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Fecha impresión: 15/07/2018 19:12:07 2018 / +0000 GMT

Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina




DOMINGO XIV DURANTE EL AÑO – CICLO "B"


Primera Lectura (Ez 2,2-5):


Este texto personaliza en el profeta Ezequiel lo que llegó a cristalizarse como un lugar común en Israel: el profeta como hombre de Dios rechazado y hasta perseguido por aquellos a quienes es enviado. Es la amenaza del fracaso apostólico, de gastarse en una actitud que no encuentra respuesta en los oyentes. Pero esto es lo más suave que puede ocurrirle. A veces se enfrentan a situaciones más duras. A Oseas lo tachan de loco; a Jeremías de traidor a la patria. Y se llega incluso a la persecución, la cárcel y la muerte. Elías debe huir del rey en muchas ocasiones; Miqueas ben Yimlá termina en la cárcel; Amós es expulsado del Reino Norte; Jeremías pasa en prisión varios meses de su vida. Zacarías es apedreado en los atrios del templo (cf. 2Cro 24,17-22). Esta persecución no es sólo por parte de los reyes y de los poderosos; también intervienen en ella los sacerdotes y los falsos profetas. E incluso el pueblo se vuelve contra ellos, los critican, desprecian y persiguen. En este destino de los profetas queda prefigurado el de Jesús de Nazaret. "¿Por qué esta perpetua oposición? Solamente puede explicarla el contraste entre las aspiraciones inmediatas de la gente y el término lejano hacia el que Dios les atrae. En la época de Ezequiel se trata de reconocer, en primer lugar, que la vida llevada por Israel en el reino judío de Jerusalén se encuentra en oposición con las exigencias divinas; pero se trata también de aceptar lo que ya nadie puede comprender, que Israel vive la dolorosa mutación que hará del Reino, hasta entonces encerrado en su actividad política, una comunidad religiosa más fiel y más abierta al entorno universal"[1].


Ante la posibilidad real del rechazo por parte del pueblo rebelde, la Palabra de Dios para el profeta Ezequiel es que debe predicar; porque más allá del resultado, del éxito o del fracaso, lo que debe importarle es hacer presente la Palabra de Dios en esa situación: "sabrán que hay un profeta en medio de ellos". El gran mensaje es la fidelidad de Dios que sigue haciendo presente su palabra por medio de la voz del profeta. La respuesta queda, entonces, en manos del pueblo: escuchar-obedecer o seguir con su corazón obstinado. Porque “ni siquiera la Palabra y el poder del Espíritu pueden constreñir la libertad del hombre para acoger la revelación de Dios. El profeta se levanta entonces, solitario, como signo de contradicción, como piedra de tropiezo para los que corren hacia su propia ruina.”[2]


Segunda Lectura (2Cor 12,7-10):


Al inicio de este discurso Pablo hizo referencia a las visiones y revelaciones con que se vio favorecido al inicio de su ministerio apostólico (cf. 12,1-2) A esta primera confidencia, añade la de una revelación distinta, pero íntimamente unida con las precedentes, que para él tuvo gran importancia. Lo cierto es que, para evitar que se engría o agrande (“se la crea” diría Francisco), le fue dado un “aguijón en la carne”. ¿Designa san Pablo con este término misterioso un mal crónico que le aquejaba periódicamente? Muchos lo creen así y es muy probable. Pero hemos de decir que san Pablo ve en él un obstáculo para el Reino de Dios que él, por la misión que ha recibido, debe promover: es un «ángel de Satanás», «enemigo del género humano», y que incesantemente estorba a san Pablo en su ministerio (Cf. l Tes 2, 18; 2 Tes 2, 9). Con extrema insistencia, por tres veces, como Cristo en Getsemaní, pide al Señor que le libre de él. Pero Éste parece insensible. Su respuesta a la oración del Apóstol es, aparentemente, negativa. En realidad, no podía escucharle más plenamente. Pablo pedía a Cristo que le librase de este aguijón en la carne, porque veía en él un obstáculo para su apostolado. Sin embargo, era la condición más favorable, incluso la condición necesaria. Porque el poder de Dios se despliega, es decir -según el verbo griego- «alcanza su perfección», su consumación, «su fin»; con otras palabras, puede ejercer todas sus virtualidades en la debilidad humana. Lo que era una razón de duda, es motivo de confianza. De este modo podemos comprender lo que san Pablo pone a continuación: "Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo. Sí, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias, por Cristo; pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Cor 12, 9-10).


El aguijón en la carne es el símbolo de todo lo que le hace experimentar su impotencia radical. Sus debilidades se identifican, de hecho, con todas las tribulaciones que lleva consigo la vida apostólica y que acaba de evocar en el capítulo anterior: pruebas físicas, trabajos, prisiones, azotes, naufragios, esfuerzos, fatigas, vigilias prolongadas, hambre y sed, ayunos frecuentes, frío y desnudez (cf. 2 Cor 11, 23-29). Pero mucho más las pruebas morales entre las que menciona la hostilidad que ha encontrado no sólo en sus enemigos – peligros de los compatriotas, peligros de los paganos - sino, mucho más dolorosa, la que ha encontrado en sus amigos, peligros de los falsos hermanos, de los judaizantes, es decir, de los discípulos de Cristo que no querían renunciar a Moisés. Precisamente cuando el Apóstol siente más profundamente su debilidad, el poder de Cristo «habita en él», como en otro tiempo la Gloria de Yahvé «habitaba» sobre el Arca de la Alianza -signo de la habitación de Yahvé en medio de su pueblo (cf. Ex 40, 34-35; Num 9, 18.22), como el Verbo «habitó entre nosotros». En el apóstol despojado de todo apoyo humano, seguro de su debilidad, «se encarna», por decirlo así, el poder mismo de Cristo[3].


Evangelio (Mc 6,1-6a):


Según nos tiene acostumbrado el evangelista san Marcos, el texto comienza con una indicación espacial o geográfica. Jesús sale de la casa de Jairo y se dirige a su pueblo, Nazareth, ubicado a unos 30 km al oeste del mar de Galilea en cuyas orillas tuvieron lugar los relatos precedentes. Otra indicación importante es que lo siguen sus discípulos, los cuales, si bien no juegan ningún papel activo en esta narración, están presentes y aprendiendo en vistas de su próximo envío misionero (cf. Mc 6,7-13 que leeremos el próximo domingo).


También según su costumbre (cf. Mc 1,21.39) Jesús el sábado enseña en la sinagoga. Entonces, muchos de los que lo escuchan, primero quedan maravillados y luego comienzan a manifestar su extrañeza por la falta de adecuación entre el Jesús que conocieron y el que tienen delante ahora. Al principio tenemos la impresión de que se trata sólo de asombro o extrañeza, pero al final vemos claro que se trata de desconfianza y descalificación de la persona de Jesús. J. Gnilka[4] considera que se trata de una "actitud crítica" y la explica de la siguiente manera: "La crítica se articula en cinco preguntas. Tres de ellas se refieren a la actividad de Jesús y dos a sus parientes. El estilo predicativo de las tres primeras preguntas pretende reflejar la excitación en que han caído las gentes. La primera pregunta le juzga de manera general, la segunda su vida y la tercera sus milagros. La pregunta acerca del de dónde – casi juánica – pregunta por el origen. De esta manera los parientes entran ya en escena. La fe sabe acerca de la identidad de Jesús. Este es Hijo de Dios. El conocimiento del entorno donde Jesús residió se convirtió para sus paisanos en impedimento casi insuperable para reconocer su pretensión de revelación".


 Es interesante lo que deduce M. Navarro[5] sobre la familia de Jesús a partir de este texto: "La pregunta sobre el origen de sus palabras y sus gestos indica que para los paisanos nada predecía su futuro. Bien porque Jesús había sido un hombre normal, bien porque no han sabido leer los signos que iba emitiendo. Lo cierto es que la pregunta se convierte en luz acerca de su familia, pues indica que en ella no había nada de particular. Una familia normal, sin antecedentes especiales".


Todas las preguntas de los oyentes de Jesús concluyen con la afirmación: "Y se escandalizaban a causa de él". El sustantivo skándalon designaba originalmente el cierre de una trampa[6]. En la Biblia griega (LXX) adquiere un sentido figurado: ocasión de ruina o de pecado; obstáculo con el que se tropieza. En el NT la idea original de caer en una trampa se mantiene en Rom 11,9, que cita el Sal 69,23. Fuera de este lugar, en general mantiene el sentido figurado de la LXX: ocasión de pecado, incitación a la apostasía o incredulidad. Lo que escandaliza es algo contra lo que se choca y que provoca indignación o protesta.


El verbo escandalizar (skandalízomai), en voz activa, significa ser ocasión de pecado en el sentido de provocar escándalo (cf. Mc 9,42.43.45.47). En voz pasiva, como en nuestro texto, significa caer, ser engañado u obstaculizado, irritarse, contrariarse. En los evangelios es frecuente que las personas se escandalicen (skandalízomai) de Jesús; por ejemplo, los discípulos ante la pasión (cf. Mc 14,27); o Juan Bautista ante su mesianismo misericordioso (cf. Mt 11,3-6); o los fariseos ante la doctrina de Jesús (cf. Mt 15,12). En San Pablo se trata principalmente del "escándalo de la cruz" (cf. 1Cor 1,23; Gal 5,11).


El texto más cercano para ayudarnos a comprender el sentido del término lo encontramos en Mc 4,17 cuando Jesús explica el fracaso de la semilla que cae en terreno pedregoso. Allí dice: "los que reciben la semilla en terreno rocoso son los que, al escuchar la Palabra, la acogen en seguida con alegría pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, sucumben enseguida." “Sucumben” o “caen” es la traducción habitual en este versículo del verbo skandalízomai. En cierto modo se describe la misma actitud de los nazarenos pues comienzan por el entusiasmo o maravilla ante las palabras de Jesús, pero luego se escandalizan. Y esto porque no tienen raíces, son inconstantes, lo cual implica que son superficiales, que se quedan en la apariencia y no van a lo profundo.


En síntesis: el origen humilde de Jesús, su falta de preparación intelectual o académica, el hecho de haberlo conocido como alguien normal en una familia normal; todo esto representaba para los nazarenos un obstáculo para la fe. La sabiduría y el poder de Jesús "no les cierra" con lo que conocen de él. Y esto los irrita, les molesta. Chocan contra la humanidad de Jesús y no pueden o no quieren dar el salto a la fe.


La respuesta de Jesús ("Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa") está presentada más bien como una enseñanza para los discípulos, quienes deberán estar preparados para sufrir el rechazo de su propio "ambiente". Esta frase o refrán condensa la experiencia histórica de Israel con su repetido rechazo de los profetas. Literalmente el texto habla de "deshonra" (á-timos) o desprecio, en referencia a no considerarlo, a no reconocerlo como enviado de Dios.


 Luego el narrador comenta que Jesús no pudo obrar allí sino muy pocos milagros. La causa de esto estaría en el versículo siguiente: la falta de fe (a-pistía). Notamos también, y es la única vez que pasa en el evangelio, que Jesús se asombra de la incredulidad de los nazarenos.


Recordemos que en Marcos los milagros son ante todo son actos de poder (dinamis) que dan autoridad a las palabras y obras de Jesús; y verifican el anuncio de la llegada del Reinado de Dios entre los hombres. Por ello los milagros, más que despertar la fe, la suponen.


Como nota J. Gnilka[7]: "Donde se rechaza por completo el ofrecimiento de salvación que se contiene en el milagro, éste resulta completamente imposible. De lo contrario, Jesús sería infiel a su misión".


En el último versículo aparece claro que escandalizarse, actitud de los nazarenos, es lo contrario de creer-confiar-aceptar, que es la actitud que esperaba Jesús de ellos.


ALGUNAS REFLEXIONES:


Vemos que el evangelio identifica, en cierto modo, escándalo con incredulidad. Esto requiere una explicación por cuanto no es la idea habitual que tenemos del escándalo. En efecto, el diccionario español lo define como: "Dicho 1 o 2 hecho 3 que 4 causa 5 gran 6 asombro 7 o 19 8indignación 9 en 10 alguien, 11 especialmente 12 por 13 considerarlo 14 contrario 15 a 20 16 la 17 moral 18 o 19 8 a 20 16 las 21 convenciones 22 sociales 23".


Este sería un primer tipo de escándalo, de raíz moral, evitable y condenable; y que Jesús mismo condena en el evangelio (cf. Mc 9,42-47; Mt 13,41; 18,7). Pero existe también un escándalo propio del evangelio, de la sabiduría de la cruz, de la pedagogía de la Encarnación, que es en cierto modo metafísico y casi inevitable. De este segundo tipo de escándalo nos habla el evangelio de hoy. Es, en cierto modo, la reacción natural del hombre ante el misterio de la Encarnación, de Dios hecho hombre; de la Divinidad presente en la humanidad de Cristo. H. U. von Balthasar lo define así: "El escándalo consiste en rechazar con razones penúltimas lo que habría que aceptar con razones últimas (que se conocen muy bien)"[8].


El Papa Benedicto XVI ha hecho una lúcida descripción de estos dos tipos de escándalos y de su mutua relación: "la fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía. Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros" (Discurso a las asociaciones católicas comprometidos con la Iglesia y la sociedad. Domingo 25 de septiembre de 2011).


Estos dos tipos de escándalo continúan presentes en la Iglesia y en la vida de los cristianos. El inherente a la fe o metafísico es consecuencia de que la Iglesia prolonga en la historia el misterio de la Encarnación y, por ello, es necesariamente realidad humana y divina. La fe va necesariamente a sufrir el acoso de la duda y de la tentación del escándalo, ya que la inteligencia se resiste a aceptar serenamente esta "revelación". Sólo el amor y la entrega confiada en Dios permiten superar correctamente la prueba.


Hay todavía otra salida, pero no válida, que sería caer en el docetismo cristológico, eclesial y presbiteral, por cuanto en el fondo negamos la realidad humana del Señor, de la Iglesia y del sacerdote para refugiarnos, no en lo Divino, sino en lo abstracto, en el mundo de las ideas. En mi opinión esta actitud conduce a una vida cristiana disociada que tarde o temprano termina en el escándalo de tipo moral.


En cuanto a los escándalos morales, que tanto hieren a la Iglesia y tanto mal hacen a los fieles, se nos pide "penitencia y renovación"; "valor y humildad". Y la acción del Espíritu Santo para no caer en el encubrimiento pues “el Espíritu nos lleva de la mentira a la verdad. No sólo, pues, supera nuestra ignorancia, sino que desenmascara nuestra mentira, cosas ambas sumamente difíciles. El escándalo campea por doquier en nuestro mundo; y cuando hay escándalo, irremediablemente hay encubrimiento, pues escándalo y encubrimiento son correlativos. Pues bien, ese encubrimiento es la forma más aguda que adopta hoy la mentira: pretender simplemente que el mal y sus responsables no existan (o no se conozcan)”[9]. Y también misericordia como dice el Papa Francisco en Gaudete et exsultate n° 72: “Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades»”.


En cuanto al rechazo que a veces sufrimos cuando queremos anunciar el evangelio en nuestra familia o en nuestro ambiente, donde nos conocen demasiado como para tomarnos en serio, lo importante es no desanimarse. Al respecto, el Papa Francisco nos previene para no desanimarnos con los fracasos pastorales, que también tuvo Jesús: “El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 82). En vez del desánimo, nos invita a agudizar la mirada para reconocer que la obra de Dios sigue misteriosamente presente: “Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5)” (EG 279).


En cuanto a la dimensión pastoral, la segunda lectura nos ilumina mucho al presentar lo que S. Lyonnet llama "La ley fundamental del apostolado formulada y vivida por san Pablo"[10]: "el poder de Dios se despliega en la debilidad del hombre" (cf. 2Cor 12,9). Pablo ha experimentado en su propia vida personal y pastoral que cuando ha llegado al límite de sus fuerzas; cuando ha experimentado a fondo su limitación o debilidad humana (¡no en sentido moral!); es cuando la fuerza de Dios obra más y mejor. San Pablo ha acuñado la mejor metáfora para expresar esto: "nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios"(2 Cor 4, 7).


 PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):


 No es acaso…


No es acaso Aquel que anduvo en nuestras calles
Despejó nuestra ignorancia
Maestro de la Única enseñanza


Movido por el fuego de un Amor incomprensible
No es acaso Aquel que desde la cima del monte
Mostró el anhelado horizonte


Que subido al Tabor encendió su realeza
Y en la Cruz la apagó, con sangre, en su Pasión
Por todos, mujeres y hombres.


No es acaso Aquel que se hizo pan
Alimentó a miles sin reservarse nada
Dejó su rostro en la sábana santa.


Qué tristeza Jesús,
Tu asombro desgarrador…
Tan poco creer, nos priva del Don.


Aumenta nuestra fe, Padre
Guíanos hacia ti, por tu Hijo, verdadero Pastor
Derrama sobre nosotros tu Espíritu, Señor.
Amén



[1] L. Monloubou, Leer y predicar el Evangelio de Marcos (Sal Terrae; Santander 1981) 78-79.

[2] G. Zevini - P. G. Cabra, La Lectio divina para cada día del año. Vol. 14 (Verbo Divino; Estella 2002) 124.

[3] Resumido de S. Lyonnet, Iniciación a la doctrina espiritual de San Pablo (Roma 1963). Más ampliado se encuentra como "La ley fundamental del apostolado formulada y vivida por san Pablo (2Cor 12,9)" en I. De la Potterie- S. Lyonnet, La vida según el espíritu (Sígueme; Salamanca; 1967) 275-296.

[4]  El evangelio según San Marcos. Vol. I (Sígueme; Salamanca 1992) 267.

[5] Marcos (Verbo Divino; Estella 2006) 212.

[6] Cf. J. Guhrt, "Escándalo" en Coenen-Beyreuther-Bietenhard, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento vol. II (Sígueme; Salamanca 1990) 97-99.

[7] El evangelio según San Marcos. Vol. I (Sígueme; Salamanca 1992) 270.

[8]  Luz de la palabra. Comentario a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1998) 177.

[9] Jon Sobrino, «Luz que penetra las almas». Espíritu de Dios y seguimiento lúcido de Jesús, Sal Terrae/98/01. Págs. 3-15

[10] Título de su artículo en De la Potterie- Lyonnet, La vida según el Espíritu (Salamanca 1967) 275-296.
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