Lectio Divina

DOMINGO VI DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (1 Samuel 26,2.7-9.12-13.22ss):

Esta narración, de gran belleza literaria, pone de relieve la grandeza de alma o magnanimidad de David frente a Saúl. El libro de Samuel deja en claro que la culpa de la rivalidad entre David y Saúl es de este último, que se muestra envidioso (18,8s), intenta matarlo (18,10-l1; 19,1), le tiende trampas, es su enemigo (18,19), lo persigue continuamente (c. 24 y 26). La prueba es que en ciertos momentos reconoce su culpa (cf. 24,18-22; 26,21.25).

Y al mismo tiempo deja en claro que David nunca se atrevió a atentar contra el Ungido del Señor, Saúl, aun cuando ha tenido la posibilidad de hacerlo (cf. 1 Sam 24 y 26). Por el contrario, David mantiene en todo momento una postura correcta ante Saúl, limitándose a huir para no ser asesinado.

En el contexto litúrgico de hoy este texto nos brinda un ejemplo concreto de la vivencia del amor a los enemigos, a los que nos persiguen y calumnian, que nos pide Jesús en el evangelio.

Segunda lectura: 1 Corintios 15,45-49

La sub-sección de 1Cor 15,35-49 inicia con la clara presentación de la cuestión que ocupa a algunos de los corintios: “¿cómo resucitan los muertos?; ¿con qué cuerpo?” De este modo, y siguiendo los usos típicos de la diatriba, Pablo pasa a dialogar con su imaginario interlocutor.

La primera argumentación la realiza en base a la comparación con la naturaleza (36b-44a) pues esta nos enseña que la semilla sufre una verdadera transformación (muerte-resurrección) para convertirse en planta (36-38). La comparación es posible porque en la mentalidad de entonces el proceso de la germinación se entendía como una obra de Dios, ya que la semilla se pudre y muere, pero luego brota por intervención divina. Pablo mismo afirma esto en el v. 38: “Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla su cuerpo”.

La demostración continúa, siempre mirando la naturaleza como obra de Dios, notando la diversidad de carnes, cuerpos y resplandores que existen (39-41). La argumentación se cierra con la aplicación de lo aprendido a partir de los ejemplos (la obra de Dios implica transformación y diversidad) a la realidad en cuestión. Así en 42-44a explica el proceso de transformación real que tiene lugar en la resurrección pues se siembra corrupción, vileza, debilidad y un cuerpo natural (sw/ma yuciko,n) y resucita incorrupción, gloria, fortaleza y un cuerpo espiritual (sw/ma pneumatiko,n).

Como la afirmación de estos dos tipos de cuerpos era muy difícil de aceptar para el pensamiento griego, en 44b recurre al ejemplo de la diversidad para respaldar la posibilidad de la existencia de un cuerpo espiritual. Pablo refuerza esto con una nueva argumentación (45-49, nuestro texto) donde recurre a la autoridad de la Escritura (Gen 2,7). El texto del Génesis lo utiliza para calificar la condición de todo hombre, en cuanto descendiente de Adán, como natural, alma viviente (yuch.n zw/san) y terrenal. A este primer hombre se contrapone el último o definitivo, Cristo, calificado como espiritual o espíritu que da vida (pneu/ma zw|opoiou/n) y celestial.

Ahora bien, los hombres se califican también por su vinculación con cada uno de estos hombres originarios. Pablo no los contrapone estrictamente, sino que insiste en el proceso que implica una sucesión temporal: primero lo natural-terrenal, que se transformará en lo segundo: espiritual-celestial.

Evangelio (Lc 6,27-38):

            Esta sección del “sermón del llano” del evangelio de san Lucas contiene una serie de exigencias éticas que Jesús presenta en torno a la relación con el prójimo, con los demás. Los verbos están en imperativo, por tanto tienen un valor de exigencia o mandato para quien quiera vivir como cristiano, como discípulo de Jesús e hijo del Padre. Al respecto dice J. Fitzmyer[1]: “Jesús intima a sus seguidores que deben dar testimonio de la apertura más radicalmente humana y del más vivo interés por los propios enemigos. Jesús no se limita a una pura recomendación de afecto y de cariño (philia), como se debe tener hacia los miembros de la propia familia, ni propone una entrega apasionada (eros), como la que debe existir entre los esposos, sino que exige una benevolencia activa, desinteresada y extraordinaria con respecto a las personas que se presentan precisamente como antagonistas”.

            El acento está puesto en la novedad del obrar cristiano que supera a la conducta natural y espontánea. En concreto, Jesús propone amar también a los enemigos, y este amor se expresa haciendo el bien a los que nos odian, bendiciendo y orando por ellos. Luego siguen tres ejemplos de gestos fraternales que van más allá de lo debido invitando a no devolver el mal recibido poniendo la otra mejilla y dando a todo el que nos pide algo sin reclamar devolución. Se concluye esta subsección de las exigencias éticas cristianas con una “regla de oro” que las sintetiza: “Traten a los demás como ustedes quieren que ellos los traten” (6,31).

            Sobre esta “regla de oro” nos advierte J. Fitzmyer[2] que “el carácter de reciprocidad que encierra esa máxima recibe en los versículos inmediatamente siguientes (vv. 32-34) una profunda modificación: Jesús, aunque cita esa regla, va más allá y propone una norma de conducta que trasciende la mera reciprocidad. El amor a sí mismo no puede ni debe ser la única y suprema pauta de comportamiento para el discípulo; en realidad, ése parece ser el contenido implícito de la máxima”. Es decir, esta regla sería el piso del obrar del cristiano que es invitado luego a ir más allá del mismo.

Sigue una triple comparación con el amor “natural” o espontáneo del común de los hombres a quienes considera como “pecadores” y cuya función es resaltar lo propio del amor cristiano que supera la tendencia natural, pues exige sacrificio y entrega; y por eso tiene mérito ante Dios. Esta subsección se concluye con una doble sentencia.

En la primera se recapitula el mandato del amor cristiano en tres acciones: amor a los enemigos, hacer el bien y prestar sin esperar que devuelvan; seguida de una doble motivación: recibir una gran recompensa de parte de Dios y ser hijos de Dios cuyo amor a los hombres se imita, «porque él es bondadoso con los ingratos y con los malos».

La segunda sentencia conclusiva, con la invitación a ser «misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso» (6,36), nos está dando la motivación y razón última para el mandato de amar a los enemigos y de hacer el bien a los que los ofenden: imitar el amor misericordioso del Padre. Sobre este versículo nos dice J. Fitzmyer[3] que “es una reformulación de la última parte del v. 35. En el pasaje correspondiente de Mateo se dice: «Tenéis que ser perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto» (Mt 5,48). La formulación de Lucas no sólo radicaliza la máxima al ponerla en imperativo, es decir, como mandato, sino que, al mismo tiempo, la expresa en términos de «misericordia». Es difícil determinar con exactitud cuál era la forma primitiva, según aparecía en «Q»: ¿«perfecto» o «misericordioso»? De hecho, el Evangelio según Mateo emplea el adjetivo teleios en otro pasaje (Mt 19,21); por tanto, es posible que haya retocado la formulación original de «Q». En cambio, Lucas jamás utiliza ese adjetivo; y además, oiktirmón (— «misericordioso») no sale más que en este pasaje. Lo que no admite duda es que cualquiera de las dos formulaciones encierra una resonancia de Lv 19,2: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». La redacción de Lucas propone una imitación de Dios, y, precisamente, de una cualidad que, en el Antiguo Testamento, se atribuye frecuentemente al Dios de Israel. En toda la literatura veterotestamentaria jamás se aplica a Dios el adjetivo teleios (— «perfecto») o el sinónimo amamos (= sin defecto»); pero sí se dice de él que es oiktirmón (= misericordioso»: cf. Éx 34,6; Dt 4,31; Jl 2,13; Jon 4,2)”.

En síntesis, el cristiano, el discípulo de Cristo, no puede contentarse con un amor natural o espontáneo que ama sólo a los que lo aman, y da sólo a quienes se lo pueden devolver. Jesús pide que amemos como ama el Padre, con misericordia, es decir, mirando la necesidad de los demás por encima de sus méritos o sus posibilidades de retribuirnos.

ALGUNAS REFLEXIONES:

El evangelio de hoy nos invita a meditar sobre el fundamento y la motivación de nuestro modo de actuar con los demás. Podríamos formularnos la pregunta de este modo: ¿a quién imito cuando actúo?; o también, ¿cómo soy amado y por eso amo de ese modo a los demás? Porque es bien cierto el dicho: “los niños no hacen tanto lo que les decimos cómo lo que nos ven hacer”. Vale decir que muchas de nuestras conductas aprendidas son consecuencia de la “imitación”.

Pues bien, Jesús nos pide que imitemos a Dios, que amemos cómo ama Él. Y Jesús nos enseña que Dios, el Padre, ama a todos los hombres porque todos son sus hijos, o están llamados a serlo. No sólo ama a los buenitos «porque él es bondadoso con los ingratos y con los malos» (6,35).

Para Jesús lo que define a Dios Padre es la misericordia; y nos invita a ser misericordiosos como lo es Él. Es decir, así como experimentamos el amor misericordioso del Padre en nuestras vidas porque nos ama aunque no lo merezcamos y le podamos corresponder; así debemos los cristianos amar a los demás hombres.

            Es decir, “el Padre que nos ha revelado Jesús, por tanto, no nos ama porque seamos buenos, porque hagamos su voluntad y practiquemos la virtud, ni deja de amarnos porque seamos malos y desobedezcamos su voluntad. Simplemente, nos ama porque nos ama, porque no puede hacer otra cosa, dado que es Amor (1 Jn 4,8.16), y Amor gratuito, incondicionado. Para nuestra fe resulta decisivo cultivar esta imagen de Dios. Antes que nada porque es ella la que debe orientar nuestro modo de relacionarnos personalmente con él, ayudándonos a vivir con la conciencia de su amor inmotivado e inmutable; y, a continuación, porque esa imagen es la que debe inspirar la «perfección» de nuestra conducta en nuestras relaciones con los otros. Sólo si nos hacemos imitadores suyos seremos también capaces de amar «asimétricamente» a nuestro prójimo. Sólo así podremos llegar a ser de verdad «misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso» y estaremos en condiciones de llegar a aquel «exceso» que nos propone Jesús: querer el bien de nuestros enemigos, como hemos visto que hacía David con Saúl en la primera lectura y, sobre todo, como hizo él mismo en la cruz (Le 23,34).”[4]

En la práctica amar a todos, incluidos los enemigos, parece imposible; pero es el camino que tenemos que animarnos a recorrer porque Jesús nos lo ha marcado. Así lo explicaba el Papa Francisco al convocar el año de la misericordia: “el evangelista refiere la enseñanza de Jesús: “Sed misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr. Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida… La misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.” (MV 9.13).

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Señor

Ten compasión de mí, mira que soy apenas barro

Y a cada instante caigo y me derramo

Tengo las manos vacías, mis labios sellados

No puedo responder, no alcanzan las fuerzas.

Solo Tú puedes hacer fértil esta tierra,

Desposarla eternamente y jurarle Amor.

En cambio, nada puedo sin tu fuerza,

Sin la luz de tu mirada cuando me encuentra.

El enemigo se agazapa tras la humana miseria

Los deudores demandan lo inalcanzable

Juzgan por la injusticia de este tiempo

Marginan con tanta indiferencia…

¿De dónde vendrá el auxilio, Señor

Para alcanzar tus promesas?

Será tan rudo el yugo de este caminar

¿Podrá alcanzar la santidad, ésta tu Iglesia?

No más preguntas, no más lamentos

Hazte alimento nuestro, se Tú nuestra esperanza

Abrázanos en la Trinidad Infinita y

Y danos conformidad a tu Gracia. Amén.

[1] El evangelio según Lucas Vol. II, Cristiandad, Madrid, 1986, 610-611.

[2] El evangelio según Lucas Vol. II, Cristiandad, Madrid, 1986, 613-614

[3] El evangelio según Lucas Vol. II, Cristiandad, Madrid, 1986, 616-417.

[4] G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio Divina para cada día del año Vol. 15, Verbo Divino, Estella, 2003, 60.

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