Lectio Divina

EPIFANÍA DEL SEÑOR (SOLEMNIDAD)

Evangelio (Mt 2,1-12):

«Difícilmente habrá otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía, pero también la investigación y la reflexión, como la historia de los «Magos»venidos de «Oriente», una narración que el evangelista Mateo pone inmediatamente después de haber hablado del nacimiento de Jesús», dice J. Ratzinger en su libro «La infancia de Jesús» (pág. 95).

Las fantasías sobre los «reyes magos» están a la vista, ahora veremos algo de la investigación y reflexión sobre este relato bíblico que ha impregnado nuestra cultura.

En primer lugar, nos preguntamos quiénes eran estos «magos que venían del Oriente y se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (Mt 2,1-2).

Aclaremos de entrada que el término «magos», en el original griego «mágoi» (μάγοι), poco o nada tiene que ver con nuestro uso actual de la palabra “mago” con su sentido de “ilusionista”. Para comprender su sentido tenemos que recordar que en la antigüedad se designaba con este término a los pertenecientes a la casta sacerdotal persa y, en sentido más amplio, a los estudiosos, filósofos y astrónomos, de aquella región. En efecto, la astronomía, unida a la filosofía y a la religión, se cultivaba mucho en los tiempos de los imperios babilónico y persa (s. VI-IV a. C.); y hay inscripciones cuneiformes con cálculos astronómicos que demuestran que todavía seguía vigente, aunque en menor medida, en tiempos de Jesús. Tal vez el término que mejor los describe sería el de «sabios», por cuanto eran hombres cultos de corazón inquieto, buscadores de la Verdad, buscadores del Dios verdadero. Sólo esto último explicaría su decisión de emprender un largo y riesgoso camino a Jerusalén guiados por una estrella.

También sobre la cuestión de la estrella la investigación ha sido abundante quedando como principales hipótesis la del cometa Halley del año 12/11 a. C.; la de un cometa atestiguado por astrónomos chinos para el año 5/4 a. C.; o la conjunción de Júpiter y Saturno que se produjo tres veces el año 7/6 a. C. Esta última hipótesis tiene a su favor que hoy se considera como fecha más verosímil del nacimiento de Cristo los años 7/6 a. C. y que Júpiter es el astro de los reyes mientras que Saturno, astro del sábado, fue considerado a veces como estrella de los judíos (cf. U. Luz, El evangelio según San Mateo, 159-160).

Lo cierto es que estas investigaciones permanecen en la categoría de hipótesis y no son relevantes para establecer el sentido del relato.

La estrella los llevó hasta Jerusalén donde tuvieron la humildad de preguntar a los sabios judíos: «¿dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?». Y la respuesta les vino de las Escrituras: «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel» (Mt 2,6 que cita Miq 5,1 combinada con 2Sam 5,2). Y creyeron en la Palabra de la Escritura y se pusieron en camino hacia Belén.

En 2,11 se nos relata brevemente lo que hicieron los magos al llegar hasta el Niño: “vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2,11).

Sobre estos gestos comenta J. Ratzinger: «Los Magos adoptan la proskýnesis, es decir, se postran ante él. Éste es el homenaje que se rinde a un Dios-Rey. De aquí se explican los dones que a continuación ofrecen los Magos. No son dones prácticos, que en aquel momento tal vez hubieran sido útiles para la Sagrada Familia. Los dones expresan lo mismo que la proskýnesis: son un reconocimiento de la dignidad regia de aquel a quien se ofrecen. El oro y el incienso se mencionan también en Isaías 60,6 como dones que ofrecerán los pueblos como homenaje al Dios de Israel. La tradición de la Iglesia ha visto representados en los tres dones —con algunas variantes— tres aspectos del misterio de Cristo: el oro haría referencia a la realeza de Jesús, el incienso al Hijo de Dios y la mirra al misterio de su Pasión» (La infancia de Jesús, 110).

La pregunta clave ahora es qué es lo que nos quiere decir el evangelista san Mateo con este relato de los magos. Y la respuesta es que Dios guía también a los paganos, o sea los no judíos, al encuentro de Cristo. En otras palabras, también para ellos ha nacido Cristo, el Señor, el Salvador. Y Dios los guía misteriosamente a través de una estrella hasta Jerusalén; y allí ya no es la estrella sino las profecías del Antiguo Testamento las que conducen a Cristo.

En síntesis, el midrás de los magos de Oriente simboliza dos mundos opuestos. Por un lado el de los paganos, que reciben la luz de Dios y buscan al Mesías haciendo un largo viaje. En oposición está el otro mundo, el de las autoridades judías, Herodes, los sacerdotes y los escribas, que conocen las Escrituras pero son incapaces de andar unos pocos kilómetros para adorar a Jesús en Belén. Ahora bien, para llegar al Mesías, al Niño Jesús, los paganos tienen que pasar necesariamente por las Escrituras, por el Antiguo Testamento. En este sentido los dos mundos se cruzan.

Además, desde el punto de vista cristológico, la cita de Miq 5,1 combinada con 2Sam 5,2 presenta a Jesús cumpliendo las profecías del Mesías descendiente de David y pastor se su pueblo Israel. Y desde el punto de vista eclesial, los magos son las primicias de los paganos que reciben el evangelio y prefiguran su incorporación a la Iglesia, el nuevo Israel pastoreado por Jesús.

Algunas reflexiones:

Desde el punto de vista litúrgico notemos que “la solemnidad de la Epifanía es el segundo momento de las fiestas de Navidad. Las dos fiestas no se distinguen prácticamente en su origen, ya que la misma Navidad es «epifanía», es decir: «aparición», «manifestación». En el contexto litúrgico, sin embargo, la Epifanía queda subrayada como la solemnidad del universalismo de la manifestación del Señor.”[1]

En este sentido podemos considerar que «los sabios de Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia. No representan únicamente a las personas que han encontrado ya la vía que conduce hasta Cristo. Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro con Cristo» (J. Ratzinger, «La infancia de Jesús», 102).

Los sabios representan a todas las personas con un corazón inquieto, que no se conformaban con lo que es aparente, habitual o mediático. Sobre el caminar de los magos decía el Papa Francisco: “Jesús se deja encontrar por quien lo busca, pero para buscarlo hay que moverse, salir. No esperar; arriesgar. No quedarse quieto; avanzar. Jesús es exigente: a quien lo busca, le propone que deje el sillón de las comodidades mundanas y el calor agradable de sus estufas. Seguir a Jesús no es como un protocolo de cortesía que hay que respetar, sino un éxodo que hay que vivir. Dios, que liberó a su pueblo a través de la travesía del éxodo y llamó a nuevos pueblos para que siguieran su estrella, da la libertad y distribuye la alegría siempre y sólo en el camino. En otras palabras, para encontrar a Jesús debemos dejar el miedo a involucrarnos, la satisfacción de sentirse ya al final, la pereza de no pedir ya nada a la vida. Tenemos que arriesgarnos, para encontrarnos sencillamente con un Niño. Pero vale inmensamente la pena, porque encontrando a ese Niño, descubriendo su ternura y su amor, nos encontramos a nosotros mismos.” (homilía en la Epifanía del Señor del 6 de enero de 2018).

Los magos siguieron la estrella, o sea que a través del lenguaje de la creación encontraron al Dios de la historia. Por tanto, la estrella simboliza los signos que Dios nos muestra para que lleguemos hasta Él. Así, para algunos la estrella puede ser la creación como obra de Dios Creador; para otros puede ser la filosofía o la misma ciencia o saber humano.

Pero también escucharon y creyeron en las profecías del Antiguo Testamento, por tanto los magos o sabios, además de saber escuchar la voz de Dios que se revela en la creación, supieron escuchar a Dios que nos habla en las Escrituras y creyeron en ellas.

En síntesis, los magos o sabios de oriente son un ejemplo por cuanto supieron escuchar su propio corazón y trascender con la mirada la realidad cotidiana que nos aprisiona y poder así percibir los signos de Dios, su lenguaje callado y perseverante. Y luego tuvieron la valentía para ponerse en camino y la humildad para dejarse llevar al encuentro de la Verdad Plena, de Jesús, guiados por la misma Palabra de Dios, pues Dios se nos ha revelado en Cristo.

Y por último es un ejemplo también su actitud de adoración cuando llegaron hasta Jesús. La adoración y la donación al Señor es la respuesta ante su manifestación o epifanía, es la cumbre del acto de fe inicial que los puso en camino, en búsqueda. Después de esto ya pueden emprender el camino de regreso. Quedan atrás la estrella, las antiguas escrituras y el pueblo de las promesas, y los dones. Pero se llevan a Jesús vivo en sus corazones.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

El Rey Único

Naciste para todos y para cada uno

En este lugar: el mundo de todos los mundos.

Tus piecitos caminaron y crecieron

Dejaron huellas desde pequeños

Que hasta los reyes siguieron.

Pasaste por la puerta estrecha y por nosotros

Descendiste a los infiernos

Para dar al tercer día, una mirada de triunfo y de gloria

Cambiar el curso de tiempo

Y escribir de nuevo nuestra historia.

Ahora nosotros somos los reyes

Comprados con la sangre de Dios,

Profetas del tiempo de la Misericordia

Sacerdotes del templo mayor

Poniendo al pie del pesebre el corazón.

Adoradores desde lo profundo

Donde solo somos “los pobres”

Informados por tantos Herodes

Pecadores tantas veces sin rumbo

Buscadores de tu estrella y de tus dones.

Déjame entrar a tu casa a contemplar tus hazañas,

Donde una madre acuna el Tesoro velado al ojo del poderoso

Así descansa el Rey Único,

Amor de los Amores,

Libertad del hombre. Amén

[1] P. Tena, “Las lecturas festivas de Navidad-Epifanía”, en CPL, Navidad y Epifanía, Barcelona, 1991, pág. 32.

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