Lectio Divina

SEGUNDA PARTE DE LA CUARESMA: DOMINGOS 3, 4 y 5

            Los domingos tercero, cuarto y quinto de cuaresma nos presentarán el camino de la reconciliación con Dios en sus distintos momentos y dimensiones. El tercer domingo nos llevará a sentirnos tocados por la Palabra que nos llama de modo urgente a la conversión. El cuarto domingo nos invita a revivir el gozo del reencuentro con el Padre. El quinto nos presenta la vida nueva del reconciliado y busca reforzar su fidelidad de cara al futuro.

TERCER DOMINGO: LLAMADO URGENTE A LA CONVERSIÓN

1a. Lectura (Ex 3,1-8.10.13-15):

Moisés camina por el desierto, en la soledad, ámbito privilegiado para el encuentro con Dios y figura de la cuaresma. Entonces tiene lugar la iniciativa de Dios quien se hace presente en la vida de Moisés para transformarla. Esta experiencia extraordinaria se da en medio de la labor ordinaria, de pastor (3,1). El análisis del vocabulario nos revela que es clave el tema del ver. El ángel se hace ver (aparece), Moisés quiere ver, Dios ve que Moisés se acercaba para ver. Ahora bien, este ver se revela insuficiente para comprender la realidad profunda que se revela; sólo cuando Dios habla descubre Su presencia y entonces el ver queda de lado (Moisés se cubre el rostro porque teme ver a Dios). Dios no se puede ver, sólo se puede escuchar. Y esto porque quien ve puede sucumbir a la tentación de encerrar a Dios en sus propios esquemas conceptuales, en cosificarlo. Por esto también la imagen del fuego, que es algo que no puede ser aferrado; que no podemos apropiárnoslo.

       En las palabras de Dios a Moisés queda en evidencia que Él reacciona ante el sufrimiento de su pueblo (ve, oye, conoce, no se desentiende) y decide intervenir porque quiere liberarlo y hacerlo subir de Egipto y, para ello, ‘necesita’ la colaboración de Moisés. Es muy interesante este “juego” de imágenes entre Dios que baja hasta donde está su pueblo, deprimido y desesperado, para hacerlo subir a la tierra de Canaán, que implica también levantarlo de su postración[1].

            Por su parte, Moisés quiere conocer el nombre de Dios porque el pueblo querrá saber más acerca de quién es su Dios. Pero puede que Moisés esté proyectando también su propia duda. La respuesta de Dios es paradójica puesresponde y al mismo tiempo evita responder: El es un ser incomprensible. Nos queda que Dios le revela a Moisés su nombre eterno, pero sigue siendo incompresible. La revelación del nombre de Dios en Israel no es para satisfacer la curiosidad sino medio de continua alabanza. La trascendencia divina da razón de esta paradoja de revelación – ocultamiento de Dios común al pensamiento bíblico y perteneciente, por tanto, a la esencia de la fe cristiana (cf. CATIC 203-213).

En cierto modo con este relato de la vocación/misión de Moisés comienza el proceso que incluirá el éxodo de Egipto y culminará con la Alianza en el Sinaí, acontecimientos que conforman la Pascua de Israel. Podemos decir que tiene por misión preparar el camino para el Paso de Dios por su pueblo (sentido original del término Pascua cf. Ex 12,12-13). Luego le tocará acompañar el Paso del Pueblo a través del Mar Rojo y a través del desierto (sentido derivado del término Pascua).

Esta es la clave del texto en una lectura litúrgica: la misericordia de Dios se manifiesta en su decisión de sacar a su pueblo de Egipto, de bajar a buscarlo e invitarlo a salir de la esclavitud.

2a. lectura (1Cor 10,1-6.10-12):

San Pablo hace una narración libre de los acontecimientos de Israel en el desierto considerando la nube que los acompañaba, el paso del mar, el maná y el agua que brotó de la roca. Luego añade que “fueron bautizados en relación con Moisés, en la nube y en el mar”. No es claro el sentido de esta expresión, “lo más probable es que Pablo utilice el verbobautizar en relación con estos dos casos porque piensa principalmente en los efectos salvíficos del bautismo cristiano y considera que el episodio de la nube y del paso del mar fueron un bautismo por haber sido experiencias salvíficas”[2]. Al parecer Pablo tenía en mente la fórmula del bautismo cristiano (“en el nombre de Cristo“) y la retrotrae aplicándosela a estos hechos vinculados con la persona de Moisés. También la referencia al maná y al agua de la roca las presenta de algún modo interpretadas desde la fe cristiana: se trata de comida y bebida espiritual; y esa roca era Cristo[3].

San Pablo quiere, mediante esta referencia a los acontecimientos de Israel, llamar la atención sobre dos cosas. En primer lugar, que no es suficiente haber sido bautizado y comer y beber los dones de Cristo para ser gratos a Dios. En segundo lugar, se nota un claro contraste entre la universalidad del llamado y de los dones de Dios al pueblo (“todos” se repite 4 veces) y lo reducido de la respuesta (“muy pocos fueron agradables a Dios”). Por tanto, todos fueron beneficiados por los actos salvíficos y los dones de Dios, pero la mayoría de ellos cayeron en el desierto.

Se trata de una interpretación tipológica del éxodo de Israel. Pablo hace memoria del accidentado camino de Israel para que les sirva de lección a los corintios a fin de que tomen en serio el Don de Dios, su Gracia. Se trata de un ejemplo negativo por cuanto presenta los pecados de Israel para que los cristianos no los cometan y les suceda lo mismo que a ellos. Al parecer san Pablo, con el judaísmo de su época, considera al deseo o codicia como fuente de los demás males (cf. 1Tes 4,5; Rom 1,24; 6,12; 7,7.8; Gal 5,16.17.24). En fin, es una fuerte llamada de atención para no dormirse en falsas seguridades (“el que esté en pie tema no caer”). Como bien dice P. Tena: “La segunda lectura es el comentario y el aviso para los cristianos, en la perspectiva tipológica, del camino del Éxodo. Este aviso es remarcable para la Cuaresma: no basta con hablar de ella, sino que hay que realizarla”[4].

Evangelio (Lc 13,1-9):

            A la hora de interpretar este texto recordemos que está precedido por una exhortación de Jesús a “discernir el tiempo presente” (cf. Lc 12, 54-59). Es decir, Jesús “compromete a cada uno a considerar su tiempo como habitado por Dios, con todo el peso de juicio y de perdón que implica esta presencia. Una vez establecida esta constatación decisiva, invita a tomar medidas de urgencia: respecto a uno mismo, el compromiso; respecto a Dios, la confianza y la esperanza; respecto al prójimo, algo muy distinto de los procesos o guerras”[5].

El texto de hoy contiene dos subunidades literarias y cada una aporta su propio tema, sin olvidar que se complementan. La primera (Lc 13,1-5) es un llamado urgente a la conversión. La segunda (Lc 13,6-9), con la intercesión del viñador, nos habla de la paciencia y la compasión de Dios. A su vez el contexto mayor en que se encuentran estos textos en el evangelio de Lucas (cf. Lc 12,35-59; 13,22-35) está dominado por la invitación urgente de Jesús a dar frutos de vida cristiana teniendo en cuenta los signos de los tiempos[6].

La primera subunidad comienza con una información que le acercan a Jesús sobre un acto de crueldad de Pilato contra unos galileos. El acontecimiento debió ser reciente y, si bien no hay datos del mismo en fuentes extrabíblicas, sí los hay sobre el modo cruel de proceder de Pilato ante cualquier sospecha de rebelión ante la autoridad romana o ante la suya propia. Jesús comenta esta noticia condenando por falsa la que sería la interpretación común o popular de su tiempo: estos galileos eran pecadores y sufrieron esa muerte como castigo por sus pecados. A continuación, Jesús hace a partir de este acontecimiento una invitación a la conversión para no perecer. Es decir, recuerda que todos somos pecadores y estamos necesitados de conversión. Los interlocutores de Jesús pensaban solamente en el pecado de los otros, en la culpa de los demás; Jesús los enfrenta con su propia realidad y con sus propios pecados y los invita a la conversión[7].

            Luego, Jesús refuerza su postura mencionando otra desgracia sucedida – la caída de la torre de Siloé que mató a 18 personas en Jerusalén – y haciendo la misma interpretación del hecho: no les sucedió esto por ser más pecadores[8]. Y repite el mismo llamado a la conversión para no perecer.

Jesús niega claramente que estas desgracias les sucedieron a esas personas por ser más pecadoras que el resto. Pero afirma a continuación: “si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera” (13,3.5). Puede ayudarnos a comprender el sentido de esta afirmación el saber que el verbo apóllumi (avpo,llumi) tiene en el evangelio varios sentidos: morir, perecer o perderse. Este último sentido – perderse – es interesante porque lo utiliza Lucas para referirse a la oveja y la dracma perdidas (15,4.6.8.9) y al hijo pródigo (15,24.32). Por tanto, para Jesús perecer o morir es estar lejos de Dios, es estar perdido. En este sentido lo opuesto de la perdición es la salvación:

Lc 9,24-25: Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá

                   al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?

Lc 19,10: porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

            Por su parte, los interlocutores de Jesús quieren saber si el pecado es la causa de la muerte temporal del hombre, muerte trágica en los casos propuestos. Jesús les responde que el pecado es con certeza la causa de laperdición o condenación, muerte eterna, del hombre, de todos los hombres. Por eso la necesidad de la conversión, de dejarse encontrar por la salvación que viene de parte de Dios y se hace presente en la Persona de Jesús.

            En la segunda subunidad, con la parábola de la higuera, se pone el acento en la misericordia de Dios que sabe esperar un poco más. Al mismo tiempo es un llamado de atención por las faltas de omisión, por recibir tantos dones o cuidados por parte de Dios y no responder con frutos de auténtica vida cristiana[9].

            La parábola tiene un final sorprendente, en particular por lo referente a la intercesión del viñador, quien intenta salvar a la higuera. El viñador no se contenta con pedir un plazo al propietario, sino que está dispuesto incluso a dar lo mejor de sí para salvar la higuera con dos tareas concretas y solidarias: dar de beber y de comer al árbol. Una lectura cristológica nos abre a una dimensión importante de la obra de Cristo intercesor ante el Padre y solidario con nuestra salvación. Pero todavía queda en pie la buena voluntad de la higuera, su disposición para dar buenos frutos. La parábola queda así inacabada, el desenlace, positivo o negativo, dependerá de la reacción de la higuera. Se trata entonces de un llamado a la conversión, a dar frutos.

ALGUNAS REFLEXIONES

            Los hombres tenemos una tendencia instintiva a huir de lo difícil, arduo o peligroso. Y esta tendencia puede llevarnos a querer “huir” del evangelio de hoy pues su mensaje nos incomoda bastante. A nosotros nunca se nos ocurriría decirle a quien nos hiciera un comentario sobre la alguna tragedia sucedida que los interprete como una llamada a la conversión. Pero Jesús ha hecho esto con dos desgracias sucedidas en su tiempo. Sin duda que en la primera es condenable la crueldad de Pilato movido por su ambición de poder absoluto. Pero el desplome de la torre de Siloé no parece tener una causa humana evidente.

            Es posible que la lectura de este texto despierte la pregunta permanente sobre el origen y sentido del mal; el por qué de las desgracias que de una forma u otra nos tocan a todos. Pero este texto muestra que Jesús mismo evitó entrar en estas especulaciones; “no piensa en el origen de la desdicha, sino en el porvenir de los vivientes”[10]. Tal vez se aplicaría aquí análogamente el criterio de discernimiento que señala J. Bergoglio comentando las “Cartas de la tribulación” (Herder, 2019): “Las ideas se discuten, la situación se discierne… Lo que sucede no es casual: subyace aquí una dialéctica propia de la situacionalidad del discernimiento: buscar —dentro de sí mismo— un estado parecido al de fuera. Es este caso, verse solo perseguido podría engendrar el mal espíritu de «sentirse víctima», objeto de injusticia, etc. Fuera, por la persecución, hay confusión… Al considerar los pecados propios, el jesuita pide —para sí— «vergüenza y confusión de mí mismo». No es la misma cosa, pero se parecen; y —de esta manera— se está en mejor disposición de hacer el discernimiento”.

No obstante, es importante su palabra por cuanto rechaza el principio antiguo según el cual todo sufrimiento o desgracia tiene siempre como causa un pecado personal (cf. Jn 9,2-3). Lo afirmaba san Juan Pablo II en Salvici Doloris n° 11: “Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo (…) El libro de Job es un argumento suficiente para que la respuesta a la pregunta por el sentido del sufrimiento no esté unida sin reservas al orden moral, basado sólo en la justicia”.

Lo claro es que Jesús está más preocupado por la salvación eterna de sus oyentes que por la dilucidación de la causa del mal o de la muerte temporal. En este sentido, las desgracias del pasado o las actuales, son también una invitación, con carácter urgente, a pensar en nuestra situación respecto de Dios. Es decir, si estas desgracias nos hubieran tocado a nosotros, ¿cómo nos habrían encontrado en nuestra relación con Dios?; ¿en pecado o en gracia? El núcleo del mensaje de la primera parte del evangelio es sin dudas convertirse o perecer (condenarse). Así, este tercer domingo de cuaresma nos enfrenta con nuestra propia realidad de pecadores y nos hace un llamado urgente a la conversión. Y desoír este llamado implica un gran riesgo de cara a nuestro futuro eterno.

En concreto, el evangelio de hoy nos invita a tomar muy en serio su llamada a la conversión que escuchamos al inicio de la cuaresma: “Conviértanse y crean en el evangelio”.

El Señor nos llama a la conversión de muchas maneras. En primer lugar, de modo suave y atrayente, por medio de sus palabras y mociones interiores.

Otras veces lo hace a través de acontecimientos dolorosos, que al principio nos causan enojo y rebelión, pero si sabemos “leerlos” desde el Evangelio descubrimos que a través de ellos el Señor quiere sacarnos de nuestras falsas seguridades e invitarnos a volver a poner toda nuestra fe y confianza en Él.

Comentando el evangelio de hoy decía el Papa Francisco: “Jesús conoce la mentalidad supersticiosa de su auditorio y sabe que ellos interpretan de modo equivocado ese tipo de hechos. En efecto, piensan que, si esos hombres murieron cruelmente, es signo de que Dios los castigó por alguna culpa grave que habían cometido; o sea: «se lo merecían». Y, en cambio, el hecho de salvarse de la desgracia equivalía a sentirse «sin falta». Ellos «se lo merecían»; yo no «tengo faltas». Jesús rechaza completamente esta visión, porque Dios no permite las tragedias para castigar las culpas, y afirma que esas pobres víctimas no eran de ninguna manera peores que las demás. Más bien, Él invita a sacar de estos hechos dolorosos una advertencia referida a todos, porque todos somos pecadores. En efecto, así lo dice a quienes lo habían interrogado: «Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo»” (Ángelus 28 de febrero de 2016).

La segunda parte del evangelio complementa el anuncio de “convertirse o perecer” revelando la paciencia y la misericordia de Dios que quiere, a toda costa, darnos otra oportunidad, “un año más”. “Jesús deja la puerta abierta a la esperanza: la esterilidad de la higuera hace suplicar al labrador un ulterior tiempo de gracia, un año jubilar concedido por el Señor”[11]. Resalta, de este modo, la intención de Dios, lo que Él quiere y busca: nuestra salvación. Es decir, Dios vuelve a insistirnos en esta cuaresma que nos convirtamos para que vivamos una vida cristiana fecunda, que demos frutos. Pero “sería un error concluir que la paciencia de Dios con el hombre que no da fruto puede llegar algún día a agotarse, y que entonces al amor divino le sucedería la justicia divina. Los atributos de Dios no son finitos. Pero el hombre sí es finito en su tiempo y sólo puede dar fruto en el curso de su existencia limitada. La advertencia que se le dirige no indica que la paciencia de Dios se haya agotado, sino que sus propias posibilidades, que son limitadas, tienen un fin”[12].

            En la primera y la segunda lectura hay que descubrir también la presencia de estos temas. En efecto, en la primera lectura Dios se manifiesta como misericordioso salvador pues se decide a intervenir para rescatar a su pueblo. Para esto se da a conocer a Moisés y lo envía al pueblo. Y la segunda es, al igual que el evangelio de hoy, una advertencia seria para que tomemos en serio nuestra vida cristiana. Israel en el desierto no permaneció fiel, por eso muchos quedaron en el camino. ¡Que no nos pase lo mismo!, es el mensaje claro de San Pablo.

            El ideal sería alcanzar la actitud espiritual que nos sugiere A. Louf[13]: “Todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto justos como pecadores viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser “pecadores en conversión”. Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Fuera de la conversión estamos fuera del amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación”.

En síntesis, la salvación es un don de Dios, pero un don que compromete: hay que convertirse a Dios que nos quiere salvar y permanecer fiel al Dios que nos salvó por su misericordia. De este modo la cuaresma nos invita a enfrentarnos con la realidad del pecado a la luz de la misericordia de Dios y nos sugiere lo que debemos hacer. Ante nuestro pecado: conversión. Ante el pecado de los demás: intercesión.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Señor de la ternura

Señor de la ternura, vida que se derrama en tal natural belleza

Esperanza y paz de esta tu raza

Se nuestro amparo ante la crueldad humana

Signo de nuestra bajeza, señal de tanta pobreza.

¿Importa acaso padecer, la vida perder,

Enfrentar el error, los límites y el fracaso?

Nada se compara con la promesa de Dios

Pronunciada por labios llenos de Divino Amor.

Nuestro corazón anhela en la oscuridad

Tu luz, tu sabia, el agua de ese manantial

Que riegue esta tierra reseca, a punto de marchitar

Oculto el fruto espera en silencio madurar.

No nos sorprenda aquel día, por mezquinos

Por ocultar el talento recibido y no entregado

¡Ten compasión! ¡Remueve el terreno, calma al Viñador!

Que sea este un año nuevo.

Para la gloria del creador, único y eterno

Y en honor de su Hijo Único, nuestro Maestro

Envía tu Santo Espíritu a la faz de esta tierra

Renueva todas las cosas, el Amor nos apremia. Amén.

[1] Cf. P. Andiñach, El libro del Éxodo, Sígueme, Salamanca 2006, 72.

[2] J. M. Díaz Rodelas, Primera carta a los corintios, 169.

[3] En la literatura rabínica encontramos ya la idea de que la roca seguía a los israelitas: “la fuente rocosa subió con ellos a los montes y descendió con ellos a los valles; en el sitio donde Israel se paraba también ella se paraba frente a ellos hacia la entrada del tabernáculo”, Tosefta, Sukka 3,11.

[4] El leccionario de Lucas, 23.

[5] F. Bovon, El evangelio según San Lucas II, 448.

[6] F. Bovon, El evangelio según San Lucas II, 470.

[7] Cf. L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo. Ciclo C (CEA; Buenos Aires 2000) 114.

[8] Tampoco este hecho aparece documentado fuera del evangelio; aunque se habla de la piscina de Siloé en 2Re 20,20 y Jn 9,7.11. Pero sabemos por Flavio Josefo que en tiempos de Pilato se hicieron trabajos de reconstrucción en ese lugar (cf. Guerras 2, 175 y Antigüedades, 18, 60).

[9] Cf. L. H. Rivas, Jesús habla a su pueblo. Ciclo C (CEA; Buenos Aires 2000) 117.

[10] F. Bovon, El evangelio según San Lucas II, 457.

[11] G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol 3 (Verbo Divino; Navarra 2001) 197.

[12] H. U. von Balthasar, Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 235.

[13] A. Louf, A merced de su gracia, Narcea, Madrid 1991, 19-24.

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