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En fecha: 19/09/2018 15:09:36 2018 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina




DOMINGO XIII DURANTE EL AÑO – CICLO "B"

Primera Lectura (Sap 1,13-15; 2,23-24):

La cuestión de la muerte es afrontada con profundidad por el sabio en esta sección de su obra, pero siempre desde una perspectiva que podemos llamar teológica. Por ello reflexiona teniendo en cuenta no sólo la experiencia sino la revelación contenida en la Torá de Israel. En efecto, como dice J. Vilchez[1]: "En los v.13-14 el autor tiene como telón de fondo a Gen 1-3, capítulos que recurrirán con frecuencia a lo largo de todo el libro de la Sabiduría.

Así, pues, al decir que Dios no hizo la muerte nos está comunicando que Dios desde el principio no quiso para el hombre la muerte, sino la vida".

En 2,23 "el autor tiene presente Gn 1,27 y su contexto, pero no se contenta con repetir el venerable texto, sino que lo interpreta y lo completa a la luz de una teología más desarrollada sobre la inmortalidad personal más allá de la muerte"[2]. En concreto, el autor afirma que el plan de Dios sobre el hombre y, por tanto, el destino del hombre mismo, es la inmortalidad con Dios; aunque de hecho su condición sea mortal.

Queda en pie, entonces, la cuestión sobre el origen de la muerte; si no viene de Dios ¿de dónde proviene? La respuesta de la Sabiduría, siguiendo a Gn 3, es que vino por el pecado de los hombres que cedieron a la tentación del demonio.

Para comprender esto tenemos que aceptar que el autor no se refiere solo y exclusivamente a la muerte como hecho biológico, sino más bien a la muerte-perdición que incluye un sentido moral y escatológico. Esto se ve claro si tenemos en cuenta que el gran debate de esta sección (1,12-2,24) es la lucha entre la justicia y la injusticia; entre malvados y justos. Por ello se afirma que son los malvados e injustos los que perecerán padeciendo la muerte espiritual y escatológica.

Por último, es de notar el contraste entre el amor de Dios que quiere el bien, la vida inmortal para los hombres; y la envidia del diablo que quiere su perdición. En la encrucijada de ambas fuerzas, no proporcionadas por cierto, se encuentra la libertad del hombre a quien toca decidir de parte de quien elige estar. Y esta elección tiene consecuencias.

Evangelio (Mc 5,21-43):

Para los estudiosos que siguen el método histórico-crítico nos encontramos con dos relatos independientes, el de la hija de Jairo y el de la hemorroisa, que en su origen existieron separadamente[3]. Por su parte, quienes se aproximan al texto desde una perspectiva estructuralista[4] o narrativa[5] insisten en defender la unidad de la sección en su estado actual a la hora de interpretarla. Por nuestra parte, seguiremos esta segunda opción.

El relato nos sitúa de nuevo en la orilla judía del mar de Galilea. Allí mismo se queda Jesús y una multitud lo rodea. En estas circunstancias aparece un padre desesperado por la vida de su hija. Se trata de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, quien se arroja a los pies de Jesús y le suplica por su hijita. En concreto, y literalmente, le dice a Jesús: "mi hijita está en lo último, ven a imponerle las manos para que se salve y viva". Se trata por tanto de una situación límite, por ello este "jefe de sinagoga" (y por tanto autoridad religiosa en Israel) se dirige a Jesús como último recurso. El gesto de postrarse y el tono del pedido denotan su desesperación.

Jesús accede ir a la casa de Jairo y para ello tiene que atravesar "una gran multitud que lo apretujaba por todos lados". En esta nueva circunstancia aparece en escena una mujer. De ella no se dice su nombre, pero el narrador se explaya bastante en describir su desesperada situación: sufre "flujo de sangre o hemorragias" desde hace doce años y, habiendo gastado toda su fortuna con los médicos, no ha podido librarse de la enfermedad, sino que va de mal en peor, como nota el texto. La expresión "flujo de sangre" la encontramos en Lv 15,19; 20,18 LXX para referirse a la menstruación donde se establece que en este período la mujer es impura[6]. Incluso más, según Lv 15,25, si el "flujo de sangre" tiene lugar fuera del período de la menstruación, la mujer "será impura mientras dure el flujo". Vale decir que en aquel contexto social la mujer, además de sufrir el mal de la enfermedad, padece una marginación social y religiosa. Por tanto, también esta mujer se encuentra en una situación límite, de desesperación, y recurre a Jesús por "lo que había oído hablar de Él".

A diferencia de Jairo, esta mujer no se atreve a dirigirse directamente a Jesús. Muy posiblemente su condición de mujer y de "impura" levante una insalvable barrera social para acercarse abiertamente a Jesús. Por ello va por detrás y, sin mediar palabra, toca el manto de Jesús movida por una gran fe/confianza: "con sólo tocar su manto quedaré salvada".

El relato habla de una curación instantánea (kai. euvqu.j) de la mujer, quien lo percibe en su propio cuerpo. También señala que Jesús, al instante (kai. euvqu.j) se da cuenta de la fuerza que ha salido de él y comienza a buscar a la mujer. Jesús pregunta y mira. Los discípulos no comprenden lo sucedido. La mujer sí lo comprende y, con temor y temblor, se acerca ahora de frente a Jesús, se postra y le cuenta toda la verdad.

La frase de Jesús que cierra toda esta escena es importante y hay que prestarle mucha atención: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sana de tu aflicción".

En primer lugar sorprende el vocativo "hija" dirigido a la mujer. Es un caso único en el evangelio. Algunos estudiosos piensan que hay que relacionar la condición de hija con la fe, por cuanto por la fe ha recuperado su condición de hija de Dios. Por ejemplo J. Delorme[7] afirma: "Esta palabra viene al término de un encuentro que fue difícil, como el término de un nacimiento. Debe comprenderse a la luz de lo que sigue: tu fe te ha salvado. Los dos términos, salvar e hija, hablan de vida nueva para una mujer que iba hacia la muerte. Se ha convertido en hija por su fe, como el paralítico de Cafarnaún se convirtió en hijo. Jesús no se apropia ni de uno ni de otra. Reconoce que un ser nuevo ha nacido allí donde discierne la fe".

Tampoco es frecuente en Marcos la expresión: "tu fe te ha salvado". Aparece aquí y en la curación del ciego Bartimeo (cf. Mc 10,52). Mediante esta frase Jesús declara públicamente que la salvación/sanación de la mujer vino por su fe, su actitud confiada en el poder de Jesús (de quien había oído hablar); y no por el simple gesto de tocar su manto.

El diálogo viene interrumpido por la sorpresiva aparición de "empleados" de la casa del jefe de la sinagoga para anunciarles la muerte de la hija de Jairo. Con esta intervención volvemos al primer relato. Jesús no presta atención a estas palabras – como no hizo caso de las palabras de sus discípulos poco antes – y le pide a Jairo que venza el temor y tenga fe. Como bien nota M. Navarro Puerto[8]: "La frase que dirige a Jairo, no temas, sólo cree, está relacionada con los acontecimientos inmediatamente vividos. Jesús viene a decir a Jairo: haz como ella, cree como ella, de forma que si él ha aprendido de la mujer la fuerza de la fe, ahora enseña a Jairo apoyándose en lo aprendido experiencialmente".

A continuación la narración se desenvuelve con rapidez y poniendo de relieve la búsqueda de privacidad por parte de Jesús: sólo presencian la curación tres discípulos escogidos (los mismos de la Transfiguración y Getsemaní) y los padres de la niña. También aquí Jesús hace caso omiso de los que juzgan sólo por las apariencias y se burlan de él.

El milagro implica un gesto (tomar la mano) y una orden de Jesús (conservada en su lengua original, el arameo). No hay resistencia alguna: la niña se pone en pie al instante (kai. euvqu.j) y camina. Luego de pedirles reservas sobre lo sucedido, Jesús manda que le den de comer. Estas últimas palabras denotan una actitud de ternura por parte de Jesús, de preocupación por la situación concreta de la niña. Suenan en claro contraste con el reproche de los discípulos a Jesús durante la tempestad en el lago: "no te importa que perezcamos". Jesús demuestra en este detalle cuanto le importa la vida de los demás, en todos los órdenes.

En síntesis, “el evangelio ha reunido estos dos milagros porque es un encuentro de Jesús con la muerte manifestada en dos formas distintas: un muerto en vida y un muerto físicamente. Y Jesús demostró su poder ante esta muerte, contra la cual los hombres no pueden hacer nada” (L. H. Rivas).

ALGUNAS REFLEXIONES:

Si partimos de nuestra realidad, "las lecturas de hoy suscitan preguntas terribles. Cristo cura a una mujer enferma y resucita a una niña muerta. Esa es su vocación. ¿Por qué entonces tienen que enfermar tantos hombres después de él y por qué tienen que morir todos? ¿Dios quiere la muerte? Si nada ha cambiado en el mundo, ¿para qué vino Cristo?", dice el gran teólogo H. U. von Balthasar[9]. Y su respuesta a estas cuestiones parte de la consideración que hace Jesús de la enfermedad y de la muerte como signo y símbolo de la muerte espiritual, la verdadera y definitiva muerte.

Ahora bien, ante la oscuridad de estas dramáticas cuestiones que brotan de la existencia humana, el evangelio de hoy nos ofrece la luz de la fe en Jesús que ilumina la realidad de la muerte/enfermedad con la buena noticia de la vida/salvación/sanación.

En la narración de la mujer que sufría de hemorragias vemos descrito un proceso de fe. En efecto, la mujer tiene inicialmente fe en Jesús, no perfecta, pero verdadera fe. Ha escuchado hablar de él y cree que con sólo tocar su manto puede salvarse. Lo toca y queda curada al instante. Jesús se da cuenta y busca saber quién fue. La mujer, al verse descubierta, tiene miedo y confiesa o declara públicamente lo sucedido. La respuesta final de Jesús interpreta, también públicamente, todo el proceso de la mujer, poniendo el acento en el valor de la fe/confianza de la misma. Esto es importante para sus discípulos a quienes poco antes les reprochó su falta de fe (cf. Mc 4,40: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?"). Al mismo tiempo denota que, más allá de la sanación física, está la salvación personal que consiste en el vínculo con Jesús. En efecto, de mujer anónima y sin palabras, aunque creyente, llega a un diálogo confiado y verdadero con Jesús, quien la llama hija por su nueva condición espiritual. Por tanto, sólo cuando llega a esta situación de comunión personal con Jesús, puede decirse que ha sido “salvada por su fe” y se puede "ir en paz" pues ha recuperado, después de largos doce años, su salud integral, física y espiritual, que en el Antiguo Testamento se expresaba con la palabra: šālôm.

Al respeto dice J. Delorme[10]: "la transformación central del relato no es la curación, sino el nacimiento del diálogo […] Su fe (de la mujer) se expresa además y sobre todo en la manera en que, cambiada por el acontecimiento hasta en su conocimiento de sí misma y de Jesús, ella se ha abierto a él. No pasa simplemente de una fe secreta a una fe manifiesta. Su fe ha conocido la misma historia y la misma transformación que su relación con Jesús".

Por su parte, A. Vanhoye[11] comenta que "podemos observar en este episodio cómo se manifiesta – de una manera vivaz, aunque asimismo muy espontánea – el poder de la vida que procede de Jesús. Los milagros se han contado para que nosotros tengamos fe en ese poder de Jesús. Él es fuente de vida: no sólo de la vida física, sino también, y sobre todo, de la espiritual, de la vida creada a imagen de Dios, como dice el Génesis".

Por su parte, y a mi entender, la historia de Jairo más que el proceso de fe pone de manifiesto el objeto de esa fe; o en otras palabras, lo que podemos esperar de la misma. Es decir, donde los hombres ven muerte, situación irreversible por la que no vale la pena molestar al maestro, Jesús ve sólo un estado de sueño del que se puede despertar. Ahora bien, como le dice Jesús a Jairo, sólo de la fe en Dios se puede esperar tanto. De nada ni de nadie más. Ante la muerte todas las teorías, ideologías y prepotencias del hombre se derrumban. Sólo queda la fe en Jesús, Señor de la vida y de la muerte por su resurrección.

Este despertar/resucitar de la hija de Jairo es signo de la resurrección definitiva de Cristo. Por ello la necesidad de guardar silencio, de callar esperando la llegada de aquel luminoso momento en que la muerte es definitivamente vencida. Sólo desde la resurrección de Jesucristo se ilumina el misterio de la muerte.

La primera lectura de hoy nos orienta claramente en este sentido: la cuestión de la muerte como la cuestión más vital del hombre. O como dice J. Ratzinger: "La postura frente a la muerte implica la que se toma frente a la vida. Consiguientemente, la muerte se convierte en la clave de la cuestión de qué es en definitiva el hombre"[12].

Y también de la muerte como una realidad no reductible al sentido biológico. En la Biblia la enfermedad, en cuanto nos hace perder la comunicación destruyendo las relaciones de la vida humana, viene descrita como muerte. El enfermo aparece como excluido o separado de sus familiares, de sus amistades y del culto mismo; por lo que se considera que está bajo las garras de la muerte. Desde este punto de vista las situaciones de la mujer (enferma) y de la hija de Jairo (muerta) son paralelas.

Ante esta realidad (enfermedad/muerte) que trasciende toda posibilidad humana de auto superación, Jesús demuestra que el vínculo con Dios, gracias a la fe, puede ser más fuerte que la misma vida física. La esperanza del creyente de no quedar atrapado por las garras de la muerte surge como lógica consecuencia de su fe en la omnipotencia de Dios. La muerte no puede limitar el poder de Dios, ni su amor. Jesús demuestra hoy que tiene este poder/amor de Dios. Y esto es lo que tenemos que creer, ayudados por el ejemplo de la mujer y de Jairo.

En fin, como dijo el Papa Francisco: “Estos dos episodios – una curación y una resurrección – tienen un único centro: la fe. El mensaje es claro, y se puede resumir en una pregunta: ¿creemos que Jesús – una pregunta que nos hacemos nosotros - nos puede curar y nos puede despertar de la muerte? Todo el Evangelio está escrito en la luz de esta fe: Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, y por esta victoria suya también nosotros resucitaremos. Esta fe, que para los primeros cristianos era segura, puede empañarse y hacerse incierta, al punto que algunos confunden resurrección con reencarnación. Pero la Palabra de Dios de este domingo nos invita a vivir en la certeza de la resurrección: Jesús es el Señor, Jesús tiene poder sobre el mal y sobre la muerte, y quiere llevarnos a la casa del Padre, en donde reina la vida. Y allí nos encontraremos todos, todos los que estamos en la plaza hoy, nos encontraremos en la casa del Padre, en la vida que Jesús nos dará”.

Además, nos invita a enfrentarnos con la mirada de Jesús: “Yo voy, miro a Jesús, camino delante, fijo la mirada en Jesús y ¿qué encuentro? ¡Que Él tiene fija la mirada sobre mí! Y esto me provoca gran estupor. Es el estupor del encuentro con Jesús. ¡Pero no tengamos miedo! No tengamos miedo, como aquella anciana que no tuvo miedo de ir a tocar el borde del manto ¡No tengamos miedo! Corramos por ese camino, con la mirada siempre fija en Jesús y nos encontraremos con esa bella sorpresa: Nos llenará de estupor porque el mismo Jesús ha fijado su mirada en mí” […] “La mirada de Jesús va a lo grande y a lo pequeño. Así mira Jesús: nos ve a todos, pero mira a cada uno de nosotros. Ve nuestros grandes problemas, nuestras grandes alegrías, y ve también nuestras cosas pequeñas. Porque está cerca. Jesús no se asusta de las grandes cosas, pero también tiene en cuenta las pequeñas. Así nos mira Jesús” (Homilía del 30 de enero de 2015).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Levántate

Y seguías mirando a tu alrededor

No te conformabas con la entrega generosa

De tu misma salud, de tu fuerza interior

Era más, mucho más ella, que tu don…

Preciso fue que se te acerque y te cuente

Lo que había en el fondo de su miseria

En su ahogado corazón: soledad,

Desprecio, rechazo, y dolor.

Tanto tiempo cargando ese vacío

Y vienes a llenarlo Tú, Único Amigo

¡Levántate hoy y vamos,

Tu fe en mi Palabra te ha salvado!

Cuánto me agité por ese gesto

Aquí te entrego mi llanto y te ofrezco

El dolor de tantos enfermos

Hermanos abandonados

Salgo de mí porque ahora

Porque sé que me has curado

Y vuelvo mi mirada para verme en la tuya

Allí estoy reflejado.

Empapado de ese brillo de tus lágrimas

Que me abrigan con dulzura

Su comprensión es tan inmensa

Misericordia divina y Humana ternura. Amén

[1] Sabiduría (Verbo Divino; Estella 1990) 148.

[2] J. Vilchez, Sabiduría, 170.

[3] Cf. por ejemplo J. Gnilka, El evangelio según San Marcos. Vol. I (Sígueme; Salamanca 1992) 243-245.

[4] Cf. J. Delorme, El riesgo de la palabra. Leer los evangelios (Lidium; Buenos Aires 1995) 45-72.

[5] Cf. M. Navarro Puerto, Marcos (Verbo Divino; Estella 2006) 184-207.

[6] No se trata de una cuestión de género ni de discriminación por este motivo pues antes de estos textos, en Lv 15,2-3.13-15, se declaran impuros los hombres que padecen flujo seminal.

[7] El riesgo de la palabra. Leer los evangelios (Lidium; Buenos Aires 1995) 59.

[8] Marcos (Verbo Divino; Estella 2006) 201.

[9] Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 176.

[10] El riesgo de la palabra. Leer los evangelios (Lidium; Buenos Aires 1995) 57.60.-

[11] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo B (Mensajero; Bilbao 2008) 226.

[12] Escatología (Herder; Madrid 2007) 91.

 

 


Post date: 2018-06-29 01:31:59
Post date GMT: 2018-06-29 01:31:59
Post modified date: 2018-06-29 01:33:53
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