Lectio Divina

DOMINGO V DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Is 6,1-2ª.3-8):

            Isaías es un modelo del hombre religioso que, a partir de una experiencia profunda e intensa, interpreta desde allí toda su vida y la vida de la sociedad de su tiempo. Esta experiencia mística es su vocación, la cual le dará una orientación propia a toda su ‘predicación profética’. Este relato de vocación sigue la estructura clásica, a saber: visión (6,1-4); reacción del profeta (6, 5-7) y misión o envío (6, 8-11).  Hoy leemos sólo Is 6,1-8.-

La visión parece tener lugar en el templo, pero trasciende la escena terrestre porque es una visión de Dios mismo elevado sobre el trono. Desde su vocación tiene el profeta marcada a fuego la santidad de Dios (6,3); la cual domina todo su mensaje. Dios se revela como santo por su justicia (5,16) y así deben tratarlo los hombres, reconociendo su santidad trascendente con una actitud humilde y reverente (5,15; 8,13); y obrando la justicia en la tierra (1,17; 29,19-24)[1]. Esta santidad de Dios se manifiesta también como terror e ira ante quienes no la reconocen y obran el mal (3,13-15; 9,16.20; 10,1-4.17). Pero la gran novedad de Isaías no es esta noción cuasi instintiva en el hombre de la santidad divina, sino el otorgarle una dimensión moral. Vale decir que la santidad de Dios debe mover a obrar santamente, incidiendo en la vida cotidiana, en especial en el ámbito de la justicia social (1,16-17); y que las ofensas ante esta santidad no son sólo de tipo ritual o cultual sino fundamentalmente de orden moral y social. 

La reacción ante la visión pone el acento en la impureza del propio profeta y del pueblo con el cual vive; y en la necesidad de purificación. En efecto, toda nueva intuición del misterio divino nos hace más sensibles a las exigencias de Dios. En Isaías la mayor conciencia de la santidad de Dios lo lleva a un mayor sentido del pecado. La manifestación de la gloria de Dios le descubre a Isaías su propia impureza y la suciedad de su pueblo (6,5).

Sigue la acción de Dios que lo purifica de su pecado. La experiencia personal le enseña al profeta que el pecado se puede purificar por el fuego (6,7), como se aparta la escoria del metal (1,25). Gracias a esta purificación un pequeño resto podrá salvarse (10,17-19).

El relato de hoy termina con una llamada genérica de Dios: “¿A quién enviaré?”; a la que sigue la disponibilidad y el ofrecimiento del profeta: “Aquí estoy, envíame a mí“. Así, de la visión a la misión, y pasando de la confesión de la santidad de Dios y del propio pecado a la purificación, tenemos el itinerario vocacional completo del profeta Isaías.

2da. Lectura (1Cor 15,1-11):

Pablo comienza esta nueva sección de su carta de una manera solemne haciendo memoria del Evangelio predicado a los corintios y aceptado por estos. El tema del evangelio como buena noticia es central en estos dos primeros versículos donde el Apóstol resalta que si no se permanece fiel al evangelio tal cual lo recibieron de Pablo – con el acento puesto en el contenido del mismo – sería vana incluso la fe primera de los corintios.

Luego en 15,3-10 pasa a repetirles el kerigma anunciado. El texto de 1Cor 15,3-8 está claramente estructurado para resaltar su contenido; y en el mismo podemos notar que el sujeto de todos los verbos es Cristo. Lo primero que se dice de Él es que murió por nuestros pecados. La muerte de Cristo se da como un hecho histórico; la interpretación salvífica de esta muerte – por nuestros pecados – pertenece ya a la fe. Por eso el recurso a la Escritura como prueba de que esta muerte aconteció según el plan salvífico de Dios. Sigue la afirmación de que fue sepultado, que para los judíos de entonces tenía el sentido de un certificado de muerte. Murió realmente, bajó al lugar de los muertos.

            En unión con la sepultura se afirma, acto seguido, que fue resucitado. La forma verbal es un pasivo, que para muchos es un pasivo teológico: la resurrección es la obra de Dios en favor de Jesús. Sigue el dato cronológico (al tercer día, según el modo judío de contar los días) y, de nuevo, la referencia a las Escrituras. Esta última expresión tiene el mismo sentido que en el versículo anterior: la resurrección aconteció también según el plan salvífico de Dios.

El anuncio solemne de la resurrección de Cristo es desarrollado luego mediante la referencia a seis apariciones que confirman el acontecimiento y cualifican a los receptores de esta visión como testigos oculares. Pablo habla de la aparición de Jesús resucitado recibida por él en último término. La expresión “como fruto de un aborto” es una metáfora que hace referencia al carácter prematuro y anómalo de su vocación, algo fuera de tiempo, no esperado sino anticipado abruptamente. En los versículos 9-10 comenta esta experiencia suya poniendo de relieve tanto la absoluta gratuidad de la misma, que considera inmerecida por haber sido perseguidor de la Iglesia, como su generosa cooperación con la gracia mediante la cual, siendo el último de los apóstoles, es el que más ha trabajado por Cristo.

Evangelio (Lc 5,1-11):

            Más allá del fracaso de Jesús en su primera “aparición pública” en su pueblo Nazaret (cf. Lc 4,21-30), el texto de hoy comienza dándonos noticia de una multitud que lo rodea junto al lago de Genesaret “para escuchar la Palabra de Dios“. No es una indicación menor que en boca de Jesús se encuentra la misma Palabra de Dios.

            Al verse rodeado por la multitud, Jesús decide subirse a la barca de Simón (Pedro) que estaba con otros pescadores limpiando las redes. Se aparta un poco de la orilla y, desde este improvisado “púlpito”, comienza a enseñar a la gente. Notemos el valor simbólico que implica que el Señor utilice la “barca de Pedro”, o sea la Iglesia, como cátedra para anunciar su palabra. Y notemos también que Jesús no restringe su enseñanza a la sinagoga o al templo, como si fueran los únicos espacios sagrados. El espacio y el tiempo son de Dios y, por tanto, todo lugar y momento son propicios para que Dios comunique su Palabra.

Terminada la enseñanza, Jesús se dirige ahora a Simón ordenándole: “navega mar adentro y echen las redes para pescar“. La primera expresión, literalmente, dice “vuélvete o lánzate a lo profundo (ἐπανάγαγε εἰς τὸ βάθος)”, que algunos traducen: “métete, avanza hacia las aguas profundas”. Por el contexto bien vale la traducción: “navega mar adentro” (“duc in altum” en la Vulgata).

            Simón le responde que han trabajado toda la noche y no han logrado sacar nada, pero que en su palabra echará las redes[2]. El verbo kopia,w que con que expresa Simón su “trabajo fatigoso” lo encontramos en el NT en varios textos refiriéndose a la “fatiga apostólica” (cf. 1Cor 15,10; 16,16; Gal 4,11; Flp 2,16; Col 1,29; 1Tes 5,12; 1Tim 4,10; 5,17). Como bien nota F. Bovon[3], primero habla el Simón pescador de oficio asegurando que no es momento de pesca, no hay pique; luego habla el Simón discípulo que confía en la Palabra de su maestro o jefe (evpista,ta).

            Por tanto, Simón y sus compañeros se encuentran en una situación de fracaso, de desaliento por una noche de pesca fallida. En este contexto se hace más explícita la fe de Simón en la Palabra de Jesús: “pero si tu lo dices, echaré las redes“.

            Los pescadores ponen manos a la obra recurriendo a su experiencia y técnica. En efecto, la descripción de la pesca corresponde a las prácticas de las regiones mediterráneas donde se utilizan las redes para encerrar o cercar a los peces (tal el sentido de une,kleisan en 5,6). Ante la gran cantidad de peces encerrados, necesitaron ayuda de otros para subirlos a las barcas sin romper las redes; y las señas son porque los gritos hubieran ahuyentado los peces.

            La pesca es sobreabundante, fruto del trabajo fundado en la fe en la Palabra de Jesús.

            La reacción de Simón Pedro no deja de sorprendernos: ante la manifestación del poder de Jesús cae de rodillas y, reconociendo su condición de pecador, le pide que se aleje de él. A la luz del Antiguo Testamento (Moisés en Ex 3,6 e Isaías en la primera lectura de hoy, por ejemplo) podemos comprender que se trata de un relato de revelación. Pedro ha visto (5,8) la “pesca milagrosa o el milagro de la pesca” y ante esta “manifestación sobrenatural” se siente sobrecogido en su pequeñez y limitación personal; se siente un “hombre pecador”, necesitado de redención.

            Es de notar que en 5,5 Pedro llamó a Jesús Maestro o Jefe (evpista,ta); mientras que aquí, después de la pesca milagrosa, lo llama Señor (ku,rie), título que hace referencia a la divinidad de Jesús. En 5,9 nos dice el evangelista que esta reacción de Pedro se debió al temor (qa,mboj) que se apoderó de él y de los demás ante la pesca superabundante. Este término lo utiliza sólo Lucas y siempre para expresar la reacción de los hombres ante una acción portentosa, como la de los discípulos cuando Jesús expulsa un demonio con una orden (Lc 4,36); o de la gente cuando ven caminar al paralítico de nacimiento que estaba ante la puerta hermosa del templo y que había sido curado por Pedro (He 3,10). Se trata, por tanto, de un temor o asombro religioso. Entonces el Señor invita a no temer (ahora sí con el clásico mh. fobou/) y, además, de cara al futuro, lo llama para ser “pescador de hombres” (literalmente el verbo zwgre,w se refiere a capturar seres vivos).

            Si bien la llamada aparece hecha personalmente a Pedro, todos los que estaban en la barca responden dejándolo todo y siguiendo a Jesús. Esta radicalidad en el seguimiento del Señor es subrayada por Lucas a lo largo del camino a Jerusalén (cf. 9,62; 12,33; 14,26-33).

            El relato tiene como centro la metáfora de la pesca, por lo que contiene una invitación a la misión, a la evangelización de la mano de Jesús y en la barca de Pedro, la Iglesia. Al mismo tiempo se resalta que la fecundidad en la misión viene de la confianza en la Palabra del Señor y exige, al mismo tiempo, una radicalidad en el seguimiento del Señor.

ALGUNAS REFLEXIONES:

Como señala acertadamente H. U. von Balthasar[4]todos los textos hablan hoy de elección. Ciertamente se nos presentan grandes personajes, pero como ejemplos para otros menos vistosos, pues todo creyente es un elegido de Dios para una tarea concreta”.

Tomado en su conjunto el evangelio de hoy es, ante todo, un relato de vocación que se adapta a los moldes literarios propios de la Biblia, tal como lo vemos claramente en la primera lectura de hoy. Es evidente el paralelismo, con sus semejanzas y sus diferencias, entre los relatos sobre la vocación de Isaías y de Pedro. En efecto, en ambos tenemos en primer lugar una manifestación o “experiencia” de Dios. La de Isaías tiene lugar en el templo y en un contexto al parecer cultual. Pedro, en cambio, tiene esta experiencia en su vida cotidiana, en su trabajo ordinario donde tiene lugar un acontecimiento extraordinario: la pesca milagrosa. Aquí Dios se manifiesta presente en Jesús y su Palabra ya que el milagro es ante todo revelación del poder divino de la Palabra de Jesús. Pero notemos que Jesús le exigió a Pedro una fe confiada en su palabra antes de hacer el milagro. El Card. Martini[5] comenta que la expresión “en tu palabra” es común en los salmos cuando el hombre confía y se abandona en Dios. Esta confianza lo lleva a Pedro a arriesgarse, a salir de sus cálculos y lanzarse mar adentro. Ha superado la prueba, ha demostrado su fe en la Palabra del Señor.

            Podemos sumarle la manifestación de Jesús resucitado a Pablo que nos narra la segunda lectura. No se trata de un relato de vocación, pero también deja en claro que Pablo sólo pudo llegar a ser apóstol porque tuvo una aparición y encuentro con Cristo Resucitado.

Ante esta manifestación de Dios, el hombre descubre su realidad profunda de pecador, de ser indigno y, en cierto modo, refractario de lo divino y, por tanto, necesitado de redención. Es lo que expresan tan claramente Pedro e Isaías. A esta confesión o reconocimientode los llamados, sigue el envío de los mismos. Es que Dios no se asusta de nuestra debilidad y miseria; al contrario, el reconocimiento de la propia “pobreza” es una condición necesaria para recibir la misión, para ser enviado por Dios a comunicar su Palabra. En efecto, “ninguna misión auténtica puede renunciar a la experiencia de la distancia entre yo y Dios – y la misión procede de Dios –. Sólo en este vacío de la distancia da Jesús a Pedro la misión de ser pescador de hombres[6].

            Para nosotros, hoy, el evangelio nos enseña cuál es el secreto de la fecundidad en la misión de la Iglesia, que no es otro que la presencia y la palabra del Señor Jesús. Es Él y sólo Él quien puede otorgar una “pesca abundante”, más allá de que las experiencias previas y las apariencias nos lleven a pensar que no hay posibilidad de obtener fruto.

Pedro obedeció a la palabra del Señor trascendiendo su propia visión de la realidad. Y entonces su barca y la de los otros discípulos-pescadores se llenaron de peces. Esta fue para Pedro una experiencia reveladora, descubrió que su maestro o jefe era el Señor. “Pedro había recorrido el trayecto que va desde el rabbi al Señor, del maestro al Hijo. Tras esta peregrinación interior, ya está capacitado para recibir la vocación[7].

            Pedro, al igual que Isaías, conoce a Dios que se le revela y al mismo tiempo se conoce o descubre a sí mismo. Pedro conoce a Jesús que se le revela como el Hijo de Dios con poder; y al mismo tiempo se conoce o descubre a sí mismo como pecador, como indigno de la gracia de Dios. Entonces, y sólo entonces, la Gracia de Dios puede ser plenamente fecunda en Pedro, que ya no podrá atribuirse los frutos o logros de la misión a sí mismo; sino principalmente al poder del Señor. Después de esta peregrinación interior Pedro ya está capacitado para recibir la vocación de apóstol y misionero, de pescador de hombres.

Como bien dice J. Ratzinger[8]: “Cuando experimenta el hombre a Dios, conoce su condición de pecador, y sólo cuando ha conocido y reconocido verdaderamente a Dios se conoce tal como él mismo es en realidad. Pero también así es como llega el hombre a la autenticidad. Sólo cuando el hombre sabe que es pecador y ha comprendido el carácter funesto del pecado entiende también el sentido de la llamada: «Convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1,15). Sin conversión no es posible acercarse a Jesús ni al evangelio. Hay, a este propósito, una paradoja de Chesterton que expresa con sumo acierto esta conexión: Se conoce a un santo en que sabe que es un pecador“.

            El Señor ha seguido esta delicada y profundamente humana pedagogía con Pedro para transformarlo en apóstol: “Jesús lleva a Pedro a tener un acto de confianza. Después de este acto de confianza Pedro reconoce la grandeza de Jesús, su bondad, su poder e, instintivamente, fácilmente, sin ningún esfuerzo, sale a flote el propio pecado. Jesús conduce a Pedro a donde quiere llevarlo, al reconocimiento de la necesidad de la misericordia de Dios, para que pueda comprender la misericordia del kerygma, de la palabra de salvación. Lo lleva de este modo tan humano, libre, sin traumatismos fatigosos.”[9]

            Todos los auténticos apóstoles de Jesucristo han tenido que pasar por esta “peregrinación interior” para llegar a ser tales. Se trata de “respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia” de la que nos hablaba san Juan Pablo II para evitar “una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn15,5) … Hagamos, pues, la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada» (Lc5,5). Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum! En aquella ocasión, fue Pedro quien habló con fe: «en tu palabra, echaré las redes» (NMI nº 38).

En fin, el camino de Pedro, y de todo auténtico apóstol, termina con las palabras del Señor que ahuyentan el lógico temor e invitan a la misión, a ser instrumentos suyos en el anuncio de su salvación. Al respecto decía el Papa Francisco: “la respuesta de Jesús a Simón Pedro es tranquilizadora y decidida: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres» (v. 10). Y de nuevo el pescador de Galilea, poniendo su confianza en esta palabra, deja todo y sigue a Aquel que se ha convertido en su Maestro y Señor. Y así hicieron también Santiago y Juan, compañeros de trabajo de Simón. Esta es la lógica que guía la misión de Jesús y la misión de la Iglesia: ir a buscar, «pescar» a los hombres y las mujeres, no para hacer proselitismo, sino para restituir a todos la plena dignidad y libertad, mediante el perdón de los pecados. Esto es lo esencial del cristianismo: difundir el amor regenerante y gratuito de Dios, con actitud de acogida y de misericordia hacia todos, para que cada uno puede encontrar la ternura de Dios y tener plenitud de vida” (Ángelus del 7 de febrero de 2016).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Jesús estaba junto al lago…

En tu figura y majestad, Señor

Llénase de gozo la Iglesia

esa barca agitada por el mar

cercana siempre a naufragar

cuando ignora tu Presencia.

Tu Palabra, nunca mejor pronunciada

Abre los oídos de las muchedumbres

También hoy, como en otro tiempo

Toma posesión de esta barca,

explícale a Pedro donde echar las redes,

y atráenos, sedúcenos con tu calma.

Adentrados a merced de las aguas

La Nave se luce precaria y así

Navegamos hacia otros lagos con brazos o remos

La Fuerza eres Tú, no nos dejes Señor, nunca lo hagas.

Habrá vientos de tormenta, tempestades

Perderemos tantas veces la carga

Pero también el desafío nos mantendrá alerta

Y se llenará nuestra barca, celebraremos contigo

Volverá la paz y la esperanza.

No dejaste ninguna duda

Sobre la misión del cristiano en el mundo

Pescadores de mares diversos

Salvadores de almas. Amén.

[1] “La santidad del Señor no se define como el carácter consagrado de un objeto o persona, de un lugar o tiempo, como en las leyes sacerdotales del Levítico… sino como una verdadera fuerza, energía que proviene de Dios, y lo hace infinitamente atractivo, digno de respeto y peligroso al mismo tiempo”, H. Simian-Yofre, Isaías. Texto y Comentario(Estella 1995), 61

[2] Nos informa B. Malina que “normalmente se pescaba durante la noche o a primeras horas de la mañana. Después se solían lavar y remendar las redes, tarea que podía llevar varias horas”, Los evangelios y la cultura mediterránea del siglo I. Comentario desde las Ciencias Sociales (Verbo Divino; Estella 1996) 238.

[3] El Evangelio según San Lucas vol. I (Sígueme, Salamanca 1995) 332-333.-

[4] Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1994) 226.

[5] Cf. El Evangelizador en San Lucas (Paulinas; Bogotá 1992) 56-57.

[6] H. U. von Balthasar, Luz de la palabra. Comentarios a las lecturas dominicales, 227.

[7]  J. Ratzinger, Servidor de vuestra alegría (Ágape; Buenos Aires 2005) 93-94.

[8] Servidor de vuestra alegría (Ágape; Buenos Aires 2005) 97-98.

[9] C. M. Martini, El Evangelizador en San Lucas (Paulinas; Bogotá 1992) 58-59.

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