Lectio Divina

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA: LA TRANSFIGURACIÓN, UN FARO HACIA LA PASCUA

1a. Lectura (Gn 15,5-12.17-18):

La liturgia de este segundo domingo nos presenta la figura de un gran caminante, el primero de la Biblia, Abraham. Recibe la invitación de Dios para ponerse en marcha detrás de la promesa, es decir, de una palabra de Dios dada al futuro; a la que responde con una fe expresada con una acción, con la vida, pues Abraham permanece mudo y obedece con prontitud a pesar de lo terrible del mandato de desarraigarse (Cf. Gn 12,1-5). Como bien comenta  J. Loew: “De Abraham no tenemos, por así decir, palabras: su vida misma es respuesta”[1].

Ahora bien, la fe de Abraham lo lleva a ponerse en camino hacia lo desconocido con la única garantía de la promesa divina, de la Palabra de Dios. Pero la promesa supone un cumplimiento que tarda en llegar y, entonces, la fe comienza a flaquear, a entrar en crisis. En Gn 15,1-3 nos encontramos con la reacción de Abrám que es el lamento de un hombre sin hijos. Para la mentalidad del Antiguo Testamento una vida sin hijos no es una vida completa ni bendita. Entonces la Palabra de Dios lo invita a salir afuera, mirar hacia el cielo y contar las estrellas; y le promete que así de numerosa será su descendencia (Gn 15,4-5). La mirada al cielo puede significar la invitación a no cerrarse en la propia visión o perspectiva y a abrirse al poder creador de Dios y a confiar en Él.

A esta renovación de la promesa sigue la fe de Abrám que es aceptación, confianza, fiarse de la Palabra de Dios; que fue valorada por Dios y tenida en cuenta para su justificación.

A la promesa de la descendencia numerosa sigue ahora la promesa de la tierra. Abrám, por su parte, pide un signo que ‘certifique’ esta donación de la tierra. Esta petición sirve de ‘disparador’ para que Dios ordene a Abrám preparar todo para el rito de alianza. Sigue ahora el acto de juramento o compromiso que asume Dios de darle la tierra. Aquí el término hebreo “Berit” tiene el sentido de juramento o compromiso incondicional; y no de pacto o alianza bilateral, pues sólo Dios se compromete dando la tierra al patriarca y no se menciona ninguna obligación por parte del patriarca. El rito solemne que precede al compromiso de Dios (Gn 15,9-17) confirma el carácter unilateral del mismo, pues sólo el Señor, representado por “una antorcha de fuego” (15,17), pasa entre las dos mitades de los animales. Como dice von Rad: “la ceremonia se ha desarrollado sin decir palabra y ante la pasividad total del participante humano…”[2].

En síntesis, esta escena nos describe el camino de fe de Abrám. Primero se queja a Dios en función de lo que ve de su realidad actual: no tiene hijos y lo heredará un siervo. Podríamos decir que Abrám mira hacia abajo, hacia su descendencia, de la que carece. Entonces la Palabra de Yavé lo invita a salir afuera y mirar hacia arriba, al cielo, para contar las estrellas. En breve, la Palabra de Dios lo lleva a Abrám a mirar la realidad de modo diferente, hacia arriba y hacia el futuro. Y este nuevo modo de ver las cosas le permite a Abrám confiar y creer, aceptar la promesa. Sigue sin verla presente, pero cree que la podrá ver porque confía en la Palabra de Dios. La fe le cambió la mirada y la actitud ante la vida.

  2a. Lectura (Flp 3,17-4,1):

            Pablo exhorta a los filipenses a ser imitadores suyos y a fijarse en aquellos que caminan según su modelo o ejemplo. Y esta exhortación vale porque “hay muchos que caminan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la predicción, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra” (3,18-19).

            Tenemos, por tanto, dos caminos, o mejor, dos estilos de vida contrapuestos y alternativos: el de Pablo y sus seguidores; y el de los enemigos de la cruz de Cristo. Podemos deducir, entonces, que el camino de Pablo es el de los “amigos de la cruz de Cristo”.

            Como contrapartida Pablo trata de reavivar la fe de los Filipenses recordándoles el ideal cristiano: son ciudadanos del cielo y que están a la espera del Señor Jesús que vendrá y con su poder transformará los cuerpos de los creyentes en cuerpos gloriosos como el suyo.

Por tanto, valorar sólo las cosas de este mundo es volverse enemigo de la cruz de Cristo que es la escalera que nos sube a lo eterno. No hay que quedar prisionero de este mundo porque la promesa de Dios es de algo mucho mejor: transformación y gloria. Hay que creer en el poder de Dios para obrar esto en nosotros.

Al presentarles este objeto de la esperanza cristiana, la intención final de Pablo es que “perseveren firmemente en el Señor”; o sea, mantenerse en el camino de la fe hasta el final.

            En el contexto de este segundo domingo esta lectura nos ayuda a unir el tema del camino de la fe con el de la transfiguración que esperamos, por la potencia y a imagen de Cristo (evangelio de hoy).

Evangelio (Lc 9,28-36):

            El relato de la transfiguración viene colocado en los tres sinópticos a continuación del primer anuncio de la pasión y de la exigencia de una renuncia total para seguir a Jesús. Luego de estos anuncios, se hacía necesario que, al menos algunos de sus discípulos (los considerados como columnas en Gal 2,9), tuvieran una experiencia que disipara el temor y la angustia generados por tales anuncios y, para ello, les concede una visión anticipada de la gloria prometida después de padecer. Ya lo decía san León Magno: “Sin duda esta transfiguración tenía sobre todo la finalidad de quitar del corazón de los apóstoles el escándalo de la cruz, a fin de que la humillación de la pasión voluntariamente aceptada no perturbara la fe de aquellos a quienes había sido revelada la excelencia de su dignidad escondida”[3]. En este contexto “la transfiguración asume entonces una función parenética de consolación”[4].

            Y si vamos un poco más atrás encontramos, también en los tres sinópticos, las preguntas que Jesús dirige a sus discípulos sobre su propia identidad: “¿Quién dice la gente que soy yo?”; “¿y ustedes quién dicen que soy yo?” (Lc 9,18.20). El relato de la transfiguración es también una respuesta a estas preguntas; es la respuesta misma del Padre sobre la identidad de Jesús. En este contexto es un relato teofánico, de cristología alta.

Continuando con el relato de la transfiguración, notamos que es exclusiva de Lucas la referencia a que Jesús estaba orando. En los momentos decisivos de su vida Jesús permanece unido por la oración a su Padre. Son momentos en los que manifiesta su identidad profunda de Hijo. Pero para Lucas la intención primera de Jesús no es la de manifestarse, sino la de orar (“subió al monte para orar”). La Transfiguración es más bien el fruto o la consecuencia de su íntima relación con el Padre (“mientras estaba orando”). En el marco de la cristología de Lucas la transfiguración es ante todo “una ventana abierta a la relación del Padre con el Hijo, relación que la voz va a explicar”[5].

Otra característica propia del relato de Lucas es que para describir la transfiguración no utiliza el término “transformación” que trae Marcos; es mucho más discreto pues sólo habla de un cambio de aspecto en su rostro y en su vestido que indican su pertenencia a la esfera divina.

En la escena, junto a Jesús, aparecen Moisés y Elías, “los cuales aparecían en gloria”, añade Lucas. Es interesante porque además de representar la Ley y los Profetas, son dos hombres de oración que subieron al monte para encontrarse cara a cara con Dios, para ver su rostro (cf. Ex 33,8; 1Re 19,17). En cierto modo, Lucas nos dice que alcanzaron lo que con tanto anhelo buscaron en sus vidas: la gloria de Dios. También es exclusiva de Lucas la alusión al tema de conversación entre Jesús, Moisés y Elías: su éxodo, o sea su salida, su muerte, su ascensión o pascua que se cumplirá en Jerusalén. De este modo nos revelan, al mismo tiempo, el fin y el medio; la meta y el camino: por la cruz a la luz, a la gloria.

Pedro, Santiago y Juan son espectadores privilegiados de la escena, que los atrapa tanto que vencen el sueño y quieren que se prolongue en el tiempo. Este es el sentido de la exclamación de Pedro: “Señor, que hermoso (kalós) es estarnos aquí”. La transfiguración es un misterio de belleza divina, de esplendor de la verdad y del bien de Dios mismo. Pedro se siente “atrapado” por esta visión y quiere hacer tres carpas para quedarse allí. Según San Agustín, Pedro ha gustado el gozo de la contemplación y no quiere ya volver a las preocupaciones y fatigas de la vida cotidiana. Por eso quiere, en cierto modo, “eternizar” ese momento. La mención de las tiendas (“skene”) nos remite a la Fiesta de los Tabernáculos, Tiendas o Chozas (“sukkot”), que celebraba la recolección de las cosechas de otoño, y se la relacionó con el período del desierto, pensando que los israelitas vivieron entonces en cabañas o chozas.Sería, por tanto, otra referencia al tema del éxodo.

Mientras Pedro decía esto una nube luminosa, signo de la presencia de Dios y del Espíritu Santo, los cubre con su sombra. En el libro del Éxodo la nube cubre la montaña donde habita la gloria del Señor (cf. Ex 24, 15-18). Dejarse cubrir por la sombra de la nube significa entrar en el mundo de Dios. El miedo expresa la reacción humana delante del fenómeno sobrenatural.

Desde la nube sale la voz y, por lo antedicho, no hay dudas de que se trata de la voz del Padre.  Como antes en el bautismo (Lc 3, 22), la voz divina vuelve a manifestarse, pero ahora se dirige a los discípulos y les revela la identidad profunda de Jesús: el Hijo elegido; y les manda escucharle, es decir, obedecerle, seguirle.

Al final queda Jesús sólo, desaparecieron las otras voces de Dios, Moisés y Elías, la Ley y los Profetas; ahora tenemos al Hijo, la Palabra personal del Padre.

ALGUNAS REFLEXIONES

            En la primera lectura nos encontramos con un Abraham dubitativo y hasta casi rebelado contra Dios. Se queja porque lo prometido no llega, lo desea vivamente pero no lo posee todavía ni lo descubre en el horizonte de su ya larga vida. Hizo bien Abrám en manifestar su desaliento porque Dios lo animó confirmándole la promesa, ante la cual Abrám volvió a creer, a confiar. Luego Dios confirmó su Palabra con un signo, un gesto de compromiso incondicional. Pero no perdamos de vista que Dios no le dio inmediatamente el hijo que deseaba, sino que se lo volvió a prometer, pero ahora con la fuerza de un compromiso. O sea que Abrám tuvo que seguir viviendo de fe y caminando en la esperanza.

            Notemos, además, que Dios colma la necesidad de Abrám de tener descendencia y una tierra; y se la concede como don gratuito, sin pedir nada a cambio.

San Pablo trata de sostener la fe de los filipenses, tentados de reducir el horizonte de sus vidas a lo material olvidando la cruz de Cristo, recordándoles que la meta es ser transformados y glorificados por Cristo, es decir, participar de su misterio pascual. Pero esto sucederá cuando venga Cristo el Señor, por lo tanto, hay que seguir creyendo y esperando.

En el evangelio Jesús lleva a tres de sus discípulos al monte y se transfigura ante ellos. A quienes había desalentado el anuncio de la pasión, los consuela con la visión de su gloria. Pero terminada la transfiguración hay que bajar del monte, volver a vivir de la escucha y de la espera, seguir creyendo y esperando. Sí, pero ya no seremos los mismos, algo cambió en nosotros, se nos abrió un horizonte de Esperanza.

            Por tanto, un tema común a las tres lecturas, es que “estamos salvados en esperanza“; lo cual implica que tenemos que seguir creyendo, confiando y esperando lo que todavía no vemos ni poseemos plenamente. Seguimos siendo peregrinos. Y este es el gran desafío del creyente: perseverar en la fe a pesar de las tinieblas del mal y de las exigencias de la cruz.

Ahora bien, el Señor viene en ayuda de nuestra debilidad y nos da signos que refuerzan su Palabra/Promesa (como a Abrám); nos regala momentos de Luz, de consolación por la Gracia de sentir su presencia Divina (como a Pedro, Juan y Santiago).

            Estos textos, leídos en el contexto de la cuaresma, tienen un valor pedagógico excepcional. Como bien nota el Papa Francisco: “este evento de la transfiguración permitió a los discípulos afrontar la pasión de Jesús de un modo positivo, sin ser arrastrados. Lo vieron cómo será después de la pasión, glorioso. Y así Jesús les prepara para la prueba. La transfiguración ayuda a los discípulos, y también a nosotros, a entender que la pasión de Cristo es un misterio de sufrimiento, pero es sobre todo un regalo de amor, de amor infinito por parte de Jesús” (ángelus 25 de febrero de 2018).

El domingo pasado se nos presentó la necesidad de la lucha contra la tentación, de la renuncia a todo lo que pueda apartarnos del camino de Dios; en fin, nos invitó a asumir la cruz como dimensión fundamental de la existencia cristiana. Jesús nos pide seguirlo por el mismo camino por donde él transitó, que es el camino de la renuncia y de la cruz. Y como esto es muy difícil de aceptar, las lecturas de hoy nos recuerdan la meta del camino,hasta donde hay que seguir a Jesús: hasta la Gloria/Gozo/Felicidad plena junto al Padre. Jesús quiere hacernos partícipes de su gloria, de su transfiguración, fruto de su relación con el Padre. Se nos presenta, por tanto, la dimensión gozosa, triunfal, de la existencia cristiana, que es una dimensión tan esencial como la cruz. Más aún, es la que da sentido a la misma. Por tanto, en nuestro camino cuaresmal, el Señor transfigurado y la Voz del Padre, nos confirman y alientan a continuar hasta el final. Hoy se nos permite contemplar la Gloria de Aquel que pronto veremos cubierto de ignominia, clavado en una cruz. Es una Gracia/Luz para conservar encendida en la memoria, tan necesaria para atravesar la noche que nos separa de la Luz definitiva y eterna.

Jesús invita a los discípulos a subir al monte elevado “para orar”. En consonancia con el espíritu cuaresmal, se nos presenta la oración como el medio necesario, como la ventana abierta a esa realidad definitiva que anhelamos: nuestra transformación en Dios.

En nuestra oración estamos llamados a revivir la experiencia de la transfiguración de Jesús que vivieron los discípulos; a encontrarnos con Cristo glorioso y resplandeciente que llenará de luz nuestra inteligencia y de calor nuestro corazón al punto que, como Pedro, querremos permanecer allí. Al respecto dice R. Cantalamessa: “Mediante la contemplación podemos entrar, desde ahora, en el misterio de la Transfiguración, hacerlo nuestro, convertirnos en parte de él […] El hombre se convierte en aquello que contempla. Contemplando a Cristo nos hacemos semejantes a él, permitimos que su mundo, sus objetivos, sus sentimientos, se impriman en nosotros, sustituyan a nuestros pensamientos, objetivos y sentimientos, nos haga semejantes a él […] El Tabor ha sido la inauguración y sigue siendo la llamada más fuerte a esta contemplación de Cristo que transforma. Es, por excelencia, el misterio de la contemplación de Jesús”[6].

Y al recibir un anticipo de la realidad de la promesa podremos entonces renunciar a darle valor absoluto a lo terrenal y evitar volvernos enemigos de la cruz de Cristo. La oración nos anticipa, a cuentagotas, nuestra vocación futura, aquello a lo que estamos llamados por Dios y que debemos creer que Él ciertamente nos lo dará; si no se lo impedimos.

En conclusión: la liturgia de este segundo domingo nos invita a levantar la mirada a Dios, a su promesa, a su obra, a su poder y a su gloria. Nos invita a fijar la mirada en Jesús transfigurado y reconocer allí nuestro propio futuro. Lo dice claramente San Pablo: Él nos transfigurará, nos compartirá su gloria, nos salvará.

Dejémosle obrar, quitemos los obstáculos, hagámonos amigos de la cruz de Cristo. Que la fe vivida, sufrida y gozada, nos cambie el rostro, nos transfigure. Como dijo Sto. Tomás de Aquino: “La fe de los hombres queda sellada en sus acciones, les modela sus facciones y les resplandece la mirada”.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Transfigurado

Señor Dios

Toma mi tiempo de hoy y llévame contigo a lo alto

Necesito ver tu Gloria, tu rostro iluminado

El momento pasado quedó detenido,

El futuro es solo un fantasma

Y en este instante es lo Bello.

Confuso y adormecido

Contemplo silencioso el Misterio

Y me anonado, balbuceo…

Es tan inmenso el deseo, tan posible

¡Tan cercano y tremendo!

Señor Dios

Bajo tu sombra yo no tema, solo calle

Escuche al Padre rebelar tu secreto.

Regresa conmigo al llano, donde clama tu Pueblo

Y así te descubra en cada hermano sediento.

Nunca olvide tu Identidad y tu Realeza

Aunque te vea en una cruz,

Clavado por nuestras bajezas. Amén

[1] Ese Jesús al que se llama Cristo, Madrid, 1971, 67.

[2] El Libro del Génesis, 230

[3]  Sermón 51, en Oficio de Lectura del segundo domingo de cuaresma.

[4] F. Bovon, El evangelio según San Lucas, Vol. I (Sígueme; Salamanca 1995) 693.

[5] F. Bovon, El evangelio según San Lucas, 696.

[6] R. Cantalamessa, El misterio de la Transfiguración, 14-17.

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