hay mejor manera de manifestar nuestra gratitud a Dios y a los hombres que aceptar todo con alegría. No dejéis nunca que la tristeza se apodere de vosotros hasta el punto de olvidar la alegría de Cristo resucitado. Continuad dando Jesús a los demás, no con palabras sino con el ejemplo, por el amor que os une a él, irradiando su santidad y difundiendo su amor profundo, id por todas partes. Que vuestra fuerza no sea otra que la alegría de Jesús. Vivid felices y en paz. Aceptad todo lo que él da y dad todo lo que él toma con una gran sonrisa".


PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):


Con tu ternura y tu calma


Señor que todo lo ordenas


Y buscas abrirte paso por estos senderos


Ten compasión de estos pobres


Perdidos en tanto ruido


Andando en este destierro.


Envía tu Santo Espíritu


Queremos saber lo que es bueno


Ampararnos en tu promesa


Esperar confiados tu llegada


Salir sin temor a tu encuentro.


El profeta anuncia y su voz


Resuena en nuestro desierto


Baño divino tu Bautismo


Nos hace hijos del Padre,


Llena de Amor su Fuego.


La Buena Noticia es Música


Conmueve el corazón y llena el alma


Ven Niño, Dios hecho hombre


A colmarnos de tu paz


Con tu ternura y tu calma. Amén



[1] R. Cantalamessa, Jesucristo el Santo de Dios, Madrid 1991, 100.

[2] M.-J. Lagrange, Évangile selon Saint Luc, Paris 1948, 108-109.

[3] M.-J. Lagrange, Évangile selon Saint Luc, Paris 1948, 108.

[4]  El Evangelio según San Lucas. Lc 1-9. Vol. I (Sígueme; Salamanca 1995) 252.

[5] La obra de Lucas I. El evangelio (Ágape; Buenos Aires 2012) 47.

[6]  La alegría, sal de la vida cristiana (Bonum; Buenos Aires 2010) 10.114-115.-

[7] Citada en G. Zevini – P. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. I (Verbo Divino; Estella 2001) 181.
Fecha del artículo: 2018-12-14 02:10:34
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Fecha modificación: 2018-12-14 02:12:50
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