Lectio Divina

DOMINGO VIII DURANTE EL AÑO – CICLO “C”

1ra. Lectura (Eclo 27,4-7):

Este texto nos confirma que “el hombre es el eje fijo sobre el que gira todo el mundo sapiencial, es el punto de partida de toda observación”[1]. Y de modo particular los sabios se concentran es aquello tan propio y exclusivo del hombre como es la comunicación por medio de la palabra. En estos proverbios es acento está puesto en la palabra como auto comunicación, por cuanto es el medio a través del cual se revela el interior del hombre. Los tres primeros versos expresan esa certeza fruto de la experiencia; y el cuarto saca una conclusión para los que buscan ser sabios: no alabar a nadie antes de haberlo escuchado hablar.

Segunda lectura: 1 Corintios 15,51.54-58

En 15,51 encontramos una nueva introducción que busca atraer la atención de los oyentes por cuanto es la revelación de un misterio: “No moriremos todos, pero todos seremos transformados” (o mejor cambiados: avllaghso,meqa).

Con esta afirmación se refuerza la opinión de que Pablo pensaba en una parusía inminente, como en 1Tes. Pero en relación a la escatología de esta carta aparece aquí la novedad del cambio de estado, del paso del cuerpo natural al espiritual, de la corrupción a la incorrupción. El verbo está en pasivo recordándonos que esta transformación será obra de Dios, imposible para “la carne y la sangre”.

El versículo siguiente explicita esta afirmación y, al parecer, reserva la resurrección para los muertos y la transformación o cambio de estado para todos, vivos y difuntos. Pablo recurre aquí a elementos de la apocalíptica como el toque de la trompeta buscando señalar lo instantáneo de este suceso final.

Los versículos 53-57 desarrollan más este proceso de transformación final mostrando su necesidad por parte de los hombres, pero sólo posible por la intervención divina por medio de Cristo, vencedor del pecado y de la muerte. Pablo celebra esta victoria con una especie de cántico triunfal: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” Enuncia luego la relación entre muerte, pecado y ley, que desarrollará ampliamente en la carta a los Romanos.

El v. 58 es una exhortación, de tono afectivo (“hermanos míos queridos”), a mantenerse firmes y aceptar la obra del Señor en ellos con generosidad. De este modo cierra esta sub-sección y todo el capítulo, ya que siguiendo por este camino el esfuerzo no será vano, respondiendo a la advertencia con que había comenzado en 15,2.-

Evangelio (Lc 6,39-45):

            Esta perícopa forma parte del Sermón del llano y tiene el mismo auditorio señalado en 6,27, que son los discípulos más toda la gente que se acercó para escuchar a Jesús (6,17-18). Según A. Rodríguez Carmona[2], la misma comienza en 6,37 y “trata de la postura que hay que adoptar frente al hermano pecador”. Y más en concreto dice que las comparaciones se refieren a las condiciones para la “corrección fraterna”, que son una sana autocrítica y la honradez. De modo semejante L. H. Rivas[3] dice que “por medio de tres parábolas Jesús enseña que nadie debe colocarse en actitud de juez ante el que peca o se equivoca, porque todos los seres humanos – y también los discípulos – son pecadores y necesitados del perdón de Dios y de los hermanos”.

            Por tanto, mediante comparaciones o metáforas Jesús nos enseña la actitud que debe tener su discípulo frente al hermano que ha pecado o se ha equivocado.

Con la primera comparación queda muy claro que mal puede ponerse en la postura de guiar a un ciego quien tampoco puede ver. Aquí la ceguera es una metáfora de la falta de iluminación que da la fe en Cristo resucitado. Como bien señala F. Bovon[4] “para Lucas hacerse cristiano es salir de las tinieblas y construir con ojos nuevos una nueva realidad (cf. Hech 26,17-18). Incluso los discípulos tuvieron que aceptar, después de la resurrección, que el Señor les abriera los ojos (Lc 24,31)”.

            En cuanto al proverbio sobre la relación maestro-discípulo, podría referirse a aquellos discípulos que no terminan de aceptar las enseñanzas de Jesús, sobre todo sobre el no juzgar ni condenar; sobre la corrección fraterna y el perdón. Así como el Señor no vino a juzgar ni condenar, así el discípulo por más formado que esté, tampoco debe juzgar al hermano.

            El dicho sobre la necesidad de quitarse la viga en el propio ojo antes de intentar quitar la mota o paja del ojo del hermano, refuerza la invitación a la sana autocrítica y honestidad. Es decir, lo primero es examinarse a sí mismo; es la conversión personal. Recién luego se podrá ayudar o guiar a los demás. Justamente lo contrario de la honradez es la hipocresía; por eso se llama hipócrita aquí a quien mira los defectos ajenos sin prestar atención primero a los propios. Es lo que Jesús le reprocha con insistencia a los escribas y fariseos (cf. Mt 23).

            Para F. Bovon[5] la pedagogía de Jesús aquí propuesta incluye cinco pasos: “1. Renuncia a erigirse en juez de los demás; 2. Apertura a las palabras de Jesús, que me interpela con amor y esperanza; 3. Reconocimiento de mis faltas graves (las vigas); 4. Compromiso de ser otro hombre u otra mujer (quitar la viga); 5. Sólo entonces, la imitación posible de Jesús (v. 40b) y el permiso de hacerse maestro del otro (ya que soy previamente su hermano o su hermana)”.

            La última comparación, sobre el conocimiento del árbol por sus frutos, brinda un claro y sabio criterio de discernimiento que desenmascara la hipocresía o engaño. Así como un árbol se conoce por sus frutos, el corazón del hombre se conoce por sus obras y sus palabras.

ALGUNAS REFLEXIONES:

El evangelio de hoy nos invita a meditar sobre nuestro modo de actuar frente al pecado o la equivocación de los demás.

Lo primero que nos dice Jesús es que no nos tenemos que poner rápidamente en el lugar de guías de los demás. Como bien dice L. H. Rivas[6] “de esta forma sale al encuentro del simplismo de los que creen que los malos son siempre los otros, y quieren constituirse en maestro de los demás”.

Lo segundo que enseña Jesús es que sólo quien primero se examina a sí mismo y reconoce y confiesa su pecado o su condición pecadora, podrá llegar a tener la claridad de mirada como para ayudar a los demás a superar sus caídas. El discípulo de Jesús tiene que haber recorrido un largo camino de purificación interior antes de llegar a tener las condiciones necesarias para ponerse en guía de los demás. Y una de las convicciones a las que tiene que llegar es que siempre será discípulo y que Jesús es el único verdadero maestro.

Al respecto, el entonces padre Jorge Bergoglio[7] escribió un artículo comentando el libro de Doroteo de Gaza “La acusación de sí mismo” y allí dice: “Quien se acusa a sí mismo deja lugar a la misericordia de Dios; es como el publicano que no osa levantar sus ojos (cfr. Lc.18,13). Quien sabe de acusarse a el mismo es un hombre que siempre se ‘acercará bien’ a los demás, como el buen samaritano, y – en este acercamiento – el mismo Cristo realizará el acceso al hermano”.

Lo tercero es que nada molesta tanto a Jesús como la hipocresía, la falsedad o doblez de quien se erige en juez de los demás y resulta que comete cosas peores que las que condena en los demás. Nunca nos pongamos en el lugar del juez. Bien podemos recordar la demoledora frase de Jesús ante los que querían apedrear a la mujer pecadora: “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra” (Jn 8,7).

Al respecto decía el Papa Francisco que “quien juzga se equivoca siempre. Y se equivoca porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez: ocupa precisamente ese puesto y se equivoca de lugar. En la práctica, cree tener el poder de juzgar todo: las personas, la vida, todo. Y con la capacidad de juzgar considera que tiene también la capacidad de condenar. Y no sólo se equivoca; también se confunde. Y está tan obsesionado de eso que quiere juzgar, de esa persona —tan, tan obsesionado— que esa pajilla no le deja dormir. Y repite: «Pero yo quiero quitarte esa pajilla». Sin darse cuenta, sin embargo, de la viga que tiene él» en su propio ojo. En este sentido se «confunde» y «cree que la viga sea esa pajilla». Así que quien juzga es un hombre que «confunde la realidad», es un iluso” (homilía del 23 de junio de 2014).

También Jesús en este evangelio nos invita a ser hombres de discernimiento para no dejarnos engañar. La bondad de un hombre no está en su elocuencia ni en lo que predica de sí mismo; sino en sus buenas obras y en su hablar sensato.

Si hay caridad en su obrar y en su hablar, entonces es hombre de Dios. De lo contrario es un hipócrita o un falso profeta.

Por último, la hipocresía condenada por Jesús en el Evangelio está muy emparentada con la mundanidad espiritual que denuncia el Papa Francisco en Evangelii Gaudium 93-97. En efecto, quien ha caído en esta mundanidad en su segunda manera se cree dueño absoluto de la verdad; se auto proclama garante de la ortodoxia, condena a todos los que no piensan como él y ofrece su postura como único camino de salvación para la Iglesia de hoy.

EG 94. Esta mundanidad puede alimentarse especialmente de dos maneras profundamente emparentadas. Una es la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado. Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente. Son manifestaciones de un inmanentismo antropocéntrico. No es posible imaginar que de estas formas desvirtuadas de cristianismo pueda brotar un auténtico dinamismo evangelizador.

EG 97. Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!

            En fin, sigamos el consejo de San Antonio de Padua: “Sólo en caso de necesidad y después de habernos corregido a nosotros mismos, se puede corregir a los demás.”

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

De la abundancia del corazón

El corazón de cada hombre tiene secretos escondidos

Caminos sinuosos y oscuros, dolores y amores

Uno solo puede entrar a descubrirlos

Y abrir en ellos ventanas de luz…

Entra Señor, obra en nosotros, en nuestro interior

Colma de tu abundancia cada rincón

Creemos en ti, en tu poder, en tu ciencia, en tu saber

No nos abandones en esta indigencia.

Tanto hay por descubrir en esta aventura de vivir

Si tú, Maestro Divino, nos enseñas

No fallarán nuestras fuerzas, y atravesaremos las tinieblas

¡Ten piedad de nuestra ceguera!

Siempre habrá vigas en nuestros ojos

Pero estás allí, velado y visible

Danos la Gracia de hacer posible lo imposible

Y entregaremos frutos sabrosos.

Padre mío, envía tu Auxilio eternamente prometido

Y endulza mis palabras, abre mis labios

Por tu hijo mi Señor, muéstrame tus mañanas

Quita el velo de mis ojos y eleva a ti mi plegaria. Amén.

[1] J. Vílchez Lindez, Sabiduría y Sabios en Israel, Verbo Divino, Estella, 1995, 134.
[2] Evangelio según san Lucas, BAC, Madrid, 2014, 125.
[3] La obra de Lucas I. El Evangelio, Agape, Buenos Aires, 2012, 78.
[4] El Evangelio según san Lucas. Vol. I, Sígueme, Estella, 1995, 471.
[5] El Evangelio según san Lucas. Vol. I, Sígueme, Estella, 1995, 475.
[6] Jesús habla a su pueblo. Ciclo C. Domingos durante el año, CEA, Buenos Aires, 2000, 50.
[7] Boletín de Espiritualidad 87, mayo-junio 1984, 6-7.
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