Lectio Divina

TERCER DOMINGO TIEMPO DURANTE EL AÑO – CICLO C

Primera lectura (Neh 8,2-4ª.5-6.8-10)

            Este texto nos remite al siglo IV a. C., a la vuelta del exilio babilónico y en pleno proceso de reconstrucción del templo, todavía sin actividad. Por esto último todo el “culto” está centrado en la Palabra de Dios, en la Ley del Señor, que se lee con gran solemnidad y se escucha con devoción, lo mismo que la interpretación del “sacerdote escriba” Esdras y de los levitas. Justamente durante y después del exilio, con el templo destruido, se erigieron sinagogas; y los sacerdotes y los levitas, que ejercían su función mayormente en el culto sacrificial, potenciaron su misión de “instructores” de la Ley de Dios en el contexto de una “liturgia de la Palabra” tal como se describe en Neh 8.

            Ante la Palabra del Señor proclamada la primera reacción del pueblo es la fe, la aceptación de la misma: “Amén, amén”. Esta Palabra del Señor provoca luego llanto y sincera conversión en la comunidad que escucha. Entonces Esdras invita a festejar al Señor y alegrarse en Él: ¡Es un gozo escuchar al Señor!

            Los estudiosos de la Lectura Orante de la Palabra, como M. Massini[1], han visto en este texto “una especie de Lectio Divina comunitaria”, es decir, el antecedente bíblico más remoto de esta práctica de lectura orante de la Sagrada Escritura.

Segunda lectura (1Cor 12,12-14.27 = opción breve)

Para ejemplificar su enseñanza acerca de la unidad y la diversidad de los dones espirituales (cf. 1Cor 12,4-11 que leímos el domingo pasado) San Pablo recurre a la comparación del cuerpo y sus miembros. La referencia a la imagen del “cuerpo” aplicada a la sociedad estaba difundida ampliamente en el helenismo y, por ello, se piensa que de aquí la tomó San Pablo para aplicarla a la Iglesia. Esta comparación es válida en lo referente al funcionamiento de la Iglesia en cuanto cuerpo social, visible. Pero en lo que sigue Pablo deja en claro que la razón de la unidad en la Iglesia se debe a Cristo y al Espíritu Santo. La originalidad de Pablo está en que no lo refiere primariamente a la comunidad de Corinto ni a la Iglesia, como sería de esperar; sino que va derecho a la persona de Cristo en quien ve toda la eclesiología. En efecto, al final del versículo12 dice: “así sucede con Cristo”, a quien aplica entonces la comparación del cuerpo[2]. Luego dice que esta unidad en un solo cuerpo es fruto de la acción del Espíritu, complementando así la idea de 12,4-11 donde el mismo Espíritu es origen de la diversidad. Como dice L. Rivas[3]: “En este punto se pone de relieve una sorprendente enseñanza de san Pablo: los cristianos no forman una unidad solamente porque están unidos entre ellos formando una sociedad, una comunidad a la que se le da el nombre de Iglesia (ekklesía). Los cristianos constituyen un cuerpo porque están unidos a una persona viviente, que es el Cristo glorificado”. Luego en 12,13 explicita que todos los cristianos han sido bautizados (lit. sumergidos) en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Deja en claro que el bautismo tiene una fuerte connotación eclesial: es el sacramento que nos une en un solo cuerpo. No se trata de una experiencia exclusivamente individual del cristiano, ya que por el bautismo se establece una vinculación especial entre todos los cristianos que forman un solo cuerpo.

Al finalizar su argumentación (12,27) Pablo cambia a la 2ª persona plural (ustedes) aplicando la comparación con el cuerpo a los corintios en general (comunidad = cuerpo de Cristo) y en particular (cristianos = miembros del Cuerpo de Cristo).

Evangelio (Lc 1,1-4; 4,14-21):

Lucas es el único de los evangelistas que escribe un prólogo dónde define su obra como una narración (dih,ghsij) ordenada de los acontecimientos fruto de una investigación diligente (Lc1,1-4). En esta presentación utiliza muchas expresiones características de la historiografía griega: importancia de los eventos narrados, insuficiencia de los tentativos precedentes, cuidadosa búsqueda, ordenada exposición y plena atendibilidad. La misma inquietud por darle un carácter histórico a su obra se refleja en los sincronismos con la historia pagana que intercala en 2,1-3 y 3,1-2.

La iglesia en la que Lucas vive y actúa, y para la que escribe, está integrada por cristianos de la segunda o tercera generación (entre los años 80 y 90 aproximadamente) que están inmersos en un mundo cultural y religioso pagano (alguna iglesia de Acaya o del Asia Menor). De aquí el riesgo de perder su vinculación con la iglesia primitiva; del debilitamiento del fervor apostólico y de la tensión escatológica; de la confusión ante corrientes sincretistas. Por esto el objetivo fundamental de su catequesis es reforzar la confianza en la doctrina tradicional cristiana, en la “tradición o transmisión” de la fe; y por ello insiste en la necesidad de apoyarse en la enseñanza de los Apóstoles-testigos, en “aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra”.

Se nombra a aquí a un tal “Teófilo”. Como este nombre tiene un fuerte sabor simbólico – significa “amigo de Dios” – algunos piensan que se trataría de un recurso literario, es decir que el evangelista escribe a todos los que son de verdad “amigos de Dios”. Pero también es posible que se trate de una persona real, de un mecenas que ha dado a Lucas los fondos necesarios para costear los gastos para escribir esta obra; y por eso está dedicada a él. Lo cierto es que Teófilo ya había sido instruido en la fe; ahora Lucas quiere darle seguridad, demostrarle la solidez (avsfa,leia) de la enseñanza o catequesis (kaqexh/j) recibida (1,4), para evitar que la distancia respecto al pasado proyecte una sombra negativa.

La lectura de este domingo “salta” luego a Lc 4,14-21 que es el “comienzo de una nueva sección destinada a mostrar cuál es la misión de Jesús y con qué poder cuenta para realizarla”[4].

El relato comienza diciendo que Jesús volvió a Galilea “por la fuerza del Espíritu”. Es el mismo Espíritu Santo que vino sobre María en la concepción de Jesús (Lc 1,35); que bajó sobre Jesús en su bautismo (3,16); que lo llenó y lo condujo al desierto (4,1). Es el mismo Espíritu que animará a la Iglesia naciente en su misión evangelizadora (cf. He 1-2). Hay un claro protagonismo del Espíritu Santo en la vida de Jesús que le permite con veracidad apropiarse lo dicho por el profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí”.

Lucas resume la actividad de Jesús diciendo que “enseñaba en sus sinagogas” (4,15). J. Fitzmyer[5] comenta que “Lucas añade ese detalle de la enseñanza de Jesús «en sus sinagogas» porque ése va a ser el sitio por excelencia en el que Israel va a escuchar el mensaje de la nueva época que se abre en la historia de salvación. La palabra de Dios se ha de proclamar primero a los judíos y luego a los paganos (cf. Hch 13,46, y las palabras de Pablo a la comunidad judía de Antioquía de Pisidia reunida en la sinagoga: Hch 13, 15). Esa prioridad de los judíos es la que le lleva a Lucas a presentar a Jesús predicando y enseñando en las sinagogas, concretamente en la de su ciudad natal (cf. Le 4,16.44; 6,6; 13,10).”

La enseñanza “inspirada” de Jesús lo hace gozar de buena fama y recibir alabanzas en todas partes. Y con esta fama llega a Nazaret y, tal vez por ella, es que un sábado – según su costumbre – al entrar en la sinagoga se le pide que haga la lectura de la Palabra Profética (llamada haphtará; cf. He 13,27). Lucas realiza una buena ambientación de la escena en un culto sinagogal de aquella época y podemos suponer que ya había tenido lugar la lectura de la Torá que iba al inicio. El texto nos dice que Jesús se pone de pie, recibe el libro y lee el texto de Is 61,1-2 que sería el correspondiente a aquel día; aunque J. Fitzmyer[6] sostiene que el giro de la expresión “encontró el pasaje donde estaba escrito” (4,17) parece significar más bien que el propio Jesús buscó expresamente el pasaje de Is 61,1-2: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.

Luego enrolla el libro, lo devuelve al asistente o encargado (hypéretés) y se sienta, posición propia del que va a dar una enseñanza. Lucas pone de manifiesto la expectativa creada por la presencia de Jesús al decir que todos los ojos estaban puestos en él. Entonces sorprende a todos diciendo: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (4,21).

Para comprender el texto del profeta Isaías que lee Jesús hay que recordar que en el año 587 a.C. Jerusalén es destruida y el pueblo fue deportado a Babilonia. En el exilio la situación de los deportados era de extrema pobreza y privación, y la misma puede equipararse a la de los pobres que no tienen quien los rescate (go’el), ni pueden liberarse por sí mismos.

Entonces el profeta anuncia que Dios mismo asumirá la condición de “rescatador” o “liberador” (go’el) y acudirá en auxilio del pueblo desterrado para rescatarlo. Y para llevar adelante esta misión ha ungido al profeta, quien se presenta ante sus oyentes como “consagrado por la unción”. La unción con el aceite pertenece a la tradición del Antiguo Testamento donde la recibían ante todo los reyes, pero también los sacerdotes y, a veces, los profetas. El símbolo de la unción con el aceite expresa la fuerza necesaria para el ejercicio de la autoridad. En el texto citado de Isaías la ‘consagración con la unción’ se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios al profeta de anunciar a los cautivos en Babilonia la buena noticia del rescate y liberación por parte de Dios; de un “año de gracia del Señor” equiparable a un año jubilar para el pueblo (cf. Lv 25).

La expresión “anunciar la liberación a los cautivos” en relación con el ministerio de Jesús puede entenderse como una referencia a los prisioneros de sus deudas; es decir, la libertad sería una condonación de la deuda. De hecho, en un texto hallado en la gruta 11 de Qumrán el texto de Is 61,1 se usa en conexión con Lv 25,10-13 y Dt 15,2, que se refieren a la «condonación de las deudas» con motivo del año jubilar[7]. En la expresión “dar la libertad a los oprimidos” se usa el término aphesis (ἄφεσις) que aquí se traduce por “libertad” pero que en los demás lugares donde Lucas la utiliza se debe traducir por “perdón” y va siempre unida a “pecados” (aphesis hamartion en Lc 1,77; 3,3; 24,47; He 2,38; 5,31; 10,43; 13,38; 26,18).

La expresión “proclamar un año de gracia del Señor” que cierra la serie es como una síntesis de la misión del profeta. Literalmente en griego dice “proclamar un año favorable o aceptable para el Señor” (annum Domini acceptum en latín); y en Isaías se refiere al anuncio de la liberación de los desterrados como tiempo favorable, del favor de Dios, de su acción gratuita (gracia) en favor de su pueblo, al igual que en los años jubilares.

Pues bien, luego de proclamar este texto Jesús dice que el anuncio de Isaías no se cumplió plenamente en aquel momento, sino “hoy”, “ahora”, en su Persona. El texto griego dice literalmente que esta Escritura se cumplió “en sus oídos”; al punto que algunos proponer traducir: “mientras están escuchando” (4,21). O sea que tanto el profeta ungido como la liberación del cautiverio babilónico eran sólo figura del verdadero mensajero y de la verdadera liberación que se realizan ahora con la presencia y la obra del mismo Jesús, quien ofrece el perdón a los pecadores. De este modo, al comenzar su ministerio, Jesús se presenta como Mesías o Ungido, con la misión de anunciar un año favorable del Señor, un año Jubilar.

            Este año de gracia o jubileo proclamado por Jesús consiste en el ofrecimiento del perdón de Dios a los pecadores; y el motivo de este perdón no se encuentra en los méritos de las personas sino en la entrañable misericordia del Padre. Y justamente porque la fuente y origen de la misión de Jesús es el corazón de Dios, no rige ya la distinción entre judíos y no judíos. La salvación, entendida primariamente como perdón de los pecados (aphesis hamartion Lc 1,77), es ofrecida, en Jesús, a todos los hombres (Lc 3,6).

            En fin, este texto de Lucas es considerado como programático en relación a la actividad de Jesús contenida en el resto del evangelio. Con otras palabras, podemos decir que esta homilía inaugural de Jesús en Nazareth es como la presentación oficial de suproyecto pastoral. Luego el evangelio nos mostrará su aplicación y nos describirá la reacción de las personas ante estas opciones pastorales de Jesús, pero esto lo veremos el próximo domingo.

Algunas reflexiones:

            Una primera reflexión nos surge al considerar la primera lectura junto con el evangelio de hoy y es sobre la primacía o centralidad de la Palabra de Dios.

A la vuelta del exilio la comunidad cobra vida en torno a la escucha de la Palabra de Dios. En Nazareth Jesús se presenta por vez primera como cumplimiento de la Palabra profética. Sí, el pueblo de Dios, la comunidad se congrega en torno a la Palabra de Dios. Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica nº 777 que “la palabra “Iglesia” significa “convocación”. Designa la asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos mismos en Cuerpo de Cristo.

            Es importante, al comienzo del tiempo litúrgico durante el año, recordar esta centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y de los cristianos, tal como pide el Papa Benedicto XVI en Verbum Domini: “revalorizar la Palabra divina en la vida de la Iglesia, fuente de constante renovación, deseando al mismo tiempo que ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial.” (nº 2). Y esto es porque “la Iglesia se funda sobre la Palabra de Dios, nace y vive de ella. A lo largo de toda su historia, el Pueblo de Dios ha encontrado siempre en ella su fuerza, y la comunidad eclesial crece también hoy en la escucha, en la celebración y en el estudio de la Palabra de Dios” (nº 3).

A su vez la Iglesia es la depositaria de la Palabra de Dios y tiene la misión de transmitirla fielmente a todas las generaciones dando a conocer “la solidez de las enseñanzas recibidas” (Lc 1,4). Ya la Dei Verbum puso en claro la relación entre Escritura, Tradición e Iglesia, insistiendo sobre todo en el carácter “vivo” de la Tradición en la Iglesia (cf. DV 7-9).

Y el Papa Francisco en EG 174-175 nos dice entre otras cosas: “No sólo la homilía debe alimentarse de la Palabra de Dios. Toda la evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que la Palabra de Dios «sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial»”

            Una segunda reflexión, en continuidad con la primera, es la necesidad de resaltar la actualidad de la Palabra de Dios y de la Salvación obrada por Cristo. El “hoy” del cumplimiento en Jesús adquiere, en cierto modo, una dimensión que trasciende el tiempo, que conecta con lo eterno. El «hoy» es, precisamente, la novedad de Jesús. Con él han empezado los últimos tiempos, que se prolongan en el tiempo de la Iglesia, en nuestro tiempo. Así, la palabra y la acción salvadora del Señor son “actuales”, están presentes en nuestra vida “hoy” por medio de la Tradición viva de la Iglesia y en especial por la Liturgia: “Así pues, es necesario entender y vivir el valor esencial de la acción litúrgica para comprender la Palabra de Dios. En cierto sentido, la hermenéutica de la fe respecto a la Sagrada Escritura debe tener siempre como punto de referencia la liturgia, en la que se celebra la Palabra de Dios como palabra actual y viva: «En la liturgia, la Iglesia sigue fielmente el mismo sistema que usó Cristo con la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras, puesto que Él exhorta a profundizar el conjunto de las Escrituras partiendo del “hoy” de su acontecimiento personal» (VD nº 52).

Ahora bien, para que la salvación anunciada se haga presente en el “hoy” de nuestras vidas es necesaria también la fe, que es justamente la aceptación de esa salvación gratuita del Señor. Recordemos que en la Biblia la fe implica no sólo la aceptación de la existencia de Dios sino principalmente de su acción en nuestra vida. Como bien nota L. Monloubou: “Esta salvación, dice san Lucas, se realiza hoy. Está ya realizada en el hoy de Jesús, en el momento de su ida a Nazaret. Y sigue realizándose hoy, cada vez que hombres y mujeres se acercan a Jesús y acogen su palabra con fe; cada vez que su palabra es recibida con la misma profunda disponibilidad de que dieron prueba los contemporáneos de Esdras; personas muy alejadas de nosotros pero cuyo corazón puede estar tan próximo”[8].

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Hoy

Hoy el Huésped Divino se inclinó ante nosotros

Quiso habitar en la morada reservada por el Padre

Lugar de delicias y profundo gozo.

Cuánto quisiera Él colmar ese espacio dichoso

Y poblar el mundo de su alegría,

De su canto y de sus dones, de felicidad infinita!

Haznos atentos Señor, expectantes y serenos

El soplo delicado tiene prisa

Desea a toda costa hacernos buenos.

Mira Señor tanto ruido y desenfreno

Murmullo inexplicable que nos detiene

Nos aparta del Amor verdadero.

Venga a calmar las ansias y aplastar el miedo

Nos anime, nos devuelva las fuerzas,

Llene de la Vida a tu Pueblo.

Nunca nos cansemos de esperar en tu Promesa

De pedir sin demoras tu Espíritu eterno

De confiar en tu Palabra que nos hace nuevos. Amén

[1] La lectio Divina (BAC; Madrid 1996) 59. Aquí cita a Ravassi apoyando esta opinión.

[2] Esta presentación de la Iglesia, toda centrada en Cristo, reaparece en 12,27 y podemos relacionarla con la experiencia fundante que tiene Pablo en el camino de Damasco (cf. He 9,4-5; 22,6-7; 26,14-15).

[3] San Pablo y la Iglesia. Ensayo sobre “las eclesiologías” Paulinas (Claretiana; Buenos Aires 2008) 91.

[4] L. H. Rivas, La obra de Lucas. I. El Evangelio (Ágape Libros; Buenos Aires 2012) 55.

[5] El evangelio de Lucas. Vol. II (Cristiandad; Madrid 1986) 422.

[6] Cf. El evangelio de Lucas. Vol. II, 434.

[7] Cf. J. Fitzmyer, El evangelio de Lucas. Vol. II, 435.

[8] L. Monloubou, Leer y predicar el evangelio de Lucas (Sal Terrae; Santander 1982) 138.

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