Lectio Divina

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA “C”: TENTADO PERO VICTORIOSO EN LA FE

1ra. lectura (Dt 26,1-2.4-10):

La primera lectura incluye un texto conocido como el ‘pequeño credo histórico’ de Israel (Dt 26,5-9) por cuanto narra sintéticamente la acción de Dios en favor de su pueblo. Este ‘credo’ constituyen una ‘miniatura esencial’ del Pentateuco articulado alrededor de los temas centrales: la vocación o llamada a la fe de los patriarcas; la liberación por la gesta del éxodo; y el don de la tierra prometida.

 “Mi padre era un arameo errante”. La historia de Jacob es la historia de un caminante hacia Dios. Este estar “de camino” o “de paso” (homo viator) es una característica del hombre creyente, siempre en camino hacia Dios para testimoniar Su fidelidad.

El israelita recuerda todo el camino recorrido a la luz de la promesa y ahora da testimonio, da fe (confessio fidei) de que Dios ha cumplido su promesa de darle una tierra.

La fe de Israel está esencialmente vinculada a la historia y este texto nos hace ver con la claridad la inter-relación entre fe, historia y culto. En efecto, Israel ha tenido la experiencia de la actuación de Dios en su historia pasada y cree en Él en el presente y le rinde el culto debido con los dones de la tierra como respuesta al don recibido primero: “Por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me diste” (Dt 26,10). En este sentido el culto es expresión y confesión de la fe en la acción de Dios en la propia historia.

La fidelidad de Dios fue objeto de fe al inicio del camino y es objeto de celebración al final del mismo. El culto es entonces la celebración de la fe en el Dios fiel y misericordioso.

2da. lectura (Rom 10,5-13):

San Pablo, por su parte, nos describe el itinerario del creyente en Cristo que, al igual que el israelita, vive de la fe que cree y profesa. En primer lugar, está el encuentro con la Palabra predicada que se ha vuelto cercana. Le sigue el creer en esta palabra con el corazón; y por último, confesarla con la boca. Este camino de fe en Cristo crucificado y resucitado es el que puede salvar.

            Los versículos que siguen al texto seleccionado por la liturgia (Rom 10,14-17) nos traen otro órgano, eloído, y nos describen su función en el proceso de fe. Así tendríamos entonces el ciclo perfecto de relación con la Palabra: Oír – Creer – Confesar – Predicar para que otro Oiga – Crea – Confiese – Predique. La fe auténticamente vivida lleva a la misión.

Evangelio (Lc 4,1-13):

 

            El primer versículo de este evangelio dice que el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto “donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días”. Aquí hay tres elementos con valor simbólico que nos ubican ya en un clima cuaresmal. En primer lugar, por la referencia de los cuarenta días como un tiempo determinado y necesario para un cambio. En segundo lugar, el desierto, presentado aquí como el lugar de la prueba y la decisión. Y, por último, justamente, por la referencia a la tentación o lucha con el demonio.

            En cuanto a las tentaciones, nos concentramos en el mensaje esencial de cada una de ellas ayudándonos de una catequesis sobre las mismas de Benedicto XVI.

“En la primera tentación el diablo propone a Jesús convertir la piedra en pan para saciar el hambre. Jesús rechaza que el hombre vive sólo de pan: sin una respuesta al hambre de verdad, al hambre de Dios, el hombre no se puede salvar”[1].

Esta tentación busca que Jesús oriente su filiación, su ser Hijo de Dios, en beneficio de sí mismo y no como dependencia y donación total al Padre.

En la segunda tentación se le sugiere a Jesús que haga alianza con los poderes de este mundo (que el evangelio considera bajo dominio de Satán) para realizar su misión. “Pero no es este el camino de Dios: Jesús tiene muy claro que no es el poder mundano el que salva al mundo, sino el poder de la cruz, de la humildad, del amor (cfr vv. 5-8).”[2]

“En la tercera tentación, el demonio propone a Jesús de tirarse del pináculo del Templo de Jerusalén y que lo salve Dios mediante sus ángeles, de hacer algo sensacional para poner a prueba a Dios mismo; pero la respuesta es que Dios no es un objeto al que imponer nuestras condiciones: es el Señor de todo (cfr vv. 9-12)”.[3]

Esto encierra una gran presunción pues quiere obligar a Dios a intervenir; le estaría exigiendo al Padre que obedeciera a una situación de emergencia provocada por él. Es lo que justamente la Escritura denuncia como “tentar a Dios”, en cuanto querer poner a prueba su poder o su fidelidad y querer que Dios esté a nuestra disposición.

            El relato termina con un final abierto: “Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno” (Lc 4,13). Para los estudiosos este “momento oportuno” (kairós) es una referencia a Getsemaní, donde la tentación se hace más fuerte ante la proximidad real de la pasión (Lc 22,40.46).

            El denominador común de las tres tentaciones es el intento de apartar a Jesús del camino señalado por su Padre, es la propuesta de instrumentalización de Dios, de usarlo para los propios intereses, para la propia gloria y el propio éxito[4].

La sutileza de la tentación está en que no se le sugiere a Jesús algo explícitamente malo. En la primera y en la tercera tentación Jesús debería hacer lo que se supone que podemos esperar de él si es el Hijo de Dios. En la segunda el tentador le presenta primero un fin bueno como es la conquista del mundo para Dios, pero el medio para este buen fin es malo. La respuesta dada nos indica que la fidelidad de Jesús al Padre incluye no sólo el fin sino también los medios.

Importa también atender a las respuestas de Jesús, todas tomadas de la Palabra de Dios, y que insisten en el primado de Dios. Como bien nota H. U. von Balthasar “los tres versículos de la Escritura con los que Jesús replica y se opone al diablo, no son fórmulas aprendidas de memoria, sino respuestas amarga y trabajosamente conseguidas. Se las puede llamar, en un sentido más elevado, una confesión de fe existencial”[5]. De este modo nos señalan el camino para superar la tentación:adoración y fe en el único Dios. El muy fuerte la frase de un jesuita alemán, Alfred Delp, ajusticiado por los nazis: «El pan es importante; la libertad es más importante; pero lo más importante de todo es la adoración».

Jesús, al ser puesto prueba o tentado, respondió con Fe/Fidelidad a la Palabra del Padre revelando así su corazón de Hijo obediente. Cada No dado al tentador supone un claro al Padre y a su Voluntad. Y de este modo quedó confirmada su verdadera identidad de Hijo de Dios.

En el bautismo en el Jordán Jesús fue proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre Celestial, ahora en la tentación demostró ser Hijo por su obediencia al Padre; no por los privilegios y facilismos que esto podría traerle. A la luz de todo el evangelio es claro el mensaje de que el signo de la autenticidad de la filiación Divina de Jesús está en su obediencia al Padre que se manifestará más plenamente en el momento en que su debilidad y su muerte en cruz parecen desmentirla. La renuncia o despojo de sí mismo que manifiesta al vencer las tentaciones anticipan sukénosis o vaciamiento en la cruz. Su anonadamiento es una confesión de la totalidad del Padre. Aquí está el secreto de su victoria: no se buscó a sí mismo sino sólo a Dios.

En síntesis, “en las tres tentaciones, Jesús no quiere nada para sí mismo; por eso no pone a Dios a prueba”[6]. Es decir, Jesús no se buscó a sí mismo ni su gloria ni su poder ni su fama. Jesús no quiere nada para sí mismo salvo cumplir la Voluntad del Padre; por eso vence toda tentación.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            El evangelio nos invita a reflexionar sobre el desierto como imagen de la cuaresma que hemos comenzado a caminar. “En primer lugar el desierto, donde Jesús se retira, es el lugar del silencio, de la pobreza, donde el hombre es privado de los apoyos materiales y se encuentra de frente a las preguntas fundamentales de la existencia, es empujado a ir al esencial y precisamente por esto es más fácil encontrar a Dios”[7]. Por tanto, busquemos en esta cuaresma momentos de soledad para orar más, para reflexionar sobre el curso de nuestra vida, cómo estamos viviendo y si estamos conformes con nuestra vida considerando nuestra relación con Dios, con los demás, con nosotros mismos y con la creación.

            Pero también el desierto aparece como el lugar de la tentación, de la lucha, de la decisión. “En el desierto de nuestras vidas se pone a prueba la verdad más íntima de cada cual. En este espacio de abandono, de silencio y de soledad aparece lodiabólico, es decir lo que desgarra y divide interiormente”[8]. En este sentido, la cuaresma nos invita a tomar conciencia de estas tentaciones o solicitudes internas al pecado y a combatirlas, a vencerlas con la gracia de Dios y las prácticas cuaresmales (ayuno, oración y limosna).

            En un nivel más profundo, el desierto, dónde se dan la prueba y la tentación, es un lugar de aprendizaje para el hombre pues allí mismo tomamos conciencia de nuestra fragilidad, de nuestra debilidad y del pecado que anida en nuestro corazón. Y esto es bueno porque nos lleva a reconocer que necesitamos de la gracia y la misericordia de Dios. El mismo Deuteronomio saca esta enseñanza del paso por el desierto: “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz y no de guardar sus mandamientos” (Dt 8,2).

Esto lo notó muy bien San Agustín quien al respecto decía que Dios tienta a fin de que el hombre mismo se descubra; por tanto la tentación es una forma de interrogación y de enseñanza que conduce al hombre al descubrimiento de su verdadero yo. Por eso insiste en que si Dios cesara de tentar, el maestro dejaría de enseñar[9].

También el desierto, como la propia vida, es lugar de manifestación de la misericordia de Dios como sugiere la primera lectura. Y el mismo libro del Deuteronomio nos dice también que en medio de la prueba se experimenta el amor misericordioso de Dios Padre que enseña, cuida y corrige: “Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor. La ropa que llevabas puesta no se gastó, ni tampoco se hincharon tus pies durante esos cuarenta años. Reconoce que el Señor, tu Dios, te corrige como un padre a sus hijos (Dt 8,3-5).

Por último, no perdamos de vista que el evangelio de hoy también nos invita a tener confianza, pues en Jesús y con Jesús podremos vencer las tentaciones. Al respecto dice S. Agustín: “El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tentado tú […] Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él”[10].

Su victoria nos debe animar a lanzarnos confiadamente a la lucha contra las tentaciones del mundo y a vencerlas con la fe. Y para vencer la tentación con la fe es necesario aumentar nuestra confianza en la fidelidad de Dios. En esta línea la primera lectura nos ofrece un medio importante para acrecentarla: hacer memoria de la acción salvadora y misericordiosa de Dios en nuestra vida como manifestación de su amor por mí.

            En conclusión, el hilo conductor entre las tres lecturas es el tema de la Fe que nos conduce a la Salvación. El israelita piadoso profesa su fe en el Dios verdadero y fiel que no abandona a sus hijos a lo largo de la historia (1ra. lectura). Pablo recuerda la fe en Cristo muerto y resucitado que debe ser creída con el corazón y confesada con la boca. Jesús vence las tentaciones permaneciendo en la fe-fidelidad al Padre. La fe del creyente, para crecer y fortalecerse, y desembocar en el amor confiado, necesariamente será tentada.

En fin, acojamos el mensaje del Papa Francisco quien nos recuerda que: “la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

A orillas de Jordán

Suena la Palabra, resuma melodía perfecta

El Viento sopla y eleva con prisa, lleva al desierto

Aleja de las verdes praderas.

La Divinidad tentada como uno más

Sufre el hambre de los pobres y afirma su fuerza

En su Poder celestial.

El dueño de los reinos se ilumina en seducción

El Rey demanda inmutable, ordena sin perturbarse

Adorarás al Señor tu Dios y solo a Él.

Propone al Verbo el riesgo y el vértigo

Se ensalza en conocimiento del orden no natural

Cuarenta días bastaron al Maestro…

Para quitar de nuestros ojos el velo

Y reconocer con su Gracia, la trampa

Elegir y discernir el camino correcto.

La Verdad es una Persona

Encarnada en la humanidad, fue probada

Libertad para su Pueblo: ¡conquistada!

“Líbranos del mal Padre Nuestro” rezamos

Si agazapado el demonio se hace oportuno

En tus brazos nos cobijamos sin temor alguno. Amén

[1] Benedicto XVI, Catequesis del miércoles 13 de febrero de 2013.

[2] Idem.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales, Encuentro, Madrid, 1998, 232.

[6] F. Bovon, El evangelio según San Lucas. Vol. I (Sígueme; Salamanca 1995) 289.

[7] Benedicto XVI, Catequesis del miércoles 13 de febrero de 2013.

[8] Cristián Precht Bañados, Pastores al estilo de Jesús, CELAM, Bogotá 1999, 135.

[9] Cf. G. Rouiller, “Agustín de Hipona lee Génesis 22: 1-19”, en F. Bovon – G. Rouiller (dir.), Exégesis. Problemas de método y ejercicios de lectura (La Aurora; Bs. As. 1978) 283-288.

[10] S. Agustín, Comentario al salmo 60, 2-3; citado en el oficio de lectura del 1er. domingo de cuaresma.

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