Lectio Divina

LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Primera Lectura (1Sam 1,20-22.24-28):

Para entender este relato debemos recordar que Ana, esposa de Elcaná, era estéril y había ido en peregrinación con su marido al santuario de Silo y allí había pedido desesperadamente un hijo haciendo el voto de consagrarlo a Dios si se lo concedía. Testigo de este voto fue el sacerdote Elí. La parte del relato que leemos hoy nos cuenta que Dios escuchó la plegaria de Ana, quien concibe y da a luz a Samuel, cuyo nombre expresa justamente que ha sido un regalo de Dios. Entonces Ana cumple religiosamente con su voto y deja al niño Samuel en el Santuario como consagrado a Dios. Hay un cierto paralelismo entre 1 Sam 1,22 y Lc 2,22-24. Es de notar el protagonismo de la mujer, de Ana, en este relato. Ella pone el nombre al niño; decide cuando debe ser presentado ante Yavé; y es Ella quien lo ofrece a Yavé ante el sacerdote Elí en Silo.

En el contexto de la historia de Israel importa notar que por entonces se vivía un período de franca decadencia religiosa y de crisis institucional ya que el período de los jueces está llegando a su fin. Como bien señala J. L. Sicre[1], la primera unidad de 1Sam, que abarca los tres primeros capítulos, pone de relieve el desgaste del antiguo régimen de los jueces y prepara el advenimiento de un nuevo orden. Como representantes del antiguo orden tenemos a Elí y sus hijos; mientras que la novedad y la esperanza vienen de la mano de un nacimiento donde la intervención de Dios y la tenacidad de una mujer son decisivas. En efecto, frente a esta situación de decadencia, Dios pone en marcha su plan de renovación de su pueblo a través de la angustia y la fe de una mujer estéril: Ana. Ella y su hijo Samuel son los instrumentos elegidos por Dios para revertir esta oscura etapa de la historia de Israel.

Evangelio (Lc 2,41-52):

La familia de Nazareth era cumplidora de la Ley de Dios que mandaba peregrinar a Jerusalén al menos para la fiesta mayor de la Pascua. Era todo un acontecimiento para la gente del interior, iban en caravana rezando y cantando. Justamente hay una serie de salmos que se llaman de la «subida» pues se cantaban especialmente cuando «subían» peregrinando a Jerusalén (por ejemplo, los salmos 15 y 122).

            Se señala que Jesús había cumplido los 12 años. Posiblemente era la edad de la madurez y podía entonces participar de la peregrinación y de la fiesta de Pascua en Jerusalén.

            Por tanto, Lucas ubica este episodio en el Templo de Jerusalén durante una de las peregrinaciones que la sagrada familia, como toda familia judía piadosa, realizaba a la ciudad santa para la pascua cada año.

            La fiesta en Jerusalén transcurrió sin inconvenientes, pero cuando el grupo emprende el regreso, incluidos María y José, Jesús se queda en la ciudad santa sin avisar a sus padres. Al cabo de tres días de angustiosa búsqueda lo encuentran: «lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas» (2,46).

            La gran cuestión es por qué Jesús hizo esto, es decir quedarse sin avisar a sus padres. La misma Virgen María lo expresa en su pregunta, con tono de comprensible disgusto: «Cuando le vieron quedaron sorprendidos y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (2,48).

            La respuesta de Jesús a esta interpelación de su Madre es algo enigmática por cuanto sugiere que sus padres no deberían haberlo buscado sabiendo que debía ocuparse de las cosas de su Padre (Dios). En efecto, la respuesta de Jesús resulta desconcertante para María y José, pero a través de ella el evangelista pone en claro que el único Padre de Jesús es Dios, tal como le había anunciado el ángel a María. La palabra «debo» expresa en Lucas la necesidad que impele a Jesús de cumplir la voluntad histórico-salvífica de Dios (cf. 4,43; 13,33; 19,5; 22,37; 24,44). Por esto en 2,49 está manifestando la vocación y misión fundamental de Jesús de ser Hijo cumpliendo el plan de su Padre, ocupándose de sus asuntos. Algunas Biblias traducen: “Estar en la casa de mi Padre”, en referencia al templo; pero el texto griego no utiliza el término «casa». Es mejor la expresión “estar en las cosas u ocuparse de los asuntos de mi Padre” porque refleja una actitud existencial de Jesús que brota de su identidad profunda de Hijo enviado por el Padre; no se reduce a su estancia en el templo, sino que es un modo de ser que va con Él a todas partes, es su manera de vivir. Al respecto comenta J. Ratzinger[2]: «Él debe estar con el Padre, y así resulta claro que lo que puede parecer desobediencia, o una libertad desconsiderada respecto a los padres, es en realidad precisamente una expresión de su obediencia filial. Él no está en el templo por rebelión a sus padres, sino justamente como quien obedece, con la misma obediencia que lo llevará a la cruz y a la resurrección». Por tanto, en las primeras palabras de Jesús que nos reporta el evangelio de Lucas, este se dirige a Dios llamándolo “mi Padre” y revelando que esta relación Padre-Hijo tiene un carácter trascendente y único que supera la simple comprensión humana, incluida la de María, su madre.

Por otra parte, pensamos que la intención de la respuesta de Jesús fue, en cierto modo, «educar» a sus padres en la aceptación de la primacía absoluta de Dios, del Padre. Según la interpretación de muchos Padres de la Iglesia, Jesús quiso de este modo conducirlos al verdadero Padre. Lo cierto es que María y José, como todos los padres, debieron «aprender» a «entregar» a su Hijo a Dios, a reconocer Su soberanía sobre todo ser humano.

            Al respecto dice el Card. Martini[3]: «Quizá comprendamos ahora por qué Jesús no dijo nada a sus padres, por qué provocó adrede un «shock» que permitiera a José y a María dar el salto cualitativo, a comprender mejor quién era su hijo. Actuó así para anunciar la primacía del Reino, la primacía absoluta de la Voluntad del Padre; quiso enunciarlo de forma paradójica, porque el Reino es un bien tan grande, tan nuevo, tan inaudito, tan impensable, que pone en entredicho aun lo más obvio. La voluntad de Dios no se presenta nunca como una tranquila continuidad con lo que uno vive, sino que tiene siempre una función de «sacudida»; no se entra en el Reino sin una conversión, sin un cambio, sin un giro. Y en el Reino se purifica, se recompone y recupera todo amor humano, incluido el amor a los padres y la familia».

            Superado este «incidente», todo vuelve a la «normalidad» pues Jesús regresa a casa con María y José y permanece sumiso a ellos. Y allí, en la vida oculta y familiar de Nazareth «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres» (2,52).

No se trató, por tanto, de un acto de rebeldía y menosprecio de su familia. Fue un momento de «revelación» de la identidad profunda de Jesús que supera la percepción natural y que requiere su aceptación por la fe.

Algunas reflexiones:

            La Fiesta de la Sagrada Familia se celebra el domingo siguiente a la Navidad como una prolongación de este misterio. Con su Encarnación Dios ha santificado al hombre, lo ha redimido. Pero no sólo al hombre considerado individualmente, sino al hombre con sus vínculos más profundos y vitales. Y aquí es donde entra, con pleno derecho, la realidad de la familia. Jesús nació, creció y vivió con su familia; y por ello la llamamos la Sagrada Familia. Y desde ella podemos y debemos iluminar la vida de todas las familias.

El evangelio nos ofrece algunas pistas de reflexión. En primer lugar, nos presenta a la Sagrada Familia como cumplidora de la ley del Señor, por cuanto no se sintieron dispensados de cumplir la voluntad de Dios manifestada en su Ley y que obligaba a todos los israelitas a la peregrinación anual a Jerusalén para la Pascua. Sobre esta peregrinación de la Sagrada Familia comenta el Papa Francisco: “lo más hermoso que hoy pone de relieve la Palabra de Dios es que la peregrinación la hace toda la familia. Papá, mamá y los hijos, van juntos a la casa del Señor para santificar la fiesta con la oración. Es una lección importante que se ofrece también a nuestras familias. Es más, podemos decir que la vida de la familia es un conjunto de pequeñas y grandes peregrinaciones.

Por ejemplo, cuánto bien nos hace pensar que María y José enseñaron a Jesús a decir sus oraciones, y esta es una peregrinación, la peregrinación de la educación a la oración. Y también nos hace bien saber que durante la jornada rezaban juntos; y que el sábado iban juntos a la sinagoga para escuchar las Escrituras de la Ley y los Profetas, y alabar al Señor con todo el pueblo. Y, durante la peregrinación a Jerusalén, ciertamente han rezado cantando con las palabras del Salmo: «¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén» (122,1-2).

Qué importante es para nuestras familias peregrinar juntos, caminar juntos para alcanzar una misma meta. Sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer; un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo. En esta peregrinación de la vida compartimos también el tiempo de oración. ¿Qué puede ser más bello para un padre y una madre que bendecir a sus hijos al comienzo de la jornada y cuando concluye? Hacer en su frente la señal de la cruz como el día del Bautismo. ¿No es esta la oración más sencilla de los padres para con sus hijos? Bendecirlos, es decir, encomendarles al Señor, –como hicieron Elcaná y Ana, José y María– para que sea él su protección y su apoyo en los distintos momentos del día. Qué importante es para la familia encontrarse también en un breve momento de oración antes de comer juntos, para dar las gracias al Señor por estos dones, y para aprender a compartir lo que hemos recibido con quien más lo necesita. Son pequeños gestos que, sin embargo, expresan el gran papel formativo que la familia desempeña en la peregrinación de todos los días. Al final de aquella peregrinación, Jesús volvió a Nazaret y vivía sujeto a sus padres (cf. Lc 2,51). Esta imagen tiene también una buena enseñanza para nuestras familias. En efecto, la peregrinación no termina cuando se ha llegado a la meta del santuario, sino cuando se regresa a casa y se reanuda la vida de cada día, poniendo en práctica los frutos espirituales de la experiencia vivida”.

Ahora bien, el régimen de la Ley iba a ser transformado y elevado por la Gracia, por el «vino nuevo» que trae Jesús. Por eso María y José fueron los primeros en ser sorprendidos-confundidos por esta «irrupción» del Reino de Dios con toda su carga de novedad. Recordemos que hasta entonces, según los evangelios canónicos, nada especial o sobrenatural parece haber sucedido en la vida de la Sagrada Familia (fuera de la concepción virginal); y no se vieron sustraídos a las dificultades propias de toda familia de la época. Incluso a consecuencia del Niño fueron perseguidos y tuvieron más dificultades que los demás. Esto queda de manifiesto con la profecía de Simeón: por una parte, el Niño será luz para los hombres y causa de gozo y salvación para todos, empezando por María y José. Pero también será signo de contradicción, será rechazado, lo cual provocará un profundo desgarro en el corazón de la Madre. Y a través de todas estas pruebas y desgarros – dice H. U. von Balthasar[4] – Dios va educando a María para la maternidad eclesial, que va más allá de la «carne», para fundarse sólo en la fe y que se dará al pie de la cruz. Y «la fe de María es una fe en camino, una fe que se encuentra a menudo en la oscuridad, y debe madurar atravesando la oscuridad. María no comprende las palabras de Jesús, pero las conserva en su corazón y allí las hace madurar poco a poco»[5].

Y esta irrupción del Reino, de lo verdaderamente sobrenatural, en el ámbito de lo natural tiene el mismo carácter de necesidad que tenía Jesús en cumplir la Voluntad del Padre. Referido concretamente a la familia podemos afirmar, sobretodo hoy en día, que es necesaria la Gracia para salvarla; que tiene que aceptar por la fe a Jesús para poder seguir siendo verdadera familia, comunidad de vida y amor, con un padre (varón), una madre (mujer) e hijos.

Importa mucho volver a colocar la piedra angular, el fundamento, la roca sólida: Jesús. Es a Él a quien hemos perdido y es a Él a quien tenemos que salir a buscar, como María y José. Al respecto tenemos que distinguir por cuanto hay una pérdida de la presencia de Jesús cuya causa es moral. En este sentido el pecado es lo único que puede alejarlo realmente de nosotros. Pero hay otra pérdida de Jesús que es más bien una purificación, una llamada a una búsqueda en un nivel superior. Tal es la pérdida de Jesús que experimentaron María y José. Lo cierto es que toda la vida del cristiano es una continua búsqueda del Señor, que a veces parece que jugase a las escondidas con nosotros. Ante esto hay que descartar la causa moral, el pecado consentido. Desechada esta posibilidad se trata entonces de una purificación, de una llamada al crecimiento en la fe, a una nueva revelación del Padre.

            Sobre la necesidad del Señor en el matrimonio también dice: «El verdadero vínculo es siempre con el Señor. Todas las familias, tienen necesidad de Dios: todas, ¡todas! Necesidad de su ayuda, de su fuerza, de su bendición, de su misericordia, de su perdón. Y se requiere sencillez. ¡Para rezar en familia se requiere sencillez! Cuando la familia reza unida, el vínculo se hace fuerte» (Homilía de la Misa del Encuentro de Familias, que se realizó en Roma en octubre del 2013).}

 En fin, la familia debe buscar a Jesús para encontrar en Él su Salvador y su salvación.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

La familia del Señor

Un Niño se les ha dado

Y no todos comprendían…

Él, por su propio deseo

A este mundo venía.

Fue José, amparo y hombre

¡Siervo manso, tan humano!

Padre, cargado de dudas

Dios las fue disipando.

Fue María, madre y niña

Mujer de voluntad tenaz

De perfil sin igual, decidida creatura

Llena de gracia y ternura.

Y entre ellos, el Señor

Aprendía y enseñaba, el amor iba y venía

En la sencilla morada

Nazaret grabó sus historias

Las unió en una plegaria.

Y sin querer preocupar

Jesús se animó a volar

Se enfrentó a la autoridad

Los sabios de aquella época.

Entendieron María y José

Un poco más de su realeza

Y aceptaron que Jesús

Tenía una misión inmensa.

Y como una familia cualquiera

En el silencio de un pueblo

Maduraron los tres bajo la sombra

De la Trinidad Eterna.

Modelo para este mundo

Una Iglesia doméstica

Dios la consagró: SAGRADA

Imagen suya y nuestra. Amén.

[1]  El primer libro de Samuel (Herder-Ciudad Nueva; Barcelona 1997) 43-45.

[2] La infancia de Jesús (Planeta; Buenos Aires 2012) 129.

[3] Estar en las cosas del Padre (Sal Terrae; Santander 1992) 72-73.

[4] J. Ratzinger – H. U. v. Balthasar, María, primera iglesia (Narcea; Madrid 1980) 65-69.

[5] J. Ratzinger, La infancia de Jesús (Planeta; Buenos Aires 2012) 129.

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