Lectio Divina

CUARTO DOMINGO TIEMPO DURANTE EL AÑO – CICLO C

Primera lectura (Jer 1,4-5.17-19)

            La primera lectura de hoy nos extracta del relato de la vocación del profeta Jeremías (Jer 1,4-19) los versículos que narran su elección por parte de Dios (1,4-5) y la misión que Dios le confía (1,17-19).

La elección divina se presenta con gran sencillez y sobriedad (a diferencia de Is 6,1-4 y Ez 1,1-28). Jeremías se limita a decir “recibí la palabra del Señor”, con lo cual queda resaltada la iniciativa divina y la gratuidad de la misma. Y esto mismo aparece con más claridad en lo que sigue pues esta elección tuvo lugar antes de la concepción del profeta en el seno materno. Es decir, antes de existir – y por tanto antes de decidir – Dios tenía un proyecto para la vida de Jeremías. Además, el sujeto de todos los verbos del versículo 5 es Dios y nos resultará interesante ver la acción divina a través del uso de estos verbos.

El primero es conocer (yáda(), que en este contexto indica el acto jurídico por el cual un padre reconoce a un niño como su hijo. En Jer 1,5 se habla de concepción y de nacimiento con mención de la madre evocada a través de su seno y su vientre; mientras que la función paterna parece estar presente en el verbo “formar” (yácar) como acto paterno de colaboración en la formación de una persona. “Antes de formarte ya te reconocí” sería el sentido de la frase.

Te consagré (hiqda$t). Consagrar significa hacer santo o santificar. La consagración es separar, poner aparte a alguien o algo para una especial destinación a Dios. Aplicado a Jer 1,5 se ve la consagración prenatal del profeta que lo destina a Dios y a su voluntad.

Te constituí o te puse como (nátan) profeta de las naciones (góyim); esto es, de todos, de los no judíos también. Por tanto, al final se trasciende la relación yo-tú (Dios-profeta) para abrirse a los otros, a todos los pueblos. Con esto se nos dice que Jeremías desde el principio ha sido elegido para entregarse a los demás. Y el modo de esta entrega será la de un profeta, o sea de una persona que habla al pueblo en nombre de Dios.

La misión viene indicada con distintas órdenes de Dios al profeta: “te apretarás el cinto, te pondrás firme y les dirás cuanto yo te mande“. Estas expresiones indican prontitud y dedicación al trabajo (1 Re 18,46) y, sobre todo, decisión para afrontar la lucha (Job 38,3; 40,7). Sería como decirle: “¡arremángate!” El profeta deberá ser fuerte ante la reacción hostil que provocará su Palabra: “No te dejes intimidar por ellos, no sea que te intimide yo delante de ellos”; es decir, si Jeremías se hecha atrás incurrirá en una situación que le avergonzaría delante de todos. Dios le pide valentía pero, al mismo tiempo, le da la fuerza necesaria para resistir.

            En el v.18 reaparece el verbo nátan (te pongo, te constituyo) que tiene relación con el ser constituido profeta (1,5); y aquí es usado para desarrollar algunas imágenes referentes a la misión profética: ciudad fortificada, columna de hierro y muro de bronce. Es un vocabulario que viene del arte de conquistar una ciudad. El profeta viene constituido como una ciudad inexpugnable. El muro de bronce sería una imagen real por cuanto así se llamaba al Faraón en una ciudad porque protegía a los ciudadanos que la habitaban.

            La misión termina con el clásico oráculo de consolación: Dios estará con el profeta para salvarlo. Y esta salvación vendrá al profeta en recompensa por su adhesión a Su Palabra.

Segunda lectura (1Cor 12,31-13,13)

El versículo 12,31, por su ubicación y vocabulario, es claramente un versículo de transición entre los capítulos 12 y 13. La primera parte cerraría la reflexión del cap. 12 con la invitación: “aspiren (zeloute) a los dones (charismata) más perfectos”. El verbo está en imperativo y trata de complementar la idea anterior que acentuaba la libertad Divina en la distribución de los dones aceptando una legítima aspiración personal. La segunda parte de la frase introduce el cap. 13 donde el amor viene presentado como un “camino más perfecto todavía (hyperbolen hodon)”. Es importante notar que para Pablo el amor no entra en la categoría de “carisma” pues nunca lo coloca en las listas ya vistas. Justamente el objetivo de Pablo en esta sección es que los corintios, después de haber ampliado su perspectiva respecto a los dones espirituales habiéndoles mostrado su diversidad dentro del conjunto de la disposición divina (12,4-30), descubran ahora la relativa importancia de los mismos. Para esto la argumentación pasa de la organización externa de la Iglesia al principio interior de vida del cual depende todo lo demás: la caridad.

Los versículos 13,1-13 conforman una unidad literaria muy cuidada y centrada en el tema del amor (ágape). La consideración corriente de la misma como un “himno” es más bien una conjetura pues, aunque los versículos 1-3 tienen cierto grado de elevación poética que la aproximan a una exaltación lírica del amor, en el resto es clara la intención parenética o exhortativa que desdibuja el talante poético.

En 13,1-3 Pablo busca cambiar el criterio de valoración de los dones espirituales que tienen los corintios, por esto su argumentación es llana y directa: sin caridad no sirven para nada. Justamente por esto coloca en primer lugar como ejemplo los carismas más apreciados por aquella comunidad: la glosolalia y la profecía. Pero lo hace con delicadeza pues utiliza la 1ª persona singular: “si yo…”.

En 13,4-14 sigue la presentación de este camino más perfecto del amor. Para definir la caridad Pablo se vale de 15 verbos, lo cual nos indica que se trata de algo activo o dinámico, no de una mera idea o concepto. A su vez, 7 veces la presentación es positiva mientras que 8 es negativa, como ausencia de lo contrario. Podemos advertir que las características de la caridad se contraponen a todo sensacionalismo o manifestación extraordinaria del Espíritu. Incluso si comparamos las cualidades que Pablo suele presentar como ‘frutos del Espíritu’ (Gal 5,22-26) con esta descripción de la caridad la semejanza es tal que podemos concluir que camina inspirado por el Espíritu quien vive la caridad tal como se presenta aquí; aunque no tenga ninguna manifestación extraordinaria.

Evangelio (Lc 4,21-30):

            Esta perícopa es una clara continuación del evangelio del domingo pasado (4,14-21), con el cual conforma una unidad literaria. De hecho, el texto de hoy retoma el último versículo del domingo pasado (4,21) donde Jesús afirma el cumplimiento en su persona de la profecía de Isaías.

            En cuanto a su contenido narrativo notemos que “los v. 22-30 describen a) la reacción del auditorio (v. 22), b) la respuesta de Jesús en gradación (v. 23-27), c) la cólera y el ataque de la gente de Nazaret (v. 28-29), d) la marcha de Jesús (v. 30)”[1].

            La primera reacción de los oyentes en la sinagoga de Nazaret es muy positiva, al punto que dan testimonio de Jesús y se admiran de su sabiduría. Pero la auto presentación de Jesús como un maestro o un profeta no les cierra con el Jesús que conocen de chico, con el hijo de José. Entonces a la admiración le sigue la incredulidad. De hecho, Jesús interpreta esta reacción de la gente como un rechazo hacia su persona y su misión, por cuanto estarían reclamando que confirme la sabiduría de sus palabras con milagros. En esta línea se comprende el refrán que Jesús cita: “Médico, cúrate a ti mismo”, o sea: “da pruebas de lo que sabes, haz algo para que te creamos”. Al respecto comenta L. H. Rivas[2]: “El pensamiento de los que están escuchando la predicación aparece muy simple y muy claro: los tiempos de salvación son tiempos de milagros, por lo tanto que empiece a hacerlos ya que ese tiempo ha llegado”.

            Jesús refuerza esta interpretación diciendo con solemnidad (“En verdad les digo”) un proverbio popular fruto de la experiencia histórica de Israel: “ningún profeta es bien recibido en su tierra” (4,24). Al respecto comenta J. Fitzmyer[3]: “Al usar este proverbio, Jesús se presenta como profeta; cf. Lc 11, 49-50; 13,33 (en este último texto se establece una conexión entre la misión profética y la muerte en Jerusalén). Pero, en cuanto profeta, Jesús no es bien recibido en su patria chica, porque no ha realizado allí los prodigios que se esperaban de él.” Y este mismo comentarista nota que para hablar de “aceptado o recibido” utiliza el adjetivo griego dektós (δεκτός) que es el mismo que aparece en la cita de Is 61,2 en 4,19; pero aquí se traduce como “año favorable o de gracia del Señor”. De esto modo queda claro el contraste: Jesús anuncia que Dios está dispuesto a recibir o aceptar a todos; mientras que el pueblo no lo recibe o acepta a Él y a su anuncio profético. Además, con este proverbio Jesús está diciendo que este rechazo que recibe en su propia tierra es una constante en la historia de Israel que no ha sabido escuchar la voz de sus propios profetas. Como bien señala F. Bovon[4] “esta sentencia revela el conflicto que empieza a surgir entre los designios de Dios y la voluntad del pueblo”.

A continuación (Lc 4,25-27) Jesús defiende su misión mediante el recurso a la actividad de dos profetas del Antiguo Testamento: Elías y Eliseo. De estos dos “hombres de Dios” Jesús refiere en particular que su misión fue orientada por Dios mismo hacia personas no pertenecientes al pueblo de Israel, como eran la viuda de Sarepta, en el país de Sidón; y Naamán, el sirio. Con su modo de narrar los hechos Jesús hace ver que Dios “prefirió” a los no-judíos pues resalta que, si bien había muchas viudas en Israel, “a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón” (4,26); y, habiendo muchos leprosos en Israel, “ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio” (4,27).

En continuidad con la apertura ecuménica que daba Isaías al anuncio de la redención prometida por Dios, Jesús orienta los beneficios del año de gracia del Señor a los paganos. Además, con esta alusión a la actividad de los profetas Elías y Eliseo, Jesús precisa quienes son los pobres a los que debe llevar la Buena Noticia (4,18), el anuncio del jubileo que Dios decretaba: son los paganos, los pecadores, los excluidos de la comunidad de salvación. En breve, Jesús deja bien en claro la orientación preferencial de su misión a los más alejados, a los pecadores, porque este es el designio del Padre atestiguado en la Escritura.

            El tema de la universalidad de la salvación es una constante en el evangelio de San Lucas, quien destaca las acciones de Jesús que benefician a los excluidos de la comunidad religiosa (cf. Lc 7,1-10; 36-50; 10,1-12; 17,16; 19,1-10 y 23,39-43). Todos estos textos nos hacen ver que el año de gracia o jubileo proclamado por Jesús consiste en el ofrecimiento del perdón de Dios a los pecadores; y que el motivo de este perdón no se encuentra en los méritos de las personas sino en la entrañable misericordia del Padre. Y justamente porque la fuente y origen de la misión de Jesús es el corazón de Dios, no rige ya la distinción entre judíos y no judíos. La salvación, entendida primariamente como perdón de los pecados (Lc 1,77), es ofrecida por Jesús a todos los hombres (Lc 3,6). El libro de los Hechos de los Apóstoles (He 10-11.15), al igual que las cartas de San Pablo, reflejan de modo patético cuánto costó a la primitiva comunidad cristiana asumir esta apertura universal de la redención.

Lo novedoso y chocante de esta apertura de la salvación de Dios a todos los hombres para el cerrado nacionalismo religioso de la mentalidad de los judíos de la época queda atestiguado por el rechazo violento por parte de ellos a estas palabras de Jesús. En efecto, “todos” los que lo escuchaban en la sinagoga “se llenaron de ira”, lo sacaron de la ciudad e intentaron matarlo arrojándolo de la colina sobre la que está construida Nazaret. Pero, sin dar detalles de cómo, Lucas nos dice que Jesús pasó en medio de ellos y siguió su “camino”. El tema del camino es muy importante en Lucas y se refiere a su recorrido hacia Jerusalén donde cumplirá de modo pleno su misión recién proclamada: obrará la misericordia de Dios perdonando, mediante su muerte y resurrección, el pecado de todos los hombres.

Algunas reflexiones:

            Considerando todo el relato evangélico de Lc 4,14-30, con su final incluido, nos surge como primera reflexión el considerar la posibilidad real – y también actual – del rechazo de Jesús y su misión, de no aceptar sus caminos y sus instrumentos de salvación. Al respecto dice Verbum Domini: “La Palabra de Dios revela también inevitablemente la posibilidad dramática por parte de la libertad del hombre de sustraerse a este diálogo de alianza con Dios, para el que hemos sido creados. La Palabra divina, en efecto, desvela también el pecado que habita en el corazón del hombre. Con mucha frecuencia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos la descripción del pecado como un no prestar oído a la Palabra, como ruptura de la Alianza y, por tanto, como la cerrazón frente a Dios que llama a la comunión con él (nº 26) […] El Prólogo del cuarto Evangelio nos sitúa también ante el rechazo de la Palabra divina por parte de los «suyos» que «no la recibieron» (Jn1,11). No recibirla quiere decir no escuchar su voz, no configurarse con el Logos” (nº 50).

            Somos, por tanto, advertidos sobre la posibilidad de querer encerrar al Señor y a su obra en nuestras categorías mentales y no permitir su acción en nosotros resistiendo a su Gracia. Y el Señor siempre nos trasciende y nos sorprende, como trascendieron Elías y Eliseo las fronteras de Israel; y como Jesús trascendió la frontera religiosa-cultural del judaísmo.

            Querer encerrar a Dios y su obrar en nuestros esquemas es una forma muy sutil de idolatría. Al respecto escribe R. Cantalamessa[5]: “El intento de “domesticar” a Dios no finalizó ese día, en las laderas del monte Sinaí. Acompaña al hombre en toda su historia y se expresa de diversas formas. Al progresar y afinarse la sensibilidad religiosa, ha cambiado el modo, o la materia, con la que se ha hecho el ídolo, pero no la costumbre de hacer ídolos. Ya no es un ídolo externo, visible, sino un ídolo interno, invisible; ya no es un ídolo material, de oro, de plata o de mármol, sino un ídolo espiritual. ¡La idea de Dios! El hombre se hace una idea propia de Dios (lo que, hasta aquí, es legítimo e incluso necesario), trabaja sobre ella y, poco a poco, insensiblemente, termina por sustituir (lo que ya no es legítimo ni necesario) la realidad con esa idea. Existe una forma de idolatría religiosa que no consiste en hacer un dios con representaciones o imágenes externas, como el becerro de oro, sino en hacerlo con imágenes internas, mentales e invisibles, y en cambiar esta imagen, que es la propia idea de Dios, por el Dios vivo y verdadero, y contentarse con ella. En esta forma la idolatría no ha ido disminuyendo a lo largo de los siglos, sino que, por el contrario, ha crecido, hasta alcanzar el colmo allí donde a la fe en Dios la ha reemplazado la ideología de Dios, es decir, un “pensamiento apartado de la realidad y que se desarrolla abstractamente sobre sus propios datos”. La ideo-logia es la forma moderna de la ideo-latría. ¿Cuál es la diferencia entre Dios y la idea de Dios? Es que la idea no tiene existencia propia. ¡La idea no existe, Dios sí existe! ¡Una diferencia infinita!”

            Comentando este evangelio decía el Papa Francisco: “Hay que estar atentos a no caer en la tentación de hacer ídolos con algunas verdades abstractas. Son ídolos cómodos que están a mano, que dan cierto prestigio y poder y son difíciles de discernir. Porque la «verdad-ídolo» se mimetiza, usa las palabras evangélicas como un vestido, pero no deja que le toquen el corazón. Y, lo que es mucho peor, aleja a la gente simple de la cercanía sanadora de la Palabra y de los sacramentos de Jesús” (Homilía 29/03/2018).

Una segunda reflexión nos nace al vincular las tres lecturas de hoy: la vida es misión. En la primera se nos muestra cómo toda vocación o elección de Dios es para una misión. Estas palabras de Francisco son una actualización para todos de la vocación de Jeremías: “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG n° 273).

La segunda lectura nos presenta la caridad como el alma de la vida cristiana; como lo más perfecto y lo más esencial. Una caridad que es apertura al otro para procurar su bien, para asistirlo en sus necesidades concretas. Pues bien, creo que todo esto podemos resumirlo en la expresión “caridad pastoral”, que es el amor que se transforma en el alma de la misión, de la entrega a los demás.  «Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo se encuentran en todo el mundo», nos recuerda san Agustín (Comentario a la primera carta de san Juan, X, 5). Por esto, todo sacerdote, todo cristiano, si está animado por el Espíritu Santo debe tener espíritu misionero, es decir, espíritu verdaderamente «católico»; debe «recomenzar desde Cristo» para dirigirse a todos, recordando lo que afirmó nuestro Salvador, que Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4-6).

            Justamente sobre la estrecha vinculación entre la verdad y el amor en la vida y misión de Jesús decía hermosamente el Papa Benedicto XVI en el Ángelus del 3 de febrero de 2013: “El verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad, listo a responder personalmente. Es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero también el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios”.

El evangelio nos descubre el horizonte misionero de Jesús como evangelizador ungido por el Espíritu Santo. Y el mismo Espíritu Santo nos empuja a la misión, la cual se convierte en un criterio de discernimiento para nuestra “espiritualidad” (Cf. EG n° 262).

            En tercer lugar, el evangelio de hoy nos invita a tomar conciencia del corazón misericordioso del Padre que se plasma en la misión de Jesús orientada preferencialmente hacia “las periferias”, para usar una frecuente expresión del Papa Francisco (cf. EG 198-201).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Cúrate a ti mismo

Señor Jesús, Hijo del Padre

Ten compasión de tu pueblo

Desorientado, ignorante

Mira nuestra miseria

Y con tu poder, sánanos

Vencedor de lo imposible

Renueva nuestras mentes

Rejuvenece lo marchito.

Tanto Amor nos apremia

Y el dolor nos acerca

Nos ablanda el corazón

para conocer lo que se precia

lo has dado todo y aún vagamos

en medio de ansiedades

saturados de impaciencia.

¡Clamor de liberación, oremos!

Nueva tierra y nuevo cielo

Confiamos en ti, Señor

Oculto tras el velo

Rey del verdadero Reino.

Tú que llamaste a todos,

Ya no somos extranjeros

Haznos morar en tu Patria

Resucítanos contigo

Para la Gloria Trinitaria. Amén

[1] F. Bovon, El Evangelio según San Lucas. Vol. I (Sígueme; Salamanca 1993) 305.

[2] Jesús habla a su pueblo 7. Ciclo C. Domingos durante el año (CEA; Buenos Aires 2000) 25.

[3] El evangelio de Lucas. Vol. II (Cristiandad; Madrid 1986) 444.

[4] El Evangelio según San Lucas. Vol. I (Sígueme; Salamanca 1993) 307.

[5] La subida al monte Sinaí (Lumen; Buenos Aires 1995) 119-120.

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