Lectio Divina

DOMINGO VI DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Jer 17,5-8):

Estos versículos están escritos con el estilo de los proverbios sapienciales, donde maldición y bendición conforman un binomio homogéneo. En 5-6 tenemos la maldición del hombre que pone su confianza en las fuerzas humanas. Por el contexto se referiría a las alianzas políticas que hacen los dirigentes de Jerusalén con las potencias de su tiempo pensando que está aquí la salvación del país. Tanto los versículos precedentes como subsiguientes a esta perícopa hablan del castigo de Dios a Judá por su pecado. Entonces, la raíz de dicho pecado está en poner la confianza, la fe en los poderes humanos mientras el corazón se aparta de Dios. La resultante de todo esto es habitar en lo inhóspito, en el desierto.

Por contrapartida, está la bendición del hombre que pone su confianza en Dios y hace de Él su apoyo. La consecuencia de esto se expresa con la metáfora del árbol plantado al borde de las aguas pues, aunque le sobrevenga el calor y la sequía, siempre dará fruto. La semejanza de este versículo con el Salmo 1 (que leemos hoy) es evidente.

Evangelio (Lc 6,12-13.17.20-26):

            En el texto litúrgico de hoy podemos considerar dos subsecciones. En primer lugar, tenemos la elección de los doce apóstoles. La presentación que hace Lucas de este acontecimiento resalta de modo particular la oración previa a la elección. En efecto, Lucas señala que Jesús sube al monte “para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios”. Sigue, al día siguiente, la elección de doce de entre sus discípulos a los que llamó apóstoles, sin dar más detalles sobre su misión en este momento como hacen Mateo y Marcos.

            La segunda subsección comienza con el v. 17 que nos presenta el auditorio del sermón del llano que viene a continuación: “Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón”.

            Ante este grupo Jesús comienza a anunciar las bienaventuranzas. Para nosotros la versión más conocida o clásica es la de san Mateo; por ello notemos que san Lucas hace una presentación algo diversa.

BIENAVENTURANZAS LAMENTACIONES
“¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre! 23 ¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas! ¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos traban a los falsos profetas!

En primer lugar, Lucas sólo trae 4 bienaventuranzas, a las que contrapone 4 lamentaciones o “ayes”. Además, su versión de las mismas es más breve y “literal” por cuanto habla sólo de los pobres, sin el añadido “de espíritu”; y de los que tienen hambre, sin el añadido “de justicia”. También notemos que están escritas todas en segunda persona plural (vosotros o ustedes) y dos veces añade el adverbio “ahora”. Según J. Dupont[1], estas dos últimas características propias de Lucas nos permiten hacernos una idea de la existencia cristiana según este evangelista.

            Jesús fija su mirada en los discípulos (6,20a) y habla directamente a los pobres, a los que lloran, tienen hambre y son perseguidos. Por tanto, el Jesús de Lucas se dirige concretamente a los cristianos-discípulos que son pobres, sufrientes y perseguidos.

            El adverbio “ahora” aparece en dos de las bienaventuranzas y en dos de las lamentaciones; y la presencia de esta indicación temporal colorea todo el anuncio. Según esto, Lucas considera que el ahora del cristiano, el tiempo presente, es todavía un tiempo de prueba, de carencia material, de persecución. Pero al mismo seguirá una transformación, una salvación de Dios prometida para el futuro. ¿Cuándo se dará esto? El contexto del evangelio de Lucas invita a pensar que se refiere a la vida después de la muerte. Así lo vemos, por ejemplo, en la parábola de Lázaro y el rico epulón (Lc 16,25) y en la escena del buen ladrón (23,43).

            Por tanto, para Lucas la existencia presente de los cristianos está marcada por la tribulación y la persecución; como estuvo marcada la existencia terrena del Señor (24,26). O sea, que la vida del discípulo no puede ser distinta que la vida del Maestro, de Jesús (6,40). Pero también se compartirá con Jesús el cambio de situación que trae la Resurrección pues en la vida eterna Dios recompensará a los que sufrieron en esta vida.

            A las cuatro bienaventuranzas se le oponen cuatro lamentaciones. La opinión de J. Dupont[2] es que estas no van dirigidas a los cristianos-discípulos sino a los no-cristianos que serían los ricos, los satisfechos, los que ríen y gozan de estima. Con temor y temblor nos apartamos de la opinión de este notable exegeta pues nos parece más acorde al paralelismo propio del texto el considerar que se dirigen a las mismas personas, es decir, a los cristianos-discípulos. Y lo hace, como en el resto del evangelio, con la función de advertir de los peligros que encierran las riquezas, la vida satisfecha y risueña, con la aprobación de todos. En particular notemos que en el último paralelo se contraponen los que son perseguidos con los que son adulados o elogiados. Si se tratase de los no-cristianos se esperaría que el lamento vaya dirigido a los “perseguidores”. Por tanto, así como se contraponen los verdaderos con los falsos profetas, de modo semejante podemos pensar que la intención es contraponer los verdaderos con los falsos cristianos. Y todo esto con una intención pedagógica por cuanto está señalando cuál es el camino de la felicidad y cuál es de la desdicha, todo visto desde la fe cristiana. A favor de esto tenemos la tradición del Antiguo Testamento donde los macarismos (bienaventuranzas) y las lamentaciones cumplen esta función pedagógica. Como ejemplo de lo primero tenemos el salmo 1 que leemos hoy; y de lo segundo tenemos las lamentaciones o ayes presentes en los profetas que de esto modo advertían a Israel con el anuncio del juicio de Dios sobre quienes han tomado el camino equivocado (cf. Am 5,7.18; 6,1).

            La abundancia de bienes, a lo que sigue es sentirse satisfecho y el tener una vida risueña, es presentado con frecuencia en el evangelio de Lucas como un peligro.

También la valoración positiva, la opinión favorable de los hombres puede ser un peligro o tentación en el seguimiento del Señor. Se ha señalado que Lucas, como fruto de su educación griega, es muy sensible al tema del honor y la honra que vienen de los hombres (cf. 14,8-10.24; 16,3; 22,25). Y se da cuenta que el “respeto humano” puede ser un obstáculo para el cristiano que se resiste a ser perseguido, a sufrir humillaciones, como sufrió Jesús. Así, “la opinión de los hombres no es un criterio válido para los cristianos. Lo que importa al cristiano es todo lo que pueda acercarle a su Señor, empezando por la humillación que nos une a la que él padeció en su pasión”[3].

ALGUNAS REFLEXIONES:

            El evangelio de hoy nos invita a meditar sobre la dicha o felicidad desde el punto de vista cristiano. Jesús habla abiertamente de las personas a las que considera felices o dichosas; y de las que se lamenta porque van el mal camino.

Para Jesús la verdadera felicidad está en la comunión con Dios, en sentir el amor del Padre, en pertenecer al Reino de Dios. Es decir, sólo el amor de Dios puede hacernos plenamente felices. Y esta felicidad se identifica con la santidad cristiana, como nos lo ha recordado recientemente el Papa Francisco: “La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (GE 64).

Jesús mismo nos señala luego quienes son los destinatarios privilegiados del amor del Padre: los pobres, los insatisfechos, los que lloran, los que son perseguidos por ser creyentes. Los que se encuentran en esta situación son los destinatarios privilegiados del amor del Señor y pueden hallar allí su felicidad.

Por el contrario, los ricos, los satisfechos, los que se divierten y reciben adulación de los demás se encuentran en una situación de peligro pues serán muy tentados para cerrarse en sí mismo, para no tener en cuenta el amor de Dios en sus vidas y perderse así la verdadera felicidad. Y esto por tres motivos fundamentales (en esto seguimos literalmente a J. Dupont[4]):

  • La riqueza impide al hombre ver más allá de la vida presente y por tanto saber dónde está su verdadero interés.
  • La riqueza encierra al hombre en sí mismo y le impide pensar en los demás, en los que carecen de lo necesario.
  • La riqueza tiende a ocupar en el corazón del hombre un lugar que corresponde sólo a Dios. Se convierte en una especie de ídolo.

Es muy claro que necesitamos meditar mucho en este texto para que nuestro corazón se abra a la sabiduría divina que encierran porque nos llevan a contracorriente de lo que nos propone el mundo cada día. También nos lo recordaba el Papa Francisco: “Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo” (GE 65).

            En síntesis, Jesús proclama la felicidad eterna para aquellos a los que le es negada en esta vida; para aquellos que, a pesar de todo y de todos, siguen poniendo su confianza sólo en Dios. Y esta felicidad futura, cierta para el creyente y que por ello es ya un consuelo en el presente, tiene un anticipo en la paz del corazón que el Señor concede a los humildes: “El alma humilde conoce una gran paz, mientras que el alma soberbia se atormenta a sí misma. El orgulloso no conoce el amor de Dios y se encuentra alejado de Él. Se ensoberbece porque es rico, sabio o famoso, pero ignora la profundidad de su pobreza y de su ruina, porque no ha conocido a Dios. Para que puedas ser salvado, es necesario que te vuelvas humilde, puesto que, aunque se trasladara por la fuerza un hombre soberbio al paraíso, tampoco allí encontraría paz ni se sentiría satisfecho, y diría: “¿Por qué no estoy en el primer puesto?” Sin embargo, el alma humilde está llena de amor y no busca los primeros puestos, sino que desea el bien para todos y se contenta con cualquier condición. En virtud del amor, el alma desea para cada hombre un bien mayor que para sí misma, y goza cuando ve que los otros son más afortunados que ella, y se aflige cuando ve que se encuentran en el sufrimiento”[5].

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

¡COMO ESPERO TU JUSTICIA!

Señor, ten piedad de mi

Es el llanto mi única salida, descargo mi desazón

Tiene olor a sangre mi herida y sin ti solo exhala pasión

¡Tú puedes venir en mi auxilio, el de tu llegada pronta!

Pero sin tu Gracia es imposible la esperanza

Los días no tienen término, se alargan sin compasión.

Si mis pecados purifico en el sufrimiento,

Bienvenido sea para ahogar la soberbia, cizaña de mi corazón

Y te ofrezco si puedo sus consecuencias, que hieren mi carne

Y agobian mi mente, toman las riendas de mi atención.

No me dejes de tu mano, sepa llevar la cruz con valentía

Y abrazarla con amor para asimilarme a tu agonía.

El hambre y la justicia gobiernan mi vida

La tristeza de tu ausencia se agranda en mi corazón

Me excluyen, me insultan, me proscriben sin tregua.

Solo desean mi muerte, el triunfo del orgullo y la incomprensión

Hazme justicia con tu consuelo, tu promesa de vida sea mi baluarte,

mi razón de vida, mi camino de salvación.

Padre mío aquí tu hijo busca el triunfo

El éxito definitivo en tu Palabra definido

Y entonces libérame pronto de esta prisión

Levántame de mi caída y limpia mis vestidos

El tiempo se acaba y a tu presencia deseo comparecer digno

De todo lo que has hecho por mí, por tu puro deseo y amor. Amén

[1] J. Dupont, El mensaje de las bienaventuranzas (CB 24 Verbo Divino; Estella 1985) 24-27.

[2] El mensaje de las bienaventuranzas (CB 24 Verbo Divino; Estella 1985) 28.

[3] J. Dupont, El mensaje de las bienaventuranzas (CB 24 Verbo Divino; Estella 1985) 37.

[4] El mensaje de las bienaventuranzas (CB 24 Verbo Divino; Estella 1985) 29.

[5] Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos, Turín 1973, 274; citado por G. Zevini – P. G. Cabra, La lectio divina para cada día del año vol. 15, 290-291.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo