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En fecha: 22/10/2019 22:15:38 2019 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina




Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo C

“Esperar con, como y de María al Señor”

Primera Lectura (Miq 5,1-4):

Este oráculo pertenece a la sección de los capítulos 4 y 5; la cual comienza anunciando que "al final de los tiempos" Jerusalén/Sión, el monte de la casa del Señor, será elevada por encima de todos los montes y las naciones acudirán a ella (4,1-2 que sigue a Is 2,2-4). Ahora bien, esta situación gloriosa de Jerusalén/Sión sólo llegará después del destierro, cuando el Señor rescate a las ovejas rengas, descarriadas o maltratadas (3,6-8). Por tanto, el contexto previo de la profecía de Miq 5,1-4 es la humillación de Jerusalén/Sión por parte del ejército babilonio, acontecimiento que lleva a las naciones paganas a pensar que Jerusalén/Sión desaparece de la historia (4,11). Pero Miqueas afirma que las naciones no conocen los pensamientos y planes del Señor (4,12). Los sufrimientos de Jerusalén/Sión no representan el fin, sino que son como los de una parturienta y, cuando le llegue el tiempo de dar a luz, Dios la rescatará de sus enemigos (4,10; 5,2). Entonces, luego de presentar una situación angustiosa como la de una ciudad sitiada (4,14), viene el célebre paso donde se anuncia la salvación por medio del nacimiento en Belén de un futuro gobernante con características mesiánicas. En 5,1-3 se describe este Mesías futuro con un aspecto político y religioso a la vez pues extenderá los dominios, salvará al pueblo y traerá toda clase de bendiciones, entre ellas la íntima vinculación del pueblo con Dios que desbordará en una situación de paz.[1]  Luego en 5,4 concluye afirmando que: "Y el mismo será la Paz". El Mesías Salvador prometido, no sólo será el instrumento por medio del cual se establecerá sobre la tierra la paz como conjunto de todos los bienes, sino que él mismo es identificado con el nombre de Paz (šālôm).

Salmo Responsorial (Sal 79):

Ante la promesa de salvación de la primera lectura, el salmo nos invita pedir la visita restauradora del Señor, el verdadero y definitivo Pastor de Israel.

Segunda Lectura (Heb 10,5-10):

No resulta fácil vincular esta lectura con las otras dos. El texto en sí mismo nos revela el sentido de la Encarnación: Cristo ha tomado un cuerpo, se ha hecho hombre, para ofrecer su cuerpo-vida mediante la obediencia a la voluntad del Padre. En el contexto del adviento puede servirnos de antídoto a una concepción tal vez demasiado 'meliflua' o 'romántica' de la Navidad la cual olvida que ese Niño ha venido a sacrificarse por todos nosotros.

Evangelio (Lc 1,39-45):

María, después de haber recibido la visita de Dios en la anunciación, sale presurosa a visitar a su parienta Isabel.

"La prisa de María es un reflejo de su obediencia al plan que le revela el ángel, plan que incluía el embarazo de Isabel (1,36-37)"[2].

María entra en la casa y saluda a Isabel. Como señala S. Muñoz Iglesias[3]: "el saludo de María a Isabel fue sin duda el clásico saludo ritual hebreo («La paz contigo») y el beso en la frente. Bíblicamente, la paz es mucho más que la ausencia de guerra o de enfrentamientos: es el conjunto de bienes que pueden hacer feliz al que recibe el saludo. En contexto mesiánico, como el de ahora, dar la paz es desear u ofrecer al oyente los bienes que el Mesías aporta a la Humanidad, y el primero de todos, su presencia, que había de realizar el anuncio profético: se llamará Dios con nosotros. Por ello el saludo cristiano ha terminado por ser: «El Señor esté con vosotros»".

Este saludo provoca una catarata de reacciones. El niño que estaba en el vientre salta de alegría e Isabel queda llena del Espíritu Santo. Para R. Brown la presencia del Espíritu constituye a Juan como profeta y este salto en el vientre es un gesto profético mediante el cual recibe gozoso el advenimiento de la era mesiánica[4]. La venida de Jesús trae la plenitud del Espíritu y la alegría. La visitación es una confirmación de ello. Jesús, desde el seno de María, puede ya comunicar la alegría al niño que está en el seno de Isabel (cf. 1,44).

La exclamación inspirada de Isabel nos enseña en primer lugar que María es bendita porque bendito es el fruto de su vientre. Es bendita y portadora de la Bendición de Dios, como Abraham (cf. Gn 12,2-4).

Luego sigue la expresión "¿quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?" (1,43). Algunos ven este texto como una reactualización de la frase de David en 2Sam 6,9, en el relato del traslado del Arca de la Alianza a la casa de Obedebom[5]. No se puede negar cierta semejanza de vocabulario ni tampoco el paralelo entre los tres meses de permanencia del Arca en casa de Obedebom y de María en casa de Isabel (cf. 2Sam 6,11 y Lc 2,56). Según esta interpretación, María aparece entonces como nueva Arca de la Alianza, portando al mismo Hijo de Dios en su seno. Por su parte, otros autores[6] prefieren relacionarlo con el Sal 109,1 porque encontramos allí la expresión "mi Señor"; que Lucas la aplica aquí a Jesús a través de su Madre para hacer referencia al descendiente de David, con un sentido mesiánico-real (cf. los oráculos mesiánicos de Is 7,14; 9,6 a los que se alude en Lc 1,31.33). Pero hay un aspecto de novedad por cuanto en el AT la expresión "mi Señor" aparece referida varias veces al rey (por ejemplo, en 2Sam 13,32.33; 24,21) pero nunca al Mesías como tal. Entonces es Lucas quien establece esta vinculación citando el Sal 109,1 para atribuirle a Jesús un tipo de soberaníadiversa, superior.

La exclamación de Isabel termina con una declaración de bienaventuranza de María por su fe. La visita de María a la casa de Zacarías e Isabel está motivada por su fe en la Palabra del Señor, pues va allí a verificar el signo de la promesa, que es el embarazo de Isabel (cf. 1,36), porque cree que Dios salva en la historia. María creyó en lo increíble, en que sería madre virgen del Hijo de Dios, del Señor. Y es Feliz, Bienaventurada, por haber creído y contagia esta felicidad. Es una auténtica misionera. Está tan llena de Cristo que evangeliza con su presencia y el mero saludo.

La concepción del niño en su vientre, que la hizo bendita entre las mujeres, se debió totalmente al Espíritu creador de Dios, sin participación física de un hombre. Lo que María aportó al plan salvífico fue su fe en que el Creador podía realizarlo. Esta fe en el cumplimiento de las palabras del Señor merece la bienaventuranza y está en abierto contraste con la falta de fe del marido de Isabel, Zacarías, quien no creyó a las palabras del Señor y por ello quedó mudo hasta el nacimiento de Juan Bautista (1,20)[7].

Algunas reflexiones:

En el cuarto domingo de Adviento la liturgia nos presenta a la Madre del Señor embarazada, dándole un fuerte realismo a la expectativa del nacimiento del Salvador:

“La Iglesia, confortada con la presencia del Señor, camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos y va al encuentro del Señor que llega. Pero en este camino procede recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María” (Redemptoris Mater n° 2).

La liturgia nos presenta entonces a María como modelo - ejemplo de fe y esperanza “por haber creído que se cumplirá lo que le fue anunciado de parte del Señor”.

En María se concentra y se resume toda la espera milenaria de Israel. Pero al mismo tiempo la trasciende porque el cumplimiento va a superar la promesa confirmando que los caminos de Dios no son nuestros caminos (¡se dará lo inaudito!): María nos enseña a esperar la sorpresa de Dios y a recibirla con fe.

María nos enseña a buscar y a encontrar a Dios en lo pequeño, en lo sencillo, en lo cotidiano. Como dice hermosamente el Papa Francisco: “María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura” (EG n° 286).

María nos enseña a tener esperanza a pesar de nuestra pobreza de méritos para recibir al Señor: “Dios nuestro…ya que carecemos de méritos propios socórrenos con tu misericordia” (oración colecta del 2° Domingo de Adviento).

María se abre a la acción del Espíritu Santo y por eso es tan fecunda. María vivió de modo único y supremo la Encarnación y por su fe se entregó a la acción del Espíritu Santo y se convirtió en templo de Dios. Si toda la Iglesia es la nueva Jerusalén donde Dios viene a habitar en medio de ella, María lo es de modo excelso. La actitud de María en la anunciación es el modelo perfecto de cómo debemos recibir a Jesús; y hacerlo de modo que esta recepción se transforme en entrega a los demás. Todo esto es cierto, pero sin olvidar que el gran protagonista de la Encarnación, y también de la visitación, es el Espíritu Santo. Como nota H. U. von Balthasar[8]: "No es María la que ha revelado a Isabel que se encuentra encinta – ni siquiera se lo ha dicho a José –, sino el Espíritu Santo, que es el que hace «saltar de alegría» al hijo que Isabel lleva en su seno".

Cada comunidad y cada cristiano contemplan a María y ven en ella la realización plena de la Promesa de Dios de habitar en medio nuestro. Por eso es un modelo-ideal al cual tender, al cual aspirar con un deseo que comprometa las fibras más íntimas de nuestro corazón. Que el Verbo de Dios nos habite, nos llene de su presencia, como llenó el corazón y la vida de María. Es la realización de nuestra Navidad personal y comunitaria.

 María recibe al Verbo y lo hace presente mediante su presencia servidora. María, una vez que concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo, sintió un gran deseo de llevarlo a otros. De inmediato fue a visitar a su prima Isabel. La sola presencia de Jesús en el seno de María, purificó y santificó a Juan el Bautista, antes de que naciera. Así Jesús, por mediación de maría, pudo empezar a realizar su misión salvadora.

Este encuentro de las dos "madres embarazadas" es un modelo de todo encuentro creyente y evangelizador, obra del Espíritu Santo en ellas. Este encuentro de las dos "madres embarazadas" es un modelo de todo encuentro creyente y evangelizador, obra del Espíritu Santo en ellas. En efecto "María e Isabel tienen esto en común, de lo que podemos aprovechar nosotros hoy: saben dialogar sobre lo que Dios hace en ellas. Ninguna de las dos habla de sí, sino de la otra, o de lo que Dios ha hecho, hasta el culmen del Magnificat"[9].

Al respecto decía el Papa Francisco: “María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización” (EG n° 288).

En fin, María nos enseña a ser misioneros e Isabel nos enseña a recibir con alegría la visita del Señor. Dos actitudes destacadas para vivir en esta última semana de adviento (y siempre): la acogida cordial y la iniciativa misionera.

La consigna: ponernos junto a María y como Ella abramos el oído de nuestro corazón a la Palabra de Dios que viene a nosotros. Pues como decía san Efrén de Siria: “el Señor del mundo nos ha dado en María una nueva vida. El Maligno, por obra de la serpiente, vertió el veneno en el oído de Eva; el Benigno, en cambio, se abajó en su misericordia y, a través del oído, penetró en María. Por la misma puerta por donde entró la muerte, ha entrado también la Vida que ha matado la muerte".

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

La historia de tu Venida…

Quisiera escribir un día

La historia de tu Venida

Una tarde de abrazos me recibía

Una mañana de lágrimas y espinas.

Se hizo de noche enseguida

Me supe sola, andando entre los cerros

Un camino atravesando la vida

Y mojones de tu Presencia yo percibía.

Alegría en la sencillez y la pobreza

La libertad se gestaba y latía

Una esperanza nueva asomaba apenas

Era incipiente y bella esa alegría.

La soledad se esfumó entre canciones

Júbilo, algarabía y un sueño

De manitas y ojitos pequeños

Aroma de resurrección tenía.

Gloria a Dios Padre de todos

Al Hijo que nos hermana

Nos envuelve en su Espíritu,

Sana el alma y justifica. Amén.

“María, tú fuiste proclamada feliz por Isabel porque dijiste que sí (cf. Lc 1,45). Este sí, tu respuesta a la Palabra, se convirtió enseguida en una comunicación silenciosa de esa Palabra a los demás, comunicación que engendró la alegría de la salvación en Juan, el Precursor, y en Isabel, que quedó llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1.41).

Ayúdanos a vivir la fecundidad de nuestra respuesta. Queremos decir siempre que sí a las exigencias de Dios. Queremos vivir en una actitud de desprendimiento y de pobreza, en una actitud de fecunda contemplación y de firme y serena esperanza, a fin de entregar a nuestros hermanos la alegría de tu presencia porque tú...nos haces vivir la alegría de la misión apostólica. Amén”.  Cardenal Eduardo Pironio.-

[1] Cf. J. L. Sicre, De David al Mesías, Estella, Verbo Divino 1995; 296-302.

[2] R. E. Brown, El nacimiento del Mesías. Comentario a los Relatos de la Infancia, Madrid 1982, 345.

[3] Un niño nos ha nacido, EDE, Madrid 1995, 39.

[4] Cf. R. E. Brown, El nacimiento del Mesías, 355.

[5] Cf. L. H. Rivas, La obra de Lucas I. El Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2012) 32-33. Para este autor el mensaje de este evangelio es presentar a Jesús como la Nueva Alianza de Dios con la humanidad y a María como nueva arca que lleva en su seno a Jesús.

[6]Acerca de la identificación entre María y el Arca de la Alianza a la que nos conduce la primera interpretación vista, Salvador Muñoz Iglesias sostiene: "Aparte de que esta singular identificación sería exclusiva de nuestro pasaje - nunca más repetido por Lucas ni en el resto del NT- otros motivos muy serios nos hacen considerarla dudosa y poco probable". Véase S. Muñoz Iglesias, Los Evangelios de la Infancia (Madrid 1986), II, 236. Para este autor la designación de "mi señor" no parece superar el título mesiánico del esperado descendiente de David llamado así por el Sl 109,1. Por su parte J. Fitzmyer piensa que "tal vez esta interpretación peque de demasiado sutil", en El Evangelio según Lucas (Madrid 1986), II, 147.

[7] Cf. R. E. Brown, El nacimiento del Mesías, 358.

[8] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 216.

[9] G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio divina para cada día del año 1.  (Verbo Divino; Estella 2001) 233.

 

 


Post date: 2018-12-21 14:16:08
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